miércoles, 1 de febrero de 2012
CHINA
En el libro de docuficciones de Harold Jaffe titulado 15 Serial Killers, el genocida y Nobel de la Paz Henry Kissinger (1923) aparecía retratado como un personaje asqueroso y pusilánime. Alguien que sufrió las burlas de sus compañeros en Harvard. Un judío que huyó de la persecución nazi junto a su familia en 1938, de temperamento ordinario y afectado por un nada disimulado complejo de superioridad, pero también un playboy. Un playboy y un monstruo político cuya libido sólo parecía estimularse gracias a actividades del tipo bombardear Camboya, liquidar a Allende, asolar Timor Oriental y contribuir al golpe de Chipre. Un rústico capaz de sermonear a Duchamp sobre asuntos de arte, mientras éste se cachondeaba de él silencio. La clase de persona que ha sobrevivido al siglo XXI indemne, recogiendo cientos de miles de dólares por conferencias estúpidas. “Un asesino en serie de proporciones hitlerianas”, decía un personaje de Jaffe. Y justo ahora, el político acaba de publicar en España un grueso volumen titulado China (Debate). Sin perder de vista la postura de Jaffe, China y Kissinger en una misma portada constituyen un acontecimiento editorial en toda regla.
Ernest Lavisse enunciaba a comienzos del siglo XX que «La facultad de conducir la Historia no es una propiedad perpetua», e intuía que «Europa, que la heredó de Asia hace tres milenios, quizá no la conserve para siempre.» Los acontecimientos políticos que vienen sucediéndose desde el siglo pasado parecen apuntar hacia ese ocaso occidental materializado en una serie de intercambios del dominio mundial que coinciden con la rotación de la Tierra: del imperio británico a Estados Unidos —tras décadas de litigio con el socialismo soviético—, siendo ahora China una de las más firmes candidatas a recoger el testigo. En su Reivindicación de la política, el europeísta Javier Solana descartaba el concepto “fin de la historia” para hablar del principio de “otra historia”: “la de un mundo más desoccidentalizado con un centro de gravedad que se desplaza hacia el Pacífico desde el Atlántico”.
jueves, 26 de enero de 2012
Fresy Cool (y una recomendación)
Aprovecho la ocasión para hacerles una recomendación absolutamente oportunista: ¡Despidan a esos desgraciados!, el libro en donde Jack Green se dedica a masacrar a los críticos que hicieron papilla la primera novela de William Gaddis. Esta colección de artículos, no obstante, no es tanto una lectura de Los reconocimientos —que lo es— como un manual de instrucciones acerca de las negligencias, vicios y errores que todo buen crítico habría de evitar. Especial atención merecen los capítulos dedicados a los clichés (la extensión, lo ambicioso, la primera novela, la falta de disciplina, la erudición, la dificultad, la compasión y lo negativo). ¡Despidana esos desgraciados! —editado en Alpha Decay, traducido por Rubén Martín y prologado por José Luis Amores— es teoría de la recepción muy macarra. Y muy hilarante.
Lo dicho: sed buenos.
sábado, 14 de enero de 2012
Mis movidas con 'El lectoespectador'
1. ¿El retorno de La luz nueva? Hasta la llegada de El
lectoespectador, sólo había un libro de Vicente Luis Mora que me disgustaba
profundamente (y los he leído todos, eh, y algunos hasta releído varias veces). Ése
era La luz nueva, por su —a mi juicio—
insostenible taxonomía literaria (ya saben: tardomodernidad, posmodernidad y
pangea). Con éste ya van dos. Porque cuando hasta la prensa cultural ya ha
notado la obsolescencia del término generación nocilla, el grueso de los
lectores ya empezaba a entender como singularidades la obra de los autores españoles
nacidos en los setenta, escuelas y propósitos literarios aparte, los trolls ya han claudicado en su cruzada contra la paranoia
mafiosa, y hasta el propio VLM anunció a bombo y platillo en su blog el
distanciamiento sobre estos asuntos, ¿a qué volver a esta idea?
Mientras leía este ensayo pensé que me resultaba muy
difícil estar más en desacuerdo con un libro, pero afortunadamente este ensayo
aborda varios temas: información, sociología de internet, economía y cultura, y
al menos en lo que a Internet se refiere, no diré que discrepe con él. Pueden
echar un ojo a la entrevista que firma Daniel Arjona en El Cultural para
hacerse una idea de aquellas cosas que me parecen más o menos acertadas en el
libro[1].
