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viernes, 14 de diciembre de 2007

Especial Navidad: 'We wish you a Merry Christmas" (de 'Elisabeth en escala de grises')

A continuación, para ese intimísimo grupúsculo de lectores que se reúnen fieles, alrededor de una chimenea, para leer este blog; tengo el placer de ofrecerles un cuento de navidad con final feliz. También en ibrahím-berlin.blogspot.com encendemos un arbolito y ponemos el calcetín antes de tiempo. Damas y caballeros, tengan unas felices fiestas. De todo corazón, les quiere:

Ibrahím B.


Alrededor de los once años, el muchacho magrebí, ataviado con la equipación de su equipo de fútbol favorito —estampado de Otaysa en el pecho—, da seguidos toques a una pelota en el aire. Es la primera vez, por otra parte, que ponen villancicos en el patio del Reina Sofía y muérdago en las paredes. Brillan las lucecitas. Estudio el talento del chaval; es francamente bueno. Lo más sorprendente de todo es su resistencia al frío. Ningún chándal protege sus delgados brazos y piernas. Deslumbran esos calzones blancos que sugieren la nieve de la Sierra. Claro que, puestos a sospechar, me digo, sugiere más el detalle de haber elegido el patio de un museo de arte contemporáneo para entrenarse en soledad. Tal vez, y sólo tal vez, haya visto demasiados episodios de Oliver y Benji. Mi conciencia aconseja: no menosprecies al niño, Klaus. Por nada del mundo lo hagas.

Da ahora toques con la cabeza y los hombros, hasta trece seguidos. Luego el balón es rotado en su dedo índice.

Desafiante, me mira; me dice:

—¿Qué pasa, chaval?

Y me lanza la pelota al estómago para que la coja.

—¿No crees que hace demasiado frío para jugar al fútbol así? —le digo con escepticismo.

—…

—Pareces bueno, tío. ¿Te mola el fútbol?

—Me gusta el fútbol, aunque solo como a ti la publicidad; no es nada más que un medio para salir de la pobreza. Si yo pudiera, amigo, entraría ahora mismo en La Central y me llevaría todos los libros que quiero leer, montañas enormes de libros como torres de Babel; pero no, Klaus la vida es dura.

Así que sabe mi nombre y profesión, ¿eh? Vaya, vaya…

—Ya veo, ya —digo, fingiendo que no me sorprende en absoluto la información personal que de mí conoce —. ¿Te gusta leer, dices?

—¿Tú que crees?

—…

—Sloterdijk, Zizek, Barthes, Deleuze, ya sabes… Pero claro, son libros más bien caros, y por consiguiente, voy de cabeza a la ignorancia, ¿me sigues?

Ladeando la cabeza, lo observo. Me ahorro el comentario de: «pareces muy maduro para tu edad, ¿no?»

—¿Y qué es lo que lees, entonces?

—Mm… Cosas que no entiendo ni a la de tres. ¿Y sabes por qué?

—¿Por qué?

—Porque los libros de las bibliotecas, por lo general, son viejísimos —me dice tan lento que parece deletrear, casi tratándome de bobo; como si lo que explicase estuviese demasiado lejos de mi realidad—, y como tales, están escritos en un lenguaje abstracto. Un lenguaje que escapa a mi generación. Lo mío, lo que no escapa a mi entendimiento, Klaus, es el fotograma como unidad mínima de expresión. Formo parte de la Generación Nintendo.

—Vaya papelón —respondo, dirigiendo ahora la vista al café del museo, donde todo sería perfecto si Elisabeth me acompase y yo, bajo las violáceas luces de neón, con un par de cafés capuchino sobre una mesa de diseño minimalista y láminas abstractas en las paredes, pudiese tomar su mano, besarla con los ojos acuosos, y decirle cuanto la eché de menos en todo este tiempo de silencio.

