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sábado, 5 de febrero de 2011

Regreso al futuro (sobre Dave Eggers)


Zeitoun

Dave Eggers

Trad. Cruz Rodríguez

Mondadori.

Barcelona, 2010. 320 págs.

Una historia conmovedora, asombrosa y genial

Dave Eggers

Trad. Cruz Rodríguez

Mondadori.

Barcelona, 2010. 410 págs.

Desde la presentación en sociedad de la Next Generation, llevada a cabo por la editorial Mondadori en el año 2002, y en lo que ha de entenderse como una de las campañas editoriales más fructíferas e influyentes de los últimos tiempos, la recepción de la literatura contemporánea norteamericana en España ha sido todo un misterio. O al menos uno tiene la impresión de que bajo un mismo marco referencial y estético, el imaginario colectivo ha asociado autores tan singulares o disímiles como puedan ser David Sedaris, Foster Wallace, Palahniuk, Jonathan Lethem o el propio Eggers, vagamente conocido en nuestro país desde la primera publicación de Una historia conmovedora, asombrosa y genial, allá por el 2001 en Planeta, y revitalizado a partir de 2003 con Ahora sabréis lo que es correr (Mondadori). En el lapso de tiempo que va desde 2002 hasta nuestros días, fueron desapareciendo a nuestros ojos firmas como las de Jay McInerney —mientras su mellizo Easton Ellis nunca llegó a bajarse de la ola—, David Leavitt, Rick Moody o Sam Lipsyte; otros, como los arriba mencionados, y siempre capitaneados por Wallace —quien tenía que ver más con Pynchon o DeLillo que con sus contemporáneos generacionales—, siguieron siendo bibliografía obligatoria. Zeitoun, la última novela de Eggers, es un ejemplo excepcional para discutir esa recepción —tal vez, dudosa— de la narrativa americana y posterior al 11-S, así como una legitimación de la buena fama que siempre ha rodeado al padre de McSweeney’s y The Believer.

Menos de un año después de Los monstruos, incursión en una suerte de literatura infantil y fantástica, Eggers lleva a cabo otro interesante tour de force en su trayectoria mediante la presente novela de no ficción. Un relato que obtiene sus fuentes —asegura el autor— en los propios testimonios de Abdulrahman y Kathy Zeitoun, aparte de otros recursos periodísticos. Y en esa obsesión por la verosimilitud que ha caracterizado a algunos de los coetáneos de Eggers, una serie de fotografías escogidas por el autor servirán de apoyo a la novela.

El objetivo de Zeitoun es relatar el periplo de esta familia inmigrante dedicada a un negocio de pinturas, y compuesta por una musulmana conversa casada con un sirioamericano, durante el desastre del Katrina en Nueva Orleans. Para ello, dos son los pilares fuertes que sostienen la novela. El primero guarda relación con el autor real del relato. Eggers, inicia con Zeitoun una loable investigación en un terreno que, aparentemente, pertenece a los escritores de la migración que aúnan tradiciones muy distintas. Zeitoun habla de los nuevos héroes de la clase obrera en EE UU, y de los problemas a los que se enfrentan tras el ataque contra las Torres Gemelas. De hecho, América tiene ahora otro enemigo que combatir, sólo que en esta ocasión no procede de ninguna colisión cultural, y sí de la propia naturaleza. Eggers nos presenta el Katrina como la inversión del 11-S, en donde el único héroe que puede salvarnos es Zeitoun, amplio conocedor de la supervivencia en condiciones extremas: «Lo único que podía hacer era honrar la memoria de su hermano. Ser fuerte, valiente, sincero. Aguantar. Ser tan bueno como Mohammed.» Y así, si Mohammed, prematuramente desaparecido, significó otro ejemplo de actitud heroica, cuando a los dieciocho años se empleaba por las mañanas como albañil, por las tardes como pescador y por las noches entrenaba para competiciones de natación; su hermano, armado con tan solo una canoa, está llamado a proteger todo aquello que dé muestras de vida en Nueva Orleans. Pero las políticas post 11-S convierten en villano al salvador, y así Zeitoun pasa a ser sospechoso de pertenecer a Al Qaeda