Como crítica cultural y literaria, no obstante, éste
es un libro ofensivo, ya que se trata de una cierta reelaboración y ampliación
de La luz nueva (basta echar un ojo a
la bibliografía de literatura contemporánea manejada para comprobarlo), y aquél
era una ensayo que todo el tiempo daba la sensación de tratarse de una
personalísima poética del autor revestida de teoría literaria general[2], lo que en cierto sentido
me recuerda a ciertas críticas que en su momento se vertieron contra Postpoesía, en parte por el propio VLM. Por si no había quedado lo
bastante claro, aparece citada en un buen puñado de ocasiones Alba Cromm[3]. Claro está, la diferencia
aquí se basa en la actitud con que uno aborda la literatura, y el autor parece tomarse
la literatura mucho más en serio que yo, en la medida en la que un positivista
VLM va descartando herramientas y recursos literarios acordes con una
cronología evolucionista de la historia literaria. Lo cual es tope
decimonónico. Y eso a pesar de que durante la lectura de este ensayo uno puede ver
cómo se le hinchan las carótidas y se enjuga el sudor de las sienes en un
esfuerzo titánico por estar «a la altura de su
tiempo»
y ser absolutamente moderno. Y la verdad
es que nuestro mundo es lo suficientemente pluridimensional como para pensar
que hay numerosas formas de estar a la altura.
2. Yo vivo en 2012; mi colega, sin en cambio
[sic], no conoce a los Lehman Brodas. Hay
una frase de Adolf Loos que creo haber leído en los últimos 3 ó 4 últimos libros
de VLM, excluyendo su blog. Es ésta de Adolf Loos: «Yo quizá vivo en 1908; mi vecino, sin embargo, hacia
1900; y el de más allá, en 1880». Si la aplicásemos a
este libro, podría pensarse que VLM no ha tenido noticias de lo que ha pasado
en el mundo desde la caída de Lehman, y un poco antes. Algunos ejemplos:
En los últimos tiempos, y mientras leo novedades
literarias en mi trabajo de crítico, advierto un gradual crecimiento de los
temas referentes al dinero, el consumo y la sociedad capitalista en las novelas
y libros de poemas, antes alejados, en su mayoría, de estas cosas. Los centros
comerciales, las hamburguesas, el shopping, las marcas de lujo y el consumismo
desenfrenado comienzan a ocupar el espacio que antes tenían las flores, los
cines y los atardeceres. (p. 205)
¿Lujo?, ¿consumismo
desenfrenado?, ¿cómor?
Otros comentarios suyos a la economía me recuerdan a la fina denuncia
de Ernesto Castro, partiendo de Bauman, hacia
ese instante «a partir del cual la teoría se convierte en una
retórica cínica que, en su obsesión por interpretar la realidad, es incapaz de
posicionarse en el espectro político y, en lugar de responder a la pregunta
esencial, a saber, ¿a quién sirve mi discurso?, se dedica a balbucear tecnicismos
y a establecer analogías conceptuales»
(Contra la posmodernidad, pp. 45-46).
Un ejemplo en el libro de VLM:
En resumidas cuentas: la globalización ha convertido
al capital en un simulacro, una red planetaria de cifras que circulan en
mercados continuos de 24 horas cuyos capitales especulativos, como apuntaba
Baudrillard, «no salen para nada de su órbita: se acumulan y se
pierden en su propio vacío especulativo».
(pp.199-200)
Más:
La única preocupación de los consumidores, la del modo
de pago, ha sido solventada por los bancos, siempre despiertos a la hora de
ofrecer soluciones de compra que aseguren a sus clientes que serán protegidos
en caso de robos cometidos tras dejar el número de sus tarjetas de crédito en
sus páginas. ¿Cómo resistirse a comprar? (pp. 159-158)
¿La ÚNICA
preocupación de los consumidores? ¿Y cómo que cómo resistirse a comprar? ¡Pues
porque no hay dinero, man!
