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sábado, 10 de julio de 2010

Cosas que siempre quise decir sobre el fenómeno literario: sobre el autor y la mediación afectiva del letraherido

Quimera, la revista oficial de Pressing Catch

En el último y extraordinario número de Quimera, a lo largo de dos artículos que presentan perspectivas absolutamente antitéticas, recreamos uno de los clásicos de todos los tiempos en el género de las polémicas literarias, esto es: las estrategias (paratextuales) de legitimación y posicionamiento autorial. Ese asunto que desvela con facilidad la expresión más cabreada, flemática y hostil en los inspectores de sanidad responsables de examinar los grados de ética que corresponden a las trayectorias literarias. El primero de esos textos viene firmado por Damián Tabarovsky, el cual, para reivindicar «una literatura de izquierdas», y con ella el sendero seguido por Raymond Roussel —al parecer, al margen de eso que en terminología de Bourdieu venimos llamando campo literario: «nunca publicó en una editorial “de verdad” […] nunca escribió en un periódico […] la sociología no tiene nada para decir sobre Roussel»—, se enfrenta a algunos de los mecanismos que el sistema ha empleado para decidir quién compone sus integrantes:

Hoy en día parece haber dos caminos. Uno, el rápido (como los créditos fast track del Fondo Monetario Internacional): ganar un concurso literario corrupto con miles de euros como premio, escribir novelas idiotas (propongo una: en Oxford se realiza un congreso de detectives que deben resolver un enigma, un crimen cuyo desenlace sucede en Lisboa antes de la llegada del nazismo), salir en la tapa de los suplementos culturales, posar para la foto con el alcalde de turno, inclinarse ante agentes literarios más poderosos que el propio escritor. Sobre este camino no hace falta agregar nada más.

Y luego, otra vía, la lenta. Construir pausadamente una obra, desarrollar una estética personal, una mirada crítica, darle rienda delirante a una gran erudición; ser escritor. Con el paso del tiempo, quien sabe, quizás ese escritor termina consagrándose. Sus libros no venden mucho, pero finalmente una gran editorial contrata su obra […] Como si esa vía lenta terminase también casi en el mismo punto que el camino rápido.

Ante esta radiografía, lo primero que se me ocurre es que tal vez Tabarovsky y yo pensemos en autores que en nada tienen que ver: a propósito de los premios, quizá él tenga en mente, qué sé yo, a Lucía Etxebarría, mientras yo pienso en otros escritores. Lo segundo guarda relación con la mitología, pues, curiosamente, si su descripción de novela «idiota» coincide con una aglomeración de mitos, espaciales o históricos (¿alguien conoce algún escritor que escape a imaginarios reconocibles?), la percepción que hace de lo que ha de ser un autor responsable («ser escritor», lo llama él) encaja con otro de los mitos historiográficos más repetidos, y que más daño ha causado a los lectores cuando de lo que se trata es de reflexionar sobre cómo debe ser un escritor serio, a saber: esa personalidad sujeta al orden del destino (Ferlosio), introspectiva (Jung), ausente de aliados (Aristóteles), mesiánica, trágica, redentora, avalada por un nimbo de genialidad romántica y un aislamiento, hasta cierto punto, misántropo. Así, a propósito de la personalidad de destino, Ferlosio comentaba en 2004, durante la ceremonia de entrega del Cervantes

Si, ahora, imitando a Hegel cuando consideraba los inmensos sacrificios perpetrados en el “ara de la historia universal” se preguntaba: “¿Para quién?, ¿para qué?”, nos preguntamos nosotros lo mismo respecto de esos 22 muchachos que se autoinmolan todos los domingos en el ara sacrificial del balompié, la respuesta será, de puro obvia, perogrullesca: “Pues ¿para qué va a ser? ¡Para ganar! ¡Para ser los primeros, los mejores!”; pero si nos detenemos a mirar el asunto un poco más, la respuesta empezará a dejar de parecer tan obvia, para empezar a sonar un tanto misteriosa. Y aún más misterioso tendría que resultar el que se estime y se alabe como “entrega”, como “generosidad”, aún más nobles por la total carencia de utilidad, un esfuerzo y un sacrificio que no responden más que al delirio solipsista, narcisista, autista, del “I did it!”, del egocéntrico furor de autoafirmación de los sujetos, con toda esa penosa jerga escolar del “espíritu de sacrificio”, y el “afán de superación” y la “aspiración a la excelencia” […] Walter Benjamin observa que, al menos en la rigurosa concepción de los antiguos, el destino carece de una vertiente que revierta sobre la felicidad. (El subrayado es nuestro)

En “Costumbres literarias” (Escenas matritenses, 1837), Mesonero Romanos se lamentaba del drama del literato, con un resentimiento similar al que hoy reproducen ciertos críticos del sistema, y concretaba esa sombría proyección del autor empírico con las siguientes palabras:

Si, confiado en la superioridad de su genio, no supo unir la adulación a las dotes de su talento; si, mirando desdeñosamente los intereses materiales, no acertó a mendigar un favor del poderoso, favor menguado, que apartándole de sus nobles ocupaciones le convierte en lisonjeador de oficio o en mecánico oficinista, todo su saber, por grande que sea, bastará tal vez a conquistarle un lugar distinguido en las crónicas literarias; acaso la posteridad encomiará su genio, acaso levantará estatuas a su memoria, pero en tanto su vida se consumirá angustiosa en medio de tristes privaciones; y aquel hondo despecho que produce en el alma un desdén injusto, abreviará sus días, y muy luego le conducirá al ignorado sepulcro, que en vano buscarán sus futuros admiradores.»