Aparte, el segundo punto fuerte de la novela debería servir para abolir innecesarios vínculos generacionales: nada de experimentalismo aquí. A pesar de estar construida por pequeños fragmentos, Zeitoun es, ante todo, linealidad pura. Siguiendo con la imagen fluvial, la novela arranca con la descripción de la vida familiar de los Zeitoun en las horas previas al desastre, para luego bifurcarse en dos geografías: por un lado, la huida de Nueva Orleans que Kathy y los niños llevan a cabo, y por otro, la perseverancia de Zeitoun en la ciudad. El mecanismo que espolea la novela resulta irreprochable: algo tan sencillo como el movimiento pendular entre ambos escenarios cuando se alcanzan los momentos de máxima tensión. Y Eggers sabe gestionar adecuada y progresivamente los clímax.

Pero volvamos a los orígenes.

César Aira recurre a su particular ley de rendimientos decrecientes para explicar la ansiedad de las influencias. Según su diagnóstico, «el innovador cubre casi todo el campo en el gesto inicial, y les deja a sus sucesores un espacio cada vez más reducido y en el que es más difícil avanzar.» Cuando hablamos de metaficción, lo lógico es empezar en Cervantes —o más claramente, en Sterne—, y avanzar hasta la posmodernidad. Es por ello por lo que Una historia conmovedora, asombrosa y genial cuenta con la doble característica de ser, por un lado, un texto realmente lúdico, y por otro, una escritura intencionadamente epigonal, que repite punto por punto los esquemas del último eslabón significativo en la historia de las metalepsis: David Foster Wallace. O al menos, la serie de prólogos con los que Eggers anticipa el relato cumplen con las dos rúbricas más reconocibles del último gran escritor norteamericano: «el molesto e interminable aspecto autorreflexivo del libro» (que Wallace, conocedor del Tristram Shandy, llevó al extremo en relatos como “Octeto” o “Hacia el oeste, el avance del imperio continua”), y «el aspecto relacionado con el fatalismo»: si el tema fundamental de Wallace era la paradoja del superyó —por lo demás, muy propio de Heller, algo así como: “tomes la decisión que tomes, acabarás mal”—, Eggers, en su autoexégesis, retoma las palabras de Milton R. Bass sobre Trampa 22: «Ésta es una de las tragedias más divertidas que he leído. La mayor parte del tiempo no puedes sentir lástima a causa de la risa y tampoco puedes reírte por el propio dolor.» (Casebook 23). He aquí también la política de Wallace, y al mismo tiempo del primer Eggers: «la pose nihilista fácil y nada convincente en relación con: la plena exposición de los secretos y dolores de uno, disimilada tras un disfraz semialtruista cuando de hecho se muestra muy reservado en muchas o la mayoría de las cuestiones». Otro ejemplo de su tentativa por apropiarse del tono de su contemporáneo y de su sintaxis barroca aparece presente en su interés por retratar «el aspecto de la autocanonización disfrazada de autodestrucción enmascarada de autoengrandecimiento disfrazado de autoflagelación como la forma de arte más elevada de todas.»

Con todo ello, uno no puede dejar de preguntarse: ¿Por qué, Eggers, por qué lo hiciste? ¿Por qué ese extenso prólogo de reconocimientos, plagado de reflexiones más que manidas ya en 1999, destinado a condicionar —para mal— al lector? A fin de cuentas, Eggers —aun con su interés (¿experimental?) hacia el apoyo del lenguaje visual, los recursos tipográficos y el costumbrismo de los noventa— tiende a ser un escritor optimista, y este libro de memorias en el que narra la relación con su hermano Toph, tras la desaparición de sus padres, pasa perfectamente por erigirse como la piedra angular de un autor seducido por la literatura de no-ficción; la misma que más adelante procuraría alejar de la presencia del yo, con acierto, en Zeitoun, y, antes que nada, en Qué es el qué —libro de relevancia capital, ya que, cuando de cuestiones políticas se trata, la literatura tiende a centrarse en los conflictos más cercanos al autor—. Las cuestiones que la lectura comparada de ambos volúmenes provocan —Zeitoun y Una historia conmovedora…— son obvias y problemáticas: ¿existe hoy algún tipo de literatura experimental? ¿Hemos sentado las condiciones para una tabula rasa de registros, en donde un reportaje literario pueda dispone de mayor valor que la incursión en los desafíos formales? ¿Significa algo la brillante regresión al futuro que implica Zeitoun? ¿Qué ha pasado con Estados Unidos en los últimos diez años —si es que ha pasado algo…? Tiempos difíciles, que proclamaba Dickens. Cómo no.