Está más claro que nunca que «la nueva fuente de poder no es el dinero en manos de
unos pocos, sino la información en las manos de muchos» (Naisbitt) (p. 30)
Fijémonos en los
acontecimientos a escala global sucedidos en 2011, y luego preguntemos sobre
información a los cada vez más periodistas en paro. Aparte, no deja de ser
divertido leer esta serie de comentarios cuando el autor denuncia que quienes
no están en la red corren el riesgo de caer en una «Curiosa uniformidad neoliberal». Vaya, vaya…
3.
¿Son los libros pop-up para niños menores de 1 año el auténtico génesis de la
literatura pangeica? #Abstract. Aunque a
él le repele este juicio, VLM es para mí, ante todo, un formalista, y prueba de
ello es su manía por la renovación de la narratología, de la narrativa y del
diseño de la página. Todo basado en la creencia, acaso motivada por la percepción de
que existe un canon, del genio singular que de un plumazo barre, tras una nube
de napalm tras de sí, todo lo que había antes (para el caso: Danielewski y su
House of Leaves). Todo muy siglo veinte. La historia de la literatura como
historia de las formas de contar historias, desde la renovación del modernismo
frente a lo que él llamaría (glups) el Narrador Omnisciente Decimonónico de Raíz
Cristiana[4]. Algunos ejemplos: según
él, Los muertos, de Jorge Carrión, es
un libro pangeico, entre otros motivos, porque acaba con el narrador
omnisciente utilizando lo que la narratología llama modo cámara (¿en serio existe ese concepto en narratología?).
Naturalmente, me provoca una pereza inmensa recordar que Los muertos, con sus virtudes, está narrada, como cualquier serie,
por un narrador omnisciente decimonónico de raíz, si quieren, chupacirios. Lo
mismo con Nocilla Lab y la idea de
que se trata de una revolución con respecto a otras obras por incorporar comic
y video. Esto es yuxtaposición de lenguajes, no un nuevo uso de los mismos.
Salta a la vista. Lo mismo con el elogio a House
of Leaves sólo por su condición de artefacto y porque Danielewski diseña textovisualmente la página[5]. Como en un pop-up para
niños, pensaba yo todo el rato.
(House of Bamboo,
la primera ficción textovisualmente diseñada del siglo XXI)
4. El tecnófilo que no era maoísta digital. Como le comentaba a Arjona, efectivamente VLM no es
un «maoísta digital»[6]. Su ensayo no acepta de manera acrítica la tecnología. Pero su actitud es desquiciadamente
tecnófila, en la medida en que todas las preguntas orbitan alrededor de los
desafíos que las tecnologías plantean en nuestro tiempo a la cultura. “Muy pocos de los
narradores de cierta edad han dado el salto digital”, dice, página tras página,
y la pregunta que uno ha de responderle es: ¿y por qué habrían de hacerlo?, ¿y por
qué no ocuparse, qué sé yo, del cambio climático, que a lo mejor es más
importante que los desafíos de la página en una época de pantallas? Ítem más [comentario
absolutamente impresionista]: como nativo digital, El lectoespectador, con su rica cosecha de neologismos, a menudo me
recuerda a esas novelas de ciencia ficción que hablaban del año 2000 a partir de
ciudades sepultadas en brumas amarillas y conceptos que evocaban aparatosos
artilugios acorazados de latón y cobre; cuando no al lenguaje abreviado de los
SMS [guiño guiño a La luz nueva; broma más o menos personal]. Ahí quedan el electrotro (el otro
electrónico; neologismo que sólo aparece mencionado una —1— vez), la pantpágina, el ciberceptor, la literatura
textovisual, la WWWeltanschauung,
el mundonuevo, la mímesis simulacral (¿?), el INTwittERNET
(me niego a creer que esto sea un chiste errado; debe haber algo más) y, über alles, el lectoespectador.
