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lunes, 9 de agosto de 2010

Aprende a leer, chaVal

You Fucking Illiterate Shit


Hace algún tiempo que llevaba dándole vueltas a la idea de escribir un post sobre la lectura, acto ante el cual solo puedo expresar preguntas y dudas. Afortunadamente, a algún lector anónimo de Formspring se le ocurrió preguntarme por los libros de los que he hablado sin haber leído, seguido de otra interesante pregunta de Elisabeth Falomir, editora de Pez Espada, sobre los libros que me avergüenza reconocer que he leído.

Así que, si ustedes saben leer, no duden en enseñarme.

Aún estoy a tiempo de la salvación.

Creo.


Ahí van mis respuestas.


¿Qué libros dices haber leído, pero en realidad no lo has hecho?

Bingo. Me encanta que hagas esa pregunta. Y te seré franco (y seguramente valide lo que, quién sabe, esperabas oir): muchos. Personalmente, defiendo posturas como las de Pierre Bayard en 'Cómo hablar de los libros que no se ha leído', donde, si mal no recuerdo, cuenta cómo siendo profesor de Joyce, apenas leía a Joyce. Lo importante que subyace de esta cuestión es la colisión de dos actitudes que se da en nuestro entorno cultural: la exigencia superyoica de haberlo leído todo, y el hecho de que, como críticos o estudiosos de la literatura, lo que al final nos importa de las obras sea la traducción a su poética de la ficción, a la teoría o el concepto que esconden detrás. Caso paradigmático: ¿con qué nos quedamos de Proust? Con su intervención en el movimiento sísmico del modernismo, la inclusión de ciertas aportaciones intelectuales de su tiempo como Bergsson en la obra de ficción, la tentativa de abolir el tiempo o el hecho de que, como Forster nos recuerda, sus personajes puedan operar en dos acciones simultáneas. Pregunta evidente: ¿quién lee hoy la saga de Proust?, ¿es importante hacerlo? Mi respuesta es que no, evidentemente. Entre otras cosas porque ya hay especialistas que lo sabrán leer y enmarcar en una tradición mucho mejor que yo. Huelga decir que si Proust me gustara más allá de la investigación, por el puro placer de su lectura, lo leería. Y más allá de todo eso: ¿quién demonios sabe lo que es 'leer'?, ¿quién sabe definir este acontecimiento?, ¿leer un libro de la primera palabra a la última?, ¿en eso sólo consiste 'leer'?, etcétera. Y aún mucho más allá, cualquiera que escriba ensayo sabe de los peligros de citar sin leer en su totalidad: un profesor de la universidad nos advertía con el ejemplo del 'Cómo hacer cosas con palabras', en donde al final Austin subvierte todo lo anteriormente dicho. Henri-Levy, por su parte, también alerta de que citar sistemas filosóficos de forma descontextualizada es erróneo, ya que un sistema es, por definición, autónomo: funciona en sus propias coordenadas. Sea como fuere, vuelvo al problema del superyó literario y a los condicionamientos de la "lectura profesional" (mi planteamiento: no es que ahora leamos en diagonal por culpa de un déficit de atención generalizado o por influencia de lo audiovisual, es que no es igual leer una historia para pasar el rato que hacerlo bajo una lámpara bibliotecaria en donde uno tiene que rentabilizar su tiempo al máximo). Eso sí, cuando se trata de novedades editoriales, procuro no saltarme muchos párrafos.

Me parece interesante la última aportación, y me han entrado ganas de darle la vuelta al calcetín. ¿Con qué libros has disfrutado, pero te avergüenza decirlo?