(publicado en Quimera 326, enero de 2011)

lunes, 31 de enero de 2011

Callejeros

Ciudades posibles

Eduardo Becerra (ed.)

451 Editores. Madrid, 2010. 221 págs.

La ciudad y su trama

Álex Matas Pons

Lengua de Trapo. Madrid, 2010. 334 págs.

Con la sangre despierta

Juan Manuel Villalobos (ed.)

Sexto Piso. Madrid, 2010. 162 págs.

A Tom Wolfe no le hizo ninguna gracia el posmodernismo ni sus renovaciones formales. 1989 fue el año en que Harper’s Magazine publicaba su artículo “Stalking the billion-footed beast, donde hablaba de lo que podríamos resumir como la Gran Novela Metropolitana (big realistic fictional novel), un problema al que venía dándole vueltas desde 1968, cuando vio la luz su electric Kool-Aid Acid Test, y ante el cual, y para su sorpresa o espanto, vio como nadie más parecía preocupado. En sus propias palabras: “Lo extraño era que a los jóvenes con serias ambiciones literarias ya no les interesaba la metrópolis.” Entrenado en las técnicas del new journalism, a Wolfe (que en cierta forma encarnaba el mismo debate actual en torno a la colocación de Franzen, ferviente defensor de la novela social, como nuevo icono de las letras transatlánticas), antes que la metafísica y la forma le interesaba lo tangible: el artículo de Harper’s, de hecho, puede entenderse como una historia de la literatura norteamericana narrada por el bando perdedor, el de los seguidores de los maestros decimonónicos. De más está decir que, al menos para Wolfe, el problema de la gran novela metropolitana quedaría resuelto con la aparición de su neoyorquina hoguera de las vanidades, un par de años antes de desfogarse con “Stalking the billion-footed beast”.

Algo muy familiar ocurre en España, donde en la última década la atención de nuestros narradores ha ido alejándose del espacio urbano para dirigirse hacia el espacio televisivo o digital. Sobran los ejemplos al respecto. No obstante, la aparición simultánea de tres libros tan distintos entre sí como son Ciudades posibles, La ciudad y su trama o Con la sangre despierta nos devuelve a la incógnita Wolfe. ¿Qué está ocurriendo con nuestras ciudades y con las ciudades latinoamericanas? ¿Alguna vez participamos nosotros en esa tentativa de big realistic fictional novel?

Coordinado por Eduardo Becerra, Ciudades posibles parte de un prólogo del profesor en donde establece una razonable taxonomía para entender el estado de la cuestión: modernización (París, siglo xix), espectacularización (Las Vegas, Los Ángeles) y virtualización (Second Life). Y es aquí donde empiezan los problemas. Edmundo Paz Solán, por ejemplo, dedica su capítulo a las ciudades virtuales y la literatura. En él se nos dice: “Es oficial […] El universo virtual creado por Linden Lab [Second Life] tiene ya nueve millones de habitantes […] Hace apenas dos años todo esto era impensable, pero ahora se está llegando a un punto en el que disponer de un avatar en Second Life será pronto el nuevo elemento sin el cual no podremos vivir.” Bien. Quizá cuando el texto se escribió —para el encuentro organizado por Becerra en Buenos Aires en septiembre de 2007, cuyas ponencias dieron lugar a Ciudades posibles— el entusiasmo era lógico; ahora, obviamente, no. Cuando las mesas redondas y los encuentros de escritores parecen acordar que Facebook ha desplazado al blog como espacio de interacción, muy pocos años después de las inmensas expectativas generadas, afirmaciones de este tipo se hacen, cuanto menos, descabelladas. Aparte, justifican el regreso a espacios más seguros.

