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viernes, 28 de septiembre de 2007

Nadie como el escritor sabe mejor de su propia obra

A mí que no me jodan, pero nadie como el escritor sabe mejor de su propia obra. Ya he hablado, anteriormente, acerca de la posibilidad de ser objetivos en asuntos de crítica de arte. Y es el escritor de vanguardia y riesgo, mejor que nadie, quien sabe cuáles son las carencias que intenta subsanar en la Gran Biblioteca, así como los pros y contras de su texto. Por supuesto, estos pros y contras son solo virtuales, el error o el acierto no existe en la medida que cualquier párrafo puede encontrar sus características coordenadas intelectuales y anímicas en un individuo X. En realidad, como podrán imaginar, a lo que nos estamos refiriendo con pros y contras es a quién puede satisfacer el texto y a quién no. Si el texto describe con exquisita precisión —y en un registro (¡atención a los registros!) que puede comprender desde el rococó hasta el más minucioso y austero de los realismos— los pliegues y texturas de una sábana blanca que en su día arropó al barón IV de la Baja Sajonia, hay que se conscientes de una perogrullada tal como que será motivo de burla para quien busca en la literatura un efecto similar al que pueda producir la cocaína o el sexo. Y yo, y seguramente buena parte de mi contemporaneidad, busco, casi siempre en vano, sexo y cocaína en la literatura. Pero esta es otra cuestión.