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martes, 9 de febrero de 2010

Volkgeist Burka Prêt-à-Porter (publicado en Quimera 311, octubre de 2009)

Algo que contarte

Hanif Kureishi

Trad. de Fernando González Corugedo. Anagrama. Barcelona, 2009. 493 págs.

Hanif Kureishi comparte una posición de privilegio con el cineasta turcoalemán Fatih Akin como referente inexcusable —ambos accesibles al interior de nuestras fronteras— a la hora de abordar el diálogo Oriente-Occidente en el seno de Europa. A diferencia de Akin, en cuya filmografía aún sigue vigente la protección del legado cultural ajeno al Viejo Continente, Kureishi transgrede ese concepto de Islam Posmoderno que apela a la hibridación identitaria («la convicción de que ciertos aspectos de la sociedad moderna y el desarrollo tecnológico pueden ser combinados con la tradición y práctica mahometana», dice Yasemin Karakasoglu en Turkish Cultural Orientations in Germany and the Role of Islam), para sumergirse en la deriva más laica y frívola que ha seguido a la primera generación de inmigrantes ortodoxos. Grosso modo, la segmentación en dos partes («En los suburbios» y «En la ciudad») que estructura El buda de los suburbios, la obra que hizo célebre al londinense, simboliza con gran acierto uno de los leitmotivs más repetidos en su obra, esto es, la conquista de las posiciones sociales más deseadas por parte de la periferia migratoria, o, más aún, la victoria (¿pírrica?) de la integración, que precisa como coste de oportunidad la disolución de la herencia oriental.

Adentrándonos ya en lo estrictamente narrativo, Algo que contarte avanza en sus primeros capítulos desde la primera persona del protagonista Jamal Khan, psicoanalista y escritor, siguiendo un evolución arborescente a partir de la cual presentar una pléyade de personajes secundarios, correctamente construidos todos ellos, como son el hijo del protagonista (Rafi), la madre de éste (Josephine), la hermana de Jamal (Miriam), la pareja de ésta y mejor amigo del protagonista (Henry), la mujer de Henry (Valerie), los padres de Jamal, su primera novia (Ajita), el hermano de Ajita (Mustaq) y su padre, los amigos de la facultad (Wolf y Valentin), etcétera, etcétera; ergo, una vez iniciadas las múltiples posibilidades de interacción facilitadas por este universo, alcanzar el casi medio millar de páginas que dura la novela resulta una hazaña más bien asequible.

Conviene advertir al lector que a pesar de la seducción y el espíritu cómico —no trágico— proyectados sobre la recepción, siempre a través de las peculiaridades y anécdotas del reparto (en donde, por cierto, estilemas y lugares comunes no faltarán, como más tarde comprobaremos), y de la vivisección tangencial de la sociedad británica desde los tiempos del thatcherismo hasta los últimos años de Blair; Algo que contarte, decimos, no deja de ser un texto sobre las relaciones humanas en la contemporaneidad, cuestión con la que fácil es ganarse la empatía del receptor, pero que en cualquier caso parece agotada en la prosa actual. Nos referimos a la culpa como motor del progreso en Occidente y pandemia de la que adolece su ciudadanía (p. 420), la ansiedad por coleccionar el mayor número posible de amantes («Nadie se casa a los veinticinco y está con su pareja hasta los setenta a no ser que tengan una imaginación deficiente», aconseja Jamal a su hijo), y el candor, y por tanto, la nobleza propia de la primera relación amorosa, antes del desencanto por la imposibilidad de escapar al individualismo. Nótese en este sentido que uno de los más sugestivos frentes radica en la búsqueda de Ajita por parte del protagonista, y la afección existente entre ambos, que, en contraposición al paso del tiempo, parece no haber decaído nunca. O, tal como espetan al propio Jamal: «—Así que ésa es Ajita. La única a la que has amado y le has sido fiel de verdad. La que no has dejado de esperar que volviese.»