5. Non Petita. Se preguntarán, como yo
vengo haciéndome desde que recibí el ejemplar a comienzos de esta semana, qué
interés podría haber en el marronaco que debería traer consigo escribir este
post que responde frontalmente a uno de los pesos pesados de la crítica en español en Internet
—más aún cuando faltan 12 días para que la primera novelan de un servidor
aterrice en las librerías—, que además es alguien que me cae estupendamente (v.br.,
si revisan los archivos de Ibrahim Berlín en 2007, encontrarán una entrevista de
bisoñísimo periodista que le hice para un trabajo de la universidad, y que VLM
atendió con gran amabilidad). La respuesta es que estoy convencido de que VLM
buscaba ansioso este tipo de reacciones. Como La luz nueva, El
lectoespectador es un libro beligerante, muy esforzado en describir la idea
de contemporaneidad del autor; una idea de la literatura que no tiene nada que
ver con mi comprensión de la misma ni con mi forma de practicarla. El lectoespectador, a su manera, es una
importante agresión a buena parte de la literatura actual, y su ánimo es ése,
crear debate. VLM, muy perspicaz, lo sabe bien, y por eso ya desde la primera
página confiesa que su deseo no es el de llevar razón, sino el de provocar diálogos.
En ese caso, su libro es un gran éxito. No hay ningún inconveniente que
oponerle ahí. Una vez más, ha conseguido lo que buscaba.
[2] Lo cual pasar por el peor
vicio de cualquier crítico. Para mí, el crítico, sin ocultar su inevitable
gusto personal, ha de ocuparse de servir como guía al lector, y casar el texto
con su público objetivo, antes que intentar la atrocidad de convertir en
ciencia la literatura. No.
[3] Juraría que VLM, como yo,
no es la clase de crítico que preste gran atención a las declaraciones del
autor sobre su propia obra. Así que, ¿por qué rayos iba a interesarme a mí lo
que él piense de la suya?
[4] Tampoco voy a ocultar aquí
que ésta es otra colisión de creencias; ya expuse en el blog de Luna que a mí
ese presunto narrador decimonónico divino me parece muy bien, lo que a VLM seguramente le
parece digno de un chupacirios atrasao. Ea. Qué le vamos a hacer. http://lunamiguel.blogspot.com/2012/01/conversacion-marital-alrededor-de-fresy_12.html
[5] Ítem más: «Danielewski pone en
solfa la capacidad de la novela para representar el mundo, en un libro sobre la
incapacidad de alguien para ver»
(p. 84). Topicazo crítico. No sé si soy el único que viene escuchando la idea
de «la
imposibilidad de representar el mundo»
aplicada a todos los hitos literarios del siglo XX.
[6] Es verdad que Lanier mete
bastante la gamba en su ensayo titulado Contra
el rebaño digital. Pero en muchos asuntos, como por ejemplo la marginalidad
de la cultura digital en un entorno de capitalismo financiero, tiene los pies
muy clavados en el suelo y la cabeza fijamente atornillada a los hombros. Los
peligros de la cultura libre, que son los mayores para el cognitariado
contemporáneo, pasan más bien desapercibidos en el ensayo de VLM. Y por eso me
sorprendieron estas declaraciones: «Lanier
es un excelente técnico que pierde pie cuando teoriza. Espero que a mí me
suceda lo contrario.»
miércoles, 11 de enero de 2012
Tres escenarios para la revuelta
Hace unas semanas, mi amigo Gil Padrol nos arrastró a mi novia y a mí a una sala de cine a ver They Call It Acid, un documental que repasa el fenómeno del Acid House y sus consecuencias culturales al término de los ochenta en Reino Unido y Estados Unidos. Vista hoy, la imagen que abre la cinta no puede ser más ofensiva: un puñado de jóvenes manifestándose en Londres para defender el derecho (agárrense los machos) a celebrar raves en mitad del campo y fiestacas en sus clubes urbanos, blandiendo pancartas que rezan «Freedom to party», esto es, libertad para el cachondeo. La madre que los parió, a quién se le ocurre manifestarse por ese motivo, pensaba todo el rato desde que vi aquel fotograma de apertura hasta que los créditos empezaron a llover. En ese mismo documental, además de numerosos pinchadiscos con los dientes picados y que no dejan de carcajearse recordando lo bien que se lo pasaban en aquel entonces, aparece un Noel Gallagher encogiéndose de hombros y diciendo algo así como: «sí, bueno, no teníamos trabajo ni mucho que hacer, así que nos íbamos de fiesta. Ea.» Viajar a Ibiza a ponerse hasta las cejas de químicos y bailar acid era la reivindicación de la época. Benditos tiempos.
