Páginas

miércoles, 5 de septiembre de 2007

De camino a una conferencia en la Sala Heineken


No es fácil ser quien soy, pero, cuando me siento el mejor, como hoy, veo la luz y pienso «uf, vaya cruz que llevas tú, homeboy»
(Javier Ibarra, Pura droga sin cortar)


Á mí, nada menos que a mí,
que por nervios tengo fractales de nieve,
me conmueve hasta el estremecimiento
el silencio en sordina que emite el discreto motor
teutón
del automóvil de lunas ahumadas.
Discreción. Tan solo discreción es mi reclamo
de camino a una conferencia sobre la estética
y la eficiencia
del llamado «Comercio Justo»
y su puesta en relación con el discurso publicitario.
Atravesar la c/ Alcalá en el asiento trasero
y que una secretaria mulata descorche por ti
una botella de Dom Perignon, señores,
eso no tiene precio. Como prender con un mechero
de joyería
un Marlboro Wide y que el humo de la primera calada
empañe la visión del luminoso del Starbuck’s.
Madrid, ay. Madrid me mata.
La gabardina,
el jersey negro de cuello alto,
la montura redonda de los anteojos;
elementos cuidadosamente seleccionados que culminan el proceso
de realización intelectual.
El semáforo
donde nos ofrecen pañuelos
y el gesto del conductor que no malgasta un grado de más en su rechazo
cabalgando entre la buena educación
y la atención puesta en los últimos avances en el terreno
de la eugenesia.
A mis años, querida,
a nuestros años,
qué le vamos a pedir si no al endiablado destino
que una piedra de coca para consumir
—esto no lo digo yo. Lo dijo Einstein, creo,
que la cocaína no se esnifa, sólo se consume—
antes de una lectura en el Ateneo
o en la Sala Heineken. Tanto da.