Ciudades posibles plantea un recorrido completo por cuatro dimensiones de la ciudad, a saber: ciudades literarias, ciudades imaginadas, ciudades de cuento y la ciudad en imágenes. En la primera sección resulta de especial interés el texto de Belén Gauche, digamos, sobre la polis del cronotopos y moderna por excelencia. Es decir, Zurich: la ciudad de los relojes, la del paradigma (newtoniano) de la física mecánica, plagada de motivos relacionados con el tiempo y sobre los cuales muchos han sido los artistas y escritores que han querido dar cuenta de ello. Asimismo, el texto de Marcelo Cohen para Ciudades Imaginadas, “Informe sobre una ciudad sintética”, explora con un poderoso lirismo los fotogramas más reconocibles de la ciudad globalizada. No menos destacables son las “Nuevas ciudades invisibles” que propone Mauricio Montiel. Partiendo del inexcusable libro de Italo Calvino, el escritor mexicano revisa la filmografía de Los Ángeles, Shanghái, Hong Kong, México y San Francisco. Completa esta última sección del libro Jordi Costa y su inmersión en el mito de la ciudad “noir” a partir del cine y el cómic.

Galardonado con el VIII Premio de Ensayo Caja Madrid, Álex Matas Pons arroja, con académica y enciclopédica voluntad, un intenso resumen sobre los lugares comunes de la modernidad urbana y decimonónica, que transcurre desde la revisión de autores clave como Balzac, Poe o Zola a la creación de mitos metropolitanos como el París contemporáneo, el dandi, el flâneur o el detective. Cierto es que el paseo propuesto por Matas en ocasiones parece tender a diluirse en callejones sin salida o desviaciones previsibles o excesivas respecto al tema principal. Pienso en algunas glosas sobre temas muy generales de teoría e historia literaria, como el concepto de “lo ominoso”, que Freud explica a partir de “El hombre de arena”, el hecho de que Dupin inaugure una narrativa detectivesca sin acción, meramente psicológica, o la tiranía y la reconstrucción de los hábitos temporales que la industrialización trae consigo.

Sea como fuere, en La ciudad y su trama se aprecia un buen manual para entender, una vez abandonada la naturaleza tras el fin del primer romanticismo, los aspectos definitorios del traslado al entramado urbano como centro de todas las miradas literarias. Entre los aspectos de los que Matas habla están Balzac como punto final a la distinción entre “lo ‘alto’ y lo ‘bajo” (“Su gesto implica que ya no hay más un ‘estilo elevado’ reservado al tratamiento literario de ciertos temas”), las representaciones del parvenu o el chico de provincias llegado a la ciudad, o la oposición entre autores como Dickens o Disraeli a la hora de leer Londres.

Acerca de Monica Ali, escritora nacida en Bangladesh pero emigrada a Gran Bretaña, el controvertido crítico James Wood afirmaba que parte de la renovación en la literatura británica y norteamericana de los últimos años ha sido llevada a cabo por una “inevitable guionización […] (ficción cubano-americana, puertorriqueña-americana, asiático-americana, etcétera)” (The irresponsible self). Para la tradición hispánica, cuyos movimientos editoriales y migratorios continúan perpetrando cierta situación colonial entre Latinoamérica y España (es decir que el choque cultural y lingüístico en las literaturas resultantes de tales movimientos es sólo moderado), resulta más difícil hallar este tipo de hibridaciones. De ahí el interés crucial que despierta Con la sangre despierta, volumen editado por el escritor Juan Manuel Villalobos en donde once autores latinoamericanos narran su periplo en distintas ciudades.

El resultado de estas crónicas no es sino un sugerente cruce entre el texto autobiográfico —no olvidemos que la apreciación de cierta literatura sobre el multiculturalismo exige requisitos en la biografía del autor empírico—, la crónica de viajes y la representación de la metrópolis. En este sentido llama la atención los distintos senderos interpretativos que ofrecen las crónicas, en función del tipo de destino elegido, hispanohablante o no. Como exponente del primer caso hallamos a Santiago Rocangliolo, que narra su aterrizaje en Madrid hace ya diez años e ilustra el periplo de precariedad y caos burocrático del escritor que migra de Hispanoamérica a España (por lo demás, la precariedad será un distintivo colectivo en todos los textos). En lo que concierne a la migración hacia países no hispanohablantes destacan las crónicas del genial Guillermo Fadanelli a Berlín —ahí queda la conciencia de arrepentimiento y temor característica de cualquier viaje y el viajero engañado y humillado en su destino—, o aquel Ricardo Sumalavia y sus penurias como profesor en Seúl. Con la sangre despierta es un libro necesario.

