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sábado, 9 de febrero de 2008

Elisabeth en escala de grises (Alegoría de la autodestrucción)

Lo mío es hablar en estado de shock; la inconsciencia, como la sociedad que frecuento. He recibo el golpe más duro de mi vida y sé que las secuelas (algunas de ellas) serán incurables. Estoy condenado a hablar congelado en el tiempo. Es terrorífico pensar en dar el paso definitivo sin ti, Elisabeth, por lo que prefiero anclarme en el limbo y deshacerme de cualquier emoción. Sin ti, querida, me conformo autista. Bebo cerveza en una discoteca del centro de Madrid cualquier día entre semana después del trabajo. Alrededor todo es jolgorio; risas y vasos de tubo que se caen y hielos que se convierten en agua de alcantarilla a nuestros pies. Suena Oasis, Nirvana, Lenny Kravitz, Sugarplum Fairy, Red Hot Chillie, Ozzy Osbourne. Yo, sin embargo, fijo la mirada en un punto cualquiera de los pósteres que empapelan las paredes del local y de repente veo el último recuerdo que de ti me queda. Hablamos a través de un programa de mensajería instantánea y estás tú en la esquina superior derecha de mi ordenador, envuelta por un albornoz y ante una taza de leche con cacao que te hace detener tu discurso para sorberla. Nos separa un filtro en escala de grises. Me dices, con una frivolidad que asombra, una frivolidad que, ante la ventaja de ver sin ser visto —tenía la webcam estropeada—, me hace levantarme de la silla agitando los puños, maldiciéndolo todo, secándome el sudor frío con un pañuelo de cachemir; me dices, digo, que estás cansada de esta relación a distancia. Admites que será mejor que cada cual decida su camino en función de sus circunstancias, y me planteas: ¿para qué seguir arrastrando maletas hasta Barajas? Ay, Nicolás, Nicolás, precisamente esta mañana estuve discutiéndolo con Jennifer mientras engullíamos unos cruasanes recién orneados. Me dijo: Eli, deberíais tomaros un tiempo. No es una situación cómoda para ninguno de los dos. ¡No es una situación cómoda!, me dices que te dijo Jenny. ¡Maldigo la comodidad, maldigo el ideario de vida burguesa y maldigo que me pongas de excusa la molestia de los asientos de la aerolínea Vueling! Fucking seats!, matizas. Son más incómodos que los de la EMT, llegas a decirme con tal de atenuar el golpe, si bien a mí todas tus excusas me parecen patéticas (al borde de la locura), pero… pero… pero… vendería a mi madre por recuperarte, ¿sabes? Vendería a mi madre y a mi padre a un traficante de órganos tailandés. Permanezco callado, me echo a llorar. Cualquier colega de la oficina me recomendaría ver el aspecto lúdico o irónico de la situación. ¿Pero es que nos hemos vuelto locos?. A mí todo esto me parece una tragedia espectacular como el Antiguo Testamento o Shakespeare; una tragedia para el siglo 21. Concluyes tu exposición con las siguientes palabras: ¿te has parado a pensar en mí, Nico? ¡La city me necesita! Y yo no estoy dispuesta a abandonar el Támesis ni mi INTERPOL como tampoco tú lo estás para el Manzanares y tu agencia…

Una chica me pide fuego.

Se lo doy.

Entonces —¿pero qué mierda es esta?—, entonces presiento que el demonio irrumpe serio y despistado en Lagardere, y a codazos se abre paso entre el público eufórico. Viste un plumas rojo y lleva la cabeza rapada y sobre el labio superior luce un fino bigote.

Viene por mí. Me lo merezco.

Acatemos nuestro sino.

Glup.

Así que déjame decirte una última cosa, Elisabeth —Elisabethsobrepósterdeungrupocuyoscuatromiembrosconvienenenllevarelpeloaloafro—, ahora soy yo el que se lamenta de veras. Me digo, ¿cuántos culos has jodido hasta llegar donde estás, muchacho? Y a la cabeza me viene el primer culo que jodí. Literalmente, vaya. Antes de la entrevista de trabajo para la gestora de fondos de inversión en la que ahora me paseo por sus pasillos con una de esas coronas que regala Burguer King en los cumpleaños infantiles. Me da la risa de pensarlo —¡mierda!, ¿por qué ni siquiera se me permite caer en la culpabilidad sin demoler una situación así?—, pero es que fue genial. A ver. Estábamos cinco pavos hechos un manojo de nervios antes de la entrevista, ¿no? Pues bueno, en un momento dado, el que más aspecto de empollón tiene, el que de fijo tiene un master en Alemania, va y se dirige al servicio. Le sigo. Los otros tres se extrañan. Cuando se mete en el váter no le doy tiempo a cerrar la puerta; entro con él y le digo:

—Eres una zorra, y lo sabes.

Y le pongo la mano sobre la boca y los pantalones a la altura de los tobillos y, ¡¡toma, toma!!, ¡casi veinte centímetros de polla encajados en ese culo de oficinista malhadado! Jódete, cabrón.

El resto de culos que jodí es una lista demasiado extensa como para exponer aquí y ahora.

