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lunes, 9 de marzo de 2009

Una verdad incómoda

Empecé a vislumbrar la presente idea revisando textos provenientes de la ¿¿¿tradición??? Afterpop, y confirmé las sospechas durante la reseña de Temporada de caza para el león negro, del mexicano Tryno Maldonado (próximamente en Berliner): La opinión pública lectora, más que sagaz, y esos otros competitivos circuitos literarios, arduos en su examen, dispuestos ambos a revisar con lupa y buscar la justificación de las decisiones que el narrador toma frase por frase (algo parecido a aquel director de cierto periódico estadounidense que preguntaba el por qué de cada sentencia a sus reporteros), como ya anunciábamos en La institucionalización de la envidia; sumados a la caducidad inmediata o volatilidad a la que el intelectual indie queda sometido, dan como resultado una situación difícil de aceptar, pero inexorable por circunstancias históricas, para los productores de capital cultural: trabajar supeditados a los caprichos del marketing, si bien con la minuciosidad y la paciencia agotadora de un Flaubert (ya saben: toda una tarde para poner una coma, toda una tarde para borrarla). Al menos desde comienzos de los 90, de la mano de la —glupgeneración Kronen, así han sido las cosas en España. Y la coyuntura no parece manifestar interés alguno hacia el cambio. Ullrich Weisstein ya apuntaba en su Introducción a la literatura comparada que «los éxitos literarios suelen ser superficiales y de corta duración», pues «dependen enteramente de la moda o de algún acontecimiento determinado». Resignarse a aceptar el contrato o morir, es lo único que nos/ os/ les queda, independientemente de que el autor asuma siempre para sí el deseo de adquirir un nicho en los anaqueles de la historia literaria y/ o intelectual. Eso, o aguardar la llegada de acontecimientos verdaderamente importantes, qué sé yo, la iii Guerra Mundial, el hundimiento definitivo del sistema capitalista o una invasión marciana.

3 comentarios:

carlos maiques dijo...

Hola. Es cierto que se trata de una sensación incómoda, pero el swing,era o fue una condición transitoria. La nostalgia también es comparable. La nostalgia deviene objeto de compra. Asumir el contrato o morir,en cierto modo, es una cláusula previa al gran contrato de la a-posteridad.La incomodidad es un convencimiento que empapa los actos conscientes, pero si es una "condición" (llama la atención, considerablemente, que no se diga como condicional "si", antes al contrario, más bien se aparece como destino inevitable)

Las formas del caos de Pynchon, DeLillo o Beatnigs; el conformismo de los sirvientes, de Moravia a Losey; la debilidad de los personajes alterados de Bardin a Dick; los desdoblamientos de la realidad en Lem o Ballard; y si quieres, el angst y su no-solución, de Garland a McCarthy por ejemplo, no deberían ser figuras a tener en cuenta en tanto validen su disponibilidad para la crítica de lo inmediato. Debería servirnos pensar que la multitud de habitantes, estancias o paisajes no acaban convirtiéndolo todo en una sopa precámbrica. El impulso entomológico, la especialización del pensamiento fronterizo es algo muy de estos días, pero no hay que echar la vista tan atrás, que las líneas que supusimos estables .ç cerca, o tan poco- como sabemos recordarlas (transformarlas). Una entrada muy interesante. Te sigo leyendo por ahí. Un saludo.

Alvy Singer dijo...

Muy interesante Ibrahim. Me gustaría proponerte una conversación en mi blog ,CARA A CARA A LO AMOROSO, sobre este tema. El tema de siempre. El mercado y sus consumidores. El lector y sus librs. Ahí me has ganado.

Raul Lilloy dijo...

Roberto Bolaños fue el que mejor pinto lo patético que somos los escritores, creo que no hay otro oficio mas cutre y alejado de la realidad que escribir, toda esa postura que asumimos porque hemos leído a Pynchon, Joyce y otros encriptados.
Lo patetico, lo de locura, que tiene eso de la escritura, es el nivel casi homeopático de los que logran salir del pelotón y clavar algún resultado como escritores, sin embargo vivimos agonizando y supongo que terminamos muriendo sin darnos cuenta que toda esa fantasia de ser escritor es algo tan puñetero, que mas valdría prender fuego a lo sPynchon, los finnegan, y dejarse de joder: la puñetera literatura esta muerta y mas la nuestra.