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lunes, 11 de julio de 2011

Genio americano, Lynne Tillman (traducción)


La comida aquí está mala, pero cada día hay algo que puedo tomar y que incluso me gusta, y hay una bañera, algo que en casa no tengo. Aquí puedo darme un baño cada día antes de la cena, que es a las 7.30 p.m. y por lo común poco gratificante. Pero no puedo esperar a la cena porque es el cierre oficial de mi jornada, y habrá gente alrededor con la que pueda hablar y con la que puedo entretenerme. A menudo me entretengo con las cosas que tengo que hacer, que creo estar obligada a realizar o supuestamente lo estoy. Pero aquí espero descubrir lo que puede servirme o lo que necesito saber, por ejemplo, sobre el resto de residentes en la comunidad.

A veces tengo ocasión de darme un baño antes de cenar. Me desvisto impaciente y lleno la antigua bañera victoriana con agua muy caliente, vierto aceite de baño bajo el grifo, tres tapones que supuestamente tonifican tu cuerpo, hidratan tu piel y alivian tu mente, y aunque nunca suceda, que mi mente nunca está aliviada, sigo en la bañera vertiendo generosamente aceite que dice aliviar la mente y ayudar a la piel. Mi piel está seca en invierno y también en verano, está seca todo el año, tengo una piel muy sensible, que es lo que la señora polaca que en casa me hace una limpieza de cutis cada dos meses me dice, repitiendo siempre que tengo limpieza de cutis, Tu piel es muy sensible, probablemente porque no tenemos mucho más de qué hablar. No tenemos mucho en común, pero escucho historias de su vida y sé que una vez estuvo casada y que ahora tiene citas con hombres y viajes y salidas con amigas.

Un día en que me hacía una limpieza de cutis en el salón de belleza, palabra majestuosa para un espacio angosto y deprimente, sonó el timbre y ella atendió la puerta. Es la única que trabaja ahí, salvo los fines de semana, cuando la propietaria, una mujer atractiva que se cuida bien y tiene dos hijos y un marido, trabaja, también. La mujer que me limpia el cutis no tiene marido ni hijos aunque le gustaría. También es atractiva y se cuida bien, y trabaja cinco días a la semana. En la puerta estaba el hombre del que me había hablado, que estaba persiguiéndola y proponiéndole citas, que ella rechazaba, disuadiéndole con evasivas. Pasó al espacio angosto.

Cuando la señora polaca, profesionalmente reconocida como cosmetóloga y esteticista, terminó de limpiar mis poros e hidratar mi piel sensible, él seguía ahí, esperando, guapo de una manera rústica y ceñudo, sentado en una silla fea, revestida de plástico, junto a la mesa con revistas de belleza pasadas de fecha. Lo miré, lo conocía ligeramente, pero no recordé de qué, lo que a menudo me sucede, muchas caras me resultan insoportablemente familiares y vagas, de modo que fue vergonzoso, pues él la estaba esperando, y yo no debía haberlo visto en aquella situación, en donde ella no quería quedar con él o quizá casarse con él o tal vez no, pues ella cuidaba a su madre, o era demasiado quisquillosa o en realidad los hombres no le gustaban. Posiblemente debí haberla alertado de que no era un buen hombre, era fácil verlo, por qué si no la sorprendería, llegando sin avisar y tal vez de manera indeseada a su lugar de trabajo, donde se supone que debería estar a salvo de tales incidentes, pero no lo hice, porque la gente, especialmente las mujeres, desean oír que tienen la piel sensible o que ellas mismas son sensibles. En teoría eso las distingue de los animales que no son sensibles del modo en que el ser humano lo es. Por lo común la piel de un animal no es sensible, aunque tengo un amigo cuyo gato tiene la piel sensible; a menudo tiene llagas en la boca y es alérgico a muchos tipos de comida, y mi gato, el que tuve que sacrificar porque me acosaba, tenía la piel seca y caspa. Los animales y algunos hombres son depredadores, aunque las gatas cazan mejor. La gente es extraña con sus animales. A mí me gustan los animales, especialmente gatos y perros, los pájaros, también, y a menudo me perturba el destino de los animales, aunque coma carne, pescado y aves de corral, y no valore el audible desdén o la silenciosa crítica de unos cuantos mojigatos vegetarianos que a veces se sientan aquí a mi mesa a cenar. Dos perros casi mataron a uno de los gatitos que nuestra familia de gatos dio a luz, casi lo rompe en dos, pero mi madre lo rescató y lo llevó al veterinario, donde lo cosieron y vivió. Mi madre amaba a nuestra familia de gatos, luego los traicionó después de que decapitasen y se comiesen a mi pájaro, y ninguno de nosotros, sus dos hijos, pudimos olvidar el terrible destino de nuestro gato, ciertamente yo no, incluso ahora que el cerebro de mi madre anda estropeado. Nadie saca el tema, ya no, aunque cuando mi madre habla ahora de la familia gatuna y de cuánto la quería, lo especiales que eran, aparto los ojos, miro al suelo, he de hacerlo, pues de lo contrario gritaría, Tú asesinaste al gato.

