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sábado, 10 de mayo de 2008

Discrepar de Piglia: Sobre lectura, Internet & ritmos

Estoy obsesionado con cierta idea de Piglia desde que la oí por vez primera en un acto celebrado en Casa de América (Madrid, claro) en otoño del pasado año; una idea que tiene que ver con la lectura y las nuevas tecnologías y que según mi juicio, conduce, si no a una confusión conceptual, al menos sí a una lectura aberrante de su tesis. Desde entonces, me he encontrado con ella en multitud de entrevistas realizadas al argentino, un autor, según demuestra, nada apocalíptico con la relación literatura-nuevas tecnologías. Veamos de qué va el problema:


Hay que decir que la velocidad con la que se lee no ha cambiado. El lenguaje escrito tiene un tiempo para ser descifrado que no se puede cambiar. La velocidad de la lectura, más allá de los formatos y de las diferencias entre los lectores, es básicamente la misma. Como sabemos, la técnica de la lectura veloz resultó un chiste idiota. Porque la lectura establece una temporalidad que es la del cuerpo. El lenguaje define nuestra relación con la temporalidad, no solo porque la tematiza en los tiempos verbales sino porque tiene un tiempo propio que no se puede cambiar. Lo cambiaron los matemáticos, que establecieron una serie de signos para acelerar la comprensión de fenómenos muy complejos. Pero las notaciones artificiales no pueden sustituir la práctica del lenguaje. El esperanto fue otra ilusión inútil. Los jóvenes hacen cambios mínimos en ese sentido, escriben las palabras en forma simplificada, taquigráfica, y así se acercan a la criptografía. Buscan acercar el lenguaje a la imagen. Pero de ese modo no aceleran el sentido, solo lo abrevian. Quizá la poesía es la única práctica que ha logrado hacer algo con la velocidad de la significación; condensa y superpone el sentido de manera extraordinaria, de modo que nos permite una relación con el lenguaje a la vez muy lenta y muy fugaz.

Fragmento de Leer y escribir en red, entrevista a R. P. publicada en
La Nación en abril de 2008.


Otra más, esta vez en la entrevista para Público que se publicó el pasado 15 de abril de este año [y en la que por cierto, también aseveró: «Estamos ante el lector salteado, es decir, alguien que lee y a la vez tiene la tele encendida y a la vez contesta el móvil»]:


Hombre, es una alegría que se hable de literatura en una época en la que todo va tan rápido. Eso sí hay que valorarlo.

En tercer lugar, y bajo el título expresionista de Elogio de la lentitud, Piglia mantiene la siguiente conversación con la periodista de Revista Eñe:


Hablábamos de circulación cultural, ¿cómo cree que la alteran el acceso masivo a la tecnología y fenómenos como Internet y la fiebre del blog?

Me parece que la circulación de lo escrito ha alcanzado una velocidad extraordinaria, pero la paradoja es que el tiempo de lectura no ha cambiado. Leemos igual que en la época de Aristóteles: seguimos descifrando signo tras signo y eso nos pone en una actitud similar a la que se tenía cuando la circulación no era tan rápida. Hudson, por ejemplo, cuenta en Allá lejos y hace tiempo, un libro de 1918 que describe su vida en la pampa, cómo les llegaban las novelas, y después de leerlas las prestaban a la chacra vecina que estaba a cinco kilómetros, y después a otra que estaba más adentro. La novela se iba alejando, a caballo...

Lo dice con cierta nostalgia...

Es que hoy todo pasa muy rápido y parece que no estar al día es un problema, pero la lentitud de la lectura es la de nuestro cuerpo, la del desciframiento. Es necesario preservar esa lentitud. Hay que escapar del vértigo de la actualidad, llegar tarde a la moda, leer los libros cuando no son novedades...

¿Siente irresoluble ese duelo entre lenguaje y velocidad?

La velocidad se asocia con la imagen. Por eso la imagen impone sus condiciones y se afirma que "vale más que mil palabras", cuando en verdad sólo "dice más rápido". Los únicos que han conseguido darle velocidad al lenguaje son los poetas. La poesía se hace cargo de la tensión entre imagen y palabra y la resuelve, logrando un sentido múltiple en el mismo tiempo en que tardamos en desentrañar una frase.


