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lunes, 15 de agosto de 2011

El Giro Económico. Entrevista a Ernesto Castro (II)

(Viene de aquí)

V. Hablemos ahora de un tema que, según parece, nadie desea sacar a colación. Me refiero al uso de la violencia. En cuanto a protestas sociales se refiere, 1968 es el gran símbolo. Esos fueron años de rebeliones violentas en París, Praga, Nueva York, Tokio, Berlín, Saigón y México D.F. Por citar algunos ejemplos, digamos que mientras en EE UU los yippies intentaban presentar a las elecciones al cerdo Pigasus (¿se puede llevar más lejos el #nonosrepresentan?), William Powell escribía El libro de cocina del anarquista y Abbie Hoffman hacía lo suyo con ¡Roba este libro!; en Europa, gente como Ulrike Meinhof iniciaba su ascenso como icono pop (terror chic)... ¿En qué momento un pueblo goza del derecho a rebelarse de forma violenta? ¿Por qué en Atenas sí y en Madrid no? ¿Se equivoca en su proceder alguna de estas dos ciudades?

En primer lugar, hay una diferencia clara entre el uso estratégico de la coerción armada por parte de un grupo organizada que posee unos fines y está dispuesta a utilizar los medios tácticos necesarios para alcanzarlos; y el uso meramente expresivo de la violencia por parte de una turbamulta reaccionaria, resentida y kabreada que considera el terror como un fin en si mismo. Comparemos tres ejemplos actuales: la violencia en la plaza Syntagma es un acto de desesperación (ante un gobierno impotente), la violencia en los suburbios londinenses es un acto de delincuencia y la violencia en España sería un acto de gilipollas. ¿Por qué? Porque la opinión pública en nuestro país sigue atormentada por la amenaza fantasma del terrorismo. Iniciar ahora una estrategia revolucionaria basada en la coerción armada supondría perder todos los simpatizantes que ha obtenido la izquierda radical desde el 15 de mayo en adelante. No podemos minusvalorar el poder de persuasión que detenta la caverna mediática de la extrema derecha. La reaparición de un fantasma terrorista de izquierdas daría alas a la antigua paranoia sobre “el contubernio judeo-masón” y “la amenaza roja”, otorgaría legitimidad al discurso fascista que pretenden establecer una equivalencia entre todos los elementos que “desestabilizan el orden, la paz y el progreso de España”. Ya conocemos ese tipo de pancartas: “ZP = IU = BILDU = ETA = Al Qaeda = 15-M”. Hasta que no nos quitemos de encima a ETA no podremos hacer uso de las armas, así de sencillo. La extrema derecha está poniendo trabas a la apertura de un proceso democrático sobre “la cuestión vasca” porque sabe que su principal baza para mantener a la izquierda radical bajo la alfombra consiste en mantener operativa la lucha contra el terrorismo en el territorio nacional. Tendremos que esperar a las próximas elecciones generales para empezar a pensar seriamente cómo se prepara un cóctel molotov. Se rumorea que la cúpula del grupo terrorista ha depositado en los presos la decisión de continuar en la lucha o abandonar las armas, pero todo depende de las medidas que tome el PP cuando llegue al poder acerca de la legalidad de BILDU. Entonces podremos empezar a romper algún cristal que otro.

acer política de izquierdas en Europa Occidental empieza por tomar conciencia de los factores sociológicos que determinan el espectro legítimo en el que podemos desarrollar una lucha de clases satisfactoria (y recordemos, el objetivo de la lucha no es el terror sino la hegemonía social, la legitimidad ideológica y la cohesión política del movimiento). ¿Por qué, sobre el papel, la izquierda lleva las de perder en un conflicto armado con las fuerzas del orden? En primer lugar, la sociedad civil está firmemente asentada sobre los principios del pluralismo, el orden y la paz; a medio-largo plazo no sería capaz de mantener su fidelidad política, su solidaridad social, su compromiso ideológico; un izquierdismo en guerra no puede mantener la hegemonía social durante mucho tiempo. En segundo lugar, la existencia de amplias clases medias reduce la distancia social entre empresarios y asalariados. En España la ordenación urbana no fomenta (en líneas generales) la segregación ni genera odios hacia la población del barrio de enfrente. Nos enfrentamos a un sistema y no a un enemigo de clase o, por lo menos, el enemigo es menos localizable, más etéreo, no tiene identidad, es un esquizo como nosotros. En tercer lugar, la correlación de fuerzas es bastante asimétrica; una izquierda beligerante sólo podría hacer frente a las fuerzas del orden mediante una guerra de guerrillas; y el Che Guevara lo dejó bien claro: “el guerrillero es un revolucionario agrario” que controla un territorio “agreste y poco poblado”; su lucha “no es patrimonio de la Revolución”. En Europa Occidental la profundidad del éxodo rural da una prioridad estratégica al territorio urbano sobre el territorio rural. En la ciudad, la estrategia del foquismo se vuelve imposible: el guerrillero rural deviene turbamulta urbana; el objetivo no es controlar y hostigar al enemigo un territorio poco poblado y conocido, sino causar el terror momentáneamente en una ciudad hiperpoblada por completos desconocidos.