[…]

De aquí las singulares anomalías que vemos diariamente; de aquí la prostitución de las letras bajo el falso oropel de los honores cortesanos. ¿Fulano escribió una letrilla satírica? Excelente sujeto para intendente de rentas. ¿Zutano compuso un drama romántico o un clásico epitalamio? Preciso es recompensarle con una plaza en la Amortización. Aquél, que hace muy buenas novelas, a formar la estadística de una provincia. Este, que ha traducido a Byron, a poner notas oficiales en una secretaría. El otro, que escribió un folletín de teatros, a representar al gobierno español en un país extranjero.

Entretanto, aquellos escritores concienzudos, que ven en el cultivo de las letras su sagrada y única misión, y no sabiendo o no queriendo abandonarlas, esperan recibir de ellas la única corona a que aspiran, yacen arrinconados, y como se dijo al principio, peregrinos en su propia patria; y el pueblo que los mira, y los magnates que no comprenden la causa noble de su desdén, les arrojan al pasar una mirada compasiva, o llegan a dudar hasta de sus intenciones o su talento…»

Los mandamientos que siguen de esa «prostitución de las letras», idea que extrañamente sobrevive hasta nuestros días, son fácilmente reconocibles: el escritor permanecerá en cuarentena perpetua, no pudiéndosele permitir publicar en editoriales de gran tirada (otro mito: solo las editoriales independientes, signifique esto lo que signifique, publican literatura de riesgo, signifique esto lo que signifique), ni relacionarse con sus contemporáneos (más mitología moderna: la cultura no es una fuerza centrípeta que atraiga para sí a los responsables de su producción, sino que tiene lugar en húmedos sótanos donde la luz siempre es insuficiente, y el ancho de banda, una incongruencia improbable), pues toda relación con los contemporáneos trae consigo, conscientemente o no, una llamada al intercambio de favores, y además siempre es más divertido charlar de literatura o de la vida en general con alguien con quien no se comparte ningún tipo de intereses, piénsese en el mecánico que tuneó la moto de tu sobrino pequeño o en el vecino que se olvidó de insonorizar su club privado de vuvuzela; ni mucho menos recibir premios (ahí está Sartre, cuyo rechazo del Nobel hace que mole un poco más que Camus), pues estos no solo están corrompidos sino que además siempre recaen en libros que no son merecedores; ni comer tres veces al día (hoy hablaríamos de transgredir holgadamente la barrera de mileurismo), antes al contrario, mejor será el reconocimiento de la genialidad en el umbral de la muerte, tras una existencia de penuria y redención, lo cual demuestra la supina estolidez de los críticos; ni salir en medios de comunicación, pues como todo el mundo sabe, un poeta que anuncia Levis en el EPS es un poeta menor, lo que nos lleva a pensar que los autores no saben que escribir los libros es mucho más divertido que promocionarlos, si bien autoinmolarse y censurar la información cultural en beneficio de otras materias de interés general, o de los escritores que son auténticos animales mediáticos, no parece la solución más pragmática; ni…

En definitiva, de lo anterior escapa una ideología de la literatura armada a partir de verdades grupales más o menos ficticias, de las cuales ninguno estamos liberados, aunque la autoconsciencia siga siendo una especie de paso previo al conocimiento. Más allá, en el intenso y nutritivo debate entre José Luis Pardo y Eloy Fernández Porta (Premio Nacional de Ensayo de 2005 y Premio Anagrama de ensayo 2010), mediado por Roberto Valencia en el mismo número de Quimera, el autor de €®0$, consciente de la mediación emocional hacia el fenómeno literario detentada por ciertas instituciones, desmiente semejante lectura marxista y por lo tanto pesimista de la historia:

La edad de oro de Buñuel, la obra maestra del cine surrealista, se hizo con el dinero de un aristócrata francés que puso un millón de francos para hacerla. Si no hubiera ocurrido, no habría película. Pues bien, a nadie se le ocurre decir “ah no, La edad de oro no vale porque como la pagó…”. Bueno, pues ésta fue una asociación muy conveniente, entre el aristócrata parisino y el cineasta aragonés, que tenían un enemigo en común, que era la burguesía o la socialdemocracia, o lo que fuera. Por tanto lo que hay no es una pureza originaria que se corrompe sino una imbricación entre distintas corrientes. Y la que a mí me interesa es la vertiente emancipadora, incluso subversiva del capitalismo.