Los 70 a destajo (RBA), del ínclito Pepe Ribas, fue el último libro que leí en 2011, y sin duda merece estar en el podio de los libros publicados el año pasado. Intrahistoria de la transición, memorias de Barcelona y cotilleo cultural de la época se cruzan en este excelente ejemplar que toma como excusa la trayectoria de la revista Ajoblanco. Por ahí circula ligando en las barras de los bares ilustrados un Félix de Azúa proclamando «la extinción del arte, la muerte de la novela, y las virtudes del análisis dialéctico entre texto y realidad», Quim Monzó frecuentando los bares canallitas del barrio chino, la homosexualidad emergiendo en los subterráneos de Plaza Cataluña, la universidad como foco de resistencia a los estertores del franquismo, Luis Racionero promoviendo la revolución cultural a partir de la cual promover la transformación económica, la revista de Ribas dando voz «a esa juventud que está harta de lo que hay, de la gauche divine, de los Novísimos y de los marxistas», Vázquez Montalbán metiendo la gamba contra el ecosocialismo emergente («había escrito que la ecología era la fórmula de los pequeñoburgueses para eludir la lucha de clases»), y tantos otros. Cuando hasta aquellos que han seguido los pasos del 15-M se mofan de los residuos del hipismo, allá Pepe Ribas nos recuerda una época en la que todavía tenía sentido, California se ofrecía como alternativa a la ajada y novísima París, los Hare Krishna reunían adeptos, y la gente aspiraba a subirse al Magic Bus, «un autobús psicodélico que partía todas las semanas de Amsterdam, atravesaba Europa y cruzaba sin el menor problema las fronteras de Turquía, Irak, Irán, Afganistán, Pakistán, Cachemira y la India (…) La India representaba el paraíso soñado de quienes buscaban la ruptura con el capitalismo.»
martes, 10 de enero de 2012
viernes, 23 de diciembre de 2011
26.01.12.
FRESY. COOL. (sh#t-hits-the-fan.)
Pleonasmo Chief y sus secuaces les desean un Feliz Año de la Parusía.
26.01.12.
Hasta entonces.
miércoles, 21 de diciembre de 2011
Piensa en verde (sobre ecologismo, propaganda y el anuncio de los cómicos)
Hacía algún tiempo que venía dándole vueltas a la idea de escribir sobre ecologismo, así que la
semana pasada, antes o después de presentar Contra
la posmodernidad, le pedí a Ernesto Castro bibliografía sobre el asunto, y
él me remitió primeramente a la web de Jorge Riechmann. En efecto, me bastó
apenas una semana de leer sus apuntes de clase para plantearme seriamente la
opción de vegetarianismo. Esto estaba muy bien, pues confirmaba que la
literatura aún puede servir para influir directamente en la conducta de los
individuos. Sin embargo, algunos pasajes de esos apuntes me provocaron cierta
incomodidad, en concreto, aquellos que tratan sobre la felicidad, y que
peligrosamente, aun en su elaboración y complejidad, pueden llegar a lindar con
un discurso que recuerda al manual de autoayuda, tal vez simplemente por los
incómodos conceptos que manejan y su forma de representarlos. Lo cual me hace
pensar que se trata de un tanto a favor mío en la interminable discusión que
tengo con Ernesto. Él dice: «¡Es la economía,
estúpido!»; y yo digo: «sí,
pero por encima de eso es la cultura, (¡y el lenguaje!)». Naturalmente, esto es idea de George Lakoff. Lakoff
se quejaba, por resumirlo muy brevemente, así: si los rústicos que dirigen
las cúpulas republicanas son capaces de atraer para sí a quienes en principio no
deberían inclinarse por el voto en rojo, ¿entonces no deberíamos nosotros, que
somos más listos y disponemos de mejores ideas, tenerlo más fácil para ganar?
Sí, pero para eso hace falta invertir en propaganda, actitudes, lenguaje y subjetividades,
decía Lakoff. Y aquí es donde se encuentra el que para mí ha sido y sigue
siendo la principal lacra del pensamiento crítico: desprenderse para siempre del
cartel del Persona-de-la-que-Todo-el-Mundo-se-Cachondea-en-el-Recreo a causa de
a) unos principios demasiado poco elásticos para transgredir ciertas normas que
el nihilismo típicamente neoliberal sí puede permitirse, y b) la costumbre de pedir disculpas
en lugar de, directamente, asaltar la Bastilla (marxismo sin modales, que diría Ernesto).
