
domingo, 26 de octubre de 2008
Javier Moreno Berliner Guest Star

jueves, 23 de octubre de 2008
'A bordo del naufragio', o cómo inyectar el plus de sofisticación a la novela ¿juvenil?
Sigo sosteniendo —aunque cada vez menos, vaya— que cuando uno tiene 20 años, irremisiblemente ha de escribir en torno a y para dicho espectro etario; es parte, claro, de mi interpretación de la literatura como extensión de la sociología. De ahí mi fascinación por el primer Bret Ellis (lo que vendría después va al margen), Ryu Murakami, beats, Bukowski y el etecé etecé etecé del que aquí tanto se habla. En ese sentido, recientemente he tenido el gusto de dar con ‘Al borde del naufragio’ (finalista del Herralde de Novela en el 98), primera novela del periodista Alberto Olmos a la que me enfrento. Un texto que si bien en origen recuerda a la prosa más o menos punk/ juvenil de los noventa, aportará un componente de sofisticación ineludible, a saber, el tratamiento de la ansiedad y el cerebro descabalgado, la sexualidad[1] —claro— o la soledad extrema y misantropía no banales que caracterizan al narrador, incapaz de integrarse en el entorno universitario happy folks: «Tú no paras de hablar, aunque nadie te oiga». Brillante baldón que entronca con todo lo dicho en Anfetamina Essays, más otras maravillas como Sartre en ‘La Náusea’: «Yo vivo solo, completamente solo. Nunca hablo con nadie; no recibo nada, no doy nada»; el Irvine Welsh de Acid House y de ‘Trainspotting’ —este sí, amigos, punk de los píes a la cabeza—: «Yo era antitodo y antitodos. No quería gente a mi alrededor. Esta aversión no suponía una enorme ansiedad traumática; era simplemente la madura convicción de mi propia vulnerabilidad psicológica y mi incapacidad para la convivencia. Los pensamientos se hacía sitio a empujones en mi cerebro abarrotado mientras luchaba por ordenarlos de un modo que sirviera de motivaciones a mi apática existencia», y «Los colegas son una puta pérdida de tiempo. Siempre están dispuestos a arrastrarte hasta su nivel de mediocridad social, sexual e intelectual.»
Del mismo modo, el protagonista de ‘Al borde del naufragio’ no tardará en posicionarse y reivindicar su aportación frente a cierto tipo de novela juvenil: «Tú no eres como esos jóvenes que salen en los libros de jóvenes y que leen mayormente los jóvenes. A veces dudas de que alguien sea como ellos. Es que parece que sólo puede escribirse de exceso y no de miedo, que es lo principal, el miedo/ vértigo que llega con el cambio de edad, la incertidumbre diaria, esas cosas, en fin, de las que nadie ha escrito, nadie de hoy, se entiende, porque no saben escribir, sino sólo sumar viñetas costumbristas, a lo Mesonero pero peor todavía, y ni siquiera se puede decir que la literatura joven sean los jóvenes pintados por ellos mismos, más bien son los jóvenes inventados por cuatro listos, anglosajonizados y escasos.»
Lo dicho, muchachos, un placer para el paladar.
[1] «Te diriges a las escaleras. Subes mirando el culo de un chico. Cuando llegas arriba, puedes observarle mejor. Está bastante bueno. A veces tienes la impresión de que todo el mundo está bastante bueno menos tú. Le ves alejarse y se te ocurre que una de las causas o motivaciones que pueden llevar a la homosexualidad es la abstinencia», frente a: «No puedes soportarlo, no es que creas que follarte a una de esas niñas de calendario, de pasarela, de Dios, sea el mayor goce de un hombre (y en «hombre» incluyes a las mujeres), es que sabes que el sentido de la vida es conseguir una de esas féminas musicales y etéreas. Tú no ves nada mejor. Exacto: no ves.»
miércoles, 22 de octubre de 2008
De la Nouveau Roman al Afterpop: Sebreli-Fdez. Porta
Recuerda Juan José Sebreli en El olvido de la razón cómo la nouvelle roman trajo consigo un círculo autosuficiente entre escritores y críticos —nouvelle critique—[1]: «se escribía una literatura hermética y autosuficiente que interesaba a los críticos, a los profesores, a los estudiantes de letras y a otros escritores (…) El creador literario reflexionaba sobre el lenguaje y el teórico, de ese modo, era tan creador como el autor[2], los límites entre uno y otro se desdibujaban (…) La nueva novela francesa era estructuralista por el predominio de la forma sobre el contenido —el significante sobre el significado—; además, consecuente con los postulados del dogma, desaparecía el personaje novelesco, es decir, el sujeto, y la trama, es decir, la historia (…) A veces el novelista también era teórico o los teóricos escribían pseudonovelas.» Bastante aplicable resulta el extracto de Sebreli a la ultimísima sensibilidad —crítica y ficcional— afterpop; o como admitiera en Inventario de mutantes el escritor Eloy Fernández Porta, comisario del reciente congreso Neo3, «Si la crítica capaz de teorizar sobre nosotros hubiera existido, no habríamos tenido que hacer nosotros el trabajo»
[1] Y sí, en efecto, Circular 07, entendido como maravilloso campo de pruebas en toda regla así como prosa de la sociología, en la cual además la ‘perversión’ teórica invade a sus anchas la ficción; es el mejor ejemplo para ilustrar lo que a continuación sigue.