Y ahí están, también, los career studies desarrollados a propósito de los pesos pesados en el Siglo de Oro (Lope de Vega versus Cervantes, Quevedo versus Góngora…). Siguiendo con la autoconsciencia del campo literario, en esa misma entrevista Fernández Porta arroja otra potente granada contra los lugares comunes de cierta ideología literaria:

El discurso sobre la difuminación de las jerarquías culturales, al igual que el discurso sobre la difuminación de los géneros artísticos, tenía sentido hace cierto tiempo porque se decía que la baja cultura era más interesante que la alta, porque traía un mensaje más crítico, más relevante, incluso estéticamente mejor. Pues bien, este discurso, a día de hoy, se ha convertido en un argumento publicitario para vender cualquier objeto. Incluso Antonio Banderas puede considerar que su cine transgrede géneros. Este discurso, repetido en los medios, se acaba convirtiendo en una de las principales aportaciones del lenguaje en la estética contemporánea al progresismo socialdemócrata, entendiendo por progresismo la visión de la historia como un proceso en el que cada vez se van consiguiendo más libertades (sociales, personales, legislativas, etc.). Así, la novela transgenérica va bien, en la medida en que el país va bien. Estoy absolutamente en contra de eso.

Y más adelante:

Si efectivamente los críticos de música o de literatura se ocupan tanto de la constelación de referentes que aparecen en la obra que de la calidad, quizá sea porque la calidad literaria es eso, o sea, una cierta economía de la información de tal modo que se acepta que distinguir un mundo referencial trae consigo también un mundo social y emocional. Eso también es calidad.

A mi juicio, asociar los dos enunciados anteriores nos lleva a una saludable y necesaria actitud de sospecha con respecto a ciertas etiquetas que resultan atrayentes (comerciales) en determinados contextos, a saber, la literatura y la edición indie frente a la literatura y edición mainstream (recordemos que ninguna de estas posibilidades es garante de nada, y que tampoco la edición independiente está a salvo de errores, aunque su relevancia hoy siga siendo decisiva e incuestionable), y el paraguas que ofrecen ciertos clásicos, pues si leer el canon nunca debe ser una opción a descartar, apelar a éste como fuente —otro recurso habitual para el del escritor, y pienso en el hecho de que hasta Galdós se consideraba cervantino: «Examinando la cualidad de la observación en nuestros escritores, veremos que Cervantes, la más grande personalidad producida por esta tierra, la poesía en tal alto grado, que de seguro no se hallará en antiguos ni modernos quien le aventaje, ni aun le iguale»)—, o incluso a la percepción pesimista frente a la literatura antes mencionada, mal que nos pese, no te convierte, necesariamente, en una firma a la cual el futuro ha de rendir justicia. A fin de cuentas, son solo mitos que aguardan su parodia.




Aumentemos
los índices
de amor

27 comentarios:

Jorge García Torrego dijo...

Hace tiempo ya que leo tu blog, y esperaba con impaciencia la aparición del sublime Walter Benjamin. Creo que la idea de ruina que planteó el pensador alemán, es algo que es inevitable tener en cuenta cuando hablamos de obras literarias en nuestra época. Las creaciones literarias son productos de tercera o cuarta mano elaboradas y unidas por un elemento creador(escritor), que los articula. Por eso creo que la división entre romanticismo y "vendido al capital", tiene un origen común, una esencia multiforme y reciclada, que hace que haya que repensar la ruina pasada para poder crear algo de ella. Todos somos ruinas, no?

Saludos,

François Monti dijo...

Excelente artículo, Ibra. Tuve una reacción más o menos similar al leer los dos artículos. Lo que me fascina con Tabarovsky es que muchas veces el discurso que perpetúa es un discurso mayoritario o más bien perteneciendo a una tradición que ya ha triunfado en los estudios literarios pero siguiendo comó si estuviera minoritaria. Buena estrategia marketing, supongo. De hecho, en el congreso Iber-Americano de la Casa de América, las líneas “tabarovskiana” estaban muy pero muy presente…

El relooking de tu blog mola.

Pablo dijo...

Una cosa que me fascina de los nocillos es que en la reprobación de ese discurso de las elites literarias "de toda la vida" encuentran el argumento (viciado) para justificar su cómodo asentamiento en los cauces del mercado. Cosa que justifican, además, proclamando su utilización tiene un método y un programa, incluso que es irónica, como si en realidad no fueran ellos los utilizados por el mercado.
Al margen de esto debo advertir de que "flemática" no es sinónimo de "cabreada" ni de "hostil".

Ibrahim B. dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Mario dijo...

Puedo intuir cuál es la crítica cabreada u hostil. Supongo que es la que ocupa el lugar que los nocillos aspiran a ocupar, como de hecho están haciendo, aprovechando precisamente el impacto de retroceso que producen sus propios disparos hostiles. Ahora, la crítica flemática no sé cuál es. ¿Nos podrías ilustrar?

Ibrahim B. dijo...

No.

Ibrahim B. dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Mario dijo...

Huy, qué hosco.
Si es que me había llamado la atención eso de unos agentes de sanidad flemáticos que, sin embargo se expresan, con exaltación o con desvelo. Así que será una flema colérica de la que el bueno de Huarte de San Juan no quiso hablarnos. Por eso era mi petición, que soy yo muy de humores.
Eso dicho sea con todo el respeto y las ganas de aprender. Gracias.

