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jueves, 18 de febrero de 2010

Naipaul versus Naipaul (publicado en Quimera 312, noviembre de 2009)

Un recodo en el río

V.S. Naipaul

Traducción de Francisco Gurza. Mondadori. Barcelona, 2009. 321 págs.

El escritor y los suyos

V.S. Naipaul

Traducción de Flora Casas. Debate. Barcelona, 2009. 202 págs.

Algo más que la herencia crítica del Primer Mundo es lo que florece en la prosa originaria de países poscolonialistas. Frente al doble rasero del discurso proteccionista (digamos, mantener legados en riesgo de desaparición frente a una perspectiva de conquista occidental, aunque eso suponga privar del bienestar a aquel lado de la frontera), lo que V.S. Naipaul propone en Un recodo en el río —cuya publicación original data de 1979— puede constituir un discurso ideológico más o menos inesperado para los críticos del imperialismo; demasiados matices sobre la cuestión colonial y la relación entre los Viejos Continentes (Europa y África), que abren interrogantes condenados de antemano al reproche o la derrota. O como resuelve un personaje del libro a propósito de la identidad de África: “Respondas lo que respondas, te metes en un lío.”

De lo general a lo particular, la novela del Nobel trinitense elude debates políticos estériles y bipolares para adentrarse en el leitmotiv de la ruptura con los valores del progenitor: Salim, a diferencia de lo que cabría esperar en una civilización ajena a la ansiedad por el estatus, considera anquilosada la comunidad familiar de la que procede; una iluminación que lo conduce al corazón de África protegido por el deseo de ascender en la escala social, y que exige inicialmente al lector cuestionarse: ¿Es legítimo que un africano, abandonado el lastre de la fe religiosa y la superstición pre-moderna, adopte el pulso ambicioso que (parece que) corroe nuestra moral? O incluso a nivel antropológico: la voluntad de diferenciación, ¿halla sus orígenes en la cultura o en la naturaleza humana? Agréguese a esto el costumbrismo atmosférico que Naipaul pone en práctica —es decir, suman enteros de dinamismo el reparto de porcentajes dedicados al ensayo y la historia encubiertos así como a la recreación del contexto— para aproximarnos a la realidad polifacética por Naipaul perseguida.

Cierto es, no obstante, que Un recodo en el río se encuentra oprimido por un vector dilatadamente ideológico, escritura —advirtamos— de escuadra y cartabón, en la medida que el deseo de forzar la reflexión merma las posibilidades ficcionales y obliga a que, para bien o para mal, ninguna línea delegue en la improvisación. Luego, suspendida la variable lúdica, la recepción de Naipaul se encuentra obligada a interpretar los detalles sutiles que el escritor disemina en un texto cuya práctica totalidad de personajes y espacios tienden a representar alguna cara del conflicto. Por ejemplo, no es gratuito que la formación de Salim sobre la historia de los pueblos del océano Índico esté basada en textos escritos por europeos, en donde uno halla explosivos del tipo: “Los esclavos […] querían seguir siendo lo que fueron” a fin de mantener una situación de poder inconcebible antes de la llegada de los europeos. Otro ejemplo: el personaje donador Nazruddin, alguien de “modales europeos” en quien Salim halla un referente moral para construir su identidad, bastante jocoso, por cierto, a la hora de establecer las distinciones entre el especulador profesional y el avaro torpe. Por su parte, la desaparición del símbolo de la ilustración que encarna el padre Huismans ratifica el aforismo de Warren Johnson según el cual la primera víctima de la guerra es la verdad. Más: el lado kitsch de los negros (¿sin memoria histórica?), que ostentan oro a raudales en el Bigburguer (p. 140), la megalomanía de los jerarcas, y la clase intelectual europea en la que estos se apoyan (Raymond) para salvar su comunicación política, en contraposición a la mediocridad que imprimen a sus habitantes, expuesta a partir de un completo inútil al que el estado otorga un empleo carente de esfuerzos y ambiciones (Théotime).