*


Según lo anteriormente visto, confieso que discrepo notablemente de Piglia en la identificación de lectura y lentitud: no es cierto que ninguna forma de expresión se identifique a priori con una u otra velocidad (vosotros sabéis de pelis lentas, ¿no? Incluso de películas con vetas de épica de mediados de siglo pasado que parecían intentar emular el efecto de la poesía), sino que en efecto constituye tarea del autor determinar si hace o no su trabajo a ritmo de videoclip. Tampoco es que haya cambiado la percepción de imágenes en el ser humano, solo el método de composición. Piglia obvia el concepto de ritmo. Y precisamente hoy, de cara a esa sociedad acelerada de la que se lamenta el escritor, supone un reto trabajar con voces rápidas a fin de no condenar la literatura a un refugio aislacionista de, digamos, en un buen sentido; somnolientos. Hablo del trazo visto y no visto… acelerar y agitar al lector como si se le estuviera administrando anfetaminas… hacerle vomitar como en un parque de atracciones… que el texto lo succione como un tifón… ¿Eh, o no?

8 comentarios:

Miguel Espigado dijo...

Personalmente también creo que la reflexión de Pligia no es especialmente reveladora ni sirve para aclarar ninguno de los grandes interrogantes que plantea la literatura digital. En sus textos hay ciertas trazas de psicologia cognitiva que acaban confundiéndose en una suerte de reflexión poética, es decir, que ni chica ni limoná. Hablando de ritmos, lo que sí creo es que Internet -el supermercado del texto, el paraíso de la oferta gratuita, donde los textos rebosan y pierden todo valor que en el pasado pudiera revestir a toda palabra escrita por el mero hecho de serlo- ha cambiado el status del texto. Prisa, pues sí, pero porque antes de embarcarnos en una lectura, la evaluamos, ya que a nuestra disposición se encuentran infinitas lecturas más que debemos evaluar con igual presteza para finalmente decidir a cual le vamos a dedicar quince o veinte valiosos minutos. Quizás podría decirse que además de la lectura ordinaria, cuyo ritmo es el que es, el lector digital ha aprendido otra clase de lectura, una lectura diagonal de cabeceras, tags, headlines, o como quiera llamarse...

carlos maiques dijo...

Hola, para empezar, qué bien que hayas comentado (de manera muy MUY callejera, como dices)Dinero de Brieva, que por cierto, es lo último reeditado, pero no lo más reciente. Ese hombre tiene muchas cosas que seguir diciendo.

Discrepo, y estoy de acuerdo con el comentario de Miguel Espigado, en el fondo de tu reflexión. No obstante, la mitad de las opiniones vertidas sobre la lectura en medio digital puede parecer que patinan (skate or die?), en parte porque no tienen en cuenta la superficie de lectura. Aquello que aparece en una pantalla o con tinta electrónica se lee de una manera muy diferente a como normalmente se hace. No creo que el problema sea la velocidad, la lentitud, o la capacidad de condensación poética de ciertas maniobras del lenguaje. Sin estar asumiendo las tesis de Friedman de la tierra es plana, sí que creo que los significados, los sentidos se achatan, pierden matices en muchas ocasiones en la red (lo que se relacionaría con las técnicas de lectura rápida),con la búsqueda de eficacia -para qué, por otro lado?- El problema no sería tanto la velocidad como la atención dada a lo que está delante de uno.

Además, y es en gran parte lo que me ha sucedido al leer estos extractos de Piglia, su concepto de la imagen/movimiento descarta de antemano muchas posibilidades, lo que dice del concepto que Piglia tiene, pero no de lo que se puede hacer con el medio en sí.

Menudo rollo Ibrahim, te pido disculpas. Hasta otra.

Ibrahím Berlín dijo...