Oche Zamora dijo...

Una de las maneras de darse cuenta de que la pretendida pureza de la actividad escritor es más bien mitológica es asistir al desenvolvimiento del escritor en la red, sobre todo en los blogs y, sobre todo, en los comentarios a un post. Creo que ahí es donde aparece el escritor como persona , y no como mito.

Es curioso que la etiqueta Nocilla (creo que siempre traída de forma despectiva) resista los golpes de la realidad de ese modo.

Una pregunta ¿Qué te parece el testamento de Marcopolos?

Jorge García Torrego dijo...

Hola de nuevo. El tema de la obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica, esquiva bastante elegantemente el aspecto de copia en la obra literaria porque WB sabe o sabía en aquel momento, que el hecho liteario no está inmerso, o al menos no tanto, en su aspecto material como si que sucede con otras artes en las que esta relación es fundamental e inseparable. Por otro lado estoy de acuerdo contigo en que la copia es algo casi consustancial al hecho liteario, y viene de mucho antes incluso que del siglo XIX.

Un saludo,

Ibrahim B. dijo...

Desconozco la referencia que mencionas, Oche. Ya me ilustrarás.
Sobre la actividad del escritor y su desenvolvimiento en la red (más allá de los comentarios en los blogs, yo mencionaría incluso su participación en Facebook), no cabe duda de que las redes digitales, entendidas éstas como una especie de kibbutz en el que todos hacemos vida en común, replantean las conductas (el 'habitus') del escritor. Para bien o para mal, gracias a ese Gran Hermano (y nuestra educación siempre nos anima a sospechar y despreciar los mecanismos de control de la vida privada) estamos alejándonos del escritor público tal como lo conocíamos antes para enfrentarnos a un espécimen más pedestre y accesible. Quizá sea éste un paso atrás en el proceso civilizatorio. A mí, en cambio, me mola así.

Gracias por tu estimulante comentario,

gaspar w. dijo...

Aunque el punto de partida es una confusión esencial entre el mito del escritor y la calidad de la literatura, puedo entrar un rato en este esfuerzo por dar forma a una entidad que debería consagrarse a lo inmaterial. La cuestión que planteas no es de naturaleza artística, es sólo tangencialmente psicológica y sólo tangencialmente sociológica: tu tesis es sobre todo económica. Pero aún así:
La mitificación de la figura del artista se construye sobre el esnobismo y la marginalidad. La vanidad, causa o consecuencia, exige distancia y contención, pero puede ser abordada de muchas maneras. El escritor heredero de la tendencia romántica, atormentada, misantrópica y de humanidad cuestionable o frágil apuesta por una torre de marfil que, más o menos metafórica, constriñe su radio de interacción social. El nuevo hombre de letras que defiendes —social, mediático, cosmopolita— no cambia de actitud: se adapta a una sociedad en que la saturación informativa exige nuevas estrategias para llamar la atención. El escritor mediático no es menos esnob, sino mediáticamente esnob; no es menos narcisista, sino de un narcisismo mercantil y convierte la torre de marfil romántica en una especie de escaparate corporativo en el que él y sus amigos posan, lejanos e inaccesibles, para una foto de dominio público que promociona una ilusión de cercanía.
Tu lista de máximas del escritor pasado de moda me resulta, así, un tanto confusa. Si la impostura romántica impedía que un escritor se relacionara con otros escritores, y que apareciera en actos públicos, y que recibiera premios; entiendo entonces que la solución consiste en relacionarse, publicitarse y recibir. Dudo, sin embargo, de la sensatez del escritor que se relaciona con —pero sólo con— otros escritores, que participa en actos públicos con —y sólo con— esos escritores con los que se relaciona y que recibe premios —digamos que honrados, digamos que no preasignados— que le garantizan la amistad con los escritores con los que luego se relacionará y se publicitará. Promueves, además, la aparición del escritor en los medios de comunicación. Aquí no sirve apelar a la superación del malditismo romántico, basta el sentido común: perfecto que un escritor se publicite, perfecto que protagonice un reportaje fotográfico en lugares emblemáticos de Madrid (el escritor estaría estupendo, aunque las exigencias de la moda y la estrechez de los pantalones le obliguen a un aspecto cercano al del hombre anacrónico y atormentado), perfecto que promocione el producto X, el local Z. Pero si no habla de literatura, en ese momento no es escritor. Somos libres de emplear nuestra imagen allá donde gustemos, luego está el problema de las contradicciones y de la integridad, pero tampoco son éstos asuntos exclusivos del literato y compete a cada quien gestionarlos como pueda.
Lo que intento decir es que en tu apología del escritor mediático encuentro cierta necesidad de justificación. Justificación que se apoya en argumentos de pertinencia dudosa y en un tono rancio antes de tiempo. Expones a todo escritor a la dinámica del hombre público, cuando la publicidad en este caso es, como mucho, secundaria. Hablas de una nueva forma de esnobismo en un contexto en el que callar, desaparecer detrás de una obra, es para el artista más difícil que nunca (las vías de dar publicidad a nuestros siempre orgullosos y siempre heridos egos se multiplican). Con esto no defiendo el silencio, pero sí determino que, a las malas, es menos molesto.

gaspar w. dijo...

