Empecé a vislumbrar la presente idea revisando textos provenientes de la ¿¿¿tradición??? Afterpop, y confirmé las sospechas durante la reseña de Temporada de caza para el león negro, del mexicano Tryno Maldonado (próximamente en Berliner): La opinión pública lectora, más que sagaz, y esos otros competitivos circuitos literarios, arduos en su examen, dispuestos ambos a revisar con lupa y buscar la justificación de las decisiones que el narrador toma frase por frase (algo parecido a aquel director de cierto periódico estadounidense que preguntaba el por qué de cada sentencia a sus reporteros), como ya anunciábamos en La institucionalización de la envidia; sumados a la caducidad inmediata o volatilidad a la que el intelectual indie queda sometido, dan como resultado una situación difícil de aceptar, pero inexorable por circunstancias históricas, para los productores de capital cultural: trabajar supeditados a los caprichos del marketing, si bien con la minuciosidad y la paciencia agotadora de un Flaubert (ya saben: toda una tarde para poner una coma, toda una tarde para borrarla). Al menos desde comienzos de los 90, de la mano de la —glup— generación Kronen, así han sido las cosas en España. Y la coyuntura no parece manifestar interés alguno hacia el cambio. Ullrich Weisstein ya apuntaba en su Introducción a la literatura comparada que «los éxitos literarios suelen ser superficiales y de corta duración», pues «dependen enteramente de la moda o de algún acontecimiento determinado». Resignarse a aceptar el contrato o morir, es lo único que nos/ os/ les queda, independientemente de que el autor asuma siempre para sí el deseo de adquirir un nicho en los anaqueles de la historia literaria y/ o intelectual. Eso, o aguardar la llegada de acontecimientos verdaderamente importantes, qué sé yo, la iii Guerra Mundial, el hundimiento definitivo del sistema capitalista o una invasión marciana.
lunes, 9 de marzo de 2009
Una verdad incómoda
domingo, 8 de marzo de 2009
‘Guerras Culturales & Geopolítica Urbana para los albores de siglo’ presentan ‘LAS DROGAS. Una cuestión de Ssshulería’
O cómo transformar al abstemio en un tipo molón ahora que Vollenweider vende el arpa en eBay y la New Wave tiene entrada en la Britannica
—Los belgas sois los tontos en los chistes de los franceses, ¿no? —un viejo amigo dirigiéndose a mi compañero de piso Erasmus.
La publicidad que apela a la prevención del consumo de drogas da como resultado una de las guerras culturales más interesantes en los últimos tiempos. Obligada a posicionarse en el cerebro del consumidor frente a su competencia ilegal, descubrimos cómo su discurso ha ido evolucionando del paternalismo fatídico y los dramas ñoño-familiares tipo Traffic —condenadas como son semejantes estrategias a disolverse en la memoria del espectador en el tiempo que tarda cualquier antihistamínico para niños diluido en agua— hacia posiciones mucho más agresivas, más atractivas, más contundentes. Piénsese en la gráfica pergeñada por Sra. Rushmore para Fad en la campaña que lleva por —aburridísimo, nefando— título Las drogas no sólo perjudican a quienes las consumen. Todo tiene un precio, si bien —adviértase también este detalle— televisión y radio siguen la línea didáctico-eclesiástica, suponemos que por culpa de Fad más que del talento contenido en la milicia Rushmore (Es lo que tiene España, su sorprendente capacidad para sorprenderse). A partir de tipografías que remiten a la —glup— cultura de club, y esos gamberros primeros planos de la sustancia tóxica, Rushmore saca el guante dieciochesco y reta a un duelo de caballeros al greñudo junkie que espera en la marquesina del bus liándose un peta. Rushmore no quiere embutirse el pijama de papá burgués que da un beso de buenas noches a su prole en el barrio pijo de la ciudad. Lo que Rushmore busca —y por motivos de guión/ briefing no consigue— es el camino de la invectiva nihilista extrarradial, ese «yo soy más chulo que tú, que tú y que tú» que tanto nos gusta, pues solo siguiendo este sendero es posible obtener resultados auténticos en la presente escaramuza. Precisamente por esta razón sospechamos que llegará el día en el que las cajetillas de tabaco supriman sus anodinas amenazas de cáncer y pérdida de la calidad del esperma (¡Uuuuuh! ¡Qué miedo me das, Ministerio de Sanidad!) por eslóganes más convincentes; algo así como «La nicotina produce sedentarismo. Y tú no quieres ser un gordo miserable. Un perdedor.» Mientras tanto, de eso qué duda cabe, seguiremos releyendo a Burroughs.