Tienes toda la razón cuando te preguntas, ¿dónde está el gran pensador sobre la violencia del siglo XXI? ¿Dónde esta el Blanqui, el Sorel, el Malcolm X de nuestro tiempo de crisis? Quizás resulte sintomático que muchos de estos autores esbozaran las líneas maestras de su teoría de la insurgencia armada durante un periodo de bonanza económica: las épocas de crisis son menos propicias para la coerción violenta de masas organizadas y bastante más fértiles en motines coyunturales. Hace poco revisé la bibliografía sobre el concepto de violencia (su legitimidad, su uso, sus límites) y, para mi sorpresa, no encontré ninguna aportación teórica relevante desde comienzos de siglo (con excepción de alguna reflexión afilada de Tiqqun y de Zizek). Algo curioso si tenemos en cuenta que durante la última década el uso de la coerción armada ha alcanzado cotas imprevistas en prácticamente todos los puntos del mapa: terrorismo islámico (Pakistán, NYC, Madrid, Londres); terrorismo nacionalista (Palestina, Chechenia, País Vasco); terrorismo de estado dentro (y fuera) de ciertas instituciones penitenciarias localizadas en paraísos policiales más allá del bien y del mal donde la tortura más atávica se conjuga con nuevos formatos para “obtener información de prisioneros especiales” (Guantánamo, Abu Ghraib); injerencias humanitarias de la OTAN en guerras de baja intensidad, así como el bombardeo de los denominados “estados canallas” (Afganistán, Libia); intervenciones unilaterales del imperio militar yanki y ocupación de territorios estratégicos per secula seculorum (Afganistán, Irak); democratización de las armas de destrucción masiva y aparición de nuevos miembros del “eje del mal” (Corea del Norte, Irán); golpes de estado fallidos (Venezuela, Bolivia, Ecuador); guerras civiles entre el ejercito y la población insurgente (Yemen, Siria, Libia); encontronazos entre manifestantes y la policía (Seattle, Génova y Atenas); guerra civil permanente entre traficantes, guerrilleros, ejercito regular y paramilitares (México, Colombia); disturbios en las barriadas (Paris y, recientemente, Londres). Con este panorama apocalíptico de fondo, Jürgen Habermas se preguntó recientemente si su teoría de la acción comunicativa, basada en una ética del diálogo y la comprensión intersubjetiva, “no estará haciendo el ridículo”. Es una frase para tatuársela; el mejor resumen de la década que he escuchado.

Estamos ante una paradoja habitual: la violencia está tan presente en la vida de todos que nadie es capaz de representarla conceptualmente. Esta contradicción entre lo que se dice y lo que se hace refleja el lapsus existente entre la teoría y la vida cotidiana (la lechuza de Minerva alza el vuelo al anochecer, cuando todo ha sucedido de antemano). Todavía estamos esperando a nuestro pensador de la violencia. Se han escrito algunas hipótesis interesantes sobre la naturaleza del terrorismo, pero no se ha avanzado un ápice en la comprensión de la violencia como realidad omnipresente de nuestro tiempo. Desgraciadamente, tampoco se ha profundizado en el debate sobre el uso de la coerción armada como instrumento legítimo al servicio de la desobediencia civil. Estamos discutiendo en los mismos términos que utilizaban Malcolm X y Martin Luther King hace medio siglo: por un lado tenemos a los zapatistas, con sus pasamontañas y sus Ak-42; por el otro lado, al movimiento 15-M que condena in toto la violencia y asiste impotente al desalojo y ocupación policial de sus plazas. En la intersección entre la manifestación civil y la insurrección armada se encuentra un fenómeno difícil de comprender: la turbamulta urbana. Este fenómeno social está llamado a trastocar el mapa de la política contemporánea e incluso nuestra concepción de lo político. Ahora mismo es lo que más me interesa.