Aunque el punto de partida es una confusión esencial entre el mito del escritor y la calidad de la literatura, puedo entrar un rato en este esfuerzo por dar forma a una entidad que debería consagrarse a lo inmaterial. La cuestión que planteas no es de naturaleza artística, es sólo tangencialmente psicológica y sólo tangencialmente sociológica: tu tesis es sobre todo económica. Pero aún así:
La mitificación de la figura del artista se construye sobre el esnobismo y la marginalidad. La vanidad, causa o consecuencia, exige distancia y contención, pero puede ser abordada de muchas maneras. El escritor heredero de la tendencia romántica, atormentada, misantrópica y de humanidad cuestionable o frágil apuesta por una torre de marfil que, más o menos metafórica, constriñe su radio de interacción social. El nuevo hombre de letras que defiendes —social, mediático, cosmopolita— no cambia de actitud: se adapta a una sociedad en que la saturación informativa exige nuevas estrategias para llamar la atención. El escritor mediático no es menos esnob, sino mediáticamente esnob; no es menos narcisista, sino de un narcisismo mercantil y convierte la torre de marfil romántica en una especie de escaparate corporativo en el que él y sus amigos posan, lejanos e inaccesibles, para una foto de dominio público que promociona una ilusión de cercanía.
Tu lista de máximas del escritor pasado de moda me resulta, así, un tanto confusa. Si la impostura romántica impedía que un escritor se relacionara con otros escritores, y que apareciera en actos públicos, y que recibiera premios; entiendo entonces que la solución consiste en relacionarse, publicitarse y recibir. Dudo, sin embargo, de la sensatez del escritor que se relaciona con —pero sólo con— otros escritores, que participa en actos públicos con —y sólo con— esos escritores con los que se relaciona y que recibe premios —digamos que honrados, digamos que no preasignados— que le garantizan la amistad con los escritores con los que luego se relacionará y se publicitará. Promueves, además, la aparición del escritor en los medios de comunicación. Aquí no sirve apelar a la superación del malditismo romántico, basta el sentido común: perfecto que un escritor se publicite, perfecto que protagonice un reportaje fotográfico en lugares emblemáticos de Madrid (el escritor estaría estupendo, aunque las exigencias de la moda y la estrechez de los pantalones le obliguen a un aspecto cercano al del hombre anacrónico y atormentado), perfecto que promocione el producto X, el local Z. Pero si no habla de literatura, en ese momento no es escritor. Somos libres de emplear nuestra imagen allá donde gustemos, luego está el problema de las contradicciones y de la integridad, pero tampoco son éstos asuntos exclusivos del literato y compete a cada quien gestionarlos como pueda.
Lo que intento decir es que en tu apología del escritor mediático encuentro cierta necesidad de justificación. Justificación que se apoya en argumentos de pertinencia dudosa y en un tono rancio antes de tiempo. Expones a todo escritor a la dinámica del hombre público, cuando la publicidad en este caso es, como mucho, secundaria. Hablas de una nueva forma de esnobismo en un contexto en el que callar, desaparecer detrás de una obra, es para el artista más difícil que nunca (las vías de dar publicidad a nuestros siempre orgullosos y siempre heridos egos se multiplican). Con esto no defiendo el silencio, pero sí determino que, a las malas, es menos molesto.

Gaspard W. dijo...

Aunque el punto de partida es una confusión esencial entre el mito del escritor y la calidad de la literatura, puedo entrar un rato en este esfuerzo por dar forma a una entidad que debería consagrarse a lo inmaterial. La cuestión que planteas no es de naturaleza artística, es sólo tangencialmente psicológica y sólo tangencialmente sociológica: tu tesis es sobre todo económica. Pero aún así:

La mitificación de la figura del artista se construye sobre el esnobismo y la marginalidad. La vanidad, causa o consecuencia, exige distancia y contención, pero puede ser abordada de muchas maneras. El escritor heredero de la tendencia romántica, atormentada, misantrópica y de humanidad cuestionable o frágil apuesta por una torre de marfil que, más o menos metafórica, constriñe su radio de interacción social. El nuevo hombre de letras que defiendes —social, mediático, cosmopolita— no cambia de actitud: se adapta a una sociedad en que la saturación informativa exige nuevas estrategias para llamar la atención. El escritor mediático no es menos esnob, sino mediáticamente esnob; no es menos narcisista, sino de un narcisismo mercantil y convierte la torre de marfil romántica en una especie de escaparate corporativo en el que él y sus amigos posan, lejanos e inaccesibles, para una foto de dominio público que promociona una ilusión de cercanía.

Gaspard W. dijo...

