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martes, 16 de diciembre de 2008

Supermercados Times New Roman: Pase, eche un ojo. Cualquier ciudadano medio en Boro Boro invierte entre el 6 y el 9,2 por ciento de su tiempo paseando alrededor de nuestras baldas[1]. Somos estrictos, abroncamos empleados a tiempo parcial por violar normas tipo no dirigirse a usted de usted o introducir manual – pacientemente sus viandas en bolsas – ¡¡¡¡Tenemos a las reponedoras más guapas!!!! – Cobramos impuesto revolucionario (a.k.a La Plusvalía) que revierte en el trato con el cliente. Camine hacia los refrigerados cada viernes tras cerrar el chiringuito. Se trata de un ejercicio —digámoslo así— zen en toda regla, con los Easy Jet en el hilo musical empujando por usted el carro. Subsane el karma negativo & desconcertantes niveles de estrés a los que su profesión le somete. Abra el gaznate y trague, trague, como gastrónomo de primer orden. Anorexia[2]. Desconecte – En 2004 Allen Magnolia cayó en la tentación de experimentar qué se siente al inmiscuirse en otro establecimiento (Courier) con resultado de día chafado & malos augurios: al llegar a su edificio encontró la puerta de la calle abierta; luego, el ascensor, abierto. Y su apartamento abierto. Y la ventana del salón – ¿qué creen? Allen Magnolia se arroja siete pisos abajo y cae sobre la cloaca, cómo no, abierta. Portada en los gratuitos de Boroboro. Ahora chapotea en el más exquisito underground, sin luz y entre ratas, pretty happy, ¡helmano!



[1] El mismo estudio realizado por The Economist revela que el sujeto medio invierte sus horas del siguiente modo: Parkings & aparcamientos: 0,2-0,5% (¿?); Restaurantes fast food: 4-6%; Pubs, bares & discotecas: 7-13%; Oficinas, puestos de trabajo: 34%; Medios de transporte de masas: 19-21%; Home, sweet home: 49-53%; Centros comerciales & tiendas textiles: 9-14%. De ahí que un día medio en Boro Boro necesariamente haya de pasar por comprarse unos pantalones to’ guapos ahí en Pans & Company o cenar pescado crudo en Zara, por ejemplo.

[2] Chocolate, cinco porras, chile con carne, bol de café a 82º - quemaduras, hot dogs, mandarinas, té en bolsas, cruasán, guisantes & jamón, plátanos, arroz al curry, pizza, fajitas sin sazonador, cilindro de cordero, tostadas, mermelada de arándanos, hamburguesa, langosta, triángulo isósceles de queso brie, lonchas de queso cheddar naranja radioactivo, gofre, costillas a la barbacoa, maíz, lechuga, bechamel, paquetes de azúcar, espaguetis de un metro y medio de largo con salsa de atún & bacon, cayena en rama, hogaza de pan, costras de sangre de cerdo, vasos manchados de jabón, huevo cocido, ron, manzana, sándwich, cereales chocolateados, tuétanos, nueces con miel, cebolla cruda, patata frita, yogur de chocolate, un litro de agua mineral, flameado, rico, rico.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Lo llamaré piedra angular

Alguien escribe una novela de 2.913 páginas; luego, el más sagaz, pertinente, rutilante, independiente y genial de los críticos la devasta en su totalidad [de ahí al efecto snowball]: hubiese sido suficiente variar la dirección del enciclopédico proyectil apenas unos milímetros en el mapa de coordenadas —haciendo uso, claro, de las mismas energías— para dar en el blanco y no hacer aguas. 

Grandes momentos de 'falsa nostalgia posmoderna' presentan:


La crasa educación sentimental. Conversaciones entre el reportero gráfico Stewart y su enfermera Ritter. 

—Puedo decirle una cosa: cuando una mujer y un hombre se gustan el uno al otro se unen así: ¡Bam! Como si fuera un choque entre dos trenes. Y no se quedan sentados analizándose continuamente.

—Hay un modo inteligente de enfocar el matrimonio…

—¿Inteligente? Nada ha causado más problemas a la raza humana que la inteligencia. ¡Ja! Matrimonios modernos…

—Hemos progresado emocionalmente…

—Tonterías. Antes conocías a alguien, te gustaba y te casabas. Ahora se leen muchos libros, se emplean palabras de cuatro sílabas y se psicoanaliza a la otra persona, hasta que no se distingue entre una relación amorosa y unas oposiciones al Ayuntamiento.

—Bueno, las personas tenemos demasiados niveles emocionales.

