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lunes, 2 de julio de 2012

Ratas muertas en la carrera

Aun sabiendo de lo plenamente inapropiadas que son las imágenes escogidas para ilustrar la situación que nos ocupa, lo cierto es que el trabajador español en activo guarda ciertas similitudes con un hipotético Indiana Jones que cruzara un desfiladero no apto para acrófobos, corriendo como alma que lleva el Diablo sobre un puente colgante que hubiese sido fabricado con palos y cuerdas y que va desarmándose a su paso por él, siendo nuestro pobre Indiana del todo consciente de la elevada probabilidad de resbalarse. Y de palmar. A su vez, la panorámica laboral se da un aire siniestro a esas cámaras de gas instaladas en los campos de exterminio, en donde, con las primeras duchas de Zyklon B, los concentrados se apresuraban en balde hacia las salidas bloqueadas, componiendo junto a ellas una horrible pirámide de cuerpos inanimados. La cosa, en efecto, va de carreras de ratas en donde todas mueren antes de llegar al otro lado del embudo. Pues eso, y no otra cosa, es lo que ocurre cuando se decide aniquilar una economía mediante la obstaculización de la iniciativa privada, al tiempo que terminan de estrangularse las industrias dependientes de las ayudas públicas, y se impide así la reconversión de los trabajadores a puestos más demandados o rentables. O resumido con la célebre máxima de Bertolt Brecht: «La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer.»


Y a pesar de la desconfianza natural que provocan los análisis prospectivos en materias sociales, en Prepárate (El futuro del trabajo ya está aquí) —de la catedrática en la London Business School Lynda Gratton— se reúnen una serie de datos económicos, demográficos, tecnológicos, sociales o medioambientales que permiten rebajar la incertidumbre acerca de lo que nuestras vidas laborales serán dentro de una década, cuando, parece ser, el vendaval actual haya amainado de largo. Entre las ideas que el ensayo maneja, Gratton advierte del impacto que el agotamiento de los combustibles fósiles y el cambio climático tendrá en menos de veinte años (naturalmente considerando los requerimientos tecnológicos de India y China), y de la necesidad de un tránsito sosegado hacia nuevos modelos de consumo energético. Gratton, sumándose a la estela del postfeminismo, estima que la cultura empresarial continuará adelgazando sus niveles de testosterona, al tiempo que volverán a contraatacar las epidemias melancólicasque tanto trabajo dieron a los críticos culturales de finales del siglo pasado[1]. (Lo cual no hace sino refutar la hipótesis por la cual, cuando una masa de ciudadanos supera sus incertidumbres materiales, de inmediato se afana en perseguir conflictos de orden afectivo, oscilando así siempre entre las crisis sociales y las crisis individuales: la idea siempre es tener algún marrón entre manos.) Asimismo la escritora pronostica la disolución de los hábitos laborales convencionales, que ya están acabando con los horarios fijos (money never sleeps; mucho menos en un mapa empresarial globalizado), y la importancia capital que tendrán las microempresas, pues no en balde, el empleado autónomo significa la cima de la ética liberal aplicada al trabajo, en donde no existen ordenamientos superiores y todos los beneficios y fracasos son responsabilidad única del sujeto. No menos atractiva es su observación sobre las implicaciones asociadas a la retirada de la generación del baby-boom del mapa laboral, que se traducirá en un inmenso número de vacantes por ocupar, además de unos conflictos de difícil solución en lo que concierne al reparto de las pensiones[2].
Con todo, la enseñanza más enternecedora del ensayo aparece velada a lo largo de sus conclusiones. Como experta en el entorno empresarial, Gratton se esfuerza en hacer reflexionar al lector acerca de cuáles son las auténticas metas que desea fijarse en su vida íntima y laboral, para sortear así los deseos innecesarios con que el consumismo nos invoca. Este consejo, por lo demás, colisiona directamente con su pronóstico sobre el inminente incremento de la desconfianza y la infelicidad. Es decir: lo de siempre desde Freud y el malestar de la cultura. Y así todo parece apuntar a que no tardaremos en regresar a la máxima por la cual la codicia es buena, aun fingiendo aspirar a cierta moral capitalista moderada. Al menos, eso sí, curtidos ya en las fantasías del crecimiento ilimitado. Algo es algo.






[1] «La gente es más feliz a medida que aumenta el PIB per cápita. En muchos países del mundo ser pobre equivale a no ser feliz, pero ser rico en los países desarrollados no significa necesariamente ser más feliz. Lo que parece estar sucediendo en muchas sociedades avanzadas es lo que los psicólogos Philip Brickman y Donald Campbell llamaron “la rueda de molino hedonista”. Implica simplemente que a medida que aumentan los ingresos, las expectativas y los deseos aumentan —hasta el punto en que ningún aumento en los ingresos, por cuantioso que éste se, nos hará más felices.»
A este respecto es interesante comparar el análisis de Gratton con el de William T. Vollmann en Los PobresUn libro que dice lo mismo, pero al revés. 

