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sábado, 20 de octubre de 2007

Una cuestión de actitud

A mí me da que Vaneigem dio en el blanco a la hora de definir la actitud de nuestra contemporaneidad:

La historia actual recuerda a ciertos personajes de dibujos animados, a los que una alocada carrera arrastra repentinamente por encima del vacío sin que se den cuenta, de modo que sólo la fuerza de su imaginación les permite flotar a tanta altura; pero cuando se aperciben de ello, caen inmediatamente.


Por supuesto, la lapidación forma parte del catálogo de literatura catastrofista con que nos ha agradado, en demérito propio, la izquierda[1]; si bien en este caso el filósofo situacionista francés dice una verdad inminente —aunque treinta años después del Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, el personaje siga sin haberse despeñado.

En efecto, nuestras sociedades se caracterizan por una actitud compartida de frenesí, de entusiasmo, de —siguiendo con los situacionistas— espectacularidad. Debord lo explica de varias maneras en La sociedad del espectáculo, una de ellas dice así: «El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes». El imaginario colectivo triunfalista —alentado, ni qué decir tiene, por el discurso publicitario— es imprescindible de cara al devenir que toman las sociedades occidentales; sus economías de bonanza así lo requieren.

Así pues, entroncando esta idea con lo que a los asuntos creativos se refiere, diré que las manifestaciones artísticas integradas tienden a difundir un mensaje que huya del derrotismo. Conectan con las nuevas sociedades, e incluso emiten obras que llegan a construir una miscelánea de actitudes contradictorias (ya sabemos que la esquizofrenia y la heterogeneidad son rasgos legítimos, ya sabemos que el capitalismo lo engulle todo como glotón de fast food)

La práctica totalidad de los discursos artísticos acaban concluyendo en una suerte de juego de máscaras (si no se tratara de interpretar y sí de ser, el efecto sería menos verosímil, más reprochable) cuyos públicos admiten, pero sobre todo se identifican, con el ego hipertrofiado del autor: al acabar una obra de teatro los miembros de la compañía aceptan sin pudor las series de aplausos que el público les ofrece. Durante un concierto, ¿quién no ha coreado el nombre del cantante o grupo, o quién no ha reclamado más música al cabo del mismo? Y del cine, ¿qué decir? ¿Qué actitud ante la vida connotan los filmes de los actores y cineastas de éxito (y calidad) en nuestros días?, ¿permanece al margen del sistema o se integra en él? La publicidad (y el consumo, cuyos efectos parecen desplazar a las viejas artes) la damos por supuesta.

Las tres manifestaciones artísticas anteriormente mencionadas —teatro, cine y música— tienden a inocular sobre sus receptores un efecto tal como el que describe Vaneigem: correr por encima del vacío sin percatarse de ello. Sin embargo, a la llamada literatura de calidad parece costarle más adaptarse a la mentalidad impuesta por nuestro sistema económico; hace oídos sordos y mantiene el carácter sesudo.

Cuando el escritor argentino Ricardo Piglia confiesa en una entrevista concedida al diario El País el 11 de octubre de 2007, que «se dice que los escritores han abandonado al gran público, pero no es verdad. Es el gran público el que los ha abandonado a ellos, y se ha ido a las salas de cine o a ver televisión.», simplemente miente. Digamos, pues, que empresas dirigidas por escritores con mentalidad como la del argentino han quebrado. Forman parte de una economía anticuada.

A mi juicio, basta con comparar los registros y el tono de las obras narrativas desarrolladas por ciertos cineastas: desde los españoles Álex de la Iglesia y Pedro Almodóvar (pienso en el periplo de éste por la revista La Luna) hasta Woody Allen. De sus obras, el lector sale con la sensación de no haberse distanciado demasiados kilómetros de la sociedad que lo envuelve. Pero es que hasta las portadas de sus libros acaban por imitar las de los discos de música pop y convertirse en reflejos de la mentalidad del autor. En este sentido, creo que muy pocos son los novelistas que se prestarían a que su efigie se exhibiera en la portada de sus obras persiguiendo una estética de mito.