Tu lista de máximas del escritor pasado de moda me resulta, así, un tanto confusa. Si la impostura romántica impedía que un escritor se relacionara con otros escritores, y que apareciera en actos públicos, y que recibiera premios; entiendo entonces que la solución consiste en relacionarse, publicitarse y recibir. Dudo, sin embargo, de la sensatez del escritor que se relaciona con —pero sólo con— otros escritores, que participa en actos públicos con —y sólo con— esos escritores con los que se relaciona y que recibe premios —digamos que honrados, digamos que no preasignados— que le garantizan la amistad con los escritores con los que luego se relacionará y se publicitará. Promueves, además, la aparición del escritor en los medios de comunicación. Aquí no sirve apelar a la superación del malditismo romántico, basta el sentido común: perfecto que un escritor se publicite, perfecto que protagonice un reportaje fotográfico en lugares emblemáticos de Madrid (el escritor estaría estupendo, aunque las exigencias de la moda y la estrechez de los pantalones le obliguen a un aspecto cercano al del hombre anacrónico y atormentado), perfecto que promocione el producto X, el local Z. Pero si no habla de literatura, en ese momento no es escritor. Somos libres de emplear nuestra imagen allá donde gustemos, luego está el problema de las contradicciones y de la integridad, pero tampoco son éstos asuntos exclusivos del literato y compete a cada quien gestionarlos como pueda.

Gaspard W. dijo...

Lo que intento decir es que en tu apología del escritor mediático encuentro cierta necesidad de justificación. Justificación que se apoya en argumentos de pertinencia dudosa y en un tono rancio antes de tiempo. Expones a todo escritor a la dinámica del hombre público, cuando la publicidad en este caso es, como mucho, secundaria. Hablas de una nueva forma de esnobismo en un contexto en el que callar, desaparecer detrás de una obra, es para el artista más difícil que nunca (las vías de dar publicidad a nuestros siempre orgullosos y siempre heridos egos se multiplican). Con esto no defiendo el silencio, pero sí determino que, a las malas, es menos molesto.

Ibrahim B. dijo...

Hola, Gaspard, bienvenido al blog y gracias por tu interesante comentario:

Sobre la vanidad y el esnobismo mercantil no tengo mucho que comentar. Quizá lo entendería mejor si ofrecieses algún ejemplo.

Por otro lado, no creo que en ningún momento haya dicho que la solución de continuidad pase por "relacionarse, publicitarse y recibir". Basta releer el post. De hecho, el problema que yo extraigo del mito del escritor romántico es que parece haberse consensuado que la única opción legítima y viable para el escritor (‘workaholic’, adicto a un sistema de hiperproducción cultural) es escribir y leer, cosa que defiendo, si bien entiendo que 24 horas vitales dan para eso y también para otras actividades —a no ser que seas Corín Tellado, o Curtis Garland, los cuales siempre (siempre) estaban escribiendo—, ya sean éstas salir a emborracharse (como Joyce), salir a dar un paseo (como Walser) o salir a conceder entrevistas (como Borges). Más allá, siempre están esos prejuicios respecto al periodismo y al periodismo cultural, instituciones cuya existencia me parece que sigue siendo necesaria.

Al margen, creo que no promuevo muchas de las cosas que crees que promuevo, salvo el sentido común, y dentro del sentido común está la idea de que escribir siempre es un acto anterior a la promoción, y que esa promoción que nosotros vemos es, por lo común, y en términos temporales, solo la punta del iceberg del tiempo invertido en la literatura. En cuanto a relacionarse con otros escritores, digamos que si yo vivo en una ciudad determinada y asisto frecuentemente a actos relacionados con la literatura, lo normal es coincidir con gente con quien comparto un mínimo de intereses —aunque quizá haya quien después de leer a Bukowski crea que el futuro de la literatura pasa por charlar con el mecánico de la Seat más cercano; no es mi caso—. Lo que llevo meses combatiendo en este blog es la estúpida interpretación radical y exclusivamente economicista de las relaciones entre escritores: considerar que si yo hablo de tal autor es porque a cambio quiero obtener ciertos favores. Probablemente habrá quien recurra con asiduidad a este tipo de estrategias, aunque no conozco ningún caso que haya prosperado sin la existencia de méritos propios.

A lo mejor tú me puedes ayudar a encontrar alguno.

Gaspard W. dijo...

Que viva el sentido común, pues. Me parece de sentido común que te opongas a la traducción economicista del comportamiento del escritor. Me parece de sentido común --y aún más: me parece una necesidad personal y creativa-- que el escritor viva y que se desarrolle en sociedad. Pero sigo sin ver la necesidad de articular un discurso para justificar la pertinencia de la sensatez en los hábitos del artista. Mi primera observación iría en esta línea del "discurso del artista": como existió un mito romántico, observo que existe un mito postmoderno del escritor, que se ve ahora legitimado por prácticas fácilmente rastreables (promoción desorbitada, presencia constante a través de plataformas digitales, preocupación por la imagen y por su difusión...). Tales prácticas no son cuestionables en sí mismas, pero sí cuando se convierten en categoría y determinan el tipo de escritor contemporáneo. Entonces --y aquí el detalle que quise señalar en su momento--, entonces tienen el mismo efecto que la construcción romántica, y se desmoronan de la misma forma que se desmorona aquel mito cuando se enfrenta a tus palabras.