[2] «(…) Algunos observadores, incluido el comentarista David Willets, creen que esto causará profundas tensiones entre los miembros de la generación del baby boom ya más envejecida y las generaciones X e Y, cuyos miembros tendrán que financiar sus jubilaciones. Él lo llama the pinch (el pellizco), el momento en el año 2030 en que todos los miembros de la generación del baby boom se habrá jubilado. Willer juzga con dureza a los miembros de esta generación. Los ve como la generación más consentida del mundo desarrollado, aquella que ha dilapidado el patrimonio que sus prudentes y parsimoniosos padres les habían dejado, y que no tienen previsto dejar mucho a sus propios herederos. Se han ido gastando su capital en vacaciones o en coches. En contaste, los que les siguen ahora se tienen que pagar sus estudios universitarios, acumulando altos niveles de deuda, y les cuesta mucho encontra trabajo, y aún más comprar propiedades y ni se pueden plantear la idea de costearse un plan de pensiones. Será interesante ver hasta qué punto las tensiones intergeneracionales que Willets predice se cumplen.»


sábado, 16 de junio de 2012

Cocaína, Speed, Setas, Mescalina, MDMA y toda esa mierda ilegal

This cocaine will bring you to a huge immense
Serious climax
We are public enemy number one
This is fucking paradise
Cocaine (x9)
Cocaine, Speed, Mushrooms, Mescaline, MDMA.. and all that shit, illegal
Cocaine for the dutch society
Cocaine: Your biggest friend
Cocaine
Coke
We scar your motherfucking face, motherfuckers
1. Si echamos un vistazo al papel que las drogas y su legislación juegan en nuestro tiempo, obtendremos dos noticias para el pensamiento liberal: una buena y una mala. La buena es que no importa cuánta censura quiera imponerse al sujeto: él se ocupará de sortearla en su beneficio; la mala, en cambio, es la negligencia, apatía o ignorancia que ese mismo sujeto demuestra ante la cuota inmoral contenida en sus intercambios económicos. Y eso, naturalmente, cuestiona el derecho a aumentar sus libertades, desembocando así en el arduo interrogante totalitario, «Libertad, ¿para qué?».
2. En nuestro desolador contexto económico, tres son los discursos que se ofrecen para intentar otorgarle sentido y encontrar soluciones. El primero es institucional, y por decirlo de algún modo es el que se ocupa de referir como «línea de crédito» lo que todo aquel con dos dedos de frente entiende como «rescate», cuando no de negar las burbujas y las crisis. El segundo halla su núcleo en las escuelas de pensamiento crítico (extrema izquierda y liberales auténticos), y su procedimiento, en lo que con maledicencia podríamos comprender como un ejercicio oportunista que vela de manera acrítica por los derechos de los menos poderosos,  casi siempre es el de disparar contra el primero de los discursos (v.br., «es necesario nacionalizar la banca, dado que no es razonable privatizar el beneficio y socializar las pérdidas», junto con «es necesario dejar desplomarse a la banca, o bien capitalizar su deuda, dado que no es razonable privatizar el beneficio y socializar las pérdidas»). El último, aun sin perder de vista la crítica anterior, no sólo agrede a las políticas institucionales, sino que también busca las causas del problema en las capas sociales más afectadas por el mismo, y eso es lo que Žižek hace cuando opta por afirmar que el 99% de la gente son unos «idiotas aburridos», o lo que en España maliciosamente hacemos al preguntarnos cómo es posible que un rústico inhábil obtuviera una mayoría absoluta con medios democráticos. Con seguridad, la tercera opción es la más apetecible.
3. En La SoluciónAraceli Manjón-Cabeza se posiciona en ese segundo nivel de discurso, armado a partir de la crítica a la inutilidad de las prohibiciones para frenar el consumo de drogas, puesto que, al parecer, su consecuencia ha sido absolutamente contraproducente, y además ha significado la cesión de un mercado especialmente lucrativo al crimen organizado. Sí y no. De tal suerte la profesora traza un mapa que atraviesa un vasto historial de acciones preventivas y legislaciones fallidas (siendo la Ley Seca el fracaso ejemplar), y un museo de los horrores derivado de las actividades de los propios gobiernos (léase el epígrafe titulado «El crack, la Contra nicaragüense y la CIA») y de los grupos que extralegalmente manejan en todo el mundo el tráfico de sustancias. Con todo, La Solución omite la responsabilidad que recae sobre el consumidor final, a quien naturalmente no es posible excluir de la cadena de producción y distribución criminal, ni con justicia abunda en las consecuencias reales que significaría una nueva regulación en el marco de las drogas. Veamos.
4. El argumento por el cual lo que importa no es la herramienta, sino el uso que de ella se hace, igual sirve a los partidarios de la legalización de las drogas, que para cachondearse de los comentarios sobre cultura contemporánea que Vargas Llosa vierte, que a la Asociación Nacional del Rifle. Paradojas liberales. Y La solución inicia su itinerario partiendo de un enunciado de Paracelso: «nada es veneno, todo es veneno: la diferencia está en la dosis». Algo que con clarividencia difícilmente podemos aplicar a sustancias que afectan a la tolerancia del organismo y su adicción, e incluso a la percepción que el consumidor hace del autocontrol sobre su cuerpo. No en vano millones de fumadores, bebedores habituales y enfermos de cualquier tipo (del consumidor de antidepresivos y ansiolíticos al diabético), lamentan su sometimiento a las industrias tabacaleras, alimenticias o farmacéuticas, con la diferencia, claro, de que los primeros casos de consumo regular se iniciaron por voluntad propia, y los últimos no. Nadie desea ser un adicto.

