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lunes, 19 de octubre de 2009

La crítica frente al sector editorial

Hay una pregunta que vengo formulándome a la vista de una práctica ya habitual entre editoriales de distinta proyección. A saber: cuando uno, desde la perspectiva del crítico, lee ‘Algunas ideas buenísimas...' (VVAA, Caballo de Troya), ‘Tierras de poniente’ (J.M. Coetzee, Mondadori), o ‘Aire Nuestro’ (Manuel Vilas, Alfaguara), tres ejemplares editados en los últimos meses, ¿es necesario hacer hincapié en el debate sobre las fronteras entre géneros, o se trata, sin embargo, de una cuestión demasiado bizantina como para robar espacio a asuntos concernientes a lo estrictamente narrativo? Lejos de lo que suele creerse, yo aún confío en la posibilidad de ejercer la crítica literaria sin exponerse a perversiones mercadotécnicas o de ideología cultural —al menos esa ha sido mi experiencia en medios como ‘El Día Cultural’, ‘Público’ y ‘Quimera’—, de modo que creo en el crítico como institución vigilante, de cuya actuación puede llegar a depender el buen funcionamiento de ese lenguaje que es el sistema narrativo local, y por lo tanto obligado a examinar con detalle los enunciados del paratexto en unos tiempos donde los departamentos de diseño y marketing deben trabajar al máximo para hacer frente al superávit de publicaciones. Es por esto por lo que llamar la atención sobre la irritante voluntad de un sector editorial que quiere hacer pasar por novela lo que en verdad es un conjunto de prosas (desconocemos una definición exacta para la noción de novela, pero sí sabemos en qué consiste un libro de relatos, como también sabemos que es posible hablar de novela conceptual, fragmentaria, o, como diría Ignacio Echevarría, 'mutante') significa reclamar un espacio que sigue perteneciendo a los teóricos, respetar el trabajo de quienes siguen construyendo novelas identificables como tales, habida cuenta de una continuidad de personajes y tramas; y reclamar la equivalencia de géneros, pues a fin de cuentas, vender como novela una colección de cuentos supone igualmente restar validez a los productores de prosas breves. Vale.

10 comentarios:

Alvy Singer dijo...

Yo tengo mis dudas, aunque no en el ejemplo de Coetzee que citas (más una colección de textos arrejuntaos que otra cosa). Pero a ver...La velocidad de las cosas ES un libro de cuentos en teoría. Aunque, leída Mantra, no lo parece. No sé si me explico, vamos.

Sergi Bellver dijo...

Querido Herr Berlin, los escritores crean obras y las editoriales necesitan etiquetas para vender libros. Hasta ahí, cada uno en su papel. Bueno, hay escritores que también crean etiquetas para vender libros, pero esa es harina de otro costal.

Quizá el crítico deba comentar lo literario, y lo editorial que quede para la mercadotecnia.

Abrazos desde Barcelona.

Hautor dijo...

Dear Ibrahím. Es el de los géneros un terreno movedizo donde los haya. Si se me permite una pequeña aportación, yo creo que para hablar de estas cosas hay que irse a los dominios de lo que no es la literatura propiamente. El historiador Fernand Braudel distinguía entre temporalidades largas, medias y cortas. Siguiendo ese esquema, los relatos/cuentos se corresponderían con las duraciones medias, y la novela con la larga. Es un esquema básico, pero que podría resultar útil. Naturalmente, en casi todo relato (como en las propia historia) se mezclan varias temporalidades. El problema y la indeterminación se da, no en los libros de relatos exentos (más puros, en el sentido comentado), sino en aquellas obras/textos como las mil y una noches o el decamerón o los diálogos de los muertos de Luciano de Samósata, o en ciertas obras de Fresán o en España y Aire Nuestro, ambas de nuestro querido Vilas. Ahí se mezclan la temporalidad media y la larga, porque hay algo de temporalidad larga en esas obras (llámese marco, ciertos personajes, referencias cruzadas, etc) y, por tanto, algo de novela. Es cierto que los editores no han leído en su mayoría a Braudel y que usan otros criterios clasificatorios atendiendo a otras cuestiones.

carlos maiques dijo...