Antes de llegar aquí, un lector de tarot, cuyas predicciones habría desestimado, pues solo creo que el pasado pueda ser leído, aunque también sea incognoscible, pero el cual me pareció excepcionalmente sagaz, predijo que encontraría un obstáculo o una persona que cambiaría mi vida para siempre. Mis cartas eran poderosas, dijo, lo que escuché con incredulidad, aunque, según hablaba, pensé que no importaba lo que yo opinase sobre su filosofía, pues la idea ya había arraigado, una idea que vino en mi auxilio, un placebo, o una que deseé aceptar, pues la creencia es importante, todo, y también poca cosa, accesorio cual madeja de espuma. Sobre la predicción, no se lo dije a nadie, y mi vida cambió, pero no como previese el adivino.


Mis padres regalaron a mi perra, dijeron que no podían cuidar de ella, pero yo no les creí. Tenía que haber protegido a mi perra, que era buena, que era mi pasión, y nunca hizo daño a nadie, salvo, tal vez, a un fontanero. Cuando me fui de casa a los dieciocho, obligada por mis padres, cosa que para mi futuro tendría consecuencias que entonces no advertí, vino al apartamento, en donde por un tiempo residí con amigos, un fontanero, para arreglar el inodoro, cuando sólo yo estaba allí, y puesto que mi perra estaba nerviosa y tenía miedo, me protegía en un sitio nuevo y extraño, mordió al fontanero en la pantorrilla. A él le puso nervioso poder tener la rabia. Al día siguiente un policía vino a la puerta y entregó una citación, obligándome por ley a llevar a mi perra a ASPCA[1], a una división llamada BITES, en donde mi perra fue examinada, el perro más pequeño de un despacho feo, obviamente sin rabia, muerta de miedo ante el perro más grande que ladraba junto a ella, y fue después cuando devolví la perra a mis padres, pues no podía cuidar de ella. Ella no podía vivir en un apartamento, tras haber crecido en una casa con jardín en un vecindario donde cada mañana podía ir a pasear por la ciudad con su mejor amigo, Pepe, un caniche negro estándar, uno de los dos perros que magullaron y casi acabaron con el gatito, pero eso fue mucho tiempo atrás y ya estaba olvidado porque el gatito vivió y Pepe era muy buen amigo de nuestra perra, incluso a pesar de que una vez la mordió en los genitales y ella tuvo que ir al hospital de perros y gatos.