Llamo turbamulta a aquél sujeto colectivo cuya formación no responde a ninguna ideología específica, a ningún programa de lucha consciente; su identidad no está circunscrita a ninguna clase concreta, viene asegurada por la mera confluencia espacial de sus miembros; su cohesión grupal viene dada por los compromisos adquiridos durante curso de acción en el que anda inmersa. La turbamulta carece de conciencia histórica, se orienta gracias a su memoria instantánea y a su conocimiento del territorio. La turbamulta se replica como un virus y se expande como una plaga más allá del lugar dónde se efectúan las acciones delictivas; su radio de influencia se expande ilimitadamente a través del tejido social bajo la forma del estado de alarma. El terror que surge en un punto geográfico permea los espacios limítrofes gracias a la contaminación ambiental (sin embargo, su radio de acción se circunscribe al cono suburbano, donde la intervención de la policía no está presionada por motivos políticos especiales). Su organización rizomática hace las delicias de los deleuzianos. Digámoslo claro y alto: la multitud de Negri y Hardt no le llega a la turbamulta a la altura de los zapatos. La turbamulta es, ante todo, un sujeto de (re)acción colectiva formado por la irrupción coyuntural y espontánea de guerrilleros urbanos. Su modus operandi, extremadamente simplificado, tiene una especial inclinación por los actos delictivos y antisistema. De hecho, encontramos antecedentes de la turbamulta –saqueo anónimo de comercios y destrucción de mobiliario urbano- en la táctica del Black Bloc aplicada en las contracumbres antisistema en Seattle, Génova y Barcelona. Sin embargo, la turbamulta incorpora un factor afectivo totalmente ajeno a la lógica delictiva y a la táctica antisistema: el masoquismo compulsivo. Lo hemos visto en París y lo estamos viendo en Londres: gente quemando sus propios coches. Este ejercicio desmesurado de la violencia suicida pone en entredicho el concepto de racionalidad instrumental, escapa a nuestros esquemas de interpretación política. Los actos de la turbamulta no se someten a la lógica funcional de los medios y fines, es más, la turbamulta encarna en su propio cuerpo la subrepción de los medios sobre los fines: toda ella es una mediación perpetua sin finalidad alguna. La turbamulta no conoce enemigos de clase ni adversarios políticos, no tiene propósitos a medio plazo, tampoco eleva ninguna demanda a las autoridades. La turbamulta es un diagrama en perpetua evolución que deviene un fin en si mismo, antepone la lógica expresiva a la lógica funcional. ¿Qué quiere esta gente? Según Baudrillard, follarse a su propia madre (así responde la turbamulta a los intentos de la integración social). Anónima, gratuita y sin rumbo, la turbamulta es la sociedad civil tomando las riendas de su propia autodestrucción; lo que queda cuando no queda esperanza en la revolución y la integración social se mira con sospecha. Este sujeto de (re)acción colectiva se encuentra en una relación dialéctica muy precisa con las fuerzas del orden: cualquier conflicto suscitado por la policía, por muy nimio que sea, puede desencadenar el motín de los sin-trabajo, los sin-papeles y los sin-techo. En resumen, cualquier pretexto es válido para que los sin-futuro monopolicen violentamente el presente. La acción de la turbamulta es siempre reacción contra-represiva. La turbamulta no puede ser calificada a priori de revolucionaria con independencia del contexto de emergencia donde se produce su aparición, máxime si tenemos en cuenta que estamos ante una formación social pre-política, carente de toda ideología, que hereda todos los factores contrarrevolucionarios que Marx vislumbró en el lumpenproletariado bonapartista: el oportunismo, la anomia y la desorganización como principios de acción; el pensamiento reaccionario como (falta de) ideología; el conformismo como tendencia natural; el resentimiento y el narcisismo como disposiciones subjetivas. La turbamulta es escoria ontológica, todo aquello que la filosofía siempre ha odiado; el objeto de sospecha de la filosofía post-metafísica. Desde una perspectiva nietzscheana, la turbamulta conjuga la moral de rebaño, la fe del carbonero, el resentimiento del espíritu débil y el narcisismo del esclavo. Su política afectiva se resume en el lema que según Nietzsche impulsa toda revolución: “Puesto que soy un canalla, tú también debes serlo.” La turbamulta genera en el observador externo una fascinación fascista que calificaría de sublime. Brindemos, con prudencia, por ella.

VI. Hasta el 15-M, el nuestro fue un entorno gestionado por una serie de políticos que se beneficiaron, como comentaba hace poco Manuel Castells, de la «ruptura del vínculo entre ciudadanos y gobernantes»[1], mientras que en el resto del mapamundi, según algunos, primó a) la comunicación política y el marketing frente a las ideas (de Berlusconi a Sarkozy u Obama…), y, b) como tú mismo comentas en Contra la posmodernidad, el auge de los populismos, desde Le Pen a Hugo Chávez. Mientras, la prensa no ha dejado de producir artículos sobre la función, fundición, defunción y refundación de la izquierda; ahí queda, si no, la ya arruinada Tercera Vía de Giddens y Blair, la Tercera Izquierda Verde con el mítico Cohn Bendit a la cabeza, el sonado abanico de partidos antiliberales en Francia con las elecciones de 2007, ahora DRY desmintiendo hallarse a la izquierda o la derecha[2]… Así pues, ¿merece el esfuerzo seguir alimentando la discusión sobre una oposición viable? ¿Será apenas un debate intelectual, semántico y abstracto, similar al de los críticos culturales que horadan el terreno para plantar su bandera ante nuevas categorías —ya lo hemos comentado en muchas ocasiones: de Bourriaud a Lipovetsky, de Tabarovsky a Bauman…—? ¿O la confirmación de que la utopía de la mano invisible, repetidas mil veces, es ya una verdad incuestionable?