—Cuando me casé con mi marido no compartíamos las mismas ideas, y todavía seguimos sin compartirlas. Pero no hemos dejado de amarnos ni un solo minuto.

—Eso es estupendo. ¿Quiere prepararme un bocadillo?

(Alfred Hitchcock, La ventana indiscreta

En Boro Boro, donde las Budweiser cuestan solo…

«Two bucks, Sir

Uno. Observamos cómo Jason Albert, al fin, da por concluido su periplo a lo largo del continente europeo. Acaba de atar con un candado su bicicleta a una farola junto al McDonald’s de Boro Boro, anexo a la estación de tren y un hipermercado, y se dispone a zamparse una hamburguesa en un restaurante completamente vacío.

—Yo nunca regreso a los lugares por los que ya he vivido —diría Jason Albert algunos años atrás.

En efecto, el crítico sostiene que este viaje en solitario habría tenido mucho menos sentido si su meta última no fuese Boro Boro, ciudad fantasma donde acabara el bachillerato y, hasta cierto punto y por extensión, pusiera final a su etapa como adolescente.

«Esta mierda sabe muy rica», se le ocurre, mientras mastica el cuarto de libra.

Vuelve a echar cuentas: la escritura de este texto debería reportarle beneficios para sobrevivir durante al menos seis o siete meses. Tiene dos semanas para transformar sus apuntes en algo cohesionado y concluirlo. 

Aquí las cosas no parecen haber cambiado lo más mínimo. O tal vez sea, piensa, la distancia que lo salva del líder de su clase y adolescente procaz lo que le hace mirar alrededor con los ojos entornados (suspicaz): Continúa esa arquitectura periférica de casas bajas subvencionadas por la Administración y jardines abandonados a su suerte, junto a bloques de hormigón pintados de graffiti en sus altos —¿Quién tiene la llave maestra para violar, una por una, las azoteas de esta ciudad?—, rejas carcelarias que protegen los bajos y cuerdas de tender exhibidas al gran público.

«Esto es el p*** extrarradio!»

Ítem más: Carreras de automóviles que compiten entre sí por el esputo más verde: hiphop versus techno, gimnasios instalados sobre naves en polígonos industriales, autobuses urbanos iluminados en verde como naves espaciales, y los mayores, claro, en el parque.

«To’ el día en la calle.»

¿Y los vecinos —se pregunta Albert—, cómo es posible que sean capaces de conversar durante toda la noche?

—A mí una hora de conversación me cuesta cinco de lectura —murmura en voz alta ante las miradas alucinadas de los empleados del restaurante.

Acto seguido: Era de prever – ley de Murphy.

Atolondrado con la visión exquisita que le ofrece el escaparate, Jason se distrae investigando los comportamientos de esos chavales-banlieue que rompen —a base de golpes de cepo, emulando un gesto primitivo; rupestre, diríase— los candados que protegen los carros de la compra en el centro comercial, y luego juegan con ellos chocándose entre sí bajo la luz de las farolas anaranjadas, sin ninguna autoridad policial que llame su atención. Eso, hasta que pasa por delante de sus narices, con un par de bolsas colgando de cada mano, Tom Kurtz.

Jason Albert y él se miran sorprendidos. Kurtz irrumpe en el local y toma asiento.

De un Imbiss en cualquier calle de Frankfurt am Main a un fumadero de haschisch allá en el desierto turco. De un hostal al saco de dormir en las playas atlánticas. De las conversaciones con chavales que practican parkour sentados con los pies colgando a treinta metros del suelo en un edificio en obras a las afueras de Glasgow, a los turistas afanados en conseguir el mejor ángulo que ese parque temático llamado Auschwitz ofrece. Del tren a la bicicleta en los márgenes de una autopista. De la nostalgia a lo inconmovible. Del madrugón en una pensión de Siena a las borracheras en Eslovaquia y los intercambios monetarios con sus mujeres. De las comidas en la barra de un café en gasolineras suizas al hambre y la locura en Dinamarca.

Tom Kurtz siente un poco de congoja mientras Jason Albert le resume su viaje, aderezándolo con componentes netamente ficcionales; a fin de cuentas, después de esta noche no lo volverá a ver, así que qué más da lo que oiga.

—¿Sabes una cosa? —dice Jason Albert, impasible—. Cenar en un McDonald’s durante trescientos sesenta y pico días al año, en líneas generales, está considerado un acto de mal gusto o apuesta rotunda por la disneyzación del planeta a la que asistimos; hacerlo, en cambio, un día como este, es una subversión en toda regla a los valores que el catolicismo promulga.

