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martes, 1 de junio de 2010

Recetas para la histeria realista (publicado en Quimera 315, febrero de 2010)

Los monstruos

Dave Eggers

Mondadori. Barcelona, 2009. 222 págs.

Si hay un rasgo que pueda definir la novela norteamericana contemporánea, ése es sin duda su autoconsciencia del medio cultural en que habita: de Wallace a Lopate, Fox, Coupland, Franzen, Ellis, DeLillo y otros tantos, a los autores del otro lado del Atlántico los define la disolución del ejercicio de la narrativa pura en otras disciplinas como puedan ser la sociología, el psicoanálisis o la semiología. En su última novela, Dave Eggers no solo se aproxima a nuevos registros al recuperar el cuento de Maurice Sendak Donde viven los monstruos, paralelamente adaptado a la gran pantalla junto a Spike Jonze. Mucho más allá, Eggers presenta el que podría ser un interesante proyecto de salida o reacción al ya normalizado realismo sociológico —que con él vimos en Qué es el qué y Ahora sabréis lo que es correr—, pues si durante el primer tercio de Los Monstruos el relato se dedica a radiografiar el funcionamiento de una familia desestructurada, lo que sigue cae del lado del género fantástico: nada que pueda semejarse directamente a la realidad cultural del siglo xxi sino de un modo más o menos simbólico o alegórico.

Max, protagonista de Los monstruos, inicia su andadura con una concatenación de sucesos que acentuan su extrañamiento infantil en un escenario esquizofrénico. Encontramos así a la señora Mahoney, que reprende al protagonista por «pedalear por ahí solo» en diciembre y sin casco: he aquí, pues, una materialización del sobreproteccionismo y miedo al otro —característica que se repite con la aparición del señor Neimenov—. A Gary como el nuevo de novio de la madre de Max, alguien que intenta contemporizar con él sin resultados. A Claire como la hermana mayor aislada del seno familiar en su grupo de amigos «fumetas», quienes responden a una venganza de Max sepultándolo en una guerra de bolas de nieve que atilda su incomprensión. Al señor Perry como responsable del centro pomposamente llamado «Una Cucharadita de Deliciosas Actividades Extraescolares». Y finalmente, al señor Beckmann como el anciano que sabe leer la rabia de Max, pues él también pertenece a esa debilidad típica de la periferia demográfica.

Larry McCaffery advertía en 1982 que la literatura de la posmodernidad acostumbra a presentar «un personaje central solitario, alienado, desafectado, escéptico [...] víctima de un represivo y gélido orden social». De este modo, Eggers —como ya hiciera Barth en ese texto capital de nuestro tiempo que es Lost in the funhouse— proyecta en un menor de edad el conflicto por el hallazgo del lugar simbólico más favorable para uno mismo. Una búsqueda que lo lleva a llamar la atención de los suyos de forma cada vez más patética, hasta llegar a la culminación de la mutación kafkiana de Max en monstruo que altera el orden familiar, en su caso mediante el disfraz de lobo. Y luego: la huida del hogar hasta llegar a una bahía en la que encuentra un barco para fletar él solo, en dirección a la isla de Los monstruos. Es decir, si elegimos esta novela como infantil, lo que Eggers hará será trabajar con los mecanismos elementales del género, desviando la hipertrofia del storytelling y el maximalismo hacia algo tan aparentemente vulgar como es realizar las fantasías improbables de un menor.

Menoscabado por todos en su lugar de origen, gracias a una mentira Max consigue transformarse en rey de los monstruos: «está claro que eres el gobernante supremo y puedes hacer lo que quieras con las cosas. Y si alguien te dice lo contrario o intenta comérsete la cara o alguna extremidad, vienes y me lo dices, que ya lo aplastaré yo con rocas o algo», dice Carol, consumando así la ansiedad de reconocimiento y protección que el menor precisa. Pero aun con las virtudes que su nuevo medio le ofrece, incluido un submundo en donde «solo ocurran las cosas que quieras que pasen» (p. 121), el protagonista debe lastrar con problemas tales como la responsabilidad de dirigir a sus nuevos súbditos, pero también con inquietudes más telúricas como el hambre y la nostalgia de la misma cocina que fue génesis de su exilio. Empiezan las dudas.

2 comentarios:

alvaro carroquino dijo...

muy buen blog!
me gustaria saber donde puedo conseguir vuestro libro aqui en madrid. si hay alguna libreria que lo venda por el centro o algo.
muchas gracias!!!

Ibrahim B. dijo...

Gracias a ti por tu lectura, Álvaro.
Se me ocurre 'Arrebato', en la Palma, donde lo presentamos hace algunas semanas.
Malasaña manda.