or mucho que insistan los viejos roqueros del marxismo en ello, no es cierto que la esencia de la política sea la política de partidos (y menos aún la administración y dirección del Partido con mayúscula). No existe organización democrática más burocrática y excluyente que el partido, pero, ciertamente, la formación de partidos permite la sublimación del enemigo de clase en adversario electoral (y esta es, en definitiva, la esencia de la política democrática). Así mismo, el ejercicio del poder legislativo es la palanca principal para la transformación social. La ampliación y el perfeccionamiento del derecho cosmopolita, una de las prioridades de la lucha de clases global, se apoya en los acuerdos interestatales en vigor y es un proyecto inviable sin los mecanismos de presión económica, política y militar que tiene los estados. El Estado-nación es la única plataforma existente que puede poner frenos y cortapisas a la globalización auspiciada por las multinacionales; una plataforma que puede utilizarse para coordinar la solidaridad internacional. Mientras vamos profundizando en los experimentos extra-parlamentarios de democracia participa (aquí la experiencia asamblearia del 15-M es fundamental), si el compromiso de la población con la política continúa en un estado de desafección como el actual, la democracia parlamentaria sigue siendo el menos malo de los regímenes, el que abarca una mayor pluralidad de opiniones y exige menor atención por parte de los ciudadanos (lo que nos permite dejar de lado lo común y “dedicarnos a lo nuestro”). Una vez dicho esto, hay que añadir que la formación de una izquierda parlamentaria radical y alternativa es la gran tarea pendiente de los “nuevos movimientos sociales” que cristalizaron durante la década de los 60 y 70 (feminismo, ecologismo, pacifismo, comunismo cognitivo) y que, desde entonces, han estado imbuidos en cierto pathos izquierdista reacio a la política de partidos. ¿Enfermedad infantil del comunismo, como decretó Lenin, o remedio a la enfermedad senil del comunismo, como respondió Cohn-Bendit? Ni una cosa ni la otra. Estos movimientos sociales han tenido una trayectoria bastante parecida al periodo de cristalización del movimiento obrero durante el siglo XIX. Foucault declaró que la desafección política la década de 1970 era equiparable al punto muerto de la lucha de clases en la década de 1830. Y tenía razón. Todo movimiento social detenta, en un primer momento, una función impolítica más que un papel propiamente político: momento utópico, imaginación de futuros alternativos, creación de nuevos ideales, revolución de las costumbres. En un segundo momento, surgen las asociaciones-bisagra a caballo entre lo social y lo político. Los sindicatos y los consejos de obreros fueron las plataformas que impulsaron los intereses de la clase trabajadora en la arena de la política. Ahora mismo, los sindicatos son un estorbo para la lucha de clases, dinosaurios esclerotizados sin representación, sin credibilidad y sin apoyos. Han sido incapaces de adaptarse a la transformación de los modos de producción y la fragmentación del mercado de trabajo; los funcionarios y los trabajadores industriales que ellos dicen representar conviven con un creciente batallón de precarios, temporales, parciales, desempleados e ilegales. La defunción de los sindicatos es sólo cuestión de tiempo conforme vaya en auge el que, a mi juicio, será el movimiento social determinante de las próximas décadas: el movimiento sin-papeles. Entre el movimiento sin-papeles y los sindicatos mayoritarios es inevitable que estalle el conflicto, toda vez que estos últimos se han reafirmado en defender la prioridad nacional de los trabajadores autóctonos sobre “la competencia desleal de los inmigrantes”. Estamos ensayando nuevas relaciones informales con la política, nuevas plataformas que impulsen los intereses de las clases desfavorecidas (a mi juicio, los problemas ecológicos y los flujos migratorios deben ser un tema central de debate). El papel de movimientos populares como el 15-M consiste en operar de bisagra entre lo social y lo político, haciendo uso de los tres instrumentos sociopolíticos de Internet: Facebook para llamar a la concentración, Blogger para reflexionar y debatir, Twitter para mantener informado (está claro: la revolución SÍ será twitteada). Ya veremos sí todo esto se decanta en un partido o, por contra, el movimiento 15-M se mantiene en la brecha abierta como lo que está llamado a ser: una plataforma de acción y debate que amplia la esfera de lo público y abre nuevas vías de lo común.

Mientras profundizamos en la acción directa, no podemos renunciar a la vía institucional. Si el objetivo último consiste en transformar la sociedad, y no sólo remover conciencias, tendremos que pasar tarde o temprano de la resistencia social a la ofensiva política. Y esto significa intervenir en la arena parlamentaria. Sería una estupidez por parte de la izquierda radical abstenerse de participar en las próximas elecciones generales del 20-N. No nos engañemos, el poder sigue en manos del partido electo en las urnas y la derecha confía que los mecanismos electorales llevarán al poder a sus representantes. No podemos minusvalorar el potencial de las urnas. Las urnas son (y serán) las armas de destrucción masiva de la política nacional y el título de ese libro de John Holloway, Cambiar el mundo sin tomar el poder, es un perfecto oxímoron. La exigencia de reformas en la ley electoral, la denuncia de la corrupción política, la indignación ante el recorte de las competencias estatales en materia de políticas sociales, son tareas que tenemos que realizar sin resignarnos a abandonar la vía parlamentaria. Nunca insistiremos lo suficiente en ello. A lo largo de la historia, la abstención no ha obtenido otros frutos que la victoria de la derecha por una mayoría aplastante. En España, una mayoría rotunda sería sinónimo de impunidad política por parte de una derecha neoliberal, fascista, homófoba, xenófoba, creyente y policial. Todos juntos y revueltos, perfectamente cohesionados gracias a la inflación mediática de sus órganos de difusión y sus intelectuales orgánicos: comentaristas de radio y tertulianos de televisión. En cuanto a señalar al enemigo y conformar opinión pública, la extrema derecha saca una ventaja importante respecto de la izquierda moderada, sutil y refinada que monopoliza la caverna mediática (Wyoming y sus bromas incluido). Aprovecho, ya de paso, para recomendar el visionado de mi tertulia preferida: La TuerKa CMI (TELE K). Pablo Iglesias, Iñigo Errejón y Juan Carlos Monedero son un trío cojonudo.