5. Aceptar que las drogas legales (tabaco y alcohol) causan más muertes por su consumo que aquellas que se obtienen en el mercado negro, en verdad, parece otra razón para dilatar aún más la prohibición, pues es obvio que el índice de mortalidad más elevado se corresponde aquí a una disponibilidad y tolerancia social mayores. Asimismo, cierto es que si los consumidores habituales de cafeína (industria legal que, por cierto, se enfrenta al problema ético del comercio justo y la desregulación comercial) sustituyésemos cada cafetera o botella de Coca-Cola por líneas de anfetamina del tamaño de un dedo anular, engrosaríamos poderosamente las arcas públicas, aumentando de un modo curioso los presupuestos en sanidad, y al mismo tiempo incrementaríamos nuestro rendimiento laboral. Suena bien. Por si fuera poco, a la vez solucionaríamos el problema de las pensiones: nuestra esperanza de vida se rebajaría de manera escandalosa. ¿Solución optima? No sé yo. No menos cierto, por lo demás, es que la prohibición actual trae consigo la disminución de la tasa de mortalidad en los países consumidores, y su rebaja en los productores. Y tampoco es eso.

6. La solución se muestra a favor de «un sistema de legalización controlada por el Estado», que permitiese castigar usos irresponsables (por ejemplo, la conducción bajo los efectos de la droga). Sin embargo, no parece ésta la propuesta más razonable, en un clima político donde ya se ha ratificado de largo el sometimiento político a los intereses corporativos. ¿Significaría su propuesta —como asegura la autora— el consumo de sustancias de mejor calidad? Sí y no. Es muy probable que vuestro camello os intente estafar más que vuestros gobiernos, pero no menos cierto es que son las legislaciones las que han permitido unasindustrias cárnicas que justifican de largo la opción vegana y vegetariana, el incremento de nicotina en los cigarrillos en favor de las empresas tabacaleras, o los ya mencionados injustos intercambios entre países productores de café y sus consumidores, por no hablar de los desproporcionados márgenes de beneficio en la venta de bienes de consumo producidos en otros países. Habrá que interrogarse, entonces, si la lacra halla su núcleo en la inútil regulación mundial, o en la gestión del deseo de los consumidores, incapaces de acatar decisiones adecuadas ante el infinito abanico de productos que la economía de mercado nos ofrece, y seguirá ofreciéndonos.

viernes, 25 de mayo de 2012

«No volveré a cuestionar la crítica en internet» (x100); o: Hacia un refinamiento de lo ‘hooligan’

