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lunes, 22 de septiembre de 2008

La noche en que los astros se alinean, o el bad trip hacia un mal karma [Un nuevo capítulo de 1, 2, 3...]

Tan mustio como deshidratado, un can basset hound penetra solitario en el desierto de Sonora arrastrando sus orejas cual piedra de Sísifo y esnifa una raya de cocaína que se extiende hacia el sol rojo no, rojísimo, del mismísimo Moctezuma; después, 2 regresa del baño de la discoteca junto a 1, 3 y 3sub1 dándose ligeros golpecitos en el tabique nasal. Así: tic, tac, tic, tac. Como es de prever, el lector se estará preguntando de qué modo es posible que el círculo completo haya convenido por voluntad de cada uno de los componentes en un mismo rincón, si bien, no olvidemos este pequeño detalle, la situación excede los límites de lo tolerable por los escrúpulos de 2: ex 2sub2, acompañada de lo que parece un flirt en toda regla, también rinde culto a la noche bajo un mismo tejado de neones. «!», piensa, con el estómago empantanado de bebida, 2.
Momento entonces de ensayar la jugada: Decepcionado por la austeridad intelectual de 3sub1, que se empeña en elogiar la cocina china del restaurante donde esa misma noche cenó junto a 3, 2 recuerda para sí a Terry Eagleton anunciando que el individuo desestima la posibilidad de una felicidad llamémosle irreal: «Supongamos que lo conectaran a usted a una máquina (parecida al superordenador de la película Matrix) que le permitiera experimentar virtualmente una felicidad completa e ininterrumpida. ¿No rechazarían la mayoría de personas esa tentadora dicha por su irrealidad?)», y etcétera, etcétera, etcétera.
Puesto que conforme avanza el tiempo 2 se muestra cada vez más exasperado ante la búsqueda visual (inútil) de ex 2sub2 a lo largo del local, decide que mejor será lanzarse a la piscina y verbalizar lo que para él es una declaración de intenciones: «Lo cierto es que ahora regreso sobre Eagleton y lo único que se me ocurre decir es que erraba su planteamiento en torno a lo irreal y lo feliz en la medida que ahora tú y yo estamos aquí saturados de Heineken fresca —en este punto 2 clava con fingido cariño sus nudillos en el pecho del otro para a continuación proceder a aporrear a gusto—, disfrutando el sonido de la música disco que repiquetea contra la membrana de los bafles; atravesados por ráfagas de luz technicolor, ¿no? Entonces, ¿qué es lo real?, ¿eh, tío?» Visto lo cual, 1 entiende oportuno preguntar a 2 y 3sub1 que qué tal. Sabe que la bebida actúa en 2 disolviendo todo su ser en un pseudohipnótico chorro de voz consignado a deslizarse en corrientes de zigzag por el terreno que haga falta. No sé si me explico.
—¿Os queda más madera, muchachos? —dice 2, que, ahora sí, acaba de contemplar a través de la cristalera que da a la calle a ex 2sub2 ahogada por su flirt, en posición de loto sobre el capó de un vehículo oriental
Esa noche 3sub1 abandona la partida demasiado pronto, a eso de las 3.00 horas. 1, 2 y 3, pues, retoman posiciones: Beben como si el mañana fuese carne de plagas apocalípticas, y por supuesto, retroalimentan su tristeza a base de bien; hasta cierto punto podría decirse que disfrutan bajando un infernal tobogán en forma de caracol. Hasta cierto punto, insistimos, los tres amigos psicotrópicos no dan un paso sin sentir ante la descarga del frío polar avanzando como un cáncer a lo largo de sus extremidades.
En uno de los pubs por los que continúa la fiesta alguien celebra un cumpleaños. La casa invita a tarta de chocolate. Nuestros protagonistas se dan de comer recíprocamente hasta que se aburren y cambian a un tercer garito —a petición de 1— de ambiente. Allí, 1 empieza a sentirse mal y sale a la calle casi con la certeza de que va a expeler el pastel. Pasados unos minutos recupera el aliento; regresa al local y, ahora sí que sí damas y caballeros, la polémica está servida.
Y bien, ¿ante qué situación se encuentra el atribulado personaje número 1? Hagan sus apuestas.

Llegado este punto podríamos comportarnos como mentes retorcidas y confundir al respetable. Podríamos, en efecto, introducir un cuarto protagonista que ejerciera de especia picante, pimienta de la buena. O mejor aún, referirnos a una muerte por sorpresa (qué sé yo: recuerden que el génesis de todo esto se asienta en buena medida sobre unos atentados terroristas), un coma por sobredosis (nada raro, si uno fuese capaz de mostrar los análisis de sangre de sus propios personajes) o algo así. Pero en ese caso les defraudaríamos a ustedes: todas esas ilusiones vertidas hacia un final feliz, con una declaración de amor de por medio, ¿dónde irían, eh? Ay.
Supongo que es hora de soltar el botón de pause.
Decíamos, 1 encuentra a 2 besándose con 3. Quién lo iba a decir. Su sentido de la responsabilidad ordena a 1 que se marche de ese antro de inmediato. A fin de cuentas, han sido muchas las horas que ha soportado las adoraciones interminables de 2 hacia 3 (verbigracia: «ay, ¿pero mira qué pensará de mí? […] ¿crees que sospechará algo? […] ¿verdad que soy demasiado pequeño para ella? […] ¿me queda bien esta camisa?», bla, bla, bla), por lo que lo lógico sería regresar a casa con el espíritu henchido. Pero no es así; al contrario, 1 se esconde de 2 y de 3 y se dedica a observar lo que estos dos hacen. Cómo se cogen de la mano, cómo se tocan la cara. Desde que conoce a 2, es la primera vez que ve a su amigo en una actitud, vamos a decirlo así, tierna. Se rompe entonces la proyección social de 2 como hombre inconmovible, «un tío con las pelotas en su sitio» —tal como 2 gusta decir de sí mismo—, al tiempo que 1 está a punto de echarse a llorar.
Llegadas las 06.30 horas, la discoteca enciende sus luces e invita a los presentes a que abandonen la sala. 2 acompaña a 3 a su portal y allí se hacen promesas: viajes aquí y allá, los cafés que tomarán en las próximas fechas, las llamadas que se harán a lo largo del siguiente fin de semana; cosas así. Más tarde, de camino a casa, 2 abre su móvil y escribe a 1:
—Con 25 años Alejandro Magno había conquistado el noventa por ciento del mundo conocido; yo, en cambio, lo he hecho con 20.
(Continuará...)