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sábado, 12 de marzo de 2011

TAO LIN CONTRA TODOS, YOU FUCKING HIPSTERS!

(Pistas para evitar posibles malentendidos entre futuros críticos de Richard Yates que entrados en la senectud deseen conocer lo que se cuece entre la muchachada yanqui)

En Nueva York, Haley Joel Osment y Dakota Fanning sobreviven a una relación a distancia, entendiendo como tal el hecho de que vivan separados en un área metropolitana próxima, entre Nueva Jersey y Nueva York; ella, además, acompañada de su madre, que no logra congeniar con Haley. El principal medio de contacto entre ambos es el chat de Gmail. Ante la perspectiva de que Dakota pueda estar embarazada, barajan la opción de beber mucho zumo de naranja para provocarse un aborto natural. Luego Haley cambia de opinión y desea que su bebé le someta con un salmonete. En otra ocasión la pareja toma asiento en un río. Frente a ellos hay un montón de niños de unos ocho o nueve años, y de repente a ella se le ocurre gritar: ¡Chupapollas!”, a lo que los niños responden: “¡Callaos la puta boca!” Dakota Fanning, no lo hemos dicho, es la clase de persona que puede confesar a Haley cómo en cierta ocasión ayunó durante varios días, hasta que llegado el quinto, mientras leía un poema en el baño, se echó a reír y se le escapó una caca negra. Dakota Fanning, ante las quejas de su madre por no poder permitirse ropa nueva, le propone que robe las prendas metiéndoselas en la boca. Dakota Fanning está muuuy loca. Roba en American Apparel. Roba en Barnes & Noble. Haley Joel Osment le dice que tal vez precise tomar antidepresivos. En un momento en que se da cuenta de que ha engordado se provoca un vómito que le hace gritar tan fuerte como uno de esos halterófilos que se afanan en las competiciones del hombre más fuerte del mundo y levantan un coche. Pero Haley Joel Osment no le anda a la zaga. Eso dice el narrador. A Haley y Dakota les gustan las bromas escatológicas. Ambos mantienen conversaciones extrañas. Como si llevasen un colocón muy jodido de Orfidal.

Horas después de mi primera lectura de Richard Yates, a punto de dormirme, le dije a mi novia que aquel libro me entristecía una barbaridad, al tiempo que me ponía de un humor realmente agresivo, y entonces le pregunté desesperado dónde quedaban los alley-oops gramaticales que tronchan en tres la física de Newton como stalefish de Tony Hawk, el virtuosismo pirotécnico-verbal como de pachanga de Globetrotters para videojuegos de streeball en Electronic Arts o como paupérrimo y desangelado niño que hace toques imposibles de balón descalzo para un anuncio de Pepsico en la favela de Río, y la vigorexia léxica de los maestros americanos nacidos en los sesenta, algo que por otro lado unía a casi todos ellos entre sí, a pesar de los esfuerzos de algunos críticos por fragmentarlos en escuelas que se han declarado la guerra, y sus metáforas muuuy guapas con precisión de traceur: aquellos Vollmann, Franzen, y hasta Stephen King, parte de la escuela McSweeneys y demás respetables self-made men con mucha marcha en las falanges.

¿Será cierto que desde que Estados Unidos empezase a detentar la capitalidad cultural mundial desde 1945, en Europa nos habíamos acostumbrado a que cada cierto tiempo apareciesen nuevos narradores que actúan como metrónomos para otras latitudes de Occidente?, ¿empezaba a llegar a su fin ese dominio?, ¿se equivocan nuestras editoriales al poner buena parte de su empeño en estudiar las novedades de los catálogos americanos, Publishers Weekly y demás…? Y si parte de la vanguardia americana aprendió a escribir con lo mejor de la novela y la teoría europea del siglo pasado, ¿qué diablos leen ahora los jóvenes americanos? ¿Se había convertido la escena americana en una familia cuyo coeficiente de consanguineidad comenzaba a traer al mundo vástagos inhabilitados, como el declive de los Habsburgo?

Está bien. Ahí me pasé. Eso era cruel. La lectura sospechosa y suspicaz siempre es útil, pero mis prejuicios me alertaban de que estaba tomando el camino del Mal. Aquellos razonamientos funcionaban como cirugía plástica invertida; iba de cabeza al envejecimiento neuronal prematuro y al anquilosamiento en una nostalgia tal vez hipertrófica hacia los queridos sesenta. Luego le dije algo que no tenía que ver con Tao Lin a mi novia. Esos eran días en los que estaba traduciendo a un pornógrafo de vanguardia. Pero la conversación anterior le puso de un ánimo triste porque a ella le gusta Tao Lin. Y entonces seguí pensando en Tao Lin y en la intervención en la lectura de Richard Yates a fin de abandonar todos los prejuicios que sobre él se ciernen.

