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martes, 25 de octubre de 2011

Cuando la poesía parece contingente, Ezra Pound es necesario


Guía de la Kultura
Ezra Pound
Trad. de Luis Núñez Díaz. Capitán Swing. Madrid, 2011. 368 págs.


¿En qué se parece la poesía al modo en que los bancos de nuestro capitalismo generan dinero? Pues en que los dos, como dijese Yeats en un poema, surgen de una «bocanada de aire», o sea de la nada. El chiste —por llamarlo así— es de Richard Sieburth, experto en la obra de Ezra Pound (1885-1972). Y Ezra Pound, precisamente por su jerarquía de intereses, es, justo hoy, un autor de obligado rescate o relectura. Advirtamos que aquí, en los Cantos, se encuentra el poeta comentando una burbuja inmobiliaria: «Con usura no tiene el hombre casa de buena piedra». Como destacado del modernismo y la Generación Perdida, Pound conoció en Europa la I Guerra Mundial y las consecuencias del crash, lo que le movió a una especie de cruzada personal contra banqueros y financieros y a considerar la economía como una disciplina central a la hora de comprender la historia y la actualidad —aunque sus ideas económicas hayan pasado bastante desapercibidas entre los expertos—. Para el poeta fueron los banqueros los responsables de la ruina de occidente, la civilización, la cultura y el arte (Victor Perkis). Con todo, a Pound terminarían condenándolo enunciados como éste, recogido en su ensayo «What Is Money For»: «La usura es el cáncer del mundo, el cual sólo el escapelo del fascismo puede extirpar.» Otro caso más de intelectual fascinado por la entonces vanguardia política del fascismo.
Libro aún más provocador ahora que en el momento de su publicación, en 1939, Guía de la Kultura es la correspondencia al español de Guide to Kulchur, donde, tal como se explica en la presentación, «llamarlo provocativamente Kulchur tiene su explicación filosófica y política: Pound quería referirse al concepto alemán de Cultura (Kultur) pero para diferenciarlo del tradicional que utiliza la élite (irremediablmente lastrado de connotaciones clasistas, nacionalistas y raciales), lo escribe según la pronunciación», anulando así la indicación del concepto Cultur en inglés. Hace bien, además, Capitán Swing en preparar la edición de esta Guía con el prólogo generoso del filósofo Nicolás G. Varela, pues es éste un libro inconscientemente enmarañado, cuando no opaco y a ratos impenetrable. De una parte, el texto aparece inundado de citas eruditas, cuando no de partituras o ideogramas (mención aparte merecería la atracción de Pound por la literatura china); de otra, el poeta no pudo resistirse al conocimiento enciclopédico, y con este libro aspiró a reunir lo trascendente, aquello que sobrevive al olvido. Su propuesta, aunque acabase con resultados casi más bien contrarios, era perpetrar un texto de divulgación, «tratando de suministrar al lector medio unas pocas herramientas para hacer frente a la heteróclita masa de información no digerida con que se le abruma diaria y mensualmente». Lo que es igual, Pound, como siempre ha ocurrido desde que los medios de información empezaron a plantear graves dolores de cabeza a los pensadores, se proclamaba integrante de una elite iluminadora, gesto que con el tiempo entraría cada vez más en declive.
O dicho de otro modo, un supuesto que ha ido adoptando el estatuto de verdad indiscutible es la imposibilidad de la literatura como herramienta pedagógica, asociada en el imaginario popular a épocas anteriores al siglo XX, en donde los libros servirían como medio de dominio entre las clases culturalmente privilegiadas y aquellas que no lo eran. Naturalmente, esta hipótesis —por la que el ensayo sería no más que un soporte de reflexión, apenas un perímetro conceptual, cuya lectura ha de ser siempre completada por el interlocutor— se sostiene sobre la ilusión de una democracia en donde todos sus ciudadanos comparten bagajes culturales, y sobre la devaluación del concepto intelectual como guía. Pero Pound, que a ratos sonará propagandista y descabellado, ha vuelto para recordarnos cuáles son nuestras obligaciones intelectuales en tiempos de crisis.


 (publicado en Quimera 335, octubre de 2011)

2 comentarios:

Ignacio Carcelén dijo...

Estoy a favor del capitalismo, pero declaraciones como el del broker londinense deberían de estar penadas, igual que el racismo.
No creo que sea popular decir que apoyo nuestro sistema, pero lo que pido es que si se maneja el dinero de todos, las penas y responsabilidades sean más duras y restrictivas. Algo que por supuesto, no me hemos hecho, excepto en Islandia, según he entendido.

Anónimo dijo...

En Génova Pound se quejó a Amprim y Arrizabalaga, agentes especiales, de que sólo le compraban artículos los periódicos de provincia, rebeldes, porque había sido excluido de los tibios, cobardes y pútridos periódicos prioncipales. Los que lo admitían en sus páginas le pedían brevedad, por razones de espacio.
El espía.
J. Navarro.
pd: no soy el otro.