Como digo, no podemos dar por finalizado el debate sobre la refundación de la izquierda. El debate que no ha hecho más que comenzar. En nuestro país, Izquierda Anticapitalista tiene un par de años de vida (se presentó por primera vez a las Elecciones Europeas de 2009) y Equo, el partido ecologista alternativo, todavía está en periodo de formación y estará, me temo, demasiado verde para obtener algún resultado en las próximas elecciones. En toda Europa la hegemonía de la Tercera Vía sobre el electorado de izquierdas era un hecho consumado que bloqueó cualquier atisbo de debate. La Tercer Vía es una orientación política reacia a la discusión política, es más, diría que es apolítica por definición: interpreta las contradicciones políticas como si fueran problemas técnicos, a pesar de su énfasis en la democracia participativa, considera que la política no debe estar orientada por la voluntad del pueblo sino según la docta opinión de los expertos. La Tercera Vía antepuso la venta de un slogan, la creación de una izquierda cohesionada y en el poder, por encima de la justicia social. Esta fue la tónica general hasta que aconteció el giro del electorado hacia la derecha, previo a la crisis, con la victoria de Merkel en Alemania (2005), Sarkozy en Francia (2007) y Brown en Reino Unido (2007). Fue entonces cuando comenzaron a multiplicarse los discursos de refundación de una izquierda radical y alternativa. Démosle tiempo al tiempo para ver sus frutos. Me parece más interesante aprender de los errores de la ya defenestrada Tercera Vía y analizar el caso particular de ZP. Con el final de su gobierno se extingue toda una estirpe de oportunistas sin margen de movimiento. ZP consiguió salir vivo de las últimas elecciones generales gracias al discurso del voto útil y la política del mal menor (“votadme, que viene la extrema derecha”), pero esta instrumentalización del miedo no le será útil al PSOE en las próximas elecciones generales. Lo dicho, la izquierda debe pasar de la resistencia a la ofensiva, del voto útil a la militancia activa.

VII. Entiendo que cuando la realidad entra en crisis, la ficción (la cultura) es una de las primeras damnificadas. Ahora bien, al mismo tiempo que tu ensayo aparecerá la antología Tenían veinte años y estaban locos, que incluye una contribución tuya. Siguiendo con tu crítica a la lectura culturalista, ¿es el nuestro un momento adecuado para hacer y consumir poesía? ¿Le importa a nuestra poesía Lehman Brothers, el Pacto del Euro y todo lo demás? ¿Tiene que importarle?

Antes de responderte quiero introducir un pequeño matiz para despejar cualquier malentendido. Quiero evitar que el público lea Contra la postmodernidad en clave dogmática y me acuse de estalinista por haber intentado subordinar los productos magros del espíritu (cultura, derecho e ideología) al servicio de los fríos engranajes de la economía. Ya es la segunda pregunta que me haces sobre mi bicefalia profesional (mitad poeta, mitad ensayista), la segunda pregunta sobre la problemática relación entre cultura y política, la segunda vez que sonríes malévolamente cuando formulas la pregunta. Aunque sé que tus preguntas no van por ahí, prefiero despejar la duda ahora. Tres cosas que responder a la acusación de economicismo estalinista. En primer lugar, no he afirmado en ningún lugar que el criterio primario a la hora de juzgar la calidad de un producto cultural sea su utilidad pragmática inmediata (hacer de guía moral) o mediata (elaborar un programa político). Es más, desprecio profundamente la literatura panfletaria que ha eliminado la distancia entre lo cultural y lo político, el lugar donde propiamente anida lo político-pedagógico (este es el defecto principal de los clásicos de la poesía política, autores como Maiakovski o Brecht, que asumieron acríticamente el determinismo económico de la III Internacional). En segundo lugar, cuando sostengo la preeminencia de la economía, el derecho y la política sobre los estudios culturales debe entenderse en un sentido estratégico y sociológico, nunca ontológico: estas son las disciplinas que nos ofrecen la cartografía más satisfactoria posible de la realidad y, al mismo tiempo, nos permiten generar un antagonismo real entre fuerzas ideológicas existentes. No estoy diciendo que el objeto de una disciplina (los flujos económicos) determine el objeto de esta otra (las manifestaciones culturales). Espero que nadie extraiga de Contra la postmodernidad la siguiente conclusión: “la superestructura es un reflejo exacto de la infraestructura”. La acusación de economicismo es un truco muy sucio y prevengo de antemano al que piense en utilizarla contra mí. Contra una lectura culturalista autorreferencial, en textos posteriores (en preparación) propondré, por ejemplo, una contextualización de los debates postcoloniales en un marco de referencia más amplio. En tercer lugar, la cultura incorpora un potencial político-pedagógico que debería ser privilegiado en tiempos de crisis cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer. ¿Por qué? Porque la cultura es una máquina abstracta que establece una relación dialéctica entre la novedad y el archivo o, en otras palabras, la cultura es la mayor fuente de innovación creativa, legitimidad ideológica y cohesión social que conocemos. Tres en uno. A día de hoy, la cultura en sentido amplio engranaje principal entre los procesos económicos (el capitalismo cognitivo explota el recurso de la innovación creativa mediante los derechos de autor), las fuentes del derecho (v.gr., el debate sobre la ilegalización de los toros en nuestro país: de un lado el slogan “la tortura ni es arte ni es cultura” y del otro la indignación ante la desaparición “de una tradición milenaria”) y las articulaciones políticas (en España, el ordoliberalismo apolítico, bipartidista y policial imperante se apoya en una cultura del consenso, el orden y la tecnocracia que heredamos de la Transición, ese hijo bastardo del franquismo senil, rey “sagrado” incluido). Como digo, el entrecruzamiento entre política y cultura es una constante histórica. Es más, la noción de Kultur surge en el siglo XVIII como el concepto político por excelencia que, contrapuesto al de civilización, permitió definir la especificidad de la comunidad alemana en contraposición a la sociedad francesa. En nombre de la cultura –como en nombre de su opuesto, la civilización- se han cometido (y se cometen) tantas atrocidades que sería una imprudencia dejarla de lado como factor político.