A Kurtz le hace gracia lo que para él es una impostura y para el crítico un manifiesto de intenciones:

—Estás loco —dice Kurtz, entre risas, mirando a su pesar la esfera del reloj. 

Albert cree que nadie de su promoción llegó tan lejos como él —no se le malinterprete—: ¡Es escritor!, caramba. Cronista de viajes.

Ahora bien, ¿por qué en esta pequeña ciudad se siente tan desprotegido? ¿Qué valen aquí sus títulos; su obra?

¿Su ego? Un punching de boxeo.

Jason Albert se fogueó con Tom Kurtz en el ejercicio del periodismo mientras todavía estudiaba – escribiendo artículos para el periódico local de Boro Boro. Con él aprendió que antes de meterle la lengua bien adentro en el trasero de cualquier figura política, prefiere hacérselo a la aerolínea de turno. Es más sano para el paladar.

Al grano:

—Por casualidad, ¿no sabrás nada de Linda?

—Está en la facultad de Químicas, impartiendo clases de doctorado —responde Kurtz.

¡Mierda! ¡Joder! Resulta que Jason Albert no ha sido el que más lejos ha llegado de su generación: También está Linda.

—¿Tiene novio? ¿Se casó? —trata de quitar hierro al asunto atacando el helado con nueces. 

—Y formó una familia con un tal Ben Wiggins.

En esta ciudad se sabe todo de todos.

—¡La leche! —exclama Albert.

—No irás a decirme que todavía sigues acordándote de ella… 

—¿Y tú?, ¿no tendrás prisa, no? 

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Grupo de discusión

Rita K: «Una vez le dije a mi amigo: “¿Por qué no quedamos una noche?” Y él: “OK. Tomaremos unas cervezas este viernes, si te apetece”. Y yo: “¿Por qué los hombres tenéis esa costumbre de darnos de comer antes de echar un polvo?” ¡Si vieras qué cara se le quedó al pobre!»

Tobias Andersson: «Ahora que la mujer tiene la sartén por el mango —ja, ja— estamos listos para distinguir entre dos clases de hombres: aquellos que en principio no entrañan peligro para ellas – digamos, por su transparencia; y por lo tanto tienden a acabar asumiendo el rol de amigo —lo cual puede dilatar su frustración ad nauseam—, y los que a ojos vista connotan parte del hatajo de salidos que hay por ahí suelto, de lo que se deduce el cordón sanitario que las tías establecen para con ellos. Mi experiencia me dice lo siguiente: o eres de los unos o de los otros, pero mucho me temo que el justo medio ya no es válido. Vaya por Dios.»

Betty Laredo: «¡Joder!, ¡era mi primer puto McJob! Y Stevie [imposta voz de subnormal]: “No puedo, no puedo, no puedo. Estoy a régimen. Yo solo juego al tenis y hago jogging.” ¡¡Que te jodan, palurdo!!

Jeremy Barth: «Creo que fue una buena idea: follar todos con todos – endogamia; entiendo este gesto como una interpretación del sexo que se limitara únicamente al ocio. Es justo, creo – ¿no?, después del larguísimo Vía Crucis para el corazón del cual todos proveníamos.»

Susie Morricone: «Lo admito: ¡era una inexperta! Antes de Jeremy y de Tobias y de Stevie solo había besado a un solo tío, ¿te lo crees?»

Stevie von Nudeln: «Mi primera crisis de edad tuvo lugar a los veintiuno. Lo sé, lo sé; es patético. Mi organismo puso coto a las comilonas pantagruélicas, amenazándome con echar a perder mi característica complexión atlética – el fin de la gallina de los huevos de oro. Entonces me planteé varias opciones: Uno: imponerme un régimen —imposible—; Dos: convertirme en mi padre —joder, estaba soltero, ¡cómo iba a cometer esa locura!—; O tres: hacer deporte. Me decanté por esto último hasta el punto de pasarme el día entero esperando que llegase la hora del footing. No hacía otra cosa, joder. O bien leía cómics, o bien estaba por ahí, corriendo o follando.»

Primera sesión. Martes, 10 de diciembre. Despacho de los Laboratorios Ib-Haus®.

—Como cada noche salí a pasármelo bien. Llevaba desde las seis de la mañana leyendo y escribiendo; escribiendo y leyendo. Eran tiempos en los que apenas iba por clase: cada vez que lo hacía —joder… qué recuerdos— mi complejo de estudiante mediocre aumentaba más y más y más – breve semblanza: conocimientos en política internacional: cero; conocimientos en derecho: cero; conocimientos en materia deportiva: cero; conocimientos en manifestaciones creativas alternativas: todo un caballero geek al servicio de cualquier publicación que se preciase underground —cobraba barato—. Aunque, como digo, cuando llegaba la noche no tenía escapatoria: había que salir a la calle sí o sí y airear esas neuronas —y que conste que no es una disculpa, ¿eh?—…

—Aquella noche, ¿cuánto tiempo llevabas ejercitándote?

