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viernes, 7 de diciembre de 2007

Las tribulaciones del joven Klaus

Fui al Prado apenas una hora antes de su cierre. Caía sobre Madrid la noche.

(Y era domingo.)

Entré en una sala de pintura flamenca del XVII. Vacía. Y contemplé con éxtasis y ardor en los ojos una escena de Venus, que se hacía rodear de toda clase de instrumentos musicales. Al fondo, una cristalera daba paso a un prado en el que se levantaba un castillo como los de Luís II de Baviera.

Hice una comparación. Pensé, ¿por qué a mi diosa del deseo no podría yo ubicarla donde se merece, esto es, en un salón como el del lienzo, y dejar de someterla a la cocaína, las discotecas en Torre Europa, y las carreras de coches con el Porsche en la Castellana? Dime, cuál es el por qué; dame una respuesta.

Sentí, al igual que los románticos, anhelo por un pasado heroico y de pureza. En él, mi diosa del deseo pasearía por bosques, desnuda entre el follaje, y dejaría su huella sobre la de faisanes y pavos reales.

Nadie tiene ni idea de lo que pueda llegar a ser un celular o una banda ancha.

Ya en el arroyo —junto a las vaquitas de leche Milka— nuestros once hijos de aspecto nórdico corretearían alegres; hermosos y sanos. Rubios.

Quisiera que explotara este tiempo, que la historia bajase de una vez el telón rojo, y volvieran los poetas a caer del lado de la locura y el preciosismo.

Quisiera una segunda residencia diseñada por el gran Albert Speer.

¿Cuánto hace de la última vez que respiramos el aliento fresco de los sauces, querida Elisabeth? Vayámonos de aquí a recrear al Superhombre. Sentados frente a una mesa con candelabro y dos vasos de vino discurriremos sobre los pesares que afligen al vulgo, debilitado por sus bajas y traicioneras pasiones consumistas.

Soñaba yo, insisto —frente a la pintura—, que tú tocabas el arpa, ese instrumento incapaz de emitir cacofonía alguna; y los cabellos largos te caían sobre los hombros. Marais acompañaría tu tañido. Yo esperaría a que acabaras tu melodía para hacerte el amor, lento, bajo el baldaquín de la cama. Y en la espera saborearía, una a una, la dulzura del jugo de las uvas recién cortadas por el lacayo de librea.

(La cama NO es Ikea.)

Las mañanas en el lago, leyendo a Nietzsche o Hölderlin.

¡Como no dar por ti la vida entera, Elisabeth, si soy yo el único romántico sobre la Tierra!

Un romántico, en efecto, que aguarda a consumar la única razón para existir frente a una pintura flamenca, y dedica sus ansias creadoras a dotar de personalidad a meros embutidos o cadenas de supermercados con tal de vestir a su amada de perlas.

Pronto, muy pronto, Elisabeth, y como sucediera hace ya casi ochenta años, el dinero perderá su valor —si es que hubo vez alguna en que lo tuvo—. El pueblo exigirá firmeza en los valores de sus dirigentes, y su esfuerzo se materializará en una bucólica y pacífica sociedad.

Aparté del lienzo los ojos acuosos. Lloraba de pura felicidad.