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jueves, 28 de mayo de 2009

El capitalismo, o la lógica financiera de la modernidad avanzada

Es bien sabido que la descripción más inmediata a propósito de la incómoda noción de posmodernidad pasa por citar el más conocido título de Jameson, es decir «la lógica cultural del capitalismo avanzado.» Consideremos entonces la validez que cabría atribuir a la inversión de términos en el enunciado: definir el capitalismo como la (mera) lógica financiera de un proyecto cultural que viene gestándose —fundamentalmente— desde los orígenes de la Modernidad, según podemos comprobar al revisar una serie de teóricos políticos clásicos, cuya lista puede dilatarse interminablemente si además procedemos a desarticular sus versiones literarias, canónicas o no. De la separación del individuo público y privado en Maquiavelo a la teoría de la enemistad como acicate a la evolución de la sociedad en Hobbes («Y si, por tanto, dos hombres desean una misma cosa que no puede ser objeto de disfrute para ambos, se convierten en enemigos»), pasando por el super-yó de Freud como invisible —y por tanto, perfecto— desarrollo de la arquitectura (penitenciaria) panóptica por Bentham propuesta, la pulsión —a priori— inexplicable del individuo moderno en su posicionamiento para con el resto de la masa (Bauman y Schmitt), y por supuesto, el espíritu del protestantismo investigado a cuenta de Weber como referentes más destacados a una cultura que estimula el permanente estado de alarma, lo primero que pasa por nuestras mentes al barajar esta teoría es la conspiración: una radiografía social más o menos marxista que sufre alucinaciones, y allá donde mira halla estímulos inconscientes de la mencionada ideología dominante, si bien se erige como razonable a la hora de explicar las continuas mutaciones de aquélla, y su perpetuación irrefrenable. Siguiendo con lo anterior, se me ocurre también que tal vez vaya siendo hora de dotar de un contenido de rigor, más allá de la estridencia del significante, a la lápida de Alain Minc según la cual: «El capitalismo no puede venirse abajo, es el estado natural de la sociedad. La democracia no es el estado natural de la sociedad. El mercado sí», pues las cinco características arriba mentadas aparecen en mayor o menor medida en los conatos de destrucción del liberalismo: la dinámica pendular de las corrientes intelectuales —críticas izquierdistas o críticas, a secas— desde el siglo pasado o incluso también el altermundialismo parecen hallar exégesis, desde un punto de vista antropológico, en una vía para construir una identidad y el consecuente posicionamiento dentro de la masa («Ser de izquierdas, entre su gente, se había convertido en un ritual estético.», Belén Gopegui [¡!] en La conquista del aire), o el workaholism —predominio del espacio público y encadenamiento al super-yó materializados en la costumbre de producción y consumo desaforados de capital (cultural)— interpretado como seña identitaria del humanista contemporáneo, dan cuenta de lo referido. Seguiremos ahondando en ello.