Después de reflexionar un par de minutos sobre tu pregunta (quizá si siguiera dándole vueltas encontraría alguno, pero vamos a suponer que estamos discutiendo en tiempo real), no se me ocurre ninguno. Pero voy a permitirme girar otra vez el calcetín. Es decir. Afortunadamente, nuestra cultura literaria no es clasista pero sí coolhunter. Esto quiere decir que, parapetados en sólidas argumentaciones de sólidos pensadores, producciones de la presunta baja cultura, inadmisibles como objetos de estudio por los marxistas de la old school, pueden ser la punta de la lanza del debate literario. Hoy uno puede asistir un éxito de masas como Lost o el show de Paris sin avergonzarse de estar compartiendo pantalla con un montón de gente que solo busca pasar el rato: esto es, no se trata de qué lees sino de cómo lo lees o de quién lo lee. En este sentido confieso que soy un pésimo cazatendencias, si bien es cierto que en alguna que otra ocasión (no es, desde luego, una dinámica habitual en mi forma de trabajar) he podido reutilizar ideas, metáforas, referencias o analogías tomados de libros que originalmente me parecieron, siendo francos, un rollazo. Pienso en el caso de 'Soy leyenda', la novela de Matheson. En reseñas, en 'Exhumación' o incluso en la novela que estoy corrigiendo ahora he recurrido al concepto que hay detrás de ese libro, aunque el libro en sí me aburrió mucho. Otra cosa en la pensar, aparte de lo anterior, es en la agenda setting, en el microcanon (volviendo a Bayard) que se nos presupone. En términos prácticos: a veces voy a la biblioteca y pienso que me gustaría leer 'Ángeles y demonios' o 'El niño del pijama de rayas' o 'La catedral del mar', solo por saber por qué se enfada tanto la gente cuando habla de estos títulos, o, quién sabe por aprender qué podríamos entender como los mecanismos del bestseller (o incluso también porque, ya se sabe, a veces se aprende más leyendo libros malos), aunque al final acabo llevándome a casa cualquier cosa menos exótica.

IbrahimB answered JoanVollmer

9 comentarios:

Blumm dijo...

Buena entrada.

Al final de este post de mi blog, dejo un link a un artículo de Schifino sobre el best seller, por si te da la gana leerlo.

Twitteo éste tu post. Me ha gustado mucho.

Ibrahim B. dijo...

Curioso el mundo del bestseller, sí. Recuerdo que el año pasado por estas fechas edité en Público una encuesta sobre las costumbres lectores de los españoles. Creo que el porcentaje de ciudadanos que decía leer bestseller (frente a otras cosas más asumidas como la policíaca o la histórica) era bajísimo, un dos o un tres por ciento, algo matemáticamente imposible (tampoco me hagas mucho caso hablando de números). Me impactó mucho esa estadística.

Gracias,

Alvy Singer dijo...

Hostia, Soria, me alegro de que regresen tus títulos de post urbanos y como de mural graffitero de cierta sorna prerrafaelita, pero lamento que no confieses abiertamente que ESTÁS COLGANDO PREGUNTICAS DE FORMSPRING PARA AHORRAR ESCRIBIR POSTS.

Sabías que alguien lo tenía que decir ya, lo sabías y he sido yo. Y ahora en una pirueta metalingüística.....este comentario....aparecerá....en...

Gaspard W. dijo...