Como espectador curioso, creo percibir una laxitud en la musculatura intelectual de ciertos críticos cualificados, cada vez que estos se esfuerzan en penetrar en los más insalubres e infectos rincones de cierta crítica digital (modo Elitismo Sumo encendido), con voluntad antropológica y elevadas aspiraciones, precisamente por la desigualdad de los contendientes en la escaramuza que inevitablemente supone semejante operación. Naturalmente, estoy aludiendo aquí a artículos como aquel ya célebre sobre la «crítica kitsch» de Alberto Santamaría y su reciente continuación «No es punk esa crítica», a Ignacio Echevarría en «De la crítica en Internet», o desde este mismo espacio a los comentarios de Andreu Jaume en «El lecho de Procusto». Y esa impresión de estar mirando un partido de pretemporada, en donde algún gran equipo europeo agujera despótico la portería de cualquier rival proveniente de Oceanía, o de asistir a una incoherente guerra relámpago entre un ejército moderno y profesional contra un modesto coágulo de bárbaros apenas armados con cerbatanas y rudimentarios pinchos de sílex, con justicia halla su recompensa en el sanguinario júbilo de la discusión. Total: que sólo el carácter infinitamente sádico del espectador puede incentivar a seguir leyendo acerca del vicioso entretenimiento de las bitácoras de mis insignes colegas Carlos Tongoy y la Sargento Margaret. Así que aquí vamos de nuevo.
Cuando Alberto Olmos publicó hace un año y medio Vida y opiniones de Juan Mal-herido, escribí para el desaparecido EP3 un artículo titulado «El villano de las letras españolas»; un titular del que creo arrepentirme tiempo después, antes que por la deriva del propio Juan (en concreto ese libro presenta una más que coherente y sagaz interpretación del fenómeno literario, logro que no ha sido obtenido después cuando se ha perseguido un modo de crítica con equivalentes fines justicieros), por la de sus incapaces epígonos. Creo entender que a los blogs arriba mencionados popularmente se les ha concedido ese mismo halo de villanía que yo creí ver en Juan, favorecidos asimismo por el hecho de que el hombre se incline más al vicio y la desobediencia que a la rectitud. Pero lo cierto es que, si de moral hablamos, su voluntad como críticos se acerca más a la de cualquier agobiante y predicadorchupacirios. ¿Qué si no podría inferirse de alguien cuya vital preocupación máxima es la de salvar al libro de los peligros a los que el cruel mundo moderno le expone?
No preguntes qué pueden hacer los medios por ti, sino qué puedes hacer tú con los medios, se trata de una de las cuestiones, se me ocurre ahora, menos consideradas a la hora de entender el fenómeno. Aunque incuestionable sea su éxito de visitas y comentarios, igual YouTube aparece atestado de videos de gatos y bebes haciendo monadas, y ningún usuario con dos dedos de frente leerá esos documentos como cinéma d’auteur. O eso quiero creer. O por recurrir a un símil mediático, cuando hace unos meses Público anunció su cierre, rápidamente Internet se lleno de quejas de lectores huérfanos de una publicación diaria que diese cuenta de sus motivaciones políticas. Si bien esa orfandad en ningún caso se traduciría en una estampida masiva de los antiguos lectores del diario de Roures al quiosco, con el objetivo de comprar y leer masivamente y con igual diligencia La Razón. Antes al contrario: La Razón, para esos lectores concienciados, siguió siendo una interminable fuente de cachondeo por sus portadas y reportajes. Y así las bitácoras arribas mencionadas continuarán haciendo su papel bufonesco gracias a la infinita fuente de diversión que aportan sus hilarantes comentaristas, bramando furiosos y blandiendo el puño contra el estado de las cosas, antes que por la habilidad de sus administradores para liderar ninguna opinión. Europa y el euro se hundirán, y su apocalipsis seguirá siendo el declive de la cultura en manos de unos malvados cabildos zampafetos con aspecto de Gargamel. Pues ea.