—¿Un par de semanas?

—Joder, ya fue mala suerte, ¿eh?

—Ni que decir tiene, no fue lo que se dice una buena impresión apartar la cara de Rita y encontrarme a un tío con medio litro de baba cayéndosele barbilla abajo.

—Y encima, si resulta ser Stevie…

—¡La leche!

—¡Y qué podía hacer yo! Corría con la pelota entre los pies [murmullos risueños], como en aquellos dibujos animados, escaleras arriba en mi propio barrio. Aquel día llovía y hacía un frío brutal. ¿Cómo iba a saber que alguien vigilaba lo preciso o no que puedo llegar a ser a la hora de purgar aquellas guarrerías nasales?

—¡Qué asco!

—Sí, qué asco, Stevie.

—¿Qué fue lo primero que pensaste al ver aquello?

—¿Sinceramente? Pensé: ¡La leche! Cuando se lo cuente a Betty y a Tobias y a Susie y a… en fin, aquello prometía amenizar nuestras sobremesas durante mucho, mucho tiempo. Aunque también, claro, me dije: joder, ¿y cómo corto yo ahora este hilo de baba?

—¿¡Quieres dejar de hablar de tus putos mocos, tío!? Dios…

—Total, que tras unos segundos de voces trémulas y aquí no ha pasado nada se me ocurre enfadarme con ellos: “¿Qué significa esto?”, pregunto severo, arqueando una ceja, como hubiese hecho cualquier otro tipo duro en mi lugar, pero también excitado por el notición que iba a divulgar al día siguiente. Entonces ellos se miran, y yo, histriónico perdío, voy y digo: “¿Sabes una cosa, Jeremy? Me has decepcionado. Me has decepcionado, sí. Todas las horas que pasamos tú y yo y Tobias especulando sobre cuáles de nuestras amigas parecían de nuestro agrado, y ahora me entero que me escondes esto…”

—Con un halo de repugnancia.

Esto

—¡Ja, ja, ja! Fue muy gracioso, sí.

—Con aquel pantalón viejo de deporte y no más que una camiseta de manga corta, aquella noche a algún grado bajo cero y debajo de un puente.

—Recuerdo además el contraste entre los pantalones estrechos de Stevie y sus zapatillas, ¿de qué numero?

—Cuarenta y ocho.

—En efecto, fue el comienzo de algo grande.

domingo, 7 de diciembre de 2008

(Amis – Aronofsky)

No sólo a partir de la monogamia – bolchevismo —ausencia de producción— emocional (espíritu del «catolicismo»: dormir bien frente a comer bien) es posible cavar bajo tierra un nicho a salvo de El ojo del Gran Hermano del Mercado Sexual, sino también a través de la actitud genial, que encuentra dos simpáticas representaciones icónicas en 

a) Ajedrecista de la era pre-Kasparov 

Pero las cosas han cambiado. Quedaron atrás los tipos raros y descuidados, de los puros malolientes que dejaban ceniza por todas partes y de las migajas de pan en la barba. […] Así pues, he aquí el sencillo mensaje que nos envía Kaspárov: atreveos a diversificar vuestras actividades. Jugad de manera sublime al ajedrez, pero no por ello dejéis de participar activamente en los asuntos del mundo que os atochado vivir. Muchos de sus rivales lo odian precisamente por eso, por su rechazo a la monomanía corporativa

Martin Amis, La guerra contra el cliché 

[apunte. monomanía corporativa,  interesante concepto (¡!)] 

o, 

b) Hallucinating Cocaine Mathematician, como en el film Pi, de Aronofsky: Obsérvense lugares comunes que presenta esta película como pueda ser aquello de que «en la vida hay algo más aparte de las  matemáticas», que reza un profesor fracasado, el hecho de que el protagonista no pueda comunicarse emocionalmente con nadie más que su vecinita, o la escena comprendida entre el minuto 15’55’’ y 17’35’’, donde tiene lugar el enfrentamiento entre la genialidad y el sexo.

Adivinan quién gana, ¿no? 


