Páginas

jueves, 7 de mayo de 2009

‘Reductio ad Absurdum’: La enfermedad de ensayar política sobre basamentos estructuralistas

Considérense los debates sobre pensamiento político seguramente como uno de los mayores ejercicios de pobreza intelectual en nuestro tiempo, lastrados por un planteamiento resueltamente estructuralista (y puerilmente maniqueo) de pares antitéticos, así como el vil enfrentamiento entre ambos que ya postulaba con ingenio Mao en su Libro Rojo: «¿Quiénes son nuestros enemigos y quiénes nuestros amigos? Esta es una cuestión de importancia primordial para la revolución. Todas las anteriores luchas revolucionarias de China sólo obtuvieron magros resultados, esencialmente porque los revolucionarios no supieron unirse con los verdaderos amigos para atacar a los verdaderos enemigos.» Ya concluí mi reseña sobre ‘Libro de huelgas, revueltas y revoluciones’ y ‘Un pistoletazo en medio de un concierto’ advirtiendo que cuestiones sobre ideología y cultura estaban, mal que nos pueda parecer, tentadas de caer en los lodos del impresionismo, precisamente porque en la tentativa de aportar o posicionarse en el panorama crítico o revolucionar mediante disertaciones inéditas, la acción más aconsejable (la única, de hecho) consiste en practicar una dialéctica de reacción con respecto al background o biografía lectora de cada cual; mis últimas lecturas políticas así confirman que el ensayo sobre la mencionada disciplina (que por su no compromiso con ninguna institución ni intereses más allá de la aportación de capital cultural debería estar impelido a recurrir a geometrías escherianas: decodificaciones poliédricas y simbióticas de los auténticos ideólogos) acostumbran a revisar la realidad afectados de ceguera en un ojo. Al margen de los ejemplos ya expuestos en el artículo de Quimera, he aquí dos ilustraciones más sobre textos parcialísimos: Chantal Maillard, en ‘Contra el arte y otras imposturas’ (lectura recomendable y próximamente en Berliner), restando/ relativizando importancia a la obtención de derechos subjetivos durante la modernidad —huelga advertir que se adscribe a la herencia frankfurtiana— con aquello de que «ya en el siglo xiii, los habitantes de Suiza, la única nación que se negó a formar parte del mercado europeo, votaba a mano alzada en cada aldea cualquier decisión que hubiese de ser tomada. Una verdadera democracia, en el siglo xiii. En la Francia revolucionaria, en cambio, guillotinaban a la de Gouges por defender las libertades de la mujer», que es como defender que Cuba no tiene fisuras porque su sistema educativo es ejemplar. O Raymond Aron en ‘El opio de los intelectuales’, citado por Brian C. Anderson en su tesis ‘Raymond Aron and the defence of the political reason’ (disponible en la web de la Universidad de Ottawa), desacreditando a Sartre mediante el uso del previsible argumento según el cual si hubiera cruzado el telón de acero sería carne de Gulag, y porque como el realista se plantea —y aquí sí le otorgamos toda la razón que merece—, ¿qué sociedad no ha sido alguna vez injusta?