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miércoles, 18 de abril de 2007

Los altermundistas esquizofrénicos (Parte I)

Al cabo de la segunda jornada de seminario, un estudiante pregunta a los ponentes si realmente no consideran que cada sistema económico y social propuesto hasta el momento, inexorablemente presenta elementos marginados; y si no convendría, por un altermundismo todavía más riguroso, ejercer una mayor autocrítica en la medida en que la ideología dominante es el resultado de un combate dialéctico con su antítesis. La tercera pregunta tiene que ver con los presos políticos cubanos, de los que no tiene una idea demasiada holgada, y con la libertad de prensa en el país de Hugo Chávez.

Después de un cruce de miradas, el más bizarro de los intelectuales inicia el ataque frontal afirmando que el mejor sistema es el menos malo, y que el capitalismo que nos ha tocado vivir es el más malo y el que más miembros excluye. Los otros cuatro ponentes cogen al interrogador, le meten la cabeza en un váter salpicado de sangre y mierda, tiran de la cadena varias veces y después le golpean con la tapa hasta noquearlo. Buena parte del público casi jalea las respuestas de los altermundistas esquizofrénicos en una atmósfera de confusa excitación, como recién acabado un combate de Pressing Catch.

Terminada la quema de brujas, un profesor francés y su traductor se dirigen al aeropuerto. Como les sobra tiempo, aparcan en un barrio al norte de Madrid habitado mayoritariamente por inmigrantes; concretamente lo hacen frente a un bazar chino en el que deciden sumergirse en un acto a mitad de camino entre solidario y compasivo. Después de vagar por baldas abigarradas y atestadas de objetos inservibles, el profesor entra en extravagante cólera y pide a su traductor que comunique lo siguiente: «¿Qué hay de su ética? ¿Es consciente de que estos bluejeans, debido al libre desplazamiento de capitales, han explotado a decenas de niños, desde su China natal a Argelia, pasando por India o Pakistán? ¿No se le ocurre que otros con menos suerte que usted, en su propio país y de su misma condición cosen estos pantalones bajo condiciones infrahumanas?» El chino se rasca la cabeza. «Hay que comel», advierte con expresión astuta y prolongando la ele del infinitivo. Pero la respuesta no es en absoluto convincente. El profesor toma de un estante un paquete de café y se asegura de que no se trate de un producto de comercio justo. Luego se dirige al propietario y, esta vez sin recurrir a su traductor alucinado, le pregunta si es que él se pasa por el ciruelo la situación de los campesinos colombianos explotados por el cártel del café. Sin esperar respuesta, el profesor le estampa el paquete en la cara a modo de ladrillo. Segundo nocaut del día. Luego hace un gesto de lavarse las manos y abandona lentamente el local angosto con el traductor, que no sale de su asombro y duda entre asistir o no al autónomo.


Sólo cuando ponen el primer pie en la calle se percatan de que están jodidos, que alguien les ha robado el coche que habían alquilado esa misma mañana en el aeropuerto, que la justicia a veces se materializa, y que no van a salir del barrio sin que sus chaquetas sufran algún que otro rasguño; algo de lo que se encargará la solidaridad de la comunidad inmigrante. Y es en este último y decisivo asalto cuando cae derrotado el profesor por un elegantísimo nocaut. Directo a la mandíbula.


Publicado en la revista digital Remolinos, número 23: http://es.geocities.com/revista_remolinos/index_p60.htm