Acaso como acontecimiento central del libro hallamos la muerte del padre de Ajita tras la agresión propinada por Jamal, Wolfgang y Valentin, al confesar aquélla los abusos sexuales a los que su progenitor la somete. Especial relevancia presenta dicha escena, no solo porque será desencadenante de la investigación que la familia de Ajita efectúa para hallar a los asesinos, sino porque además constituye un clímax en toda regla en lo concerniente a las fronteras morales y culturales que continuamente transgreden los personajes procedentes de la geografía islámica. Así, mientras el padre de la primera novia de Jamal resulta denunciado en un reportaje televisivo por la tiranía y explotación ejercidas a los empleados de su fábrica, de regreso a Karachi —«el sitio más materialista en que habíamos estado», describe Khan— recién concluye sus estudios universitarios en filosofía, el psicoanalista y escritor recibe severos reproches por parte de su propio padre ante el escaso pragmatismo que denotan sus intereses: «¿Quién cojones quiere un doctor en filosofía?», le espeta quien «necesitaba a sus amigotes liberales que defendían a Reagan y a Thatcher». Jamal agrega: «[aquel conservadurismo] me resultaba odioso, pero en aquellas tierras cada vez más islamizadas representaba “libertad”.» Dicho esto, hay que alentar de lo absurdamente reduccionista que contendría el gesto de asociar a Kureishi con la defensa de un occidentalismo/ liberalismo sin ambages, pues Kureishi no asfixia la lectura; lo que es igual, no cierra interpretaciones. Invita a la reflexión; no la impone a priori. Como contraste emplea entonces los guiños a personajes familiares en obras previas del inglés: el empresario de tintorerías Omar Alí, un pakistaní homosexual dotado con un olfato privilegiado para los negocios (salta a la vista como hipotexto el guión de Kureishi Mi hermosa lavandería, dirigida por Stephen Frears), o ese otro patrón antiwasp existente en el fashion victim encarnado por Mustaq (más conocido como George Cage alcanzada la celebridad musical), sujeto emparentado con aquel Charlie de El buda de los suburbios.

Como ya sugerimos anteriormente, uno de los rasgos más reprobables de Algo que contarte se encuentra en el nulo riesgo que el narrador acomete; lo claustrofóbico de la novela al no conseguir abandonarse en ningún momento a la improvisación. Maticemos: Con ocho libros de narrativa y varios guiones audiovisuales a sus espaldas, Kureishi sabe a la perfección los mecanismos necesarios para construir historias que cautiven a su audiencia (a la que parece psicoanalizar previamente siguiendo metodologías propias de un estudio de mercado), hasta el punto de caer del lado de los recursos manidos y el abanico de situaciones confeccionadas con el deseo explícito de satisfacer los intereses latentes en el inconsciente colectivo, y la mera funcionalidad evasiva de la literatura. Dan cuenta de lo dicho las melifluas vacaciones de Ajita y Jamal en Venecia, que perfectamente podrían pasar por un vulgar spot publicitario de la ciudad de los canales; los calculadísimos chistes diseminados de principio a fin, la dicotomía propia de una teleserie familiar que da pie a la personalidad de Rafi, un adolescente gamberro malhablado con el cerebro derretido por la sobreexposición a la música rap, y que paralelamente manifiesta una ternura singular hacia su padre (inverosímil binomio conductual); o Bushy, alguien bastante prescindible en la novela, formulado nada más que para hacer sonreír a los lectores de Algo que contarte, y cuya oligofrenia puede resumirse —si me permiten el siguiente parangón, que, sospecho, será suficientemente expresivo— como un cruce entre el Cletus de Los Simpson y la interpretación de Paco León en Aída. Ya me entienden: puro efectismo o artesanía cultural. Apuesta sobre seguro.

Sea como fuere, a pesar de lo anterior y del intento fallido de Kureishi por conducir su texto hacia la novela total (al límite entre el acontecimiento histórico —la evolución del Reino Unido desde los ochenta hasta nuestros días— y lo previsible de la psique humana, rúbrica de los mejores narradores del momento), la última ficción del autor de El buda de los suburbios no aporta ningún salto cualitativo sobre lo que de él ya conocíamos, aunque sirva sin duda para mantener a nuestro autor entre los consagrados de Europa.

1 comentario:

Luna Miguel dijo...

Por qué no me has dejado este libro?







Te echo de menos.