(publicado en Quimera 324, noviembre de 2010)

jueves, 20 de enero de 2011

My so called Eutopia

(Home-Wallraff-Levé: tres visiones sobre Fort Europa y el problema de la ética en el lector)



1. La lectura y traducción de Memphis Underground me ha ocupado buena parte de los dos últimos meses. Obviamente, la disección y relación obsesiva con un texto como el de Home —una forma de leer, por lo demás, desconocida para mí hasta la fecha— tiene consecuencias inevitables. Quizá la más inesperada de todas sea el giro radical que para mí ha supuesto el interés hacia la literatura política. De un modo u otro, Home es un escritor extremadamente político: lúcido pero político, atractivo pero político, macarra pero político, inteligente pero político. SH es un puto genio, y MU quizá sea la mejor novela política que he leído hasta la fecha. Precisamente ayer, en su blog de El Boomeran(g), Patricio Pron arrojaba una observación sobre el panorama local en la que coincido por completo: «Quizás pueda trazarse realmente una divisoria en la novelística española reciente entre un cierto grupo de obras interesadas por el pasado histórico y explícitamente políticas pero escasa o nada innovadoras y otro grupo de obras pretendidamente innovadoras pero desinteresadas por el pasado histórico y explícitamente apolíticas.» Al margen de que a estas alturas el adjetivo «innovador» suene a incómoda burla, lo cierto es que la narrativa política española reciente no ha conseguido interesarme demasiado. Por no decir jamás, ni un solo título. Esto es un problema de dimensiones bastante groseras. Y el cincuenta por ciento de la responsabilidad reside en que la literatura política española se inclina a abordar el «pasado histórico», y en que nadie en su sano juicio demuestra interés por el presente político. Ni qué decir tiene si se trata de escribir una novela.


2. En estos dos últimos meses creo que he terminado de aclarar mis desencuentros con la narrativa política española. La solución pasó por Günter Wallraff, el egomaniático periodista autor de Cabeza de turco y Con los perdedores del mejor de los mundos. Wallraff, cuyo tema siempre fueron los losers —auténticos— de Alemania, me hizo pensar que casi toda la gente que conozco atraída por la política tiene la mirada puesta al otro lado del charco, o a este lado de la aduana, cuando quizá sería inteligente atender a lo que ocurre en Fort Europa. Wallraff habla de una Europa cuya (no-)identidad difiere del contexto español; desde Alemania, Wallraff expone un continente que en los últimos años ha entendido razonable la emergencia de la extrema derecha y los desencuentros ideológicos, identitarios y culturales frente a los núcleos de inmigrantes extracomunitarios. Ahí quedan Fortuyn, Dewinter, Bossi, Wilders, Le Pen, Haider o Kjaersgaard, figuras políticas impensables en el marco político español actual, pero quién sabe dentro de algún tiempo. Wallraff, como Home, habla de las fisuras del Welfare, del desastre europeo y el peldaño social que solapa la miseria de los nativos continentales que gozan de las peores condiciones posibles con la miseria de los nuevos residentes. La paradoja de leer a Wallraff desde España es que hace creer en un hipotético retraso con respecto a la involución social que puede avecinarse. Dicho de otro modo, Peter H. Merkl señala en Right-wing extremism in the twenty-first century (disponible en Google Books) que «los problemas británicos con la xenofobia y la violencia de extrema derecha tiene sus equivalentes en todo el continente, de Antwerp a Viena». Supongo que no es del todo cierta la afirmación, al menos aquí, y por ahora.


3. A todos los que mostráis gran preocupación por los conflictos de poder en el campo literario, Wallraff os devuelve al kindergarten. Cretinos. Lo que en realidad quise decir con esta frase es que para cualquier interesado en la literatura actual, enfrentarse a Wallraff debería pulverizar, minimizar, disuadir y establecer jerarquías, al menos momentáneamente, en lo que respecta al equilibrio del texto entre su dimensión social y estética. Esto estuvo bien claro para mí hasta toparme con Suicidio, de Édouard Levé. Al igual que mi interpretación de Wallace, la lectura de Suicidio está supeditada a la biografía, lo cual no altera demasiado el orden de las cosas. Leí Suicidio como retrato fulminante de la anhedonia y la depresión, esos desórdenes tan mid-class. Abandoné Suicidio en el primer tercio. Demasiado fatigante, excesivamente desmotivador. Abismal. Yuxtaponer la lectura de Wallraff con la de Levé trae consigo un problema ético irresoluble: ¿cómo no incluir al acomodado pero deprimido protagonista de Suicidio en la categoría de los perdedores del mejor de los mundos?, ¿del lado de quién mostrarse solidario?, ¿dónde operar?, ¿cuál de los dos testimonios exige una respuesta más urgente? ¿Qué hacer con la ética del lector? ¿Existe? ¿Merece existir?