"¿es necesario hacer hincapié en el debate sobre las fronteras entre géneros, o se trata, sin embargo, de una cuestión demasiado bizantina como para robar espacio a asuntos concernientes a lo estrictamente narrativo?"

Obviamente, no. No es necesario el bizantinismo cuando no ha llegado ni un bárbaro al declive del imperio, pero, ayuda a vender. Ahora, un poco, y depende de qué autor se trate, otros, sin duda no acogerían palabras como "inclasificables", por no entrar en su plan maestro narrativo.

Por otro lado, y ya sin saber (como ya te decía en otro lugar) dónde responder, la aparición de Lab viene a continuar con la -mala?- costumbre de la pereza y la mercadotecnia. La distancia larga que comenta Hautor es una posibilidad muy útil, pero hay, como también añade,problemas con los géneros. En la práctica un auténtico híbrido o mutante no es leído como tal, sino como un catálogo literario de arte contemporáneo, una suerte de poesía visual extrema o un cómic ahstruso, y todo ello por personas supuestamente a la última. Eso lo puedes ver en una entrevista a Boris Groys en Frieze, y los problemas de la semejanza, de lo suficientemente parecido...

http://www.friezefoundation.org/talks/detail/the_aesthetic_responsibility/

Ibrahim B. dijo...

Hautor: En efecto, entiendo la mención de Braudel como aproximación a la novela mutante, híbrida entre el cuento y la novela. No obstante, y siguiendo con el análisis extraliterario, creo necesario incidir en una lectura sociosemiótica del panorama: ¿de qué es signo ser escritor de cuentos en España? Desde luego, no de lo mismo que en el contexto norteamericano o latinoamericano, a cuyos escritores de distancias breves adoramos. Es decir, no veo en otras latitudes la necesidad imperante de crear esos extraños ‘cornices’ con que legitimar el texto como novela que tantas dudas nos suscitan, o al menos en los ejemplos aquí mencionados (Sergi: espero que Anagrama no obligue a Piglia a crear marcos para justificar sus libros como novelas, por decir un ejemplo). Se trata, pues, de un problema local: ¿acaso no hay un peso fuerte del género breve?, ¿alimentan las editoriales el problema?, ¿es el relato un género marginal y endogámico, más próximo a la poesía que a la prosa?, ¿debemos trasladar a Bibiana Aído al ministerio de Cultura? Es más, Hautor: ya en una ocasión hablaste de la extrañeza que produce que en una época determinada por la lectura diagonal en transportes públicos, sigan siendo los ejemplares voluminosos los que monopolizan la atención del lector. Algo raro hay ahí, y lo dice un gringófilo que adora El Tocho Americano.
Ustedes dirán.

carlos maiques dijo...

El tocho americano puede ser centroeuropeo a su vez, claro, complejo y también, me temo, "aBstruso",con qué hautoridad eskribo, ya parece que leo "nobelas" mañaneras, disculpad la errata anterior.

Sobre el signo definitorio de lo cuentístico y sus autores,es ciertamente difícil de comparar lo que se percibe aquí como -en la misma lengua- en otros países, por no hablar de las publicaciones americanas, inglesas o excoloniales. ¿El día que alguien salga con una iniciativa como McSweeney´s -y funcione- en España querrá decir algo? Es sólo una opinión, pero estar presos de un deseo va a seguir siendo parte de la experiencia doméstica del leer cotidiano. Y es cuento largo. Un saludo y hasta otra.

Juan Carlos Márquez dijo...