Aquellos que nos formamos en facultades de periodismo sabemos del infinito aburrimiento que provoca el debate acerca de la objetividad informativa y su carácter de debate irresoluble, y hace unos meses Milo J. Krmpotic recordaba en Qué Leerque  «uno de los grandes caballos de batalla es el ya clásico apartado de la endogamia»Pero arrojar de nuevo este problema al tapete es una estupidez.Antes de los blogs, a la contracrítica le preocupaba solucionar las fallas entre los intereses publicitarios y corporativos de los suplementos y la justicia de sus artículos; y con los blogs, la sospecha pasó del análisis corporativo a la posición en el campo literario que cada crítico ocupaba. Total: seguimos donde estábamos. Vicente Luis Mora trató de limar, muy bienintencionadamente, esta clase de sospechas clarificando en sus entradas su relación con el autor del libro y la editorial; pero tiempo después, las estadísticas parecen revelar que la práctica totalidad de sus críticas se realizan sobre materiales con los que mantiene una relación nula, lo cual, si es deliberado, ya resulta un agravante contra su libertad como crítico. Por mi parte, quiero creer que la razón es la que se impone a la discusión literaria sobre estériles e infames sospechas de intereses, y que la crítica se distingue sólo entre las lecturas que admiten réplica y los que no. Y ya. Añádase que si nos mantuviésemos en esa impenitente actitud de sospecha, ningún crédito podría concederse al anonimato, ¿pues no cabría pensar, por ejemplo, que existe algún tipo de causa y efecto entre el hostigamiento a —qué sé yo— RHM y el agasajo a otros sellos (v.br., 12 y 3)? Naturalmente no seré yo quien barrunte esta clase de conjeturas, aunque sería lo propio en alguien que aún confía en el escepticismo como forma de vida.
A los anteriores inconvenientes de la así llamada crítica kitsch podría añadirse lamezquindad de su fallida y estólida sátira o la rudimentaria e inepta aspereza de su escritura, pues incluso para ser un hooligan de primer rango hace falta un cierto refinamiento en los modales, como así sucedía con el viejo Juan. Pero lo que mayor urgencia precisa ahora es reconducir el debate a los caudales que merece, y distanciarlo de ese fallido marco tecnófilo, en donde continuamente se presta atención al soporte y se interpretan las cualidades del papel y de internet. Afortunadamente, una de las exiguas ventajas que la coyuntura social ha aportado a la discusión es la disolución de la antigua dicotomía entre capital simbólico y capital económico, pues nadie escapa ya a la crisis de la segunda, y así, si la crítica en los blogs ha fracasado, ha sido sólo porque después de casi diez años en activo, el medio ha sido incapaz de mantener a los mejores agitadores con incentivos reales —es decir, actualmente el ejercicio significa un sacrificio de tiempo, en lugar de un ingreso de cualquier tipo—, confiriendo algún tipo de voz a los mediocres,  y anulando así la posibilidad del buen hacer. En resumen: Capitalismo para todos, o la cortesana va a al arroyo.