Fundamentos del indie: Sobre la búsqueda del referente esotérico
Regresamos sobre la definición del sujeto latiendo en el superego capitalista que Bauman propone en Vida Líquida: «ser un individuo significa ser diferente a todos los demás.» Ergo, entiéndase entonces que la emergencia del estilo indie y la fragmentación del espacio urbano, tanto como del cibernético, en microcomunidades reunidas por referentes que quieren presumirse arcanos, no deja de ser sino el rostro camuflado de nuestra sociedad hiperindividualista, tal como viene anunciándose desde la revuelta del 68 en París (aquellos apuestos mozalbetes de clase universitaria deseosos como eran por reaccionar contra el hombre unidimensional proyectado por Marcuse), y la inspiración que aquello supuso para el mercado: ¿cuántos de los insurgentes se sirvieron de la experiencia sesentayochista para alimentar después los pilares de Occidente? He aquí otro ejemplo más de cómo el acervo cultural liberalista vigente muta y desorienta, en esa cruel lucha por la supervivencia sobre la cual diariamente ha de tomar parte. Explica también este rasgo fenómenos como el ascenso imparable y caída consecuente de ciertas manifestaciones creativas que jalonan hitos de la contemporaneidad: Amélie es, tal vez, el paradigma. Retrato perfecto de las fantasías recreadas por la clase Bourgeois Bohemian de la que Brooks habla en su hilarante BoBos, empieza a ser denostada cuando resulta un reto caminar diez metros en cualquier campus universitario sin hallar una chapa de Audrey Tatou sobre prendas femeninas y bolsos. Igual sucede con la música: Los piratas o Vetusta Morla son eclipsados por bandas como Zoo cuando el espectador procede a engrosar las filas de un fanatismo multitudinario. Los Coen caen un tanto más gordos cuando Brad Pitt y George Clooney sustituyen a Buscemi en los créditos. Huelga destacar Nocilla Dream como ejemplo más que contundente en la narrativa de nuevo cuño. Más de lo mismo en la ensayística: ¿qué me distingue a mí —sostiene el intelectual indie— si ejemplifico mis postulados a partir de Joyce, Cervantes, Proust, Kafka o Moliére, archimanidos cánones de la Academia? Mejor será entonces, prosigue, arrojarme al encuentro de la cita subrepticia, ese documento que durante años acumula polvo en las baldas de la biblioteca sin que nadie haya fijado su atención en él; y de ahí a la pulsión por investigar lo que acontece en el seno de la publicidad nepalí, el Art Brut de cualquier oronda centroafricana aquejada por malformaciones congénitas que a este lado del planeta desconocemos, o los cómics de un atormentado limpiacristales que habita la banlieue marsellesa. Roland Barthes, en Variaciones sobre la escritura, apela a la obra de masas como condenada a las veleidades de la moda y el capitalismo. Algunas décadas más tarde, conviene reconsiderar su propuesta y aplicarla también a la recepción de las producciones emergentes. Por lo demás, el capitalismo mola. ¡Quia!
miércoles, 25 de febrero de 2009
“La institucionalización de la envidia” (Daniel Bell)
«Si el consumo representa la competición psicológica por el estatus, entonces podemos decir que la sociedad burguesa es la institucionalización de la envidia», argumenta sin ambages en Las contradicciones del capitalismo Daniel Bell, que a su vez focaliza su teoría sobre el Segundo Discurso de Rousseau: «cuando los hombres “solitarios” comienzan a unirse y descubren que el más fuerte, el más hermoso, el mejor bailarín y el mejor cantor obtienen una parte indebida de los bienes, la envidia comienza a mostrar su rostro. A fin de ser como el más hermoso o el más astuto, los otros comienzan a disimular, se usan cosméticos para tapar la tosquedad y la fealdad, y las apariencias comienzan a importar más que la realidad»; ergo, comienza entonces Rousseau a delatar cierta avalancha moral que atrapa al sujeto socializado en el liberalismo, como una suerte de pecado original o culpabilidad cultural inherente, concretado en estremecimientos hacia la situación improductiva, las más de las veces latiendo dolorosamente en el superego. He aquí, claro, un explicatorio quid para la disonancia vinculada a la crasa educación sentimental, como ya viésemos en el conflicto que enfrenta espacio público y privado en Did you ever feel ridiculously sad?
