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lunes, 23 de junio de 2008

Ibrahím B. recomienda ensalada de GILLES LIPOVETSKY y MICHEL HOUELLEBECQ pal' veranito, mami... (II Parte)

Pt. II. Michel Houellebecq,

(O como legitimar los outsiders que toda democracia contiene)



(Advertencia: En Houellebecq me inicié hace un par de años, justo cuando diera el salto a Alfaguara con la publicación de La posibilidad de una Isla. Entonces leí La posibilidad… y Plataforma, y más adelante Lanzarote. Me van permitir, no obstante, que el texto que sigue a continuación tenga como eje sus textos más antiguos —Ampliación…, El mundo como supermercado, y Las partículas—; libros que, evidentemente, han sido los que últimamente he estado leyendo. Ustedes ya me entienden.)

Aunque dudo mucho que la literatura deba erigirse necesariamente como fortín de resistencia al discurso massmediático, lo que sí es cierto es que a Beigbeder no le faltaba razón cuando en Windows on the World escribía que «actualmente, los libros deben llegar a donde no llega la televisión.» En este sentido, Michel Houellebecq
[1] es un brillante artillero cuando de lo que se trata es de sacar a relucir las injusticias de la economía de mercado —véase el extracto de Ampliación de campo de batalla al que apelábamos en Gilles Lipovetsky—, de las democracias, o incluso de posibles sistemas utópicos. Piénsese a este respecto en la parte de Las particulas elementales donde Bruno, personaje sexualmente frustrado y aquejado de brotes xenófobos[2], acude a El Espacio de lo Posible, una suerte de representación de la utopía, con la esperanza de canalizar sus pasiones. No es extraño, pues, que en este entorno Bruno ande desorientado; sea incapaz de alcanzar la empatía que la situación le requiere. En una de sus conatos de establecer relaciones ocurre lo siguiente:

El aperitivo, momento de convivencia del día en el Espacio de lo Posible, estaba amenizado con un poco de música. Esa tarde, tres tipos tocaban el tam tam para unos cincuenta espacianos que se meneaban agitando los brazos en todas direcciones. […] Bruno le ofreció un vaso de vino de Charentes a la católica. «¿Cómo te llamas?», preguntó. «Sophie», contestó ella. «¿No bailas?», preguntó él. «No», contestó ella. «Las danzas africanas no son mis favoritas, son demasiado...» ¿Demasiado qué? El comprendía su problema. ¿Demasiado primitivas? Claro que no. ¿Demasiado rítmicas? Eso estaba al límite del racismo. Era obvio que no se podía decir nada sobre esa chorrada de las danzas africanas. Pobre Sophie, que intentaba hacerlo lo mejor posible. Tenía una cara bonita, con su pelo negro, sus ojos azules y su piel tan blanca. Debía de tener unos pechos pequeños, pero muy sensibles. Debía de ser bretona. «¿Eres bretona?», preguntó. «¡Sí, de Saint Brieuc!», contestó ella alegremente. «Pero adoro los bailes brasileños...», añadió, evidentemente para hacerse perdonar por no apreciar las danzas africanas. Eso bastó para exasperar a Bruno. Empezaba a estar harto de aquella estúpida manía pro brasileña. ¿Por qué Brasil? Por lo que él sabía, Brasil era un país de mierda, poblado de brutos fanáticos del fútbol y las carreras de coches. La violencia, la corrupción y la miseria llegaban al cielo. Si había un país odioso era precisa y específicamente Brasil. «¡Sophie!», exclamó Bruno con arrebato. «Podría irme de vacaciones a Brasil. Conduciría entre las favelas. En un minibús blindado. Observaría a los pequeños asesinos de ocho años que sueñan con llegar a jefes; a las pequeñas putas que mueren de sida a los trece años. No tendría miedo, porque el blindaje me protegería. Eso, por las mañanas; por las tardes iría a la playa entre riquísimos traficantes de droga y chulos de putas. En medio de esa vida desordenada, en medio de tanta urgencia, olvidaría la melancolía del hombre occidental. Sophie, tienes razón: al volver voy a pedir información en una agencia de Nouvelles Frontières.

