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jueves, 25 de octubre de 2007

«Déjalo todo por amor» Parte I. (O cómo consumir corazones apoyándose en la verborrea de un vendedor de seguros)

"La poligamia acertada se basa en hacer que cada esposa pretenda ser el único grano de arena de nuestra playa."

David Ogilvy, Confesiones de un publicitario




Es difícil decirlo, es difícil aceptarlo, y mucho peor admitirlo tras experimentarlo; pero la deriva de un ser humano que jadea de puro extasiado en la cúspide de Maslow puede traer las más farragosas consecuencias. O sea que, bueno, por referirme a ello en un registro no tan abstracto, no tan teórico, yo, Ibrahím B., el viejo triunfador y encantado con el clímax que experimenta mi voluntad, no tardé en llegar a la conclusión —como aprendí de los peces gordos de la publicidad— de que una vez alcanzada la cima, no sólo hay que saber mantenerse en ella sino también caer en picado. Y esto, creo, tal vez se deba también a la necesidad de paliar el aburrimiento que produce la consecución de objetivos sostenida en el tiempo, ¿lo entienden?

Deduzco que ustedes, al cabo de estas primeras declaraciones, y con toda la lógica a su alcance, se estarán formulando la siguiente cuestión: «¿¡Este negro me está hablando del sadomasoquismo como divertimento de héroes!?» En efecto, yo no hubiera sabido expresarlo mejor.

Todo arranca durante un desayuno dominical con un amigo del instituto cuando —digámoslo ya: hablando de mujeres— se me ocurre traer a colación el asunto de una mexicana de delicioso nombre, Miranda Martinelli (a partir de ahora La Martinelli), por la que en alguna primavera pasada debí sentirme atraído. «Sólo con ese nombre…», señaló mi interlocutor dando a entender cualquier cosa obscena. Y concluyó con su peculiar ironía: «Déjalo todo por amor, déjalo todo por ella.»

(Conviene apuntar que por aquel entonces atravesaba una temporada de locuacidad desmesurada, de encuentro con mi yo (con alguno de ellos), o de plenitud personal. Pero como Bruckner, tanto me apasiona la vida como para no conformarme con la felicidad.)

Y fue así, con la más peregrina de las ingeniosidades que puedan ocurrir una mañana que nace hastiada en la plaza del Dos de Mayo, que no pude evitar encontrar en el sarcasmo de su propuesta —dejar toda una vida por amor; nada más kitsch, nada de gusto peor y, sobre todo, nada más bizarro— una nueva tendencia. Un plan.

Esa misma tarde, solo en el piso, me encontraba ya obnubilado ante el par de cubitos de hielo de mi Coca Cola, perdiendo a pasos agigantados el control sobre mis ideas. Algo así como el Bukowski que durante cinco minutos mira un clip, pero en mi caso, totalmente prendido de un sensual timbre latinoamericano.

Por supuesto, las dudas morales no tardaron en acaecer. ¿Se trataba mi conducta de mero consumo? Es decir, ¿acaso no era mi nuevo deseo una prolongación del afán de posesión? Como si luego de tenerlo todo no quedará más que consumir corazones; consumir personas. ¿No acababa de convertirse La Martinelli en una suerte de cubo de basura en el que volcar mis pasiones más bajas?

Discúlpenme lo reiterativo de las citas, pero es que Mark C. Taylor y Esa Saarinen hallaron de forma epigramática las peores sospechas sobre mi moral deshumanizadora con la siguiente sentencia: «El deseo no desea la satisfacción. Por el contrario, desea al deseo.»

Qué buena mierda de frase, joder. Lo que yo deseaba era desear, recuperar el malditismo que emerge cuando uno experimenta el amor no correspondido, ¿no es así? Y lo demás eran hipótesis sin ningún valor.

Pero para entonces ya estaba leyendo a Neruda con ojos acuosos y el corazón encogido. Esa es la pura verdad.