Venga va, voy a responder a tu pregunta. Dejando de lado el sermón dominical y el panfleto doctrinario, el potencial político-pedagógico de la ficción bien escrita se concreta en cuatro puntos: la fusión afectiva (la capacidad de suscitar una empatía con los personajes, una catarsis con la narración), la denuncia periodística (arrojar luz sobre situaciones de injusticia social, juzgar momentos históricos), la creación imaginativa (generar nuevos mapas cognitivos, formaciones alternativas de realidad) y la ilustración teórica (verter, en el curso de la narración, contenidos de disciplinas teóricas adyacentes). El problema es que no hay consenso sobre la cuestión, ¿es la poesía un género de ficción? Yo pienso que sí, Gamoneda piensa que no (ambos tenemos nuestros argumentos, no es lugar repetirlos aquí). Sea como fuere, no he leído demasiados poetas políticos recientes. Ahí van, sin embargo, tres nombres: Ben Clark, Jorge Riechmann y Batania (este último más interesante, sin duda, por su labor como activista y agitador cultural). Tenían veinte años y estaban locos no es una antología de poetas especialmente comprometidos con la política. No sé si eso contesta a tu pregunta. En el fondo, creo que la pregunta que me planteas está mal formulada: la cuestión apremiante no es si los poetas deberían interesarse por el Fondo Monetario Internacional (en última instancia, no soy quién para impugnar la decisión personal acerca de los temas sobre los que versa la escritura de un individuo), sino la pregunta inversa: ¿por qué el Fondo Monetario no se interesa por la poesía? ¿Acaso debería comenzar a considerar la poesía como un recurso económico susceptible de explotación comercial? ¿Qué razones argüirían en favor y en contra los expertos a la hora de considerar una más que razonable privatización de las obras de Homero como medida de ajuste contra el desplome de la economía griega? En vez de vender las islas y poner en entredicho la soberanía del estado griego sobre su propio territorio, ¿qué le impide al Parlamento sacar al mercado la memoria literaria de la cuna de la civilización? Es un hecho consumado que el estado griego ha hipotecado a golpe de crédito el futuro de sus ciudadanos y el de las generaciones futuras, ¿acaso la herencia cultural del pasado tiene un privilegio que el resto ignora? ¿Vamos a permitir que Esquilo y Safo se escapen de rositas? Ahora en serio, deberíamos empezar a plantearnos cuestiones sobre la cultura desde el punto de vista de la economía, y no viceversa.

VIII. Zurich, 1946. Winston Churchill da un célebre discurso en donde habla de la tragedia de Europa, se refiere al continente como «cuna de la fe y la ética cristianas», hace un llamamiento para «volver a crear la familia europea […] y dotarla de una estructura bajo la cual pueda vivir en paz, seguridad y libertad», hace un llamamiento para «construir una especie de Estados Unidos de Europa», y muestra su deseo para buscar «un bendito acto de olvido» y dar la espalda «a los horrores del pasado.» Con el tiempo, la idea europeísta se reforzaría ante la división del mundo en dos bloques. 65 años después de aquel discurso, los titulares no vienen dados tanto de la Unión Europea como comunidad política (¿a alguien parece importarle lo que ahora esté pasando en los doce países que entraron en 2004 y 2007?), sino de la Eurozona y sus fisuras. Paralelamente, y en cuanto a la situación del Islam se refiere, Europa vive una situación que recuerda a las guerras de religión entre católicos y protestantes, tampoco parece haber respuestas claras sobre lo que hoy significa la identidad europea, ni soluciones al debate entre secularistas y multiculturalistas; de algún modo, el enemigo islámico está en casa, pero ni siquiera es un enemigo, ya que, como bien dices en el libro, se trata de un «factor productivo a la vez querido e indeseado». Ante un panorama como este, ¿constituye Europa un proyecto obsoleto, funcional para los problemas del siglo XX pero desorientado en nuestros días?

