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sábado, 5 de febrero de 2011

Regreso al futuro (sobre Dave Eggers)


Zeitoun

Dave Eggers

Trad. Cruz Rodríguez

Mondadori.

Barcelona, 2010. 320 págs.

Una historia conmovedora, asombrosa y genial

Dave Eggers

Trad. Cruz Rodríguez

Mondadori.

Barcelona, 2010. 410 págs.

Desde la presentación en sociedad de la Next Generation, llevada a cabo por la editorial Mondadori en el año 2002, y en lo que ha de entenderse como una de las campañas editoriales más fructíferas e influyentes de los últimos tiempos, la recepción de la literatura contemporánea norteamericana en España ha sido todo un misterio. O al menos uno tiene la impresión de que bajo un mismo marco referencial y estético, el imaginario colectivo ha asociado autores tan singulares o disímiles como puedan ser David Sedaris, Foster Wallace, Palahniuk, Jonathan Lethem o el propio Eggers, vagamente conocido en nuestro país desde la primera publicación de Una historia conmovedora, asombrosa y genial, allá por el 2001 en Planeta, y revitalizado a partir de 2003 con Ahora sabréis lo que es correr (Mondadori). En el lapso de tiempo que va desde 2002 hasta nuestros días, fueron desapareciendo a nuestros ojos firmas como las de Jay McInerney —mientras su mellizo Easton Ellis nunca llegó a bajarse de la ola—, David Leavitt, Rick Moody o Sam Lipsyte; otros, como los arriba mencionados, y siempre capitaneados por Wallace —quien tenía que ver más con Pynchon o DeLillo que con sus contemporáneos generacionales—, siguieron siendo bibliografía obligatoria. Zeitoun, la última novela de Eggers, es un ejemplo excepcional para discutir esa recepción —tal vez, dudosa— de la narrativa americana y posterior al 11-S, así como una legitimación de la buena fama que siempre ha rodeado al padre de McSweeney’s y The Believer.

Menos de un año después de Los monstruos, incursión en una suerte de literatura infantil y fantástica, Eggers lleva a cabo otro interesante tour de force en su trayectoria mediante la presente novela de no ficción. Un relato que obtiene sus fuentes —asegura el autor— en los propios testimonios de Abdulrahman y Kathy Zeitoun, aparte de otros recursos periodísticos. Y en esa obsesión por la verosimilitud que ha caracterizado a algunos de los coetáneos de Eggers, una serie de fotografías escogidas por el autor servirán de apoyo a la novela.

El objetivo de Zeitoun es relatar el periplo de esta familia inmigrante dedicada a un negocio de pinturas, y compuesta por una musulmana conversa casada con un sirioamericano, durante el desastre del Katrina en Nueva Orleans. Para ello, dos son los pilares fuertes que sostienen la novela. El primero guarda relación con el autor real del relato. Eggers, inicia con Zeitoun una loable investigación en un terreno que, aparentemente, pertenece a los escritores de la migración que aúnan tradiciones muy distintas. Zeitoun habla de los nuevos héroes de la clase obrera en EE UU, y de los problemas a los que se enfrentan tras el ataque contra las Torres Gemelas. De hecho, América tiene ahora otro enemigo que combatir, sólo que en esta ocasión no procede de ninguna colisión cultural, y sí de la propia naturaleza. Eggers nos presenta el Katrina como la inversión del 11-S, en donde el único héroe que puede salvarnos es Zeitoun, amplio conocedor de la supervivencia en condiciones extremas: «Lo único que podía hacer era honrar la memoria de su hermano. Ser fuerte, valiente, sincero. Aguantar. Ser tan bueno como Mohammed.» Y así, si Mohammed, prematuramente desaparecido, significó otro ejemplo de actitud heroica, cuando a los dieciocho años se empleaba por las mañanas como albañil, por las tardes como pescador y por las noches entrenaba para competiciones de natación; su hermano, armado con tan solo una canoa, está llamado a proteger todo aquello que dé muestras de vida en Nueva Orleans. Pero las políticas post 11-S convierten en villano al salvador, y así Zeitoun pasa a ser sospechoso de pertenecer a Al Qaeda

Aparte, el segundo punto fuerte de la novela debería servir para abolir innecesarios vínculos generacionales: nada de experimentalismo aquí. A pesar de estar construida por pequeños fragmentos, Zeitoun es, ante todo, linealidad pura. Siguiendo con la imagen fluvial, la novela arranca con la descripción de la vida familiar de los Zeitoun en las horas previas al desastre, para luego bifurcarse en dos geografías: por un lado, la huida de Nueva Orleans que Kathy y los niños llevan a cabo, y por otro, la perseverancia de Zeitoun en la ciudad. El mecanismo que espolea la novela resulta irreprochable: algo tan sencillo como el movimiento pendular entre ambos escenarios cuando se alcanzan los momentos de máxima tensión. Y Eggers sabe gestionar adecuada y progresivamente los clímax.