Trade Marks que pegan fuego en el portal de Belén

McDonald’s (2008): «Lo admitimos: acudir a uno de nuestros restaurantes durante trescientos sesenta y pico días al año es caer del lado de la disneyzación del universo. Por eso mismo zámpate un Bic Mac en Navidad. Huye de la abuela y el Pictionary

Tesco (2007): «La Navidad es un coñazo. OK. Limítate a comprar.» 

 

 

Argos (2008): «Regala lo que siempre quisiste a tus seres (¡ja!) queridos. Líquido anticongelante. Repuestos. Esas cosas.» 


miércoles, 3 de diciembre de 2008

Lo llamaré piedra angular (fragmento)

(Gil Calvo - Burman - Offenbacher - (Jenna) Jameson)

Cuando a lo que te dedicas es a poner en práctica una suerte de literatura del zapping, sabes de antemano que se trata de un ejercicio en donde vas a quemar todas tus toxinas, es decir habida cuenta de que tu misión aquí es la de simular algo así como la interactividad que define el trato del espectador para con su aparato televisivo o videoconsola, y de que la esquizofrenia por la experiencia característica en el capitalismo de ficción nos conduce a un angst inconmensurable hacia aquello de lo que no tomamos parte; has de ser hábil y cambiar de canal (historias que serpentean entre sí) antes de que tus lectores empiecen a bostezar. * Conducir este trasto se parece bastante a ser el carbonero que alimenta un tren de deportados: todos y cada uno de los rostros masculinos que veo picar su billete aquí, de madrugada, ilustran su derrota en el combate de gladiadores contra la nocturnidad y su desafío último. (Esa mirada cansada, esa apatía infinita.) Ninguno de ellos ha conseguido encontrarse en cualquiera de los probables espejos que el mercado sexual pone a su disposición; conocerse hasta sus últimas consecuencias. Es como —¿cómo decirlo?—, como si flotasen en un limbo macabro o signo de interrogación: desconocen sus coordenadas sociales porque no hay mujer frente a ellos que pueda reiterarlas. O por decirlo de otro modo: consumir es lo que nos hermana; follar, en cambio, lo que nos distingue. * ¿Por qué los hombres salen con mujeres pudiendo («¡Ajajajá, jajá, ja, ja, ajjjajajjá!») solo follárselas… si, como Gil Calvo apunta en La mujer cuarteada, la sexualidad masculina es «incansable devoradora de imaginarias presas sexuales que poder acumular con ostentación fetichista» —en contraposición a las féminas, cuya sexualidad es «ofrecida como forma física y figura visual que se exhibe a la mirada», si bien ellas nunca «se arreglan (…), salvo obvias situaciones excepcionales, para provocar la excitación sexual masculina»—? Pues porque si el discurso feminista ha sido ya cooptado por el capital (Erica Burman), y a eso le añadimos el complejo de castración y el síndrome de impotencia[1], ¿qué hacer, si no adoptar una postura netamente católica?: «El católico […] es más tranquilo; dotado de un menor afán de lucro, se entrega a una vida lo más segura posible, aunque con menores ingresos, más que a una vida excitante, en peligro, aunque eventualmente le trajera riqueza y honores. El lenguaje popular dice en broma: o comer bien o dormir tranquilos. Según esto, al protestante le gusta comer bien, mientras que el católico quiere dormir tranquilo» (Martin Offenbacher, citado por Max Weber en La ética protestante y el «espíritu» del capitalismo)



[1] (Y si, ¡encima!, es la mismísima Jenna Jameson la que viene y te dice: «Mucha gente de ahí fuera necesita practicar más sexo.» (!) (Esquire, diciembre de 2008))

lunes, 1 de diciembre de 2008

Obsesiones Programáticas Berlinianas

a) ¿Qué – por qué – para quién escribir? (Sartre), b) ¿Quién soy yo? (Rousseau), c) Ausencia de reflexión en la sociedad de consumo: efecto espectacular a partir de ciertos ardides retóricos vs. compromiso por la intervención de tramas materializada en sinopsis, d) Consecuencias (dramáticas) de la bibliofilia aguda, e) Tributo a la sensibilidad underground; recursos: fragmentariedad, autoficción, personajes aquejados de conductas autodestructivas y/ o soledad abisal…, f) Investigación de la topografía urbana (i.e., Döner, lavandería, diner, centro comercial, Starbucks, transporte de masas…), g) Postfeminismo – debacle de la masculinidad & deriva rosa del capital – liberalismo sexual, h) Lectura positiva del capital, i) Zapping Culture – esquizofrenia por la experiencia – Fragmento, j) Prospección de subculturas; i.e., Generación Erasmus, lo punk…, k) Taxonomía de lecturas, l) Egotismo.