domingo, 12 de diciembre de 2010

Breve demostración de algunas...

...de las pequeñas conjeturas sadomasoquistas de Goldbach que orbitan en torno a y afligen el paranoico fuero interno del traductor


Un políglota se traduce a sí mismo. Su propia copia, ¿podrá considerarse copiaimperfecta—? ¿Y cuál de las dos es el original? Si la ficción más atractiva exige (por hábito) cuestionar la veracidad del testimonio narrado, ¿por qué constituiría un problema, en lugar de una hipérbole, sospechar de la traducción? Ante la sempiterna sospecha hacia los traductores con que lee el traductor, una novela realista, traducida, ¿sigue siendo una novela realista? El lenguaje como espacio, el no-lugar y el tránsito: ¿en qué (no-)idioma lee el traductor? Un escritor escribe una frase, y punto. (Más o menos.) Un traductor procesa un número de variables en esa misma frase, y entre todas ellas elige. ¿Cuál es la adecuada? ¿Ha elegido la adecuada? ¿Por qué? ¿Su elección —mesurada, se entiende— mejora la original? ¿Es comparable la legitimidad asociada al acto de plegar y desplegar sintaxis, léxico, emotividad y semántica en el original y la copia? ¿Optimizaría el resultado que la copia incluyese todos los enunciados posibles del original en lugar de decidir uno solo? Barthes y Genette, el lenguaje como complejo de intertextos. ¿El original también copia su propio lenguaje? ¿Contiene el original errores como copia? La traducción como texto amplificado. El lenguaje como laberinto. Los círculos fraseológicos concéntricos en el procesamiento de la traducción. La traducción y la morbidez lingüística. La myse en abyme. Etcétera, and further on.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Mis 10 de 2010

Quimera 325 publica este mes la lista de Los 10 de 2010, guiada «no solo por la calidad literaria de las obras, sino también por su capacidad para generar crítica, admiración, antipatías: debate», y armada a partir de las votaciones llevadas a cabo por el equipo de El Quirófano. He aquí mi votación de lo que consideré los diez libros del año, entre reediciones de literatura en español y extranjera, y novela, ensayo y ficción breve en español. En orden —más o menos riguroso— de interés:

1. Corona de flores, Javier Calvo, Mondadori.

2. Eros, Eloy Fernández Porta, Anagrama.

3. Habitación doble, Luis Magrinyà, Anagrama.

4. Los muertos, Jorge Carrión, Mondadori.

5. Idioteca, Raúl Quinto, El Gaviero Ediciones.

6. El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, Patricio Pron, Mondadori.

7. Obras I, Copi, Anagrama.

8. Alba Cromm, Vicente Luis Mora, Seix Barral.

9. Diario de las especies, Claudia Apablaza, Barataria.

10. Dinero gratis, Carlo Padial, Libros del silencio.

*

El especial Quimera —en donde participo con un artículo sobre Las teorías salvajes y su recepción—, me parece de gran interés para intentar averiguar hacia dónde está dirigiéndose y reconduciéndose la narrativa que se hace y se lee en España. O al menos a mi juicio, el polifacético mosaico compuesto por Cuenca Sandoval, Patricio Pron, Menéndez Salmón, Oloixarac, Carrión, Jon Bilbao y Fernández Porta (mea culpa por no haber leído lo último de CS, MS y JB…), da qué pensar.