En fin, el demonio le da la espalda a la chica que me ha pedido fuego, y me dice, fingiendo un timbre seductor:

—¿Nos conocemos? ¡Camarero! ¡Eh, eh…!, ¡tú; sí, tú! ¡Garçon! ¡¡Maître!!

—…Dos tequilas, por favor —digo yo, educadamente.

—Oye, muchacho —me dice—, estoy aquí por algo. Estoy aquí porque me caes bien y quisiera darte una segunda oportunidad.

¿Aunque yo ya no me fíe ni me sombra?

—¿Una segunda oportunidad? ¿A qué te refieres?

El demonio se tapa la boca con el dorso de la mano de tal forma que nadie pueda leerle los labios:

—Elisabeth —casi susurrando.

—¿Elisabeth?

Nos detenemos a beber sendos tequilas.

—Voy a proponerte un dilema, chico —y echa el aliento—. Voy a poner en tus manos el transcurso de la historia, ¿ok?

»—No se veía nada igual desde Hitler.

—Está bien.

—Tienes dos opciones: que todo siga igual y tú tan borracho, tan solo y tan lamentable; o bien que Elisabeth entre ahora mismo por esa puerta de ahí y acaezca la Tercera Guerra Mundial. Ya sabes, muchacho, todo favor tiene un coste de oportunidad y…

Ni que decir tiene, este pavo no me asegura que el regreso de Elisabeth implique la paz perpetua entre ambos. Pero qué se le va a hacer.

—De hecho —continúa el demonio con su discurso, con la mirada fija en el vaso vacío de tequila—, no sé qué más puedes exigir a Eli. Has trasgredido ese umbral de los tres años que establece mi apóstol Beigbeder. Poco os tenéis ya que aportar, ¿o no?; ¿o me equivoco acaso? Tenéis vuestros ingresos —y en este punto el demonio me da seguidas palmadas el brazo— y la posibilidad de joder con la elite sexual, Nico. Con la crema de la crema.

»—Pero claro, es que te veo tan enfermo que se me encoge el corazón. Soy incapaz de negarte la posibilidad de llegar a una tregua con Elisabeth.

Decidido entonces.

—¿Y qué he de hacer, maestro?

—Toma esto —el demonio me entrega un mando a distancia—. Si decides esa guerra atómica, capaz de arrasar con cualquier muestra de vida humana sobre la faz de la tierra —cualquiera, insiste—, sin excepción alguna; solo tienes que encender el televisor situado en esa esquina que ves ahí. Un avance informativo dará cuenta de la catástrofe. Entonces, entonces Elisabeth irrumpirá en el local y te dará un abrazo enorme. Enorme.

Clic.

Se suceden las trágicas escenas en televisión: un puñado de árabes ha decidido volarse las pelotas en distintos puntos del planeta a una misma hora —a diferencia de lo que se dice que ocurriera con las Torres Gemelas, en este caso los índices de audiencia no son tenidos en cuenta—. De nuevo Nueva York; Londres y Madrid otra vez; París, Moscú, Berlín, Tokio, Río, el D.F., Sydney, Hong Kong… (The World in flames!) Pero también El Cairo, Kerbala, La Habana y Bagdad. Se trata de una masacre nihilista que da cuenta de la impotencia de la que Baudrillard hablaba, afirma un comentarista; y claro, los EEUU han decidido tirar la primera piedra y erigirse como ejemplares combatientes contra la ausencia de valores. Avisan que en apenas unas horas van a descargar un primer arsenal atómico.

Pero, ¿contra quién?

A ritmo de rock, el público huye en estampida de Lagardere y con él el demonio.

Hay quien celebra la guerra con el vaso en alto.

Y Elisabeth —ay, eres tú otra vez…; tan cercana, tan delicada, tan Elisabeth— entra en el local subida en unos tacones y sobre un fondo de llamas. Se dirige hacia a mí; me empuja contra la mesa de billar.

Luce una sonrisa deslumbrante.

Mientras muerde mi cuello, me dice:

—¿Tienes coca?

Y yo, dispuesto sobre la mesa:

—Mira en los bolsillos a ver.

Elisabeth me desabotona la camisa y lame el erizado vello que crece sobre mi tórax. Se pinta una raya en mi ombligo. La esnifa. Luego me baja la cremallera del pantalón con la boca.

—¿Quieres que te afile el taco? —me pregunta Elisabeth mordiéndose el labio inferior, con el dado azul ya entre sus dedos.

El volumen de la música aumenta de manera proporcional a la excitación de la escena. Suena una canción feliz; una canción de rock que trata acerca de un inesperado reencuentro.

Voy a vomitar de lo contento que estoy, muchachos; tanto que los altavoces hacen estallar los cristales de Lagardere y estos se clavan en las cuencas de los ojos de los insurgentes y en las fuerzas pacificadoras estadounidenses y en los culos de los presentadores de informativos.

Una vez más, amigos, es el amor el que vuelve a triunfar.

1 comentario:

en tierra de nadie dijo...

qué suerte!!

A ver si un día de estos se me aparece el diablo a mí también...

Gran relato.

bss

ETDN