Como Richard Yates, puede decirse que todas las novelas que he leído escritas por autores menores de 30 años y publicadas a lo largo de los últimos 30 años se encuentran misteriosamente asociadas por un poderoso componente generacional. Pregunta: ¿conjuran esos dummies contra sus esforzados adultos con el más retrógrado, fascista y pecador de los géneros literarios, el costumbrismo? Sí. Claro. Qué creíais. Pero de más está decir que la solución se encuentra en la pirámide demográfica de los catálogos editoriales y en el déficit de ficciones creadas por autores por debajo de la treintena y por extensión en el déficit de ficciones que recrean el imaginario de dicha sección demográfica. Pienso ahora en esa entrevista a Tao Lin dedicada a los asuntos del vil metal, en donde dice: “creo que en unos 2 o 4 años cobraré royalties fijos de mis libros, ventas de derechos de mis libros en el extranjero, derechos de autor en el extranjero y otras cosas relacionadas con la literatura.” Difícilmente puede arrojarse hoy un enunciado más desgarrador que éste. Difícilmente. El capitán sobre el mar de nubes. Tao habla, desde el corazón del mundo civilizado, sobre la sensación amarga de no tener asegurados ni los escalones más inferiores en la pirámide de Maslow. Como Richard Yates. Y he aquí una aflicción que muchos de vosotros, acomodados y adultos escritores y lectores, hace tiempo que dejasteis de sentir. Richard Yates responde a todos los síntomas de la autobiografía en clave, escrita por quien se aproxima peligrosamente a las fronteras de la vida adulta, con todos los inconvenientes y ventajas que ello trae consigo. Haley Joel Osment escribe novelas y habla de reuniones con su editor y de royalties, y su novia le reprocha cosas como: “Si tú mueres seguramente me encerraría a llorar en mi cuarto durante dos años. Si yo muero tú seguirás escribiendo libros.” En esa especie de autoficción es letal el extrañamiento paralelo al triple galimatías de personajes que Tao consigue causar en el lector, quien a lo largo de la lectura imagina a partes iguales al propio autor, a un personaje “de rostro inexpresivo” y al Haley Joel Osment en la vida real, el niño protagonista de El sexto sentido. Igual ocurre con la usurpación de identidad en Dakota Fanning, famosa actriz en la vida real, y con el propio Richard Yates, quien al término de la novela pasa de ser un novelista al título de una novela de Tao Lin.

Richard Yates corre el riesgo de una lectura condenada a numerosos y fatales prejuicios. Tao Lin es conocido en el mundo anglosajón por sus obsesivas campañas de publicidad viral. Ésta es la clase de autor susceptible de interés para revistas como Vice, que lo ha refrendado como nombre inevitable en la escena literaria de Nueva York en los últimos años. Por si fuera poco, tras pasar desapercibido en España con la traducción en 2009 de su novela de corte fantástico Eeeee eee eeee, ahora reaparece en el sello Alpha Decay, cuyo catálogo es el más consultado por los periodistas de tendencias. Siendo pesimistas, You fucking hipster! pasaría como lo menos malo que pueda caer sobre él cuando descubran las encuestas que sube a su blog: «¿De qué droga voy colocado?», pregunta a sus lectores, a propósito de un video en donde el escritor da una lectura. Pero mal, muy mal: todo es falso. (Iba de hongos, por cierto.) En realidad Haley Joel Osment y Dakota Fanning hacen pensar en los primeros personajes de Easton Ellis como unos impostores pretenciosos, pues Richard Yates brilla por la recreación natural de la intimidad de esta pareja —monógama, para inquietud de Zygmunt—, que polariza la práctica totalidad del libro. (Tiempo después, leo en una entrevista a Tao: «salta a la vista que mis personajes tienen menos dinero que los de Ellis».)