Lo dicho. No se pierdan el número navideño de Quimera, ya saben, probablemente la mejor revista de literatura en nuestro país.

jueves, 11 de noviembre de 2010

El chiste más gracioso del mundo

(Transcripción de notas sobre la enésima relectura de Literatura de izquierda en el tren MAD – GIJ)

Mi ejemplar de Literatura de izquierda comienza con grandes carcajadas anotadas a los márgenes, y concluye en sinceras ovaciones: hay que tener un gran carisma para intentar el asalto a buena parte de la literatura argentina y salir indemne de la escaramuza. Como ese otro gran y beligerante ensayo publicado en Periférica, La cena de los notables, o la propuesta de Postpoesía, Literatura de izquierda no es un libro para estar de acuerdo con él. Hay que estar muy poco cuerdo para estar de acuerdo con él, de hecho, o bien ser un nostálgico del marxismo. Ambas cosas son lo mismo. En realidad el concepto de Literatura de izquierda no tiene nada que ver con ningún asunto ideológico; sí, en cambio, político. Todo lo que aquí se diga de Literatura de izquierda, además, tiene que ver con las escasas 50 páginas que Tabarovsky dedica a reflexionar sobre este concepto de una forma más aguda: el resto de ensayos que componen esta colección son más evidentes, menos conflictivos, más correctos, ofrecen menos posibilidades para el debate, aburren más, por tanto. Pero cuando Tabarovsky habla de Literatura de izquierda es imposible estar de acuerdo con él. A cambio, da qué pensar: estos son los ensayos que hay que leer.

*

Tengo la impresión de que todo el mundo, o al menos demasiada gente en España, habla bien de Tabarovsky. Pero Tabarovsky es deliberadamente provocador, luego su proyecto ha hecho aguas. Nosotros desconfiamos de casi todos sus enunciados: somos los lectores elegidos.

*

Hay un instante de su ensayo, apenas en la página 22, en donde sitúa la Literatura de Izquierda en un lugar que no es el del mercado ni el de la academia: “existe, pero no es visible”, dice, y he aquí el momento en que su autor abandona la crítica literaria para iniciarse en la homilía, la propaganda o el esoterismo. ¿Qué es exactamente el escritor sin lectores?, ¿de qué va esto? No estoy diciendo aquí que la crítica no tenga sus cuotas de fe y de fanatismo, pero ya me entienden. “No se trata de cambiar un paradigma por otro, sino de derribar la idea misma de paradigma” (p. 39). En ocasiones los fanáticos de Bourdieu somos quienes más empeño ponen en distinguirse. Fatal.

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...ensayismo Lipovetsky©, pirotecnias Baudrillard, gramáticas perequianas, apocalipsis... POSTESTRUCTURAL... (…y mientras tanto, para los pobres, guarreridas espanyolas, para los ricos, sexualité, libido sciendi, ejem, française...)

Las editoriales se venden a megaholdings que aplican una política literaria basada en el éxito inmediato, los premios literarios desaparecieron o se desinflaron (pagan menos), las librerías se llenan de saldos, los escritores buscan suerte en España o donde puedan. Es descorazonador ver a los mismos escritores que apostaron al mercado, maldecir ahora su suerte al ser rechazados por las mismas editoriales que antes los publicaban (siguen escribiendo literatura de mercado para una sociedad que destruyó el mercado).

Al margen: “joooooder”.

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Las relaciones conflictivas entre críticos senior y amateur a menudo se resumen en la compasión, el desdén, la palmadita en la espalda, el reclamo de tiempo y paciencia para henchirse de la sabiduría necesaria con que afrontar la vida y sus vericuetos intelectuales, mequetrefe, le dice el primero al segundo; al revés, los jóvenes se afanan, nos afanamos, en demostrar nuestras poéticas con hechos, citas, textos, teorías, filosofías, a veces obviando esa parte para la fe que la crítica guarda en su corazoncito. Así sólo la actitud macarra, hooligan y apasionada sólo es habitual en el crítico senior que legitima ciertos cánones ya irreprochables: “¡Po' vaya mielda cuadro que me traes; sso' lo hace mi sobrino, ¿eing?” Lamento muy profundamente tal unidireccionalidad. “Ta' los huevos de tu nineteeth-century reading y tardomodernidad guerraciviloide de pastel: que ya se ha inventao' una cosa llamada Deleuze, ¿tú sabeh, pringao'?”, es más infrecuente de leer en una crítica.