Por tanto, nada tengo que decir sobre que un escritor conozca a gente afín, salga con ella y se promocione (nada más que una expresión distanciada de alegría por su dicha); pero espero que no exijas que tome tales comportamientos como los comportamientos de un escritor: son los comportamientos del hombre que es, también, escritor. Dado que no me intereso por todo ser humano la totalidad de sus actuaciones cotidianas, es comprensible que del escritor sólo me interese lo que escribe o lo que dice sobre su (o sobre la) escritura. Esto no quiere decir que pretenda que se pase todo el día escribiendo, sino que me interesaré por aquélla parte de su día que dedica a escribir. Y esto en segundo término: lo primero que me interesará es su escritura cuando ya está despegada de él.

Geniales Joyce y Walser, sus borracheras y paseos me interesan por cuanto determinan su prosa. Bravo por Borges y las entrevistas en las que se habla de literatura, y bravo por ti y por tu lucha contra las mitos infundados. El riesgo, sin embargo, está en que la facilidad de labrarse una imagen pública en la sociedad actual puede llevar a que algunos, movidos quizás por la nostalgia romántica de la excepción, disfracen un comportamiento obvio o común (el del hombre social) de actitud artística.


(No, no conozco a nadie que no haya prosperado si no es por méritos propios. La cuestión está más bien en si esos méritos son sólo propios, es decir: si no están avalados por la universalidad que se le exige a lo literario y sí por una cuestión de tendencias. Perdona si no doy ejemplos, pero en general me parece que la narrativa actual no es ambiciosa. Siempre con excepciones).

(Yo también creo en la necesidad del periodismo y del periodismo cultural. Por eso, sobre todo en el último caso, me molesta cuando su ambición no está motivada por la cultura).

Ibrahim B. dijo...

“La necesidad de articular un discurso para justificar la pertinencia de la sensatez en los hábitos del artista” sucede porque aún hoy sigue siendo moneda común el escepticismo ante escritores que obtienen premios o aparecen en medios. Obviamente, la postura que defiendo es una perogrullada para mí, pero no para muchos observadores de la literatura. Y como siempre, el problema está en las adjetivaciones. A saber: cuando hablas de promoción “desorbitada” o presencia “constante”, inmediatamente hemos de pensar cuál es el justo medio razonable. Otra falsedad: creer que la “preocupación por la imagen” es algo solo contemporáneo (igual esto te dice algo: http://ibrahim-berlin.blogspot.com/2010/01/literatura-y-pop-la-cultura-como.html). En otras palabras, creo que todos sabemos identificar la indumentaria básica y la presencia pública de un profesor universitario o de un conferenciante (que, aunque no lo creamos, también están regido por un ‘habitus’ y un modelo de conducta: otra cosa es que nos conformemos con la perspectiva etnocéntrica), y a partir de ahí preguntarnos por qué nunca nadie ha impartido en ninguna institución de prestigio una charla, qué sé yo, sobre el Siglo de Oro, vestido con una camiseta de Metallica con las mangas cortadas y un imperdible a modo de pendiente. Mi hipótesis: un escritor cuya presencia no llama mucho la atención entre la multitud de escritores, a priori, cuenta con un halo de credibilidad que cualquier otro autor dispuesto a poner en tela de juicio ese habitus. En este sentido, creo que este debate no va a ningún lado si no incluyes casos a partir de los cuales reflexionar. Es más, pareces conocer el tema lo suficientemente bien como para pensar a partir de generalidades o vaguedades.

Saludos,

Anónimo dijo...

Me interesó desde siempre el asunto del posicionamiento social del escritor. Un Lowry o un Salinger, dedicados durante toda su vida, cada uno a su manera, a cultivar el propio mito del atormentado creador nunca hubieran ido a tomar apacibles pintas de guinness en aquel pub, de cuyo nombre ahora no me acuerdo, cerca de la torre de Martello (bueno, Malcolm sí lo hubiera hecho pero la cosa no hubiera acabado bien).

Como decía Gaspard líneas arriba, el escritor deja de serlo en cuanto su discurso se aparta de lo literario, aunque como bien dices, Ibrahím, la inmersión en el piélago (procelosérrimo siempre) de la hiperproducción cultural va de la mano de la creación perpetua, autoimpuesta por el escritor, que impregna cualquier actividad que realiza.
Cuando yo tenía menos años y nos juntábamos a beber moscatel en el banco del Paseo de Recoletos que está delante de la estatua de don Ramón María del Valle Inclán, exhudábamos literatura borracha, callejera y con Estrella, pero en realidad lo que manifestaba nuestro entusiasmo era un fervor exquisito y devoto por la figura del creador que, chalina al hombro, predicaba con una obra transcrita desde la pura realidad.

Pasa la vida y resulta que hoy la figura del literato crece en todas las dimensiones, se potencia gracias a las nuevas herramientas de las que dispone, se hace visible, e Ibrahim Berlín aparece en facebook mientras le cortan el pelo, con esa cara de tristeza entrecortada que me gusta tánto. En ese momento, efectivamente, cualquier caballero andante del verbo seguramente vea gigantes donde sólo corre el aire y seguramente le escueza la rotundidad de una producción escrita tan a la altura como la de muchos (no todos), pero muy por encima de la de muchísimos (no todos, insisto).