Entonces, embriagado por cierto espíritu navideño, me aproximo al muchacho con el balón bajo el sobaco, me pongo en cuclillas y coloco una mano sobre su hombro para después, con todo el cariño que caracteriza mi actitud de padre, darle un par de palmaditas. Le miro a los ojos; en ellos leo rabia e injusticia. Este mundo es un asco, pienso. Sin embargo, jovencito, seguro que a ti te irán bien las cosas.

Saco la billetera y digo, con el mismo timbre viril con el que los padres se disponen a explicar a sus polluelos el uso del preservativo, las siguientes palabras:

—Joven, ni te imaginas cuánto me recuerdas a mí cuando yo tenía unos cuantos años menos, y pasaba las horas en este mismo lugar, pero sin la equipación de Butragueño, eso sí, ni tampoco tu talento como deportista, hojeando poemarios que jamás pude comprar y que, por tanto, ralentizaron mi aprendizaje.

Como el franquismo, pienso en un alarde de historiador que nunca tuve. Como la década ominosa. Como el Medioevo.

Qué grande eres, Klaus, me digo.

Y sigo:

—Aquí tienes doscientos pavos, jovenzuelo. Gástatelos en saber.

El niño me da un tierno beso en la mejilla. Sin despedirse, sale disparado como una bala hacia La Central, a punto de la hora de cierre.

Al marcharse, como es de suponer, me asalta un terrible sentimiento de nostalgia. De la pitillera saco un Marlboro. Ahora soy yo el que se hiela de frío. Soy incapaz de entrar a la cafetería sin la compañía de Elisabeth.

Doy una calada…

Los minutos se suceden…

Y en los altavoces: “We wish you a Merry Christmas…”

Miro al cielo. Creo que no tardarán en caer los primeros copos de este invierno.

Cargado de bolsas de papel, sale el muchacho…

pero…

¿¡Qué es lo que ven mis ojos!?... ¡Santo Dios!, ¡trae a Elisabeth de la mano!... ¡Oh, gracias, gracias, GRACIAS!... ¡Un milagro! ¡Es un jodido milagro navideño! ¡¡ESTE NIÑO ES MI ÁNGEL DE LA GUARDA!!

Sin hablarnos, me fundo con Elisabeth en un largo e intenso beso.

El niño corre a una mesa de la cafetería. Allí, sentado con ejemplares modales y las piernas que no le llegan al suelo, nos espera tras de un libro abierto.

Cambian el disco de villancicos por Die Zauberflöte. Buena elección.

Mientras Elisabeth encoge su cabeza sobre mi pecho, aprovecho para mira al cielo y dar gracias al espíritu de la Navidad. ¡Gracias, Corte Inglés!




Al paso del trineo que conduce Santa Klaus y el sonido de los cascabeles que agitan sus renos y enanitos, caen los últimos copos del año sobre Madrid.

Porque la vida puede ser maravillosa.

4 comentarios:

Andres Aragon dijo...

Feliz Papá Nöel y prósperas compras de Año Nuevo para ti también.

Por cierto, el otro día leí lo siguiente y me acordé de ti:

"...Tan chochidesnatadas ellas, con sus megapijerías, , y toda esa chorrez envasada en plástico y al vacío..."

No me preguntes por qué.

Anónimo dijo...

Hola, Estoy bjuscando le libro de RAY LORIGA "LO PEOR DE TODO"
Por favor, necesito comprarlo. Tiene un alto valor sentimental.
Muchas gracias Ponganse en contacto conmigo en puchyalexia@hotmail.com
Muchas gracias.

Anónimo dijo...

¿Quen va a coger a Ibrahim y le va dar un besazo por cada luz de navidad que pongan en Madrid?

Que poquito queda para felicitarnos las navidades en condiciones...¿No? :P

...Besitos virtuales desde Cádiz.

María José.

Granito dijo...

Ah....el pasado, el pasado con su presente a cuestas...

el pasado...pesado está...

Toma topicazo.