A Haley Joel Osment y Dakota Fanning les preocupa que la madre de Dakota los descubra follando en su habitación. A Dakota Fanning le desagrada quedar con ciertos amigos que hacen que cada cinco minutos crea que va a cagarse encima. Tal es su tristeza que desea apretarse una taza de té hirviendo contra el clítoris. Cuando está feliz, en cambio, puede referirse a Haley como “entrepierna de calamar”. Siempre entre la histeria y el remilgo. Tao Lin recupera la literatura como ese espacio público en donde acaece el milagro de la aceptación de lo ominoso en la intimidad. Hasta podría decirse que Haley y Tao esconden a un pareja de emos que se burlan de quienes disfrutan de auténtico éxito social. En uno de sus chats, el narrador explica que “Chica marchosa” es “un término que habían acuñado para las personas que no hablaban en un tono calmado y monocorde y que no eran distantes”, asumiendo que la norma es hablar en un tono monocorde y adoptar una actitud fría con el interlocutor. Acto seguido empiezan a bromear con la idea de forrarse a costa de producir libros recurriendo a variables del concepto recién acuñado, pues Dakota acaba de descubrir que en Amazon ya hay varios libros y películas titulados “Chica marchosa”. “Fiesta de guarras”, es lo que Dakota propone, y añade: “cuando vaya a Nueva York deberíamos ir todo el rato a bares y grabar a zorras borrachas”. Una mosca vuela alrededor de Haley y la conversación se diluye. Ni rastro de modernidad. El poppy será usted, abuelo.

Tao Lin tiene mucho más que decir de las nuevas tecnologías que muchos narradores tecnófilos. Como nativo digital, la enseñanza tecnológica de Tao es mucho más sutil. Suya es la semblanza de aquellos que, aun conectados constantemente a la red y adictos irreparables a la misma, apenas otorgan a la tecnología un uso que transcienda las redes sociales y el procesador de textos. Si en los siglos pasados, convertir en experiencia estética la asocial escena del adicto físico a ciertas sustancias orgánicas fue sinónimo de contracultura, el reto que Tao impone es dotar de legitimidad a personajes cuya desidia ni siquiera llega al consumo de telebasura, sino a la contemplación de una luz blanca, literalmente, vacía de mensaje, a la espera de feedback al otro lado del chat. Sus personajes consumen exóticos alimentos saludables (sushi de aguacate, gachas de cereales, chocolate negro, rangoon de cangrejo, tempe orgánico, barritas de avellana…) y en su narrativa se cumple a rajatabla la ley antitabaco. Sin embargo, Gmail es el instrumento que media, metaboliza y consume las relaciones entre Dakota y Haley, e impone la sintaxis breve, a partir de la cual surgen los distintos humores del texto.

Julio Fuertes, traductor de Richard Yates, vive a cinco minutos de mi casa. Como los dos traducíamos a autores tremendamente distintos, a menudo nos encontrábamos e intercambiábamos correos y llamadas para aclarar dudas. Algunas mañanas nos encontrábamos a desayunar a las 6.30a.m. después de pasar toda la noche tragando piscinas de cafeína, y media hora después la impresora de mi dormitorio despertaba a todo el inmueble. Mal rollo. Cuando salíamos los fines de semana, las más de las veces hablábamos de los libros que traducíamos. Y cuando nos encontrábamos con algún crítico, teníamos la sensación de estar viviendo una interminable jornada en el Círculo Polar en donde el sol nunca se pone. Habíamos dejado de leer varios libros a la semana para pensar durante varias horas al día en uno solo. Durante ese mes en el que Julio se dedicó a Richard Yates, la principal queja que le oí fue la deliberada pobreza léxica de su autor (“sólo emplea cuatro putos verbos: cuatro”), y la higiene y asepsia a la hora de describir escenas sexuales. Los personajes de Tao practican sexo oral, perform oral sex. En aquellos días yo traducía cosas como: «Era placentero encajar la pelvis contra esos muslos negros y robustos, y sentir sus morenos melones —enormes, aunque ligeros como la brisa— botando contra mi pecho.» Es decir que mi ayuda nunca le sirvió de nada. Cuando leí entero el manuscrito de la traducción aquella pobreza léxica dejó de connotar carencias. Es como si Richard Yates metabolizase toda la literatura humorística y en torno a la neurosis en la América reciente, pero filtrada de sus sintaxis punkis plagadas de ruido, antes mencionadas. Con todo, el problema más extravagante que escuché a su traductor apelaba a la posibilidad de que dos letras pudiesen interferir y cambiar el sentido la novela. Teniendo en cuanta que la frase más repetida es he/she said on gmail chat, Julio cuenta: “La cosa es que una preposición concreta definía el chat como espacio o como canal. La preposición ‘en’ creaba un espacio virtual en el que metafóricamente se encuentran Dakota y Haley, como se lo dijo en el chat o se lo dijo en el bar. La preposición ‘por’ configura el chat como herramienta de comunicación, se lo dijo por el chat, se lo dijo por teléfono, y los mantiene a 100km de distancia, sentados en sus sillas, con su habitual neutral facial expression y las manos apoyadas sobre las rodillas un 70% del tiempo.”