A little bit more about estética de la hipercita
Si trasladamos entonces esta institucionalización de la envidia al ámbito intelectual, hallamos en Imposturas intelectuales de Bricmont y Sokal una acusación incendiaria sobre los modos de hacer de determinados contemporáneos, los cuales, amenazados por la competitividad de sus colegas, recurren directamente al abuso: «Nuestro propósito es, precisamente, éste: decir que el rey está desnudo (y la reina también) [...] Concretamente queremos ”deconstruir” la reputación que tienen ciertos textos de ser difíciles porque las ideas que exponen son muy profundas. En la mayoría de los casos demostraremos que, si parecen incomprensibles, es por la sencilla razón de que no quieren decir nada.» Y así sigue la antropofagia practicada a Baudrillard, Kristeva, Lacan y un largo etcétera, hasta no dejar más que una tímida raspa de todos ellos.
*
Irvine Welsh es sin duda uno de los autores que mejor pone de manifiesto esta esquizofrenia entre la desaforada tendencia al hiperconsumo de conocimiento y la necesidad de experimentar el medio popular que toda narrativa precisa. Welsh, aunque no lo parezca, destila moralidad en su proceder. Frente a la autocomplaciente temática metaliteraria, imaginémonos al narrador de Edimburgo que asume el esfuerzo extraordinario de retratar ese imaginario claramente nihilista al que él llamará «euroescoria»: ¿Qué hacer, si no desesperarse?: «Los colegas son una puta pérdida de tiempo. Siempre están dispuestos a arrastrarte hasta su nivel de mediocridad social, sexual e intelectual» (Trainspotting); y también: «Yo era antitodo y antitodos. No quería gente a mi alrededor. Esta aversión no suponía una enorme ansiedad traumática; era simplemente la madura convicción de mi propia vulnerabilidad psicológica y mi incapacidad para la convivencia. Los pensamientos se hacían sitio a empujones en mi cerebro abarrotado mientras luchaba por ordenarlos de un modo que sirviera de motivaciones a mi apática existencia» (Acid House).
lunes, 23 de febrero de 2009
Von der Straße für die Straße: En torno al desorden bipolar en el capitalismo de los sentimientos
Revisando el excelente trabajo de Azad que lleva por título Der Bozz sorprende que poco más de un minuto sea la sección de tiempo encargada de separar la emotividad deprimida en fraseos tipo Ich war zu lange am Boden, zu viele Probleme, die mich lähmen, Yo, ich muss nach oben, Homie, viel zu lange am Boden, zu viele Krisen, ich könnt' um mich schießen, Muss nach oben, Bitch! (estribillo del track “Phoenix”) del egotryp espectacular, sin concesiones, que vuelca con aquello de Du bist stupid, move, ich bin der Typ, der Deine Crew fickt (track “Peiniger”). Probablemente pocos discursos creativos hayan entroncado más acertadamente con las pretensiones del mercado que el rap, pues si bien parece que la práctica totalidad de los mismos celebran los niveles más bajos de serotonina en la curva emocional del sujeto (la ficción, el que más; de la poesía mejor ni hablamos), como Erich Fromm o Frédéric Beigbeder con aquello de que al Estado/ Sistema le interesa producir sujetos mohínos a efectos de su manipulación; pocos son los que se atreven a irrumpir en el terreno de lo colérico y lo arrogante —aparte de la publicidad, claro, también a efectos de manipulación—: la coacción social y el tipo de contrato narrativo del medio literario impele a conservar cierta pantalla de mesura, acaso tendente a ratos a lo melancólico o patético. Entiéndase entonces el rap como expresión de un humanismo exacerbado en pleno capitalismo de los sentimientos (i.e., Illmatic, de Nas; Innere Sicherheit, de Curse; T.O.T.E, de Toteking; You Can't Imagine How Much Fun We're Having, de Atmosphere, etcétera, etcétera, etcétera), siguiendo la lectura economicista que Gary Becker hace en Tratado sobre la familia, y los desórdenes bipolares que ello genera. Toda una locura, pues, asistir a un directo de estos muchachos.