[2] Visiten a estos muchachos: http://afterpost.wordpress.com/
Queneau-Burroughs-Sedaris. O esos pequeños hijosdeputa.
A.J. pasea por el mercado con capa negra y un buitre trepado en un hombro. Se detiene junto a la mesa de unos agentes.*
—Les contaré algo bueno. Chico de quince años, en Los Ángeles. El padre dice que ya es hora de que eche su primer polvo. el chico tumbado en el césped leyendo tebeos. Sale el padre y dice: «Hijo, aquí tienes veinte dólares; quiero que te busques una buena puta y le pegues un buen palo.»
»De manera que coge el coche y se lo lleva a una casa de putas finas y le dice: “Bueno, hijo. Arréglatelas tú solo. Llama al timbre y cuando te abran le das los veinte dólares a la mujer y le dices que quieres pegarle un palo.”
»—Vale, papi.
»Como al cuarto de hora, sale otra vez el chico.
»—Qué, hijo, ¿ya has echado el palo?
»—Da buten. La fulana me abrió la puerta y le dije que quería pegar un palo y le solté los veinte machacantes. Subimos a su cuarto y se puso en pelotas y yo saqué mi cadena y le solté un palo del copón y la tía empezó armar semejante cristo que tuve que coger un zapato y machacarle la sesera. Después me la follé para quedarme contento.
William Burroughs, El almuerzo desnudo
—¿Se acuerda de la modista de Saint-Montron que se cargó a su marido de un hachazo en la cabeza? Pues era mamá. Y el marido, naturalmente, era papá. […] Menos mal que Georges nos echó una mano.
—¿Quién era ese Georges?
—Un salchichero. Sonrosado como un cerdito. El maromo de mamá. Y el que le dio el hacha (pausa) para cortar la leña (risita).
—[…] Y en eso vuelvo yo del fútbol, ah, se me olvidaba decir que estaba como una cuba, papá, claro… resumiendo, empieza a besarme, y hasta ahí todo normal, porque al fin y al cabo era mi papá, pero de repente va el tío y se pone a sobarme, y yo digo ni hablar del peluquín, eso sí que no, porque le veía venir al muy guarro de él, y al decirle que no, que eso jamás, pues se va el tío hacia la puerta, y la cierra con llave, y se guarda la llave en el bolsillo, y pone los ojos en blanco gritando igualito que en el cine, era fantástico, un vacile de primer orden. Te voy a pasar por la piedra, gritaba, te voy a pasar por la piedra, y hasta se le caía un poco de baba al decirme esas guarrerías, hasta que por fin se me echó encima. Lo evito por un pelo y, como estaba mamado, hale, de narices contra el suelo. Se levanta y otra vez a perseguirme, como en una del oeste. Por fin me atrapa y hale, a achucharme como antes. Pero en ese momento se abre la puerta sin hacer ruido, ah, porque se me olvidaba explicarle que mamá le había dicho que se iba a comprar fideos y chuletas de cerdo, pero no era verdad, lo decía para engañarle, porque estaba escondida en el lavadero, en el mismo sitio donde había dejado el hacha, y naturalmente se había llevado las llaves. Vaya una lagarta, ¿eh? […] Total, que abrió la puerta poco a poco y entró tranquilamente en la habitación, mientras el infeliz de papuchi pensaba en otra cosa, sólo tenía ojos para mí, y zas, hachazo que te crió en la mismísima chola.
(Extractos de Zazie en el metro, de Raymond Queneau)
Contra la subestimación del enemigo
Probablemente uno de los peores defectos que pueden advertirse en la narrativa contemporánea que intenta desarticular el Capital sea la subestimación del enemigo (véase reseña de Cut & Roll). A este respecto considero crucial la fascinación de Marx hacia los mecanismos del liberalismo sobre la que Deleuze incide en La isla desierta: «En El Capital de Marx hay un aspecto sobre el cual no se ha llamado suficientemente la atención, a saber, hasta qué punto está el propio Marx fascinado por los mecanismos capitalistas, precisamente porque son demenciales y, a la vez, funcionan a la perfección. ¿Qué es, entonces, lo racional en una sociedad? Puesto que los intereses ya están definidos por el marco de esa misma sociedad, lo racional es el modo en el que la gente los persigue y se propone su realización. Pero bajo los intereses están los deseos, las posiciones de deseo, que no se confunden con las posiciones de interés pero de las cuales dependen estas últimas, tanto en su determinación como en su distribución: un inmenso fluido, todos los flujos libidinales-inconscientes que constituyen el delirio de una sociedad.»