miércoles, 16 de mayo de 2012

"Aladino y los flips del palo en Rawalistán sobre su mágica patineta"

He ahí el título de mi contribución a la Black Pulp Box, el mastodóntico y encomiable proyecto de antología que hace un tiempo emprendieron Luis Gámez y Aristas Martínez, y que finalmente acaba de llegar a las librerías. En Tenían veinte años y estaban locos podéis echar un ojo a un extracto del relato, con el que, por lo demás, me lo pasé especialmente bien trabajándolo.

(foto de Black Pulp Box)

sábado, 12 de mayo de 2012

"Intento cachondearme del hombre de letras", por Eduardo Laporte

Aunque suelo apartar en la barra lateral las entrevistas y críticas que van apareciendo a propósito de FC, dejo aquí esta entrevista que me hizo Eduardo Laporte, publicada en El Correo Español e inédita en la red, y que me agradó especialmente. Con preguntas y temas variados y jugosos. Mola. 


jueves, 10 de mayo de 2012

Vida de los poetas españoles más eminentes


No he venido a negociarlo; / no llegué lejos por hacerme el simpático

Reunir en una misma pista a Mucho Mu y Kase O despliega en el canon del rap en español las mismas implicaciones —por usar una comparación tan grosera como delicada— que la aparición de un incunable a cuatro manos compuesto entre Cervantes y Shakespeare. Más o menos. Si a eso agregamos que el tema, misteriosamente inédito y sólo filtrado al público a través de la red, recupera dos himnos de los años dorados del género en España (Con esos ojitos, editado como maxi single en 1997, del lado de Mucho Mu; y Ballantines, que apareció en el álbumGenios de Violadores del Verso dos años después, por el lado de Kase O); nos encontramos entonces con que KIKI SOUND tal vez sea el mejor material para comprender la materia de la que el genio de estos dos eminentes poetas se compone. (Naturalmente, no entraremos aquí en consideraciones acerca de si es o no el rap un género lírico: lo que traiciona a los orígenes de la poesía mediante su asociación con la música; la oralidad, la rima y la popularidad de su expresión así lo recuperan.) Al lío.
Luzco una mirada del palo:/ qué hijo de puta soy cuando clavo un truco nuevo, tío
No es improbable que el rasgo más significativo de Mucho Mu sea su nasal timbre de voz. Técnicamente, Mucho Mu nunca se ha revelado como un emcee especialmente atraído por la virtud formal: sus métricas y su flow apenas experimentan altibajos, y en la dimensión verbal, M.M. tampoco ha emprendido grandes proyectos a la hora de jugar con el idioma; antes al contrario, en todos estos años ha rechazado la ampliación de horizontes, esforzándose en concretar y delimitar con claridad las fronteras de su imaginario —El Prat-Barna, Bananas, Cocaína, Chicas, Vacas, Vacilar, Marihuana, Pasta, Calle, Cabrones Con Más, Heineken Fresca… son algunos de los conceptos que con más frecuencia aparecen en sus libretos—. Con todo, el genio de M.M. se ha elevado hacia las más altas cimas, además de por su reconocible timbre vacilón y ultraguapo, por la constante elaboración del personaje del propio M.M. en ese subgénero del rap que es el egotrip, culminado en su fase más reciente en el excelente trabajo realizado con los productores Cookin Bananas.
“Lo mejor de todas las cosas que giran a mi alrededor no es tenerlas, es conseguirlas; y lo mejor de conseguirlas, es tenerlas”
M.M. revela así la constatación de que el arte y la literatura precisan de una inteligencia intuitiva, que supera de largo las mesurables cuestiones formales para penetrar en las simas del alma y la empatía humana. M.M. es su propia obra de arte, y como tal, se erige y expone sólida y armada con unos rigurosos cimientos políticos y morales. M.M., lo más seguro, dispone de un pensamiento positivo que ninguna relación guarda con la habitual rentabilización del pesimismo en el género. Su postura, la que se infiere de sus libretos, es liberal («Mucho Mu dice: juega y gana»), confiada en sus habilidades, displicente con cualquier autoridad, a ratos deliberadamente impopular, elitista, aristócrata, desconfiada, esencialmente pragmática, muy favorable al capitalismo (por lo demás,difícil resultará encontrará ningún género literario como el rap que muestremayor preocupación por lo microeconómico) y amorosamente desordenada. El carisma de M.M. arrolla como bulldozer. Cualquier intento de parar su pepino va a ser en vano, cabrones; no hay libros de instrucciones para parar esto.  
“”Tengo los nervios destrozados depresión tras depresión, no es fácil ser quien soy, pero cuando me siento el mejor, como hoy, veo la luz y pienso, buf, vaya cruz que llevas tú homeboy”
Del lado de Kase O, el polígono que componen sus vicios y virtudes como vocalista presenta un aspecto sensiblemente más equilátero. Elevado a mito en su género ya por la precocidad de su trayectoria —sus primeras cintas datan de cuando contaba trece años, y ya entonces estaba casi configurado la que vendría a ser su idiosincrasia musical—, K.O. sabe bien de la polivalencia de su laringe, capaz de adecuarse a cualquier métrica, así el metrónomo vibre siguiendo ritmos cercanos al drum and bass, el jazz o el metal, al tiempo que vertebra a sus líricas a partir de glosarios menos popularesmás poéticos, elaborados e infrecuentes, y por ende menos reconocibles, más dispuestos a la sorpresa;maneja cómodamente los juegos de palabras y no se priva de las alusiones a la poesía clásica. K.O., sin lugar a dudas, es un virtuoso formal, también con el aval de un timbre severo y poderoso.
En el marco poético y emocional, las líricas de K.O., aunque de más vastos horizontes, remiten a sensibilidades más transitadas: suyo es el dominio de la metaliteratura, al tiempo que coquetea con la reivindicación y denuncia política y anticapitalista, los desarreglos amorosos, el retorno a la ingenuidad de la infancia, el liberalismo cultural, el arte como ejercicio de catarsis y la normalización de la psique neurótica, y todo ello acompañado por una leve y paralela sensación de fracaso de semejante programa moral como forma de vida.
Para mí es obligación vivir sin mesura; hay que perder las composturas,
y notar que la vida se nos sale por las costuras
Y hasta aquí los eminentes; habrá tiempo de hablar, tal vez, de los poetas menores.

