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sábado, 8 de diciembre de 2007

Pronto, muy pronto, 'La ley de Moore'. Prepárense para la avalancha: van a rodar cabezas

Pronto, muy pronto, si todo sale bien y la literatura, al fin, acaba por integrarse definitivamente en la sociedad de la información; los escritores serán sometidos a una más que exigente suerte de ley de Moore (“cada 18 meses la potencia de los ordenadores se duplica”) aplicada a las corrientes estéticas. Se trata, claro, de una insoportable presión que no responde sino a un rasgo de la manida definición de posmodernidad enunciada por Jameson, entendida como lógica cultural del capitalismo tardío. Traducimos la metáfora —por los pelos, eso sí—: "cada X meses, toda línea estética acabará por devaluarse y ser sustituida por otra emergente con el doble de energía, igualmente perecedera pero no por ello de ínfima o inferior calidad."

Hasta ahora, sucede que las modas literarias —hablo, por supuesto, de literatura legible— pueden incluso perdurar un lustro; como mucho una década. Después no hay nada. Sus autores, luego de haber enriquecido otra ramificación de la historia de la Literatura, simplemente mueren. Pasan cadavéricos a esa misma historia y dejan un vacío por ocupar.

Los autores que alimentan este proceso son, con poca capacidad de interpretación que tengan, plenamente conscientes de ello. Hablamos de algo parecido a lo que ocurre en el entorno de la publicidad: después de no más de diez años de trabajo, todo creativo está listo para la jubilarse. O como lo que sucediera con las vanguardias artísticas a comienzos del XX: movimientos intelectualmente más que solventes, pero de efímera existencia.


Quédense, pues, con la moralina que viene: un producto cultural de calidad ya no tiene por qué resistir el paso del tiempo, como sucede con los clásicos, en la medida en que resulta incompatible adaptar al arte unos usos sociales contemporáneos que solo son de usar y tirar.