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jueves, 11 de octubre de 2007

Carta a un editor

Ustedes saben que mi poesía es necesaria. Yo lo sé. Lo sé porque cuando concluyo mis poemas siento un pánico atroz, tengo paranoia. Deseo huir del lugar del crimen, como si fueran a llenarme de plomo los pulmones. Quizá, sí, esté tentando demasiado a la suerte, pero ya vengo demostrando, por mucho tiempo atrás, que tengo la huevera por diana de un vaquero. Soy realmente bizarro. Y a eso es a lo que yo llamo espectacularidad, lo que mueve los engranajes de la maquinaria. Mi poesía es, mal que le pese a muchos, y aparte de imprescindible y, eso sí, una mera adaptación (no hay problema en reconocerlo) a la vergonzante ventaja que en muy poco tiempo nos ha ganado el lenguaje audiovisual; pura moda. Marca tendencias, marca estilo. Los chicos querrán llevarla impresa en sus harapos, las chicas tendrán pegatinas con mi nombre en sus carpetas. Es por esto que ustedes están en la obligación de contratar a los mejores diseñadores gráficos. No quiero mierda en la portada, ¿entendido? No quiero que sus sobrinos pequeños jodan mi obra con sus diseños de parvulario. Quiero marketing. Quiero al tipo que firma los libretos para la Virgin, quiero salir con mi gorra de plato en uno de esos locales de moda, espacios asépticos donde el volumen de la música y las paredes hablan en un misterioso lenguaje; donde, aplacada toda posibilidad de pensamiento, mejor se aplica un morreo. Quiero que un jodido fotógrafo me haga, y da igual si para ello necesita treinta photoshops, un De Niro. Para ello necesitaremos también un traje caro, y a mi novia dándome un tierno masaje. Ella debe estar en la portada, visible en un plano secundario pero con la evidente connotación de que es gracias a ella que este proyecto emerge de las tinieblas. Convertidla incluso en una especie de Zelda. A ella le parecerá divertido. Suscitar envidias, solo eso. El poeta como nuevo integrante de las clases altas, el poeta como modelo para una gigantesca pantalla pixelada en un rascacielos de una calle comercial. Y ahora, díganme, ¿realmente siguen pensando que puede llegar a gustarme esta mierda? Os lo aseguro: el vértigo va a acabar con mis nervios. Pero dadle tiempo al tiempo, y no para que yo baje de las nubes, precisamente. Más bien para que el público gane unos cuantos metros de altitud.