No cabe ninguna duda de que Naipaul, con su rigor de método, quiso que su texto fuese global, políticamente aséptico en la medida de lo posible (nótese que Salim es el hombre sin patria, inadaptado en el acervo africano pero también en Europa), por lo que Un recodo en el río puede ser identificado con Congo, como nos es sugerido, pero también con la problemática de la Sudáfrica corrupta posterior al Apartheid, o —siendo estrictamente localistas— con la influencia de la emigración española en los países antillanos. Completar la esfera y relajar el relato conduce al novelista a las escenas de mayor tensión emocional, según se atiende en el triángulo amoroso originado en la segunda parte del libro (acompañado del anticlímax verista cuando Naipaul intenta esbozar un acceso de violencia doméstica —p. 225—: craso error), y las consecuentes observaciones empáticas sobre los movimientos sísmicos de la psique tras la infidelidad. De modo que si arrancábamos con una pregunta de índole cultural, cabe exponer ahora otra estrictamente literaria: ¿Es una garantía de éxito la —tan recurrida ahora— pretensión de globalidad, basada en el solapamiento de la dimensión política y la intimidad, o por el contrario, también puede conducir al corsé y a lo previsible?

A juzgar por la biografía de Naipaul, uno puede intuir que Salim pasa sin dificultad como alter ego del autor. El escritor y los suyos, patchwork de textos autobiográficos, críticos y ensayísticos, lo confirma: “Ansiaba escapar de la simple maldad del pequeño lugar en el que me había criado, donde toda opinión era moralista, odiosa y perversa”, advierte en la misma pieza donde ejecuta una (auto)crítica a la faceta materialista de la diáspora que interesa al pueblo indio. Como es de prever, El escritor y los suyos se trata de un libro para escritores, donde el aspecto más atractivo lo encontramos en el catálogo de tragedias que acechan una carrera en perpetua tensión por el peso del superyó gremial. Véanse casos como el de Derek Walcott, poeta de Trinidad que obtuvo el Nobel, si bien tras construir unos primeros trabajos impecables empieza a escribir casi por inercia, con la intención de reencontrarse a sí mismo algún día, hasta caer ahogado en el síndrome de Bartleby. No menos doloroso es el caso de Edgar Mittelholzer, quien tras percibirse incapaz para superarse a sí mismo terminó quemándose a lo bonzo. Un clásico de los escritores suicidas.

Anthony Powell, celebrado autor en Gran Bretaña, mantuvo una larga amistad con el Nobel, aunque éste admita que no lo leyó con atención hasta pasada su muerte: A los ojos de Naipaul, Powell simboliza al autor que alcanza el éxito a su pesar, carente del lustre que podría ofrecer su talento, y habiéndose distanciado demasiado de los objetivos de nobleza y salubridad iniciales. Por si fuera poco, el británico parece ratificar la idea de que la madurez literaria rara vez coincide con la madurez vital, pues sus últimos años destilan la pestilencia de quien concibe exageradamente su voz como argumento de autoridad; icono de la desinhibición egomaniática mientras los últimos latidos de vida tienen lugar y el prestigio ya ha sido obtenido.

Evidentemente, tampoco escapa el canon a bacterias literarias de este calado, como anota a propósito del Flaubert que construyó Madame Bovary y aquel otro de Salambó. Así, mientras el primero sobresaldría por el uso del detalle inesperado —por otro lado, componente de verosimilitud imprescindible en casi cualquier prosa de primer orden—, Salambó lo equipara al resultado de un prurito descontrolado por superar los hitos personales, es decir que por extensión podría representar todas aquellas carreras en las que se observa un progresivo afán críptico, marginal, y obsesivo en el lenguaje y contenido. Naipaul lo expresa con una lápida lucidísima: “La ambición empuja a un escritor a intentar conseguir más de lo que ya ha alcanzado. Y entonces es cuando, confiando en sí mismo, puede cometer errores de apreciación […] Cuanto más incómodo se siente el escritor, más se esfuerza, aplicando todos los recursos de su talento, por demostrar sus argumentos, y entonces, al ver como sufre, goza de nuestras simpatías.”

Al margen de los horrores de la profesión, El escritor y los suyos continúa la deriva de los análisis poscolonialistas sobre India o África anteriormente referidos, esta vez con una serie de anotaciones histórico-biográficas a propósito de personajes como Gandhi o Chaudhuri