Lo que al final debería importarle a un crítico o estudioso de la literatura es la literatura, es decir: saber leer literatura. Si un crítico reduce una obra literaria al argumento de otro crítico, entonces amputa su etiqueta: se convierte en un crítico de la crítica, con el riesgo de que tal comportamiento se perpetúe en la endogamia —crítica de la crítica de la crítica, etc.— y los estudios literarios acaben reducidos a la exposición metódica y erudita de pensamientos mediados en vete a saber cuántos niveles. El “concepto” que subyace en una obra, su poética, debe interesar después de una interiorización de su realidad artística. Quiero decir que un crítico debería afrontar la crítica siempre como algo propio, como una justificación personal de la calidad de una obra (matizo: personal no como subjetivo, o sí como inevitablemente subjetivo pero no como relativo; es decir: el crítico debería experimentar en su experiencia literaria y en su reflexión el valor de un texto determinado). Exigirse menos es caer en una pereza adolescente.
Entiendo que utilices argumentos de teóricos (Teóricos: Críticos: Lectores) más o menos consagrados, esto no sólo ayuda a leer, sino también a pensar los libros y a pensar, en abstracto. Pero nunca como un empujón para la vanidad, exhausta por esa “exigencia superyoica de haberlo leído todo”. Tal exigencia no ha de entenderse como un bloque, sino como una progresión: los libros llaman a los libros, y éstos a la crítica; y no la crítica a los libros como un mazacote informe que hemos de ingerir. No “haberlo leído todo”, sino leer, cada vez, el libro; o tratar de encontrar ese libro en cada vez.
“Evidentemente” (¿?) sí es necesario leer a Proust. O, en fin: no es necesario, de ahí el placer de leerlo. Steiner relaciona literatura y gratuidad; yo convengo. Pero si no es necesario leer a Proust, entonces tampoco es necesario hablar de Proust. El conocimiento actual es un atentado a la creación, es el imperio del hábil rastreador de datos. Saber —algo así dice Lyotard— es saber buscar. Podemos dejarnos arrastrar por esta condena o ser activos. Si no quieres leer a Proust, bien; pero no lo reduzcas a un ejemplo facilón o a una nota al pie erudita en un artículo. Ingéniatelas para no remitirte a algo que desconoces: si no te saltas ni una página de las “novedades” —de lo que deduzco, por otra parte, que éstas son más necesarias que Proust—, entonces conocerás otros procedimientos literarios dignos de mención. Podría definir mis argumentos como una exigencia gritada en un vaso. Ahora me dispongo a ofrecer un consejo: cuando estés en la biblioteca y te sientas tentado por el mostrenco tamaño de un Dan Brown, cuenta hasta siete, coge un tomo de La Recherche y lee una página al azar. A ver qué pasa.

Ibrahim B. dijo...

Gaspard, hombre, sus menciones a Lyotard o a Steiner son como citar a Homero para explicar que la originalidad no existe y que todos recogemos tradiciones más o menos anónimas: simplificaciones necesarias, cuando no recursos que pueden ser tomados de una rápida hojeada, y sin ni siquiera haber leído a los autores, ya me entendéis. Como es lógico, si fuese o me considerara especialista en un autor y me limitara a plagiar sistemáticamente lo que otros han dicho de él, probablemente me sentiría bastante frustrado, y de ahí que suela escribir más sobre novedades que sobre autores que de tan estudiados han terminado siendo motivo de estudios y tesis casi humillantes. Por otro lado, si condenamos las lecturas en diagonal no sé para qué querría contar hasta siete y leer una página "al azar" de "La Recherche" (entiendo que eres de los críticos de la traducción al español y de la pésima sonoridad de sus nombres en nuestro idioma)... Aunque en ocasiones pueden sonar un poco horteras, estas frases están muy bien para animar a los chavales que empiezan a estudiar literatura y proyectarles esa exigencia superyoica de leerlo todo. Gracias por el consejo, en cualquier caso.

Ibrahim B. dijo...

Se me olvidó preguntarle: Proust, ¿por qué leerlo?

Gracias de antemano,

Anónimo dijo...

El señor Bayard haría bien en devolverles el dinero a sus alumnos, por timo descarado.
Y en cuanto a Proust, mejor leer el 'Cuore', sin duda.

Carlitox dijo...

No entiendo por qué justificar ceremoniosamente que no se quiere leer a Proust si al final se resume todo en un "no tengo ganas". Que se lea o no a X, me parece bien, en el sentido de que es una elección personal en la que no puede intervenir un tercero.

Ahora bien, se mezcla filosofía con literatura (sobre todo al emplear a Austin) y no me cuadra. Un sistema filosófico es autónomo. Althusser no leyó toda la filosofía, pero contaba que sabía sintetizar otros sistemas.

En literatura no sucede así, ya que la lectura de análisis y estudios no pueden reemplazar la percepción de una obra. Se lea como se lea.

LIU dijo...

Ir a la caza de tendencias es clasista, Ibrahím, porque en definitiva se trata de destacar algo sobre otra cosa y se va a pagar por ello con la esperanza-ilusión- de adquirir prestigio frente a los que no están en la tendencia.