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jueves, 12 de julio de 2007

El debate sobre la globalización no ha tenido lugar

El debate sobre la globalización que enfrentó en Foreign Policy al director de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet, y a Thomas Friedman, columnista de The New York Times, demostró que semejante debate no ha existido jamás. Esta aserción se deduce del hecho de que ambas posturas hayan admitido, involuntariamente, su incapacidad tanto para reconocerse entre sí como para establecer un diálogo coherente.

Así, mientras que Thomas Friedman en particular, y los defensores del “pensamiento único” en general —donde se incluyen la práctica totalidad de los medios de masas— han legitimado los intereses y la perspectiva de las clases medias y altas de los países desarrollados; otros autores de menor repercusión mediática, como Ignacio Ramonet, en su empeño por exigir a los habitantes del Primer Mundo que comprendan las miserias en áreas “de hostilidad”, se han visto condenados al menoscabo general.

Ahora bien, semejante pérdida de credibilidad por parte del llamado movimiento “altermundialista” se debe, no ya sólo al peligro que pueda suponer para el “pensamiento único”, tal y como el movimiento cree, sino más bien al mantenimiento de posturas de izquierda absolutamente desfasadas (a este respecto cabe decir que, por ejemplo, ningún favor les ha hecho la defensa de políticas como las de Hugo Chávez o Fidel Castro) y a un discurso apocalíptico que a cada momento anuncia el agotamiento planetario y que, por tanto, ha dejado de suscitar la menor señal de alarma .

En cualquier caso, resulta interesante comprobar de primera mano cómo realmente los defensores y detractores del proceso globalizador, han adoptado como bandera la defensa de unos determinados “intereses de clase”:

Friedman: “Ramonet cae en una trampa que atrapa a menudo a los intelectuales franceses y a otros que se alzan contra la globalización. Suponen que el resto del mundo odia la globalización tanto como ellos y siempre les sorprende cuando, al final, la llamada gente normal se muestra dispuesta a defenderla. Mi querido señor Ramonet, el hecho es que los desheredados de la tierra quieren ir a Disneyworld, no a las barricadas. Quieren el Reino de la Fantasía y no Los Miserables. Basta con que les pregunte.”

A lo que el director de Le Monde Diplomatique responde: “Thomas Friedman es realmente conmovedor cuando dice: Los desheredados de la tierra quieren ir a Disneyworld, no a las barricadas. Una frase como ésa merece un puesto en la posteridad al lado de la declaración de la reina María Antonieta en 1798 cuando se enteró de que el pueblo de París se había revelado y reclamaba el pan que no tenía: ¡Que coman pasteles!, dijo.”

Contrastando ambas posturas, es evidente que un ejercicio de síntesis recomendaría al movimiento “altermundialista” ampliar el abanico de discursos (no hay por qué cambiar el mensaje, pero sí diversificar la forma) y cejar, como bien señala Friedman, en la invitación a la siempre autocomplaciente clase media para que se haga con el control de la calle. Es inútil, es absurdo. Es lamentable. La historia demuestra que sólo cuando se le quita el pan de la boca se alzan contra la tiranía.

Del mismo modo, los críticos del “altermundialismo” como Friedman, jocosos y frívolos cuando acusan a los “intelectuales franceses” de no abandonar las comodidades europeas para establecerse donde la Revolución, olvidan que las estadísticas no mienten, que el reparto de la riqueza del proceso globalizador no es en modo alguno equitativo y que el verdadero objeto de estudio no está en los críticos del neoliberalismo, sino en las víctimas del neoliberalismo. Nosotros no queremos salir a las barricadas, de acuerdo. Pero dos terceras partes del planeta tienen razones para ello. Escuchémosles a ellos, no al ratón Mickey.

(Publicado en el diario Lanza el 12 de junio de 2007)