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La adaptación cinematográfica de Literatura de Izquierda ya tiene un nombre: Machete. O: póngase las gafas 3D para ver la lluvia de hoooostias que cae sobre Argentina. Y pienso en ese momento del texto en que Tabarovsky está escribiendo sus cosas y de repente decide inmolarse. El libro empieza a quemar entre las manos: he releído varias veces este pasaje, como a veces recreo en mi imaginación la escena de los intestinos y el puenting de Robert Rodríguez. Hablo del episodio dedicado a los “jóvenes mediáticos”: “Mezclando la jerga del rock y la creencia ignorante de que Bob Dylan es el gran poeta norteamericano vivo [...] Jugando a recrear la lengua de la neovanguardia pop, llamando a sus libros con títulos como Historia argentina, Frivolidad o Chica fácil, rápidamente encontraron su lugar al sol, y su literatura—por algunas horas—hasta pareció desafiante y altanera [...] como ocurre con el pop, las cosas envejecen rápido. Sin embargo la buena literatura no envejece: todavía nada se ha escrito más actual que Las ilusiones perdidas, de Balzac.” En los márgenes, a lapicero: “HAHAHA HA HAHA, ¡Qué cabrón, Tabarovsky!”. Bien. En realidad creo que el actual Rodrigo Fresán piensa de forma parecida: defiende la literatura decimonónica, es un buen escritor, todo ok. También es cierto que el autor de 'El fondo del cielo', como el autor de 'Historia argentina', mejoran en mucho al Tabarovsky que escribe ficción, y a esto es a lo que yo llamo valentía y arrojo en el discurso de Tabarovsky.Pero ya hemos expresado nuestras dudas sobre si hay más ficción, acción y narrativa en Autobiografía médica o en Literatura de izquierda. Aún queda la esperanza de que sea otra Historia argentina en la que DT piense.

*

Hace un tiempo trazábamos puentes que iban de Fernández Porta a Damián Tabarovsky: hoy, necesariamente, hemos de retomarlos. Ciertamente, con el primero me río más que con el segundo, sólo porque el primero escribe libros de dimensiones considerables, si bien el segundo no le anda a la zaga en hilaridad. Son humores distintos, claro. Tabarovsky dinamita el ensayo literario desde dentro de sus más rancias convicciones—empezando por desempolvar la máquina de acuñar neologismos: Literatura de izquierda—, y ninguno, ninguno de vosotros, os habéis enterado. Ninguno supisteis leerlo como merecía. Su proyecto no está ni dentro ni fuera de la polis, luego, funciona, existe según sus propios principios. Ahora Tabarovsky no es tanto un teólogo como un dios pagano. Quiero decir: éste es el mejor ensayo literario del año, éste es el peor ensayo literario del año. Y así.

martes, 9 de noviembre de 2010

Próximos destinos: Madriz-Gijón-Valladolid

*“Alegoría vítrea [en Malasaña, sus movidas y La Luna de Madrizentro]” —“Stained-Glass Allegory”, en la traducción al inglés por Mara Faye Lethem (todo un honor por mi parte)— es el nombre del relato que este mes publico en Madriz; en el mismo número de la revista aparece “Malasaña, ciudad literaria”, un reportaje sobre cinco jóvenes escritores residentes en Madrid (Patricio Pron, Sergio Galarza, Fernando San Basilio, Luna Miguel y yo).

*Este viernes 12 estaremos presentando ibrahim-berlin.blogspot.com en el Encuentro Interestelar de Bloggers que celebra el Centro de Arte LABoral de Gijón. He aquí la programación del encuentro y el listado de bloggers.


*«Narrativa Actual: Yo soy yo y mis influencias» será la conferencia que lea el próximo 23 de noviembre en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, dentro del encuentro En construcción… Zona de obras (Jornadas sobre nueva narrativa española y nueva crítica), en donde también estarán Jara Calles, Mercedes Díaz Villarías, Óscar Gual, David Refoyo, Miguel Serrano Larraz, Elvira Navarro y Alberto Santamaría. Muy interesantes compañeros y entrada libre...

viernes, 5 de noviembre de 2010

Regreso a Los Ángeles (entrevista a Bret Easton Ellis)

Bret Easton Ellis: un tipo difícil de olvidar. Sin duda alguna, también una de las conversaciones con escritores más extrañas y entrañables que recuerdo. La entrevista, publicada este mes en Go Mag, la podéis leer aquí.