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viernes, 1 de julio de 2011

Antinovelas con aroma a lavanda

Ahora, escribo,

Lolita Bosch

Periférica.

Cáceres, 2011. 198 págs.

Su crítico literario de cabecera difícilmente lo admitirá, pero el primer enfrentamiento contra un texto literario casi siempre viene condicionado a una razón de valores, moral, como quien dice, antepuesta a la lectura circunscrita sólo al texto. Digamos que mientras la literatura del canon queda excluida a semejantes juicios, cualquier texto contemporáneo se arriesga a ser tachado de cosas como sentimentaloide en exceso (“ese ruidoso lamento al amor perdido, sentío’ como cante jondo cañí”), imaginario caduco (“los punkis de Cooper bien están con Dennis”) o hábitos inverosímiles (“en su retiro de campo, la mujer de hoy ya no se aficiona a los animales como Flannery”). Nada de esto podría considerarse literatura stricto sensu, pese a lo cual, ahí es donde reside la primera y más crucial frontera que el texto debe atravesar, más aún cuando hablamos, como en el caso que nos ocupa, de literatura confesional, catártica o incluso terapéutica (piénsese en la estela de Levrero, Vila-Matas, Gracia Armendáriz o en el recientemente publicado Javier Avilés). Ahora, escribo, entonces, encuentra su principal asidero en la imponente y neurótica voz de la narradora, pensada para que el lector la confunda con la propia autora, y en la voluntad de este proyecto como libro secreto, esotérico (ahí quedan Bosch y sus menciones a la magia, los evangelistas de Santo Domingo y la astrología, haciendo un ocho al materialismo occidental). Ahora, escribo, también, se presenta como una invitación hacia un recinto para minorías. Bosch aclarará que el primero de los libros, Japón escrito, se editó previamente en una edición de autora, de la que se imprimieron doscientos ejemplares.

Como apéndice a La familia de mi padre (Mondadori, 2008), “Japón escrito” y “Donde está todo abierto” (primeros dos textos de Ahora, escribo) se arman como acto de contrición, o rendición ante ese ¿error? habitual del escritor que consiste en percibir, tiempo después de clausurar un libro, que el tema en torno al cual éste gravitaba no se encontraba ni mucho menos agotado. De manera más o menos simbólica, “Japón escrito” y “Donde está todo abierto” consienten ese instante letal en la carrera de un autor a partir del cual el infinito abanico de temas posibles quedará reducido a sus caprichosas, inexorables y solipsistas obsesiones. He aquí un ejercicio de humildad, por lo demás necesario, que se contrarresta con un culto al yo sagazmente gestionado. Alrededor de la resurrección del padre a través de la memoria (Carta al padre, Kafka, y Diario de duelo, Barthes, asoman necesariamente en el horizonte) circula una infalible iconografía del escritor: nostálgicos vuelos al DF vía Lufthansa, conversaciones con el psicoanalista, visitas a la casa de Orwell, viajes literarios, intimísimos correos hechos públicos, porros y emociones incontrolables en medio de la naturaleza salvaje, conversaciones con amigos del medio literario, conversaciones con editores, esa forma cada vez más popularizada de metaliteratura que habla de ser escritor antes que de estar escribiendo (“me han dicho […] que deje de escribir durante un tiempo […] que me sienta libre […] que no haga caso de ninguna presión externa […] Así dicen: libre, proyección pública, carrera literaria, estrategia”), etcétera.

Leemos: “He estado pensando, más que en cualquier otra cosa, en evitar este texto. No escribir en primera persona. No escribir sobre la escritura. No escribir sobre el libro anterior.” Bien. Dejemos a un lado esa desasosegante herencia del pensamiento estructuralista, según la cual todo lo que es susceptible de atenerse a una clasificación, automáticamente, dejaría de ser nuevo. Si la mala intuición nos sugiere que retomar ese aire modernista o de antinovela tan propio del siglo XX —así como volver al mito de la turbulenta vida del escritor que se tambalea ante la perspectiva de (no) escribir de nuevo—, no parece la vía más fructífera de acción, lo cierto es que un instinto parecido conviene que Lolita Bosch da nuevos aires a la antiliteratura. Tiene gancho. Y cosas que decir. Aunque se esfuerce en admitir lo contrario.

(publicado en Quimera, junio de 2011)