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viernes, 17 de abril de 2009

Nepotismo y crítica

Hubo un tiempo en que sostuve que la objetividad de la crítica literaria quedaba sostenida al hallar al lector implícito de una obra; hipótesis salpicada de tintes sociológicos y estimulada por el convencimiento de que cualquier texto de ficción cuenta con un arquetipo más o menos prefigurado de lector virtual. Con el tiempo, y no sé si lastrado por el exceso de reseñas, mis postulados han ido derivando hacia actitudes menos conformistas, dado que una metodología como la descrita —que en cualquier caso sigo empleando parcialmente— ha de producir necesariamente críticas positivas.

Los lectores de este blog y de Berliner-Haus —por donde han pasado autores como Manuel Vilas, Óscar Gual, Peio H., Matías Candeira, Alberto Lema, Javier Moreno, Eloy Fernández Porta, Patricia Rodríguez, Kiko Amat, Antoni G. Porta y Vicente Luis Mora— saben que buena parte de mis reseñas y post están ocupados sobre la narrativa española contemporánea emergente, pequeñísimo espectro de la Historia Literaria que se encuentra en una situación difícil por dos razones fundamentales: la volatilidad de los discursos estéticos, que ya abordamos en el post titulado ‘Una verdad incómoda’, y la necesidad de competir con otras tradiciones literarias mucho más ambiciosas como es el caso de la norteamericana. Adviértase entonces que esa narrativa española contemporánea emergente no está en disposición de caer en el vicio del solipsismo, la autoexclusión o la autarquía, ni de soslayar las producciones de importación, pues un sistema literario globalizado precisa un estado de —— competitividad permanente. De nada sirve celebrar los hitos desarrollados por figuras señeras extranjeras o nacionales si a continuación no sigue un prurito de superación.

Asimismo, he de admitir que la escritura de algunos de esos textos mencionados suelen ser motivo de malestar personal cuando el autor en cuestión se trata también de un conocido (Moreno, Porta, Candeira o Mora): pienso en la crítica explícita a la metodología ensayística contenida en ensayos como ‘La luz nueva’ o ‘Afterpop’, en el debate sobre la ontología de géneros en ‘Click’ y la posterior investigación teórica suscitada sobre la fragmentariedad de camuflaje, o en la divergencia de principios estéticos en ‘La soledad de los ventrílocuos’. No obstante, salta a la vista que cualquier plan de acción conlleva costes de oportunidad (y de ahí ese otro post titulado 'Por qué soy un mal escritor'), motivo por el cual es completamente imposible pergeñar un libro carente de fisuras, aun a pesar de los terribles golpes que ello siempre supone para el ego del artista, caracterizado por un movimiento pendular que oscila entre el pudor circunscrito a cualquier publicación y el afán de protagonismo, exhibicionismo o virtuosismo natural en toda disciplina creativa. Es en este punto, entonces, donde crítico y autor (más aún si existe cualquier tipo de vínculo personal entre ambos) han de establecer un plan de colaboración conjunto, animados por el objetivo de que cada movimiento del segundo constituya una pieza novedosa en el continuo de su obra, y de que los lectores del primero tengan asegurada la verosimilitud del relato. Se trata de una decisión difícil, pero de lo contrario, el horizonte seguirá pareciéndonos muy-muy oscuro.

4 comentarios:

Carlitox dijo...

Espero no decir demasiadas paridas, pero no he entendido lo de la competitividad, ¿contra qué y a favor de qué?

No sé si este ejemplo cuela, pero hubo un tiempo en que querían hacer de Francia la capital de la cultura y financiaban todo. Se creó el famoso Ircam, una especie de conservatorio de música contemporánea que dirigía Pierre Boulez. Bueno, el caso es que hoy en día se habla de "sonido Ircam". Es un concepto un tanto polémico, pero sería interesante transcribir las quejas de los que sienten tal sonido: se nota la aplicación de los mismos parámetros. Se crea un estilo. Una escuela.

A mi juicio, esto de las escuelas es una idea obsoleta.

Otra cosa más, yo no veo "grupos" porque a lo largo del siglo XX las escuelas han tenido cada vez menos vigencia. No es que sean cada vez más volátiles, creo yo, sino que habría que introducir un microbaremo flexible que se adecúe a cada autor.

Me refiero a la perspectiva que uno debería adoptar cuando quiera formular un "state of art". Las críticas, por ejemplo, que haces tú en el blog no entran. Ahí ya relacionas conceptos según tu propia lectura y situación. Eso es otra cosa.

Perdón por el tocho.

Ibrahím B. dijo...

No deja de parecerme significativo lo muy extendidos que son conceptos como «innovación», «buscar fórmulas novedosas», «vanguardia», o «superar la tradición», entre otras muchas —digámoslo así— tipologías de eufemismos con que alimentar el buen gusto, y las sorpresas que despierta hablar en términos propios de los códigos normadores de los espectadores populares —deportes, catch, esas cosas—, que diría Bourdieu, como pueda ser la idea de «competitividad», aplicados a manifestaciones de elite. (En efecto, otro ejemplo más de sutilísimas guerras culturales.) Ser competitivo o ambicioso en literatura es exactamente lo mismo que la voluntad de hacer las cosas correctamente, a saber, buscando ampliar los vínculos entre cada una de las facetas que la realidad presenta y la creación artística. Y sí, de algún modo pensar así es arrodillarse ante las pretensiones del consumo y el mercado, pero lo prefiero de este modo antes que incrustarme en improductividades bolcheviques. No sé si me estoy explicando.

Saludos,

Carlitox dijo...

Luciano Berio decía al respecto que considerarse a uno mismo como "vanguardista" era casi una tontería, puesto que no había mayor vanguardia que aquella actitud fiel a esos vínculos que señalas.

Lo que yo quería decir era que no se puede hablar de "grupos". Parece que en cada época hay tendencias, líneas que pueden resumirse en conceptos. Pero no sé hasta qué punto pueden cuajar en "grupos". Ahora se habla más de generaciones que de escuelas.

Un ejemplo sería, así a bote pronto, la Martian poetry, donde estuvo Martin Amis. No duró más de diez años y parece que cada integrante siguió su propia línea.

Esto ya es un poco off-topic. Pero el problema de enmarcar a varios autores en una generación va a sacrificar muchos matices en pos de una confusa heterogeneidad.

Primero habría que trazar las características de la tradición norteamericana y los puntos de contacto que tiene con la narrativa más creciente. Segundo, que es un concepto cambiante. Cada diez años se haría una antología distinta de autores que al final se van desperdigando. Un ejemplo bobo: si no supiéramos nada de lo que harían poco después de sus primeras obras, Coupland y DFW estarían "a la misma altura", por decirlo de una forma ingenua. Pero ahora cada uno tiene su círculo de influencia y de estilo.

Yo no pienso que sea postrarse ante el mercado, sino que tanto un grupo como otro podrían no ser compatibles. Mira el caso de Candeira, no pega con nada (en sentido positivo).

Saludos, ya me contarás qué te pareció Audiodrome, si te llegó el mail :-P

Ibrahím B. dijo...

A ver si esta noche tengo un poco más de tiempo y te respondo detenidamente a todo vía mail.

Saludos,