viernes, 20 de abril de 2012

La noche de los libros

El próximo lunes 23 de abril estaré con Javier Gutiérrez hablando acerca de literatura y edición en España, a las 11.30 a.m. en La Buena Vida, Madrid. Más info aquí. 

miércoles, 18 de abril de 2012

Contrapropaganda: Los mercados financieros explicados a un soltero de oro, o El Rojo Conservador (IV)

This present crisis is not just a matter of political structure, abstract theories, and debates about things that do not impinge on ordinary life. The crisis of civil society impacts upon us in the most intimate way.
Phillip Blond
1. Partamos de que las estadísticas acerca de la población británica que Phillip Blond maneja en su libro Red Tory (How the Left and Right Have Broken Britain and How We Can Fix It) son universales: el grueso de la población desea tener relaciones estables. No obstante, tras la liberación sexual desarrollada desde finales de los sesenta, y de la que —como Zizek apuntaba bien— “ha sobrevivido el hedonismo tolerante cómodamente incorporado a nuestra ideología hegemónica”, la atomización de la familia y las relaciones seriadas han marcado la pauta de la subjetividad contemporánea. Siguiendo con lo anterior, ahora imaginemos que usted está felizmente comprometido y desea llevar a cabo una relación extramatrimonial; en caso de que ésta llegue a buen puerto, usted dispondrá de dos opciones: la primera pasa por plantarse, y la segunda por seguir arriesgando. Sabe bien que si sigue metiendo dinero en la ruleta puede perderlo todo, pero aun así sigue adelante.
Con esa segunda opción, usted estará alimentando paralelamente dos mercados: el legítimo, que seguiría los parámetros de un capitalismo ético (de su esfuerzo dependerán en gran medida sus beneficios), y el ilegítimo, que se parece bastante a jugar a la bolsa, pero sobre todo a una burbuja económica: usted está produciendo unos beneficios que en principio extralimitan los recursos del mercado que se le asignan, ejerciendo además una suerte de monopolio de dudosa moral, y que, de ser desvelada la argucia, probablemente su cuenta de ingresos (afectivos) no sólo se quede a cero, sino que además puede descender al infierno de los números rojos.
A grandes rasgos, esto es lo que le sucedió a la economía occidental hace cinco años, y desde luego lo que siempre le sucede a los descerebrados inversores que se montan sobre la burbuja de turno y luego son incapaces de acotar su —digámoslo así— natural instinto codicioso: de estar felizmente comprometidos, y aun gozando de una envidiable prosperidad, pasaron a mantener ilegítimas relaciones de mercado que no supieron gestionar, cegados por la fantasía del crecimiento ilimitado.Eso ocurre, en efecto, hasta que el fraude es desvelado, que es cuando se pasa de participar en un mercado doble a no tener nada, contrayendo a su vez deudas. Y naturalmente, la depresión acaece.
No en vano, el sabio y elitista H.L. Mencken afirmaba, hace casi cien años, que a pesar de la contraria creencia popular de las mujeres, apenas la totalidad de los americanos de la época eran infieles a sus esposas, lo cual no se debía tanto a la virtud como a la falta de coraje. “Precisa más iniciativa y atrevimiento empezar un affair extralegal que lo que la mayoría de hombres pueden permitirse.” De haber vivido en los años previos a la debacle financiera, seguramente Mencken se habría escandalizado ante el dantesco espectáculo de toda aquella gente que emprendía inversiones que exigían mayor sangre fría de la que sus laboratorios hematológicos decretaban. Hay que saber bajarse a tiempo de la burbuja, es lo que seguramente habría concluido el Sabio de Baltimore.
2. Pensaba en la anterior parábola mientras leía el fascinante ensayo titulado Red Tory, que seguramente es una de las mejores propuestas políticas aparecidas durante la crisis. Procedente de las islas británicas —de allí surgieron los híbridos inventos del neoliberalismo (mal) euroescéptico (bien) de la Señora Thatcher, o el socioliberalismo de Tony Blair, que acabó socavando cualquier depósito de confianza en los partidos de centro izquierda europeos—, llegó Phillip Blond, el teólogo anglicano que probablemente pase por ser una de las mejores propuestas éticas para nuestros días. Entre las ideas más significativas de Blond se encuentra su voluntad de escapar del mercado y del estado mediante el regreso a la sociedad civil (algo muy característico del movimiento 15-M, por lo demás) y los grupos sociales primarios disueltos en los últimos cincuenta años, la —habitual— denuncia del libre mercado mediante el constante tendido de puentes entre la moral económica y la moral social, y la feroz crítica a esa izquierda que aún sigue defendiendo, arrastrando el imaginario de la contracultura de mediados de siglo XX, el libre, utilitarista y embrutecedor consumo de sujetos y paraísos artificiales [1].
Aun blandiendo un programa político muy concreto, y orgulloso de sus propósitos literarios moralizantes antes que simplemente analíticos, Blond se inscribe así en esa nómina de sociólogos atraídos por la economía de las relaciones humanas. Leído después de Becker, Bourdieu, Levinas, Illouz o Fernández Porta, tal vez lo más interesante de Blond sea su manera de sintetizar los fantasmas de la sociedad occidental en las últimas tres décadas. Ante la imposibilidad de amar cuando la economía va viento en popa —materializada de manera exquisita por aquel yuppie dePat Bateman, seguramente pasado de cocaína, que corría escaleras abajo con una motosierra detrás de una prostituta—, y ante la imposibilidad de satisfacer las más elementales necesidades cuando el inmoral capitalismo ficticio se va a pique, Phillip Blond tiene la solución. Vota al conservador rojo.
Die Yuppie Scum

[1] Por lo demás, esto no significa que Red Tory sea un panfleto pacato o moñas, pues ya se encarga el teólogo en diseminar ciertas pistas por las que se infiere que su deseo no es el de devolvernos a una era neovictoriana, tanto como el de invitar a la reflexión para optimizar la gestión de nuestros deseos; v.br., “Cierto grado de liberación sexual era necesaria, y podría haber llevado a una profundización en las relaciones de fidelidad entre hombres y mujeres.” Pues a fin de cuentas, ¿qué define la libertad si no las necesidades?

miércoles, 4 de abril de 2012

Contrapropaganda: Vidas de santos, el complejo (III)