El problema del cuento es la rémora cultureta-minoritaria que lo acompaña allá donde va, lo intelectualoide, el escritor cómomolacarver y el lector superlistoguay(¡uy, una grieta en la pared, eso va a ser que la relación entre la pareja se está quebrando!). Hasta que no situemos al cuento en el presente, sin repetirnos como el ajo, siendo conscientes de que la cultura y el aburrimiento no tienen porque ir de la mano, hasta que no echemos pestes públicamente de esos libros decimonónicos que no aguanta ni cristo y que causan un sopor irreparable, hasta que el cuento no acoja toda la cuota de poesía que debe llevar porque lo que no es poesía es filfa, hasta que los editores no asuman que hemos entrado en el siglo XXI y que el argumento o la trama no tienen porque ser determinantes en un relato y la línea editorial es una memez, hasta que todos estos fantasmas no se disipen y no se nos quite a los cuentistas cierto aire de acomplejados el cuento no será en potencia en España lo que puede llegar a ser. He dicho. Y ahora ya podéis lapidarme.

Ibrahim B. dijo...

Advertencia a propósito de mi enunciado “espero que Anagrama no obligue a Piglia a crear marcos para justificar sus libros como novelas, por decir un ejemplo”. Por si alguien se le ocurre acusarme de acusar a las editoriales de forzar la estructura de los libros, desconozco si esto ocurre o no (supongo que sí, caramba, pero a fin de cuentas entiendo que la publicación final es un diálogo —en principio, ‘higiénico’, si entendemos por higiene la finalidad estética o intelectual por encima de la comercial—). Es decir, abogo por limitar esa máxima de “lo editorial, para la mercadotecnia”. No.

Carlos, también a mí me pone un Mcsweeneys español. Y un Newyorker y un Granta. Insisto: gringófilo, y con cierta impresión de que algo de complejo de castración hay en España. Ya hemos hablado de ello.

Juan Carlos: nada de lápidas. Suscribo todo lo que dices, si bien, eso sí, entiendo (perdón por volver últimamente sobre ello una y otra vez) que la distinción bourdieana de escritores/ público es y debe seguir siendo necesaria, y es saludable siempre y cuando haya una conciencia relativista de esa toma de posición y de las nociones sociológicas del gusto. Es lo que EFP tradujo en su cachondísimo artículo Sea VD. poeto (http://vicenteluismora.bitacoras.com/archivos/2006/12/09/firma-digital-invitada-eloy-fernandez-porta). No hay que olvidarse nunca de que todos los lectores somos susceptibles de parodia, y la convivencia de producciones highbrow o suciorealistas está muy bien.

Gracias por el feedback y las aportaciones.
Seguimos abiertos a propuestas,

carlos maiques dijo...

Además de lo que afirma Juan Carlos, sobre el quitarse complejos al tiempo que actualizarse, que no reiniciar, puede que uno de los problemas que se dan es la ausencia de una masa crítica de lectores, de esos que podrían llevar a una modificación del panorama actual, "siempre y cuando haya una conciencia relativista de esa toma de posición y de las nociones sociológicas del gusto." Y hablamos de cantidades de lectores que opten, voluntariamente, por una forma de expresión minoritaria, mirada por encima del hombro y con dudosos defensores en unos cuanto casos. Pero poco a poco, los golpes de riñón del magín harán lo suyo y se zamparán un big fish de raspas fluorescentes. Un saludo y hasta otra.

Marta María López dijo...

Estoy totalmente de acuerdo con Juan carlos Márquez.

En cuanto a lo que dice Hautor sobre obras como Las mil y una noches o como (aunque él no la nombra) El Conde Lucanor, yo creo que no cabe la menor duda de que son colecciones de cuentos. Otra cosa es que se les haya querido dar "cierta unidad" y se haya creado una historia-marco dentro de la cual estos relatos tengan cabida, en un caso es Sherezade la que cuenta cuentos a su esposo para entretenerle y le deja con la miel en los labios hasta la noche siguiente para evitar la muerte; en el otro caso es un maestro que enseña a su discípulo de los cuentos. Algo similar ocurre con Samosata.

Y ahora, en pleno s. XXI, seguimos con la misma maldita manía de buscar unidad en los libros de cuentos, como si un cuento no fuese un todo, sino necesiriamente la parte de algo. Como si fuese un capítulo de algo mayor.