La idea de Europa nos persigue como un fantasma; estaba aquí cuando llegamos y seguirá aquí cuando nos hayamos ido. Habría que escribir un libro titulado Espectros de Europa, con el subtítulo “Del Imperio Romano al Tratado de Maastrich, pasando por la Cristiandad”. Cuando Churchill pronunció el discurso que mencionas daba por sentado que Reino Unidos se mantendría al margen, alineado con EEUU y la URSS en el grupo de promotores independientes que no participarían en el proceso. La unificación espiritual europea tendría que ser comandada por Francia y Alemania, en una feliz reconciliación de las dos naciones más enemistadas de la Modernidad. Y eso fue lo que sucedió, aunque sobre unas bases culturales diferentes a las sugeridas por Churchil: el aglutinante social no fue el cristianismo, sino la americanización de las sociedades europeas. Mayo del 68 sustituyó definitivamente el núcleo familiar burgués por el rock, la televisión y Marcuse. La presencia continua de cabezas nucleares en el continente garantizó la dependencia económica y militar de la Comisión Europea que, recordemos, surgió como institución para socializar la producción siderúrgica y, de este modo, evitar la aparición de un nuevo conflicto armado. En lo político, resulta curioso que los primeros debates sobre la formación de un marco jurídico común se produjeran en relación con la política de extradiciones durante los años de plomo en Italia y del terrorismo alemán; un artículo de Deleuze y Guattari titulado La peor manera de construir Europa da fe del ambiente hacia 1977. Pero esto son sólo anécdotas. No me extraña que el centro del debate actual sea la estabilidad financiera de la Eurozona. La Unión es principalmente una asociación económica y lo que importa es el dinero; una sucursal del imperialismo que avanza políticamente hacia en Este y económicamente hacia el Sur siguiendo el criterio de la “integración negativa” (basta con suprimir las restricciones estatales a la competencia para ser uno de los nuestros). El Tratado de Maastrich diseñó una política de convergencia escalonada de todos los países europeos hacia tres objetivos clave en la doxa política neoliberal: el control de la inflación, la reducción del gasto público y la disminución de los tipos de interés. Sobre estos puntos se ha vuelto ha insistir tras la crisis financiera. Ahora mismo la integración de “economías a diferentes velocidades” no es un proyecto sino una realidad. La Unión es un fenómeno sublime (en el sentido preciso en el que Kant aplicaba este término a la Revolución Francesa): un objeto terrible que, contemplado desde una distancia prudencial, genera un sentimiento de grandeza; el terror que entusiasma al observador externo. Vista desde el exterior, la Comisión Europea ofrece el único modelo existente de gobierno más allá del Estado-nación, lo cual infunde esperanzas (especialmente en Latinoamérica) acerca de una futura gobernanza continental fundada en un federalismo internacional, regulada por un derecho cosmopolita. Toda una utopía sociopolítica. Vista desde el interior, la realidad es mucho más cruda: la Unión ha sido incapaz de generar el sentimiento de pertenencia a una comunidad política como indica el NO a la Constitución de 2004 y los bajos índices de participaciones en las sucesivas elecciones europeas. La Champions Leage y la Eurocopa hacen mejor su trabajo como aglutinante social que la tupida red de instituciones supranacionales con sede en Bruselas o Luxemburgo; tenemos más en común con el Arsenal que con el Banco Central Europeo. No estamos familiarizados con el aspecto de unos organismos internacionales que, a los ojos de la ciudadanía, se asemejan bastante a las sociedad secretas del crimen imaginadas por el Marqués de Sade. De no ser por la polémica cúpula de Barceló ni siquiera sabríamos como es la ONU “por dentro”. No se retransmiten apenas debates en televisión y las declaraciones ante los medios de comunicación tienen la misma duración que los anuncios del Ikea. En suma, la expertocracia se impone; ignoramos prácticamente todo acerca de las decisiones tomadas en nuestro nombre. La distancia mediática entre representantes y representados disminuye la legitimidad de los primeros y aumenta la indiferencia de los últimos.

El marco conceptual de las disputas sobre la expansión de la Unión Europea está mal planteado: se discute sobre los límites del continente y de la civilización occidental, pero se olvida que Occidente no es sólo Europa y que Europa no es ni siquiera un continente. En todo esto hay un error de orientación geográfica importante: se considera que lo problemático es la relación de Europa con su exterior, cuando lo problemático es la interioridad europea. La raíz del dilema, perpetuamente encubierta, es la inexistencia de una identidad europea, de un poder constituyente que pueda refrendar una futura Constitución. No hay que olvidar que la Unión Europea es un donut: el vacío está incorporado en el interior. La adhesión de Turquía está en el centro del debate actual, pero lo primero que deberíamos preguntarnos es: ¿por qué Suiza no forma parte de la Unión? No sabe no contesta. Suiza es el primero de los estados canallas, todo el mundo sabe que tiene en su poder armas de destrucción masiva; se llaman bancos y barren de un plomazo la política fiscal de los Estados. El enemigo no está a las puertas, se encuentra dentro de casa.

Resulta curioso comprobar como la crisis ha redefinido el mapa ideológico de la Unión. A medida que el eurescepticismo va haciendo mella en la opinión pública alemana, ya nadie se acuerda de los debates sobre la necesidad de trascender la hechura intergubernamental de la Unión mediante la apertura de un proceso constituyente. Angela Merkel redacta su “Carta para una economía razonable a largo plazo” (dirigida a los Reyes Magos, suponemos) y, mientras tanto, ya tiene proyectado cortar el grifo de la solidaridad y las ayudas económicas con los países del este. El mensaje es claro: no queremos otra Grecia chupando del bote. ZP se reafirma como el titiritero del encuentro de civilizaciones, el rey de la payasada tolerante. Los lobos británicos de la Tercera Vía aprovechan para quitarse de encima la piel de cordero e insisten en desmantelar el Estado de Bienestar, untan en vaselina el ojete de la sociedad civil, ofician de emisarios de la violación neofascista por venir, dejan la situación en bandeja para el triunfo arrollador de la derecha en las próximas elecciones. Lo que es más preocupante: entre la prensa francesa y alemana comienzan a proliferar las explicaciones culturales de la situación económica; se considera que “la avaricia anglosajona por la obtención de bienes materiales a corto plazo” fue el detonante de la crisis y que “la morosidad y la tendencia al engaño de los pueblos mediterráneos” es el principal estorbo para la obtención de una estabilidad financiera. Sólo en relación con estos poderosos think tanks puede entenderse la llamada (absurda) de Sarkozy a moralizar el capitalismo financiero.

