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viernes, 20 de julio de 2007

¿Quién no tiene su propio yogur?

Lo que más admiración suscita al pequeño Ray que queda bajo el sombrero de copa semiesférica (bla bla bla, bla bla bla) durante su ejercicio dominical de recortar setos, es —nada más y nada menos— rememorar a sus amigos insurrectos que aún hoy siguen encontrando una actividad de ocio moral en el lanzamiento de clavos con tirachinas en todo tipo de manifestaciones urbanas, pero sobre todo en aquellas en las que de por medio aparece el término “globalización”. Ellos son incombustibles e inamovibles. Saben con qué actitud se van a despertar al día siguiente. Ray piensa en ellos como un triunfo de la voluntad —como los bastardos masónicos de Riefenstahl—; justo al contrario que el propio Ray, incapaz de resistir a la libertad de un sistema neoliberal que crea su fascinante ilusión de democracia, de la conclusión del círculo perfecto, desde el momento en que existe la posibilidad de que todos los estilos de vida converjan en un mismo individuo gracias a la mediación de distintas marcas. Quiero decir que Ray, al finalizar su ejercicio de poda, se quitará sus zapatillas Nike (también calzadas por los chicos del suburbio), entrará en casa y comenzará a redactar una serie de cartas a distintas ONG con el propósito de invertir en otro mundo posible. ¿Quién sugirió la imposibilidad de casar altermundialismo y burguesía en una misma vicaría civil? Luego, bueno; luego Ray llevará a los chicos a comer helado (Magnum) y pizza (Telepizza), y al cine a que vean un film (californiano, a fin de cuentas, pero en fin, no vamos a privar a los chicos —tan vivarachos, tan lozanos, tan dicharacheros— de un capricho que poco o nada cuesta, y del que nosotros, en nuestra infancia, jamás pudimos imaginar. Démosles lo mejor. Démosles una vida con la que nosotros no tuvimos oportunidad de contar.) Incluso yo mismo me empiezo a plantear, llegado este punto, si mi imposibilidad para escribir una novela no se deba a una voluntad del todo laxa que me neutraliza cuando tengo en cuenta consideraciones tales como mantener una misma voz durante cien páginas o más. La lógica cultural del capitalismo parece haber derrocado al género literario históricamente más popular. Tal vez, y sólo tal vez, la novela sea un género impensable a día de hoy, cuando la juventud se promete hasta casi los 50 años (recordemos a Vicente Verdú en Señoras y señores). ¡La juventud!, oigan ustedes, ese periodo de la vida caracterizado por el método científico más rudimentario que existe: ¡la prueba y el error!; por la búsqueda perpetua de la identidad [a través de las imágenes de marca de las corporaciones, en este caso concreto de juventud simulada]. Amamos demasiado la vida como para conformarnos con ser felices, es lo que Ray, agitando la manguera, le dice a sus setos.

(Publicado en el diario Lanza el 21 de junio de 2007)