domingo, 22 de febrero de 2009
viernes, 20 de febrero de 2009
‘Fundamentos de lo ‘Cutting Edge II’ & ‘Alerta en el auditorio narrativo español: redomados chiquitoburgueses toman el Palacio de Invierno'
(Harold Garfinkel – Iuri M. Lotman – Javier Pastor)
La idea de vandalismo interaccional —término que acuña Harold Garfinkel, padre de la entometodología— es consustancial a la hora de catalogar fundamentos de lo cutting edge literario; en palabras de Anthony Giddens, los experimentos de vandalismo interaccional se definen porque «un subordinado rompe las bases tácitas de la interacción cotidiana que son válidas para los más poderosos [...] El vandalismo interaccional deja a las víctimas incapaces de explicar lo que ha pasado, incluso en mayor medida que un ataque físico o un insulto vulgar» (Sociología): Capote calificando como mecanógrafo a Kerouac, Bukowski y el abrazo lumpen, vanguardias, ready-mades (¡paradigma!) y escritura automática, ejemplos que responden a la detonación del horizonte de expectativas mediante una subversión de los presupuestos conversacionales para con el lector, esto es, prefigurar imágenes distorsionadas del mismo, redirigir el proyectil hacia espectros inéditos o, directamente, erigir nuevas personalidades. Como Iuri M. Lotman, en “El texto y la escritura del auditorio” (La Semiosfera), describiendo un ilustrativo caso de vandalismo:
«Cuentan un anecdótico suceso de la biografía del conocido matemático P. L. Chebyshev. A una conferencia del científico, dedicada a los aspectos matemáticos del corte de la ropa, acudió un auditorio no previsto: sastres, grandes señoras vestidas a la moda y otros. Sin embargo, la primera frase misma del conferenciante, “Supongamos, para simplificar, que el cuerpo humano tiene forma de esfera", los puso en fuga. En la sala quedaron sólo los matemáticos, quienes no hallaron en tal comienzo nada asombroso. El texto “seleccionó” para sí un auditorio, creándolo a su imagen y semejanza.»
Y más adelante:
«Es evidente que, cuando no coinciden los códigos del remitente y el destinatario (y la coincidencia de éstos solo es posible como suposición teórica, nunca realizable a plenitud absoluta en el trato práctico), el texto del comunicado se deforma en el proceso de su desciframiento por el receptor. Sin embargo, en este caso quisiéramos llamar la atención sobre otro aspecto de este proceso: sobre cómo el comunicado influye en el destinatario, transformando la fisonomía del mismo. Este fenómeno está vinculado al hecho de que todo texto (en particular, todo texto artístico) contiene lo que preferiríamos llamar una imagen del auditorio, y de que esta imagen del auditorio influye activamente sobre el auditorio real, deviniendo para él cierto código normador. Este código se impone a la conciencia del auditorio y se vuelve una norma de su propia idea sobre sí mismo, trasladándose del dominio del texto a la esfera de la conducta real de la colectividad cultural.»
*
Nótese que semejante código normador alcanza cotas estratosféricas, absurdas, en la excelsa novela de Javier Pastor, Mate Jaque, recientemente publicada en Mondadori. Y decimos excelsa porque su desarrollo está notablemente condicionado por el conocimiento exacto, casi de laboratorio demográfico al servicio de una multi, del auditorio «chiquitoburgués» (haciendo uso del idiolecto que el narrador emplea) al que apela; señal de alarma, claro, que alerta sobre el anquilosamiento formal y la auto-complacencia/ conciencia de clase del público lector español contemporáneo:
«Mi primer impulso ha sido soltar: No sé por qué cojones vivo y escribo, pero no soy partidario de la coprolalia —así sea un contumaz malhablado que demasiado a menudo se refugia en su indolencia (¡tan expresiva, no obstante!)— y menos tratándose del comienzo de algo. Algo: ya es algo. Me acecha el repelús del lector puritano que no he dejado de ser, especie ojalá en alza (si de algo anda sobrado el puritano es de criterio) que renuncia a continuar leyendo al vistazo de esa línea: ha recibido el pellizco de la palabra cojones —justo— en el divieso que le supura al puritano en el culo de su almita. Bueno, ya estamos: he caído en la ordinariez de escribir almita. Lo cierto es que expresarse en términos de noseporquecojones implica (como poco) una indigencia de recursos que apenas logra retener un segundo, cuando uno enhebra a continuación los verbos vivo y escribo, la pregunta ¿Entonces por qué cojjj vives y (encima) escribes?
Prosigue Pastor sagaz su gusto por el pleonasmo, el circunloquio y el eufemismo con que maquillar instantáneas incorrectas (masturbaciones, peleas maritales...) a la par que busca las cosquillas de la midclass que se presume destinatario de su obra. Algo huele a podrido aquí, y Pastor parece estar gritando el resquebrajamiento del suelo que pisamos. Ya saben: «Una carnavalización de la conciencia antecede siempre, preparándolos, a los grandes cambios.» (M. Batjin)
martes, 17 de febrero de 2009
domingo, 15 de febrero de 2009
Madrid P.I.M.Ps, The IB-Haus Mixtape
Barbecue Crispy Ribs Cheddar Cheese Flavor directly from