Conocemos como síndrome o complejo ante las vidas de santos el conjunto de  posiciones tácticas a la defensiva que el ciudadano adopta ante los discursos contrapropagandistas, que amenazan su rango de sujeto adulto. Verbigracia, es en el célebre video en el que Aznar se mostraba renuente a que la DGT ejerciese el control sobre las copas de vino que podía consumir a la hora de manejar el volantedonde mejor se concentra dicho complejo. «¿Y quién te ha dicho a ti que quiero que conduzcas por mí?», se quejaba el ex presidente, apoyándose en esa actitud de desobediencia a la autoridad típicamente macarrilla y juvenil del chaval desorientado que no acepta las normativas del padre. Pero como siempre: hay malos padres a los que exterminar cuanto antes y buenas autoridades a las que mimar.
Dentro de ese síndrome no es infrecuente la réplica que busca dar caza y captura a las fisuras morales que rebajen la calidad del discurso agresor; de lo cual, por cierto, se deduce que la moral jamás dejó de ser importante. Si no, ¿a qué iba a deberse la conducta ofendida del acomplejado? Si uno echa un ojo a las preguntas con que la prensa suele abordar la obra de Miguel Brieva, que para eso probablemente es el mejor contrapropagandista español, advertirá la presencia de un interrogante fijo, más bien cretino (o bueno, en realidad muy cretino), que en principio debería reflejar las inquietudes de los lectores: por qué publica en una multinacional (atención al titular en esta entrevista de Carmen Mañana, «Me he corrompido para defender ciertas ideas», que lo dice todo), cuando no por qué tala árboles que sirvan como soporte a sus ecologistas viñetas. Bueno.
De manera subterránea, el objeto de tales preguntas es limitar el valor del enunciado que blande el contrapropagandista, humanizar al santo, atildar sus errores sobre su condición sobrehumana y aliviar la culpa que provoca dialogar con el sujeto de elevados principios, pues eso es lo que se espera en una sociedad en la que sólo puede caber una sola clase y en la que todos somos desobedientes a la par que adultos.
De vuelta a Aznar, casi más interesante que su voluntad de manejar el volante con las copas que él considere oportunas es otro comentario en ese mismo e infausto video: «A mí no me gusta que me digan: “no debe usted comer hamburguesas…”», entre otras razones porque son el vegetarianismo y el veganismo dos de las prácticas que socialmente se encuentran más expuestas al síndrome de las vidas de santos.
Aquí van, así pues, algunas razones por las que el señor Aznar no debería comer hamburguesas. Uno. Porque las dietas occidentales, fundamentalmente carnívoras, presentan elevados índices de enfermedades como la obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares y cáncer, estando una tercera parte de los cánceres vinculados a este tipo de dietas (así lo asegura Michael Pollan aquí). Dos. En el caso de que le traiga sin cuidado su propia salud, puede ponerse al tanto de cómo afectan sus costumbres a otras especies sintientes, dado que a mí también me trae sin cuidado su propia salud (en este sentido, me llama poderosamente la atención el hecho de que el grueso de las campañas antidroga se centren de manera narcisista en los daños que implican al consumidor, en lugar de centrarse, por ejemplo, en sus implicaciones en la economía sumergida; o dicho de otro modo: me importa una comino que os hagáis harina el cerebro, si bien lo que no me trae sin cuidado son los cocaleros colombianos). Hay numerosa información sobre el funcionamiento de losmataderos industriales en nuestro tiempo, si bien puede empezar por echar un ojo al video abajo colgado. Tres. Si incólume resiste al visionado, considerando que las mujeres y los negros tienen derechos, pero no así otros seres sintientes, y por eso bien está reventar a palos a los cochinos que digiere; entonces puede preguntarse acerca de los cultivos transgénicos, apenas inventados para sostener las dietas occidentales; o del impacto que producir carne industrialmente (para luego vender hamburguesas a un euro en un fastfood cuyos escaparates serán llorados en algún periódico nacional cuando en mitad de una huelga a alguien se le ocurra pegarles fuego) tiene en el medio ambiente y en la propia comida consumida[1].
Cuatro. Y si aun así, entonces es de los cínicos que se preguntan: «¿cómo vamos a imponer a alguien que viene de los países del Sur —o del subdesarrollo franquista, para el caso— una dieta basada en legumbres, verduras, frutas y cereales?», entonces la respuesta es sencilla: como sigamos hinchando la burbuja alimentaria, y los BRIC se sumen a las dietas occidentales, su estallido tendrá consecuencias mucho peores que  las de una burbuja financiera, pues, embobados aún con la fantasía de los recursos ilimitados, no nos quedará otra que comer nuestra propia deposición. Y ni vosotros ni yo queremos eso.
A fin de cuentas, Aznar aportaba un importante condicional a su reclamo para actuar como le viniese en gana: «Mientras no ponga en peligro a nadie», decía, afortunadamente. Algo más tranquilos nos deja.

[1] «Nuestros agrosistemas industriales producen graves y crecientes impactos ecológicos, entre los cuales cabe contar: desforestación, desertificación de extensos territorios, destrucción del suelo fértil, pérdida de biodiversidad, alteración del ciclo global del nitrógeno, difusión de tóxicos biocidas en el ambiente, sobreexplotación y contaminación de los acuíferos, sobreexplotación de aguas superficiales (sin respetar un mínimo caudal ecológico de los ríos), despilfarro de agua (captada a menudo con gran impacto ambiental), eutrofización de lagos y mares, enorme despilfarro de energía…»
Jorge RiechmannHacia una agroética”

La literatura como laboratorio

El próximo 19 de abril estaré en la Universidad de Salamanca con Alberto Santamaría, Sergio Fanjul y Antonio Marcos en esta mesa redonda acerca de literatura y blogs.