Y no quiero que sirvan estas líneas para adular a nadie (creo que no lo estoy haciendo) pero comparto totalmente la necesidad de conjugar spleen con ideal, noches de delirio, poesía y literatura. La angustia de la cuestión permanente, la idiosincrasia de la duda no son sino destellos de las sombras, las sombras de los gigantes esos que no son más que aire, aire fresco, aire que corre.

Un abrazo.

Jota.

Anónimo dijo...

Me interesó desde siempre el asunto del posicionamiento social del escritor. Un Lowry o un Salinger, dedicados durante toda su vida, cada uno a su manera, a cultivar el propio mito del atormentado creador nunca hubieran ido a tomar apacibles pintas de guinness en aquel pub, de cuyo nombre ahora no me acuerdo, cerca de la torre de Martello (bueno, Malcolm sí lo hubiera hecho pero la cosa no hubiera acabado bien).

Como decía Gaspard líneas arriba, el escritor deja de serlo en cuanto su discurso se aparta de lo literario, aunque como bien dices, Ibrahím, la inmersión en el piélago (procelosérrimo siempre) de la hiperproducción cultural va de la mano de la creación perpetua, autoimpuesta por el escritor, que impregna cualquier actividad que realiza.
Cuando yo tenía menos años y nos juntábamos a beber moscatel en el banco del Paseo de Recoletos que está delante de la estatua de don Ramón María del Valle Inclán, exhudábamos literatura borracha, callejera y con Estrella, pero en realidad lo que manifestaba nuestro entusiasmo era un fervor exquisito y devoto por la figura del creador que, chalina al hombro, predicaba con una obra transcrita desde la pura realidad.

Anónimo dijo...

...sigue...

Pasa la vida y resulta que hoy la figura del literato crece en todas las dimensiones, se potencia gracias a las nuevas herramientas de las que dispone, se hace visible, e Ibrahim Berlín aparece en facebook mientras le cortan el pelo, con esa cara de tristeza entrecortada que me gusta tánto. En ese momento, efectivamente, cualquier caballero andante del verbo seguramente vea gigantes donde sólo corre el aire y seguramente le escueza la rotundidad de una producción escrita tan a la altura como la de muchos (no todos), pero muy por encima de la de muchísimos (no todos, insisto).

Y no quiero que sirvan estas líneas para adular a nadie (creo que no lo estoy haciendo) pero comparto totalmente la necesidad de conjugar spleen con ideal, noches de delirio, poesía y literatura. La angustia de la cuestión permanente, la idiosincrasia de la duda no son sino destellos de las sombras, las sombras de los gigantes esos, que no son más que aire, aire fresco, aire que corre.

Un abrazo.

Jota.

Ibrahim B. dijo...

Bueno, tener una fotógrafa en casa tiene esos condicionamientos, como que uno aparezca rapándose la mitad del cráneo a la vista de todos. A los que vayan a echarse las manos a la cabeza: (salvo Valle-Inclán,) muchos otros escritores detienen su jornada para cortarse el pelo.

Gracias por tu intervención, Jota. Un abrazo,

ana dijo...

Lo que ha cambiado es el concepto de documento y de historia.Todo sale a la luz, siempre, hasta el hijo bastardo de Garcilaso.Sólo que hoy el documento es in.mediato.Los creadores se hacen historiadores de sí mismo, intervienen de primera mano en la construcción de su relato.
Que ya será tamizado y respondido y criticado y revisado.
Por lo demás, a mi me encanta veros.
Besos hermoso.

Martina dijo...

A riesgo de ser simplista, creo que quizás todo se reduce a que detrás y delante del escritor está la persona, su vivencia e interiorización de la realidad, su necesidad o no de ser impostor de sí mismo, de cultivar una imagen que, como decía Unamuno, tiene más de nosotros mismos de lo que sospechamos, pues responde a la Voluntad (sí, con mayúsculas), a la imagen que deseamos de nosotros mismos.
Ayer en el babelia leí un artículo en el que se hablaba de los nuevos derroteros de la temática novelesca: ante el agotamiento de los conflictos interiores del individuo se hace necesario narrar la socialización del individuo. ¿Por aquí van los tiros? ¿La multipresencia es la socialización de individuo? ¿o sólo un exhibicionismo de lo más tierno, a mi parecer? Le doy vueltas últimamente.

Señor Malló dijo...

La cosa es más simple: los nocillas han utilizado la tecnología (blogs, coments, posts...) más un medio tradicional como es una revista "QUIMERA", al servicio de una inmensa campaña de mercadotecnia donde el objeto y el sujeto son el mismo: cómprame, cómprame. Lo patético es rodear esa nada sustancial e impostada de un meta discurso retórico sobre la modernidad, la hipertextualidad y no se cuantas gilipolleces más. Al final, se escribe con letras, hasta nuevo aviso. Y la finalidad última de estos iluminados, ¿es acaso poética? Quizás, simplemente dineraria. Papá, quiero más dinero y fama. Autores guay se dirigen a lectores guay. Pues guay, para todos. El triunfo del narcisismo, nada de poética. Pesadez.

Amador Cea dijo...

Cuántas palabras.