Pero volvamos a los orígenes.

César Aira recurre a su particular ley de rendimientos decrecientes para explicar la ansiedad de las influencias. Según su diagnóstico, «el innovador cubre casi todo el campo en el gesto inicial, y les deja a sus sucesores un espacio cada vez más reducido y en el que es más difícil avanzar.» Cuando hablamos de metaficción, lo lógico es empezar en Cervantes —o más claramente, en Sterne—, y avanzar hasta la posmodernidad. Es por ello por lo que Una historia conmovedora, asombrosa y genial cuenta con la doble característica de ser, por un lado, un texto realmente lúdico, y por otro, una escritura intencionadamente epigonal, que repite punto por punto los esquemas del último eslabón significativo en la historia de las metalepsis: David Foster Wallace. O al menos, la serie de prólogos con los que Eggers anticipa el relato cumplen con las dos rúbricas más reconocibles del último gran escritor norteamericano: «el molesto e interminable aspecto autorreflexivo del libro» (que Wallace, conocedor del Tristram Shandy, llevó al extremo en relatos como “Octeto” o “Hacia el oeste, el avance del imperio continua”), y «el aspecto relacionado con el fatalismo»: si el tema fundamental de Wallace era la paradoja del superyó —por lo demás, muy propio de Heller, algo así como: “tomes la decisión que tomes, acabarás mal”—, Eggers, en su autoexégesis, retoma las palabras de Milton R. Bass sobre Trampa 22: «Ésta es una de las tragedias más divertidas que he leído. La mayor parte del tiempo no puedes sentir lástima a causa de la risa y tampoco puedes reírte por el propio dolor.» (Casebook 23). He aquí también la política de Wallace, y al mismo tiempo del primer Eggers: «la pose nihilista fácil y nada convincente en relación con: la plena exposición de los secretos y dolores de uno, disimilada tras un disfraz semialtruista cuando de hecho se muestra muy reservado en muchas o la mayoría de las cuestiones». Otro ejemplo de su tentativa por apropiarse del tono de su contemporáneo y de su sintaxis barroca aparece presente en su interés por retratar «el aspecto de la autocanonización disfrazada de autodestrucción enmascarada de autoengrandecimiento disfrazado de autoflagelación como la forma de arte más elevada de todas.»

Con todo ello, uno no puede dejar de preguntarse: ¿Por qué, Eggers, por qué lo hiciste? ¿Por qué ese extenso prólogo de reconocimientos, plagado de reflexiones más que manidas ya en 1999, destinado a condicionar —para mal— al lector? A fin de cuentas, Eggers —aun con su interés (¿experimental?) hacia el apoyo del lenguaje visual, los recursos tipográficos y el costumbrismo de los noventa— tiende a ser un escritor optimista, y este libro de memorias en el que narra la relación con su hermano Toph, tras la desaparición de sus padres, pasa perfectamente por erigirse como la piedra angular de un autor seducido por la literatura de no-ficción; la misma que más adelante procuraría alejar de la presencia del yo, con acierto, en Zeitoun, y, antes que nada, en Qué es el qué —libro de relevancia capital, ya que, cuando de cuestiones políticas se trata, la literatura tiende a centrarse en los conflictos más cercanos al autor—. Las cuestiones que la lectura comparada de ambos volúmenes provocan —Zeitoun y Una historia conmovedora…— son obvias y problemáticas: ¿existe hoy algún tipo de literatura experimental? ¿Hemos sentado las condiciones para una tabula rasa de registros, en donde un reportaje literario pueda dispone de mayor valor que la incursión en los desafíos formales? ¿Significa algo la brillante regresión al futuro que implica Zeitoun? ¿Qué ha pasado con Estados Unidos en los últimos diez años —si es que ha pasado algo…? Tiempos difíciles, que proclamaba Dickens. Cómo no.

(publicado en Quimera 326, enero de 2011)