Así pues, tomen Héroes, de Ray Loriga, publicado por Plaza & Janes. En la portada del libro encontramos al autor sosteniendo una botella de cerveza con una mano que exhibe dos anillos que parecen corresponderse con la estética de adolescente punk (uno de los anillos es una calavera), con una cazadora vaquera y el aspecto de un cantante de rock: mirada amenazante y distanciada, perilla y pelo largo. Igualmente, en la portada de Patty Diphusa, de Almodóvar, publicado en Anagrama, encontramos al director vestido de torero, fumando un puro, y con una peineta y una flor en la cabeza.

¿Excentricidad?, ¿mitomanía?, ¿exhibicionismo?, ¿egos hipertrofiados? Nada de eso. Solamente juegan a algo que a casi todos apasiona. El efecto de la portada y también del contenido de ambos libros es de cierta soberbia, de cierta vanidad —también, insisto, de cierta ironía que aplaque posibles delirios—, actitudes ante la vida que, por norma general, suelen ser vistas dentro del espectro de la literatura como despreciables. Hay que abrazar la humildad y huir del entusiasmo, es el mensaje. Digamos que los integrantes del mundo literario que siguen esta corriente de pensamiento no comprenden lo que Fernández Porta llama, en Afterpop, la lectura irónica del mensaje.

Pero probablemente sea la poesía el género que ha optado con mayor y rotunda determinación a desdeñar los registros entusiastas, la espectacularidad. O por lo menos esa es mi postura: todos hablan del sectarismo y de los egos sobredimensionados que ensucian los circuitos de los poetas, pero, ¿cuántos de los mismos poetas se autoproclaman estelares? Podrían, sin duda, hacerlo. Podrían ironizar con ello, pero desconfían no sé muy bien de qué.

Para concluir esta lección de vanidad y egotryp, rememoro un fragmento de Pregúntale al polvo, de John Fante, donde, con apabullante sinceridad, el protagonista sueña una utopía de reconocimiento social que, creo, es compartida por todos los nuevos (y no tan nuevos) escritores:

Se marchó corriendo, dejándola con los ojos clavados en él y murmurando palabras que no alcanzó a oír. Recorrió media manzana. Estaba satisfecho. Por lo menos se había dirigido a él. Por lo menos se había dado cuenta de que era un hombre. Se puso a silbar una melodía por el placer de silbarla. La experiencia del hombre de ciudad es universal. Conocido escritor nos habla de sus noches con las mujeres de la calle. Arturo Bandini, el famoso escritor, revela sus experiencias con una prostituta de Los Angeles. La crítica afirma que es el mejor libro que se ha escrito.

Bandini (entrevistado a punto de partir para Suecia): Yo daría a todos los escritores jóvenes un consejo muy sencillo. Que no dejen escapar nunca la oportunidad de probar una experiencia nueva. Que vivan la vida en su caldo de cultivo, que se enfrenten a ella con valentía, que la aborden con los puños desnudos.

Periodista: Señor Bandini, ¿cómo se le ocurrió escribir este libro que le ha hecho ganar el Premio Nobel?

Bandini: El libro está basado en una experiencia auténtica que me sucedió en Los Angeles una noche. Todas y cada una de las palabras del libro son verdaderas. He vivido el libro, es experiencia pura.

Incluso un Nobel como Grass reconoce con plena humanidad, en el número sexto de Minerva, que su adolescencia (ay, la eterna adolescencia del Capital) anduvo marcada por la consecución de la figura del mito: «A los trece o catorce años yo albergaba grandes sueños: estaba seguro de que llegaría a ser un artista rico y famoso y conversábamos sobre lo que haríamos entonces: planes maravillosos, viajes…»

[1] Algo así como cuando Gorz dice en un artículo en 1.973 que «El gran problema de los coches es que con ellos sucede lo mismo que con los castillos o con los chalets en la playa: son bienes de lujo inventados para el placer exclusivo de la minoría de los muy ricos y a los que nada, en su concepción o su naturaleza, destinaba el uso del pueblo.» Vaya, vaya, así que los coches son sólo para uso de los muy ricos, ¿eh? Pobre.