La Unión Europea se ha mostrado indecisa en política exterior ante los desafíos impuestos por el fin del orden mundial bipolar. Hay que subrayar a nuestro favor la moderación de nuestros presupuestos militares y el recurso a la guerra por otros medios (diplomacia, poder blando, presión económica) en comparación con la carrera de armamentos del resto de países, a pesar de que la instrumentalización de las guerras ajenas siga siendo la gran lacra de nuestra economía (España es el segundo país que más municiones exporta en África). Nuestras fuerzas armadas están mal equipadas, nuestros militares son policías travestidos. La relación con Estados Unidos, mediada por la special relationship de Reino Unido, ha fluctuado al vaivén ideológico de la amenaza fantasma islámica y ha sido el gran elemento de división dentro de la Unión. Aunque la administración Obama prometió borrón y cuenta nueva, por ahora el Atlántico Norte sólo comparte la inestabilidad financiera. La conexión con Latinoamérica no ha sido muy exitosa, a pesar del interés que tienen los países latinoamericanos de paliar la dependencia yanki mediante el acercamiento a Europa. Aquí juega un papel determinante el complejo de inferioridad que arrastran desde siempre España y Portugal: demasiado sureños para ser europeos, demasiado europeos para tratar de iguales a sus antiguos vasallos. A lo largo de su Historia, los países del Mediterráneo se han encontrado repetidas veces ante el mismo dilema similar: ¿cabeza de ratón o cola de león? La agrupación de estos estados bajo el calificativo de PIGS ha dejado claro cual es, según Bruselas, la demarcación geográfica del continente europeo: África comienza al sur de los Pirineos (al menos en términos económicos). Tenemos que tomar decisiones rápidas si no queremos caer en el sumidero de la Historia: entre el decadentismo napolitano y la ruina griega sólo hay un paso. Los países del sur de Europa hemos sido, hasta hace muy poco, los mayores impulsores de los gobiernos autoritarios en el norte de África que garantizaban la satisfacción de nuestros intereses neocoloniales en la zona. La primavera árabe ha dado al traste con el marco geopolítico de los últimos 440 años (desde la Batalla de Lepanto, que frenó el avance imparable de los otomanos por el Mediterráneo). Afortunadamente, nos hemos contagiado del espíritu que recorre el Magreb: la reaparición de movimientos sociales en España, Grecia, Portugal e Italia no sólo pone en peligro “la estabilidad (financiera) en la zona”, también apunta a una posible redefinición del Mediterráneo como “el mar de la democracia real”. Argelia nos está enseñando cómo se hace una transición, a diferencia de la chapuza que hicieron nuestros mayores (por mucho que digan, acostarse con chaqueta de fascista y levantarse con chándal de demócrata no es una transición ni es nada). Frente a la Europa neoliberal de los planes de rescate con pistola en la nuca (timeo danaos et dona ferentes), tengo tres propuestas que hacer a la sociedad española: a nivel geográfico, definir la Península Ibérica como “continente africano en el exilio”; a nivel cultural, profundizar en una renovada identidad mediterránea (más allá del folclore); a nivel político, reforzar las redes de solidaridad con las recién nacidas democracias magrebies. En resumen, dar la espalda a Bruselas para mirar hacia el Sur. Algunas tareas pendientes: (i) la creación un marco jurídico intermediterráneo que normalice los flujos migratorios existentes y ponga fin a la persecución y criminalización de los inmigrantes sin-papeles; (ii) la firma una serie de acuerdos económicos que posibiliten un crecimiento interdependiente de los países mediterráneos, de modo que el sur de Europa pueda explotar eficientemente las materias primas del norte de África y el norte de África se beneficie de la tecnología europea (por no hablar del mercado inmobiliario); (iii) la formación de un espacio público transmediterráneo como primer paso para la creación de una sociedad post-secular basada en el diálogo y no en el fundamentalismo. De adoptarse estas medidas, el Mediterráneo dejaría de ser un espacio de controles policiales para convertirse en el crisol de civilizaciones que era durante el Imperio Romano. El primer punto de encuentro entre un continente crucial en el desarrollo del siglo XXI (África) y otro continente que no se resigna a quedar reducido al status de parque turístico de atracciones sin capacidad económica (Europa).

IX. Y para terminar, un problema de orden político. En unas elecciones entre Rousseau y Hobbes, ¿a quién votarías?

A ninguno de los dos. Todo el mundo sabe que sus respectivos partidos están al servicio de la corporación multinacional que lidera Maquiavelo, el príncipe de la democracia.



(lee la entrevista completa en .pdf)

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Peasho entrevita, no?

Ignacio Carcelén dijo...

Tengo las manos temblando, se debían de hacer bandos y repartirlos, pero habría que hacerlo entender a los ciudadanos, porque muchas veces nuestros políticos, o la visión que se les exige, es la del alumno que no despeja la vista del cuaderno -tienen que estar sólo para lo interior, la comodidad nuestra-, pero si lográramos hacerlo entender, que es tan urgente o necesario, quizá podríamos encontrar políticos que hicieran su trabajo con honestidad y sencillez, en vez de bucar la bronca y el despilfarro de fuerzas y tiempo.

Jorge García Torrego dijo...

Olé, muchas gracias.