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miércoles, 26 de septiembre de 2007

Acaba con él, muchacho (Lecciones de antropología masculina I)

Este es momento para revolver
la gravilla encharcada
como un Toro Salvaje
con tus náuticos de suela pesada,
y descargarle con un jodido bate de béisbol
primero en la sien, hasta cegarlo;
hasta astillarle las costillas y brasearlas
a la parrilla, a la parrilla del dolor, después,
como unos grasientos ribs
de cerdo
bañados en salsa barbacoa,
como lo que se merece ese cabrón.
Ten decisión, por Dios. No titubees.
Aséstale el puto golpe con la conciencia tranquila
pues te avala nada menos que el imaginario
colectivo
masculino.
Dime: ¿cuántos hombres crees que
—en realidad, sin hipocresías—
masacrarían
a todo aquel que piropee o, muchísimo peor,
manosee, ¡Manosee, joder; manosee!,
a su chica,
¿eh?
Se trata de asuntos antropológicos, hombre,
y por tanto, no hay ninguna vuelta de hoja.
Lánzate al cráneo. Golpéale en las pelotas
hasta que le sangre el pene; ¡el puto pene, joder!
Ganchos en la cara, ¡zas, zas!,
que silben.
Dientes desparramados por esta tierra contaminada
de lluvia ácida, de toda la bosta industrial destellante
como lingotes de uranio,
donde ningún policía sesudo te culpará de nada.

Dale por el culo, amigo.
Dale bien por el culo.

Acaba con él, muchacho.

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