Más citas para Carta a D. (Camus-Shakespeare)
Lo exótico de Carta a D., en cuanto al modo de comprender las relaciones humanas, refrendado por dos peces gordos:
Desde luego que el amor verdadero es excepcional. Sobrevendrá más o menos dos o tres veces por siglo. En lo restante del tiempo lo que hay es vanidad o tedio.
Albert Camus, La caída
Y también, el triunfo de la voluntad:
Julieta. —¡Oh! ¿Piensas que nos volveremos a ver algún día?
Romeo. —¡Sin duda! Y todos estos dolores será tema de dulces pláticas en días futuros.
William Shakespeare, Romeo y Julieta
domingo, 19 de octubre de 2008
miércoles, 15 de octubre de 2008
Anfetamina Essays (de Catálogo de muerte)
domingo, 12 de octubre de 2008
Breve Historia de la Negritud Contemporánea Española (Capítulo II)
Ya desde pequeño, Losada siempre tuvo claro que lo suyo era ser un «jodido negro con conciencia de clase; un negro con las pelotas bien puestas». Designio este que le llevaría no solo a seguir los iconos que todo buen hombre de color ha de conocer a fin de ganarse El Cielo de los Negros (donde los ángeles son verdaderamente orondos y cantan tan bien como Barry White —no como James Brown, sino como Barry White—), sino también a abandonar algunos suculentos manjares como la comida tejana a la barbacoa y salsa picante y las hamburguesas K_nt_ck_ Fr__d Ch
En otras palabras, el boxeador razonó que el mero hecho de haber nacido como un hermano de color más, no podía condenarlo en modo alguno a seguir las pautas de comportamiento de tantos y tantos sujetos negros que lucharon por los derechos de los suyos: precisamente cabría considerar como un signo de igualdad entre quienes disponen de unos y otros genes que también los negros dejen achicharrarse el cerebro, hasta alcanzar la ascética textura de la mismísima gelatina, luego de una larga exposición a cierta cadena gringa de televisión musical. Más aún: «¿Por qué un NGR que de lunes a domingo extiende su manta en los vestíbulos de tantas y tantas estaciones de metro, y allí dispensa desde imitaciones de D_lc_ & G_b_nn_ (por si no lo sabían: la marca negra por excelencia, desde que P. Diddy comenzase a flirtear con J-Lo, tiros al aire mediante) hasta deuvedés y juguetes de cuerda, no iba a poder gastar sus [pingües] beneficios en una indumentaria por la que ningún blanco de clase media en su sano juicio estaría dispuesto a pagar? ¿Eh, eh, eh, qué tienes que decirme ante eso, chico?»
Y así es, damas y caballeros, como Quincey Losada se hizo un hombre; un hombre de bien (algo que luego rebatiremos) con derechos e integrado de lleno en su tiempo. Bravo por Quincey.
sábado, 11 de octubre de 2008
Breve Historia de la Negritud Contemporánea Española (Capítulo I, Re-Visited)
Arropado por su pequeño séquito de becarios informalmente ataviados, el co-director de marketing en la delegación peninsular de la Cadena de Cafeterías Verdes, Thomas Sjöblom, atraviesa un paso de peatones a la altura de Callao cuando es asaltado por lo que, a su juicio, ha de interpretarse como una brillante ocurrencia. Sjöblom se detiene con la gabardina doblada sobre su antebrazo frente a un bus descapotable para turistas extranjeros, casi en actitud intimidatoria, mientras el peatón verde parpadea a punto de desaparecer; levanta entonces unos centímetros el mentón y procede, con una voz capaz de eclipsar el estruendo del claxon: «Alguien que sepa explicarme, de manera razonada y sensata —no valen chistes sobre plantaciones de algodón ni cosas por el estilo—, por qué si hay un local que absorba (succione) toda la negritud de Gran Vía y aledaños, ese es sin duda el K_nt_cky Fr__d Ch_ck_n; y por qué sin embargo, cuesta tanto (por no caer en la distopía que supondría asumir de antemano la imposibilidad total e irremisible) hallar uno de esos pares de labios carnosos de uno de esos de primates supuestamente avanzados sorbiendo un capuchino helado en nuestra Cadena de Cafeterías Verdes, ¿eh, chicos?»