Obsolescencia, erosión y extinción de los argots y glosarios de época: cuando el traductor se plantea si el uso del término gallumbos es pertinente una vez desaparecen las reposiciones de las series juveniles de los ochenta a lo Salvados por la campana, o siente un escalofrío al enfrentarse con la manoseada verga en viejas traducciones de beatniks y colección Contraseñas, el dilema que maneja no es baladí. Afecta a todas las dimensiones del pensamiento. Abusar de los conceptos acaba con su contenido y destruye los debates que a ellos los acompañan. Así ocurre con los metadiscursos, la literatura pop, los simulacros, los post, la era de información, la hiperrealidad… Apena ser conscientes de la moda en los significantes y en consecuencia en los conceptos que arrastran consigo; su nacimiento y ocaso, no obstante, es inevitable y fugaz. Meses antes de que en las mesas de novedades españolas se encuentren con el ficticio enfrentamiento pugilístico, ideológico-literario, entre El Rey Pálido y La Libertad, con Tao uno teme que su recepción acabe siendo manipulada por un par de categorías historiográficas que vienen manejándose en los últimos años: “minimalismo”, en oposición al esplendor de la Generación ’60, y “realismo”, en oposición al paradigma crítico impuesto por y para el siglo XX, y para el cual la historia literaria se resume en la historia de las formas. Tao, de hecho, emplea esa palabra que el siglo pasado despojó de toda novela digna: “pensó”, que se repite, exactamente, 102 veces en todo el libro. Su narrador conoce el fuero interno de sus personajes. Es posible que cuando el punto de partida deje de ser la modernidad y los léxicos de la crítica abandonen, por esterilidad y agotamiento, categorías como las antes mencionadas, se pueda empezar a pensar un nuevo proyecto para nuestro siglo, que al menos psicológicamente parece obligarnos a imaginar cambios. Richard Yates, con su absoluto desdén hacia esas mitologías de siglo XX que a menudo frecuentan las novelas que alguna vez intentaron reemplazarlas, ayuda a crear nuevos marcos. Como ayudó el siglo XX soslayando las mitologías de sus antecesores.

Tao Lin no es un escritor complejo. Ni pretende serlo. Ni siquiera puede decirse que Richard Yates sea una obra de orfebre: aquí no existe ningún problema que funcione como punto de gravedad a partir del que hacer rotar la narrativa, ni una conclusión en el tercer acto que cierre para siempre el libro. Pero con los escasos recursos que maneja, Tao impide el derecho a réplica. Su corrección es intachable.

Cada generación de autores tuerce el rumbo del discurso de autor. Como género literario independiente, es obvio que el discurso del autor no tiene nada que ver con su literatura, pero puede dar pistas para su comprensión siempre que el lector se mantenga a una distancia profiláctica. En realidad cada generación de autores se esfuerza muchísimo en asumirse ante los lectores como personas normales. Simplificando: la generación anterior a la de Tao fue la que no quiso perder de vista su rol de intelectuales, sin por ello dejar de investigar obsesivamente en las nuevas tecnologías y expresiones alternativas, y haber leído setenta toneladas de libros más que los abuelos. Leyendo ensayos y novelas de Tao Lin me sorprende su parquedad de referencias: huye del pavoneo y el showing-off del crítico bibliófilo, y su sintaxis de kindergarten pone a Follet cerca de Spengler. Al contrario, Tao sube a su blog videos en donde él y su novia se tiran de los mofletes y la cámara capta el sonido de chapoteo de sus encías, por no hablar de la cámara oculta que introducen en el local de Las Vegas que eligieron para casarse. El video recoge cómo los echan a patadas de la capilla. Es como si Tao Lin pusiera todo su empeño en intentar parecer mucho menos brillante de lo que en realidad es. Tengan mucho cuidado con él. No se dejen engañar. Esto es muy serio.

(publicado en Quimera 328, marzo de 2011. Versión .pdf)

8 comentarios:

Ibrahim B. dijo...

Dos artículos muy interesantes para pensar la novela:

Despertando del sueño: Tao Lin, de Vicente Luis Mora, http://vicenteluismora.blogspot.com/2011/03/despertando-del-sueno-tao-lin.html

El primer ciberliterato, Andrea Aguilar: http://www.elpais.com/articulo/portada/primer/ciberliterato/elpepisupep3/20110311elptenpor_5/Tes

Brian Edward Hyde dijo...