De nuevo Lipovetsky, y la multiplicidad de lecturas en torno a las consecuencias del proceso globalizador que el otro día citábamos («Nuestro universo social nos da derecho a ser a la vez optimistas y pesimistas. No hay contradicción: todo depende de la esfera de la realidad de que se hable.»): ¿Quién representa aquí la voz crítica?, ¿Sophie, encantada como está ante el fenómeno del multiculturalismo; o Bruno, racista hasta los tuétanos, aunque consciente del drama de los países de la periferia? No hay una respuesta clara.

En el párrafo comentado, Houellebecq me remite directamente al tantas veces citado Baudrillard de «La integración es lo peor […], la muerte»; con esta escena, Houellebecq no deja lugar a dudas; es consciente de que la democracia legitima per se conductas que van en contra de la mayoría (La tiranía de la mayoría, diría Tocqueville), y emparienta la utopía con cierto totalitarismo huxleyano. Asimismo, Houellebecq brilla por las descripciones del lado más desagradable del ser humano. En el artículo publicado en NYTimes titulado Le Provocateur, se cuenta la siguiente anécdota:

Beigbeder realized just how depressed one evening not long ago, when he popped a Moody Blues ballad into his CD player and saw Houellebecq burst into tears: ''He started crying, crying. Finally he explained that at all the parties when he was 18, all the boys and girls slow-danced to this song, but he was alone and no one talked to him because he was ugly.'' Then again, Beigbeder said dryly, Houellebecq “loves pathetic–all his work is about being pathetic.”

En efecto, novelas como Plataforma, Las partículas o Ampliación giran en torno a la simple explicación de conductas patéticas, periféricas; a Houellebecq no le interesa la moral: «Moral hat nichts mit Sex zu tun und ist auch nicht Thema meines Buches.»[3] Su cometido es limitarse a responder qué conjunto de circunstancias lleva a uno de sus grises personajes[4] a Tailandia, donde experimentar el turismo sexual (Plataforma); o bien a Tisserand —otro de los personajes sexualmente frustrados— a desear acabar con la vida de una adolescente que lo rechaza en una discoteca, así como con la de su novio (Ampliación).


[1] que en una entrevista publicada en El mundo como supermercado también confiesa lo siguiente: «[Ante la pregunta de ¿Cuál podría ser el papel de la literatura en el mundo que describe, vacío de sentido moral?] Un papel penoso, en cualquier caso. Cuando uno pone el dedo en la llaga, se condena a un papel antipático. Dado el discurso casi de cuento de hadas de los medios de comunicación, es fácil hacer gala de cualidades literarias desarrollando la ironía, la negatividad, el cinismo. Pero cuando uno quiere superar el cinismo, las cosas se ponen muy difíciles. Si alguien consigue desarrollar en la actualidad un discurso que sea a la vez honesto y positivo, modificará la historia del mundo.»

En esta declaración (bastante evidente, por otra parte: en realidad se está remitiendo a la celebérrima distinción entre apocalípticos e integrados para con el espectáculo mediático) el escritor apunta con clara honestidad y modestia que la literatura lo tiene fácil como herramienta de crítica, y que el futuro pasa inevitablemente por el cambio de actitud.

[2] El tipo escribe cosas tales como lo que sigue: «Envidiamos y admiramos a los negros porque queremos seguir su ejemplo y convertirnos en animales, animales con una gran polla y un diminuto cerebro de reptil junto a la polla.»

[4] En la entrevista con Valère Staraselski, publicada en El mundo como supermercado: «Mis personajes no son ni ricos ni famosos; tampoco son marginados, delincuentes o excluidos. Hay secretarias, técnicos, oficinistas, directivos. Personas que a veces pierden su empleo, que a veces sufren una depresión. Gente completamente corriente.»

2 comentarios:

The sea, the sky, the dust dijo...

exceltentes autores y buenísima reflexión. Saludos desde dónde no llega la televisión.

Ibrahím Berlín dijo...

Qué cosas, TSTSTD, no te engaño si te digo que suscribo el 90% de tus libros favoritos. A partir de ahora seguiré de cerca tu blog.

Un saludo,