No creo que estemos tan en desacuerdo, Carlos: mi idea del ritmo, que tanto me obsesiona —producto de la cual, por cierto, es el espídico comentario sobre la obra de Brieva y otros tantos textos publicados aquí para “ahogar” al lector—, y tu aportación al hilo de la “superficie” (The medium is the message) no son excluyentes sino complementarias, parte del catálogo de normas que tendrán / tendremos que asumir quienes escribamos para la red. Soy totalmente consciente del salto cualitativo que existe entre la lectura convencional y la electrónica, algo que seguramente explique el fracaso de buena parte de los blogs de escritura creativa. Respecto al tema de la atención, creo que otro de los desafíos que se plantean es la construcción de textos que contengan distintos grados de significado de más a menos “superficialidad”, en función del tipo de lectura que se vaya a ejercer, si digital o convencional, pues no nos olvidemos que si bien es muy difícil que Proust y el formato blog congenien, la literatura digital sí podrá trasladarse al papel. Esto ya se ha visto con la literatura de los periódicos, por ejemplo el libro de Cuentos de matrimonios que también se comentaba aquí o tantas otras recopilaciones de columnistas. Seguiremos teorizando sobre ello.

Un saludo,

carlos maiques dijo...

(Que el ritmo no pare, Ibrahim)

Las cadencias son muy importantes, de eso no hay duda. Sobre lo que dices del fracaso de algunas bitácoras de escritura creativa no entro, pero "la construcción de textos que contengan distintos grados de significado de más a menos “superficialidad”, en función del tipo de lectura que se vaya a ejercer", sí que es materia a considerar. Y me parece en muchas ocasiones que es la textura digital (y su lectura) la que dirige o marca el grado de atención, mitigada, lo que obliga a reforzar algunos puntos, dar mayor énfasis si hace falta. Pero seguiremos teorizando sobre ello. Otro saludo.

carlos maiques dijo...

Seguro que conoces la serie que Marcelo Figueras ha ido escribiendo en w

ww.elboomeran.com

sobre Piglia, la escritura y el cine. Está dividido en varias partes, te indico la última y más reciente.

http://www.elboomeran.com/blog-post
/4/3806/marcelo-figueras/
el-ultimo-espectador-finis/

Supongo que no es una coincidencia. Hasta otra.

Elespigado dijo...

Ibrahím y Carlos, estoy con vosotros en lo que decís, aún así, toda esta reflexión debería tener en cuenta la inminente entrada de nuevas tecnologías en el panorama de la literatura digital. En cinco o seis años todos tendremos un e-book con una pantalla de maravillosa textura-papel, donde no nos olvidaremos de descargar nuestros post o textos favoritos antes de irnos a la cama, coger el autobús o lo que sea. Es decir: a la literatura digital le queda poco tiempo de "encierro" en la red; pronto todos nos la llevaremos de paseo igual que la edición booket de "Crimen y Castigo". Y entonces, queridos amigos, ahí si que la vamos a armar pero de verdad. Un saludo.

Ibrahím Berlín dijo...

Carlos, para serte sincero hacía un tiempo considerable que no me daba un garbeo por el Boomerang. Agradezco encarecidamente tu aportación.

Miguel, aunque le quede poco tiempo de encierro, recuerda que "Quizás podría decirse que además de la lectura ordinaria, cuyo ritmo es el que es, el lector digital ha aprendido otra clase de lectura, una lectura diagonal de cabeceras, tags, headlines, o como quiera llamarse..." Es decir que al menos en mi particular caso de esquizofrenia lectora, llevar un Amazon Kindle con 200 (o 500, 0 18.000) títulos encima entre libros prensa y blogs, resulta una tentación tan suculenta para poner en práctica la lectura en diagonal como cuando entro en la red, ¿no?

Un abrazo, y sigue dándole a esos relatos.

Miguel Espigado dijo...

Es verdad, no lo había visto así. Lo cierto es que hay algo que me da pavor y que es muy posible que sea la línea que sigan numerosas empresas fabricantes de e-book: la conectividad. Microsoft se ha marcado como nuevo objetivo lo que llaman "conectividad", o sea, que todo esté conectado con todo, que cada gadget sea un interfaz de conexión a la red. En ese caso, el concepto e-book sería fagotizado por aparatejos más cercanos a los PDA, y ahí se acabó la paz. Si el e-book se puede conectar a Internet la experiencia lectora cambiará para siempre.
Me encantó el tema, por cierto (ahora ya sí que con permiso del Sr.Lobo).