Cuando a la mañana siguiente Pepe vino a dar un paseo con ella por la ciudad y no estaba allí, se negó a salir de la casa hasta que mi madre abriese la puerta y le dejase buscarla, y solo entonces, después de subir las escaleras y luego bajarlas hasta el sótano, sólo entonces, al no encontrarla, Pepe se fue a casa. Entregué mi perra a mis padres para que estuviese a buen recaudo, hasta que pude hacerme cargo de ella, porque en invierno, cuando hay nieve en el suelo, mi perra no podía ir a pasear de manera educada ya que el ayuntamiento echa al pavimento sal con minerales perjudiciales a las patas de los perros, y mientras caminaba, gimoteaba y aullaba, y tenía que llevarla a un sitio donde hacer pipí y popó, y después de que lo hiciese, cargaría con ella de nuevo. La entregué a mis padres, entonces mis padres la regalaron, la hicieron matar, aunque insistieron en que alguien la adoptase, después de que mintiesen sobre su edad —tenía ocho, pero parecía más joven, sostuvo mi padre— de modo que fue adoptada bajo falsas esperanzas, y ninguno de nosotros, niños, jamás creímos la historia, que había sido adoptada, que no había sido sacrificada, pero no había nada que hacer, era demasiado tarde, estaba muerta.

Me había quedado dormida, absorta conmigo misma, sin pensar en el animal que adoraba, mientras me convencía de que la suya era una amenaza vana, porque era inconcebible que mis padres la regalasen, entonces mi perra murió. Conozco a una mujer que defendió a sus perros de las críticas incluso cuando atacaron a un gato callejero, que pudo haber sido despedazado y asesinado, y tampoco mostró ninguna preocupación por el gato u opinó que sus perros debieran estar bajo control; en lugar de eso, la dueña de los perros habló de otro gato que se había defendido con éxito de sus habituales perros sanguinarios, y, desde un lugar seguro, los atacó con su zarpa. Los gatos pueden defenderse por sí solos fue su argumento falaz, pero un animal doméstico no debería tener que saber cómo defenderse por sí solo de los perros depredadores. La gente defiende las malas acciones de sus animales, las suyas o las de sus hijos en lugar de afrontar el desagradable hecho de que hay algo que está mal en el animal, en sus hijos, en ellos mismos, con el mundo, y su tarea es admitirlo, incluso proteger al mundo de ello, ciertamente no suponer que no está ahí, que todo está bien, que ellos y sus animales son buenos, porque no era esa su intención, y no pueden ayudarse a sí mismos. En su lugar no hacen nada, aceptando la brutalidad de los animales, la suya propia, la de otra gente, y la del mundo, pues creen que no tiene que ver con ellos, quieren creer que no tiene nada que ver con ellos. Una bofetada en la cara no es una bofetada en la cara cuando procede de ellos, pues no era esa su intención, pues ellos tuvieron infancias tristes, sus padres regalaron a sus perros y gatos, sus padres los traicionaron y no los amaron.

Yo amo a mis animales. La gente ama a sus animales, el modo en que aman a sus propios pedos y todo lo demás sujeto a ellos que está cerca de ellos. Porque ellos no son sus animales o sus pedos, los aman. Los esquimales tienen un dicho, Todo hombre gusta del olor de sus propios pedos, cosa que la mayoría no admitirá. Conozco un hombre al que expulsaron de un restaurante de comida rápida porque se tiró un pedo. Una vez estuve en un restaurante cuando un chico obeso se tiró un pedo, el olor era sobrecogedor, y un amigo y yo tuvimos que movernos a otra parte del restaurante, pero el chico parecía feliz, porque le gustaba el olor de su propio pedo. Todo el mundo gusta de sus propios pedos, los que podrían expulsarlos de restaurantes o humillarlos en espacios públicos, donde la gente trata de actuar no como animales sino de manera sensible, si eso sirve de algo, pero nadie es lo bastante sensible con el resto de la gente. Son sensibles consigo mismos, sus animales, sus sentimientos y creencias, y el resto puede irse al infierno con sus perros, sus pedos y sus sentimientos.



[1] American Society for the Prevention of Cruelty to Animals

2 comentarios:

luna dijo...

Quizá queda mal que lo diga yo, pero me parece brutal. A ratos me recuerda a la peli Venus, salón de belleza, o a Valérie Mréjen, o a Marie Darrieussecq... o, como tú me dijiste a un DFW femenino. También me imagino a Nadia de mayor. No sé. ¿Editores del mundo, hola? ¡Quizá es que es muy muy francesa!

Muá.

aniuska dijo...

great