Lo has consguido.
Quiero leerla.

carlos maiques dijo...

Buenas tardes:

Dejando la hiperconsciente utilización viral de la tecnología, Tao Lin funciona por acumulación, en un virtuosismo ocultador de los lugares supuestamente interesantes, y eso, como dices, lo aparta de otras corrientes. Alguna vez ya te he hablado de Heartbeat, de Dora García, de 1999, que me resulta más sugerente; no sé porqué me parece que participan de una atmósfera fría a comparar.

Otros textos que pueden servir de referencia al laconismo:


Una multitud de narcisos con audífonos (1) Nota de lectura de Heartbeat. Construcción de una ficción, hipertexto de Dora García y w3art. Carlos Labbé

http://www.letrasenlinea.cl/?p=68

Y aquello de lo que se habla y late:

http://aleph-arts.org/art/heartbeat/index.html

"Secretamente y sin que nadie se haya dado cuenta hasta ahora, una nueva moda se ha extendido entre nuestros jóvenes: el vicioso hábito de escuchar exclusivamente los latidos del propio corazón. Los que han dado en llamarse a sí mismos "Heartbeaters" (latedores, los que laten) sufren una percepción alterada de lo real, el mundo exterior reducido a un puro eco de sus propios espacios interiores. Esta percusión íntima influye en pensamientos y conductas, y es adictiva. "

Un saludo y hasta otra.

Clément Cadou dijo...

Yendo al grano: también yo quiero mucho a mi mujer y en algunas ocasiones tengo que transigir, aunque me cueste un esfuerzo. Dicho esto, tu texto me ha parecido muy interesante, as always.

He leído algo de este autor haciendo verdaderos esfuerzos para no reírme (nada de ganas de suicidarme). Leí dos veces la entrevista de Vice (v. 5 (2), p. 108), y las respuestas a las preguntas nº 7, 8 y 9 me parecieron conmovedoramente descerebradas.

En su día trabajé con personas etiquetadas (por otros) como 'socialmente inadaptadas'. En ellas encontré bastante más poesía y virtuosismo que en lo que he leído de este autor.

un saludo afectuoso.

Diva Calva dijo...

Yo siempre imaginé que Dakota Fanning cagaba pequeñas mierdas negras.

taun dijo...

Carlos,

a mi también me encanta la pieza de Dora García. Me gusta tanto que no he podido evitar incluir una referencia a ella en un texto sobre la codificación de la subjetividad en Internet. Esa pieza es una metáfora bastante interesante sobre el solipsismo y de hecho hago uso de ella para interpretar al nuevo sujeto monadológico que percibe toda la realidad a través de su ordenador (es un poco arriesgado pero creo que puede funcionar).

Perdona la parrafada, Ibra. Me sorprende encontrar aquí esta referencia. Ya sabes lo que opino del artículo. Lo mejor que he leido hasta el momento sobre Tao Lin.

Abrazos a todos.

Mientras Nadas dijo...

Se percibe la ostentación de lo hueco, de lo banal, como un simple (aunque artificioso) decorado de teatro. Flam, flim, flam, se rasca y asoma la semiótica de pacotilla, el más puro símbolo del vacío.Mucho símbolo sin referente, mucho mentecato y mucho blablabla. Algunos aprovechan y les sale bastante rentable, pues se autoerigen como líderes del movimiento vacío y consiguen hasta vender libros!

La chica automática dijo...

Me leí hace poco Eee Eeee Eee y en fin. A Tao Lin lo meten en el mismo saco que al gran Tony O'Neill y oye, ni de coña. Con tu crítica saco en claro que mejor no leer Richard Yates, sería volver a leer el mismo libro suyo que ya leí, y eso que los delfines y osos parlantes me hacían mucha gracia. Pero no me entra el rollo emo por escrito, por mucho que "descubra" el agua caliente de la imposibilidad de una relación normal (lo que hasta ahora se considera(ba) normal y, para mí, healthy) vía chats y redes sociales. Tao Lin dijo no se dónde, en El País creo, que lo mejor era no tener amigos porque así no te desviabas tanto de tu vocación literata, que es como decir ¡viva gmail's chat! y será que me pilla más mayor, o que simplemente soy una retrógrada y no lo he sabido hasta que he visto alta y clara la capacidad de cambio socio-cultural (entre otros cambios) de las nuevas tecnologías. No me alcanza la vista, no logro poner el hiperlink a la altura de la revolución gutenberg. Si me equivoco, debuti. Si no, me da mucha pereza todo.