Pero de lo que yo quería hablar es del siguiente anuncio que desde hace
unas horas, y acompañado siempre de elogios, veo circular en Facebook.
En el libro que
actualmente estoy traduciendo, el narrador manifiesta su disgusto
por Disney: la corporación, no el ratón de Walt. Dice así: «¿qué clase de robot
comunista no siente debilidad hacia ese portador de bondad de aguda voz, orejas
jodidamente enormes y sonrisa interminable (mi mujer encaja en buena medida con
esa descripción, y estoy casado con ella)?» Más o menos es el mismo pensamiento
que a uno se le pasa por la cabeza si intenta oponer inconvenientes al anuncio
arriba mencionado, que además es un estupendo trucho (esto es, un anuncio que
sólo sirve para vender la propia agencia de publicidad y el ingenio de sus creativos,
en lugar de la marca; dicho de otro modo, este anuncio es un corto que
homenajea a Gila en donde la marca sólo aparece de manera casual y prescindible,
y el eslogan que clausura a la pieza es tan general que serviría a cualquier otro
producto de consumo), sólo por utilizar la muerte como recurso de venta, nada
más desaconsejado en cualquier facultad de publicidad donde Freud siga asomando
en los manuales.
«¿Qué clase de robot comunista —se
preguntarán— puede ver en ese anuncio un espíritu nacional de trasfondo católico
que antepone el fútbol, la merienda y el compadreo a la guerra y los asuntos de
la polis?, ¿qué clase de ecoterrorista se atrevería al tirar abajo tamaño
homenaje al canon del humor español, aludiendo a la presunta inmoralidad de lo
que sus actores quieren vendernos?» Nada. No hay nada que podamos reprochar a
los creativos de McCann Erickson. Ellos saben cómo proteger con una guerra de
las galaxias la subjetividad que nos quieren vender. Porque un intercambio/
enfrentamiento de subjetividades se parece mucho al juego de piedra, papel o
tijera; todas son susceptibles de ser aniquiladas (parodiadas), pero las hay
que son más poderosas que las demás. Y mientras la gente de McCann Erickson ha
sabido blindar su producto, los ecologistas, al lado de la marca anunciada,
seguramente os sigan pareciendo unos insensibles robots comunistas.
Pero si estos publicistas son
invencibles a los reproches, ¿qué puede hacer entonces un ecologista frente a
este spot? Pues hacer el suyo propio. Imaginad ahora que en lugar de cómicos,
el campo donde transcurre la acción estuviera poblado de estabulados cerditos
pequeños —tan tiernos y entrañables como los personajes de McCann Erickson— que
en su día de suerte han salido a pastar por el campo catalán o castellano.
Imaginad que esos cerditos pequeños, en un golpe de nostalgia, memoran la desaparición
de su hermano, cuyas patitas ahora deberían exhibirse reluciente y fibrosas en la cocina decorada con
motivos navideños de cualquier hogar español. ¿Qué podría unir y hacer felices
a esos nostálgicos cerditos estabulados? Tal vez una rica merienda de forrajes. ¿Los cereales transgénicos Monsanto que acabaron con la vida de su hermanito Babe? Exacto. Qué
felices son ahora esos cerditos.
jueves, 15 de diciembre de 2011
Yo soy yo y mis influencias
"Narrativa actual: Yo soy yo y mis influencias" es el título de la conferencia que el año pasado leí en la Universidad de Valladolid, en el encuentro En construcción… Zona de obras (Jornadas sobre nueva narrativa española y nueva crítica); pueden leerla ahora haciendo clic aquí.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Presentación de 'Contra la posmodernidad'
Lunes 12 de diciembre. 19.00 horas. La Central de Raval. Eloy Fernández Porta, Ernesto Castro y un servidor estaremos presentando Contra la posmodernidad.
Allí nos vemos,
miércoles, 7 de diciembre de 2011
El obrero danés que se lamentaba de su melancólico ser el mundo (¡nui!)
(sigue en JotDown)
*
PS: respuesta de la inefable Carlota Moseguí, "En defensa de Lars Bergman y Ingmar von Trier"
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