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jueves, 15 de mayo de 2008

En defensa de 'Esquire': Sobre los desafíos de la crítica

Creo un error restringir el ejercicio de la crítica a la mera deconstrucción de los recursos narrativos de un texto, entre otros motivos porque prefiero pensar que cualquier obra —al margen de su infraestructura conceptual— tiende puentes a su tiempo; ofrece interpretaciones del mundo —explícitas o no—; en definitiva, cuenta con una notable pretensión etnológica [por si no lo sabíais, el administrador de este blog establece un estrecho vínculo entre la evolución de la literatura y la colaboración con grupos sociales anteriormente inéditos en cualquiera de sus vertientes: bien como objetos de un texto, bien como lectores ideales.].

Pues bien, desde una óptica frontalmente opuesta a la que los lectores de prensa especializada de literatura estamos acostumbrados, el número de mayo de Esquire (revista en la que por cierto ha colaborado autores como Faulkner, Norman Mailer o Scott Fitzgerald) ofrece un brillante —y, lo más inquietante de todo: sano— ejercicio de crítica desde una postura solo sociológica: asume el texto no como un fin sino como una herramienta de prestigio (no en vano el subtítulo del artículo en cuestión rez
a: ¿No sabes de qué hablar en las comidas de negocios o en las cenas de empresa? Averígualo con la guía cool del perfecto tertuliano); una lectura del significado de la literatura, por cierto, bastante definitoria para con el común de los mortales.

Susceptible como es esta postura de ser reventada por integristas literarios, diré a su favor que cumple una función a la que no llega ni de lejos la prensa más especializada. Me refiero a la difusión de literatura Cream™ entre abanicos sociales a los que muy posiblemente les resbale el problema de la convergencia entre los postulados publicitarios y tecnológicos y el hecho literario, por decir algo. Por supuesto, esta idea de crítica —llamémosla— superficial, es asimismo trampolín para los distintos niveles de lectura que puede admitir un texto, en cualquier caso tolerables.

Pero dejémonos de rollos. A continuación el párrafo introductorio de Todo lo que deberías saber... para no quedarte callado. Firma el artículo David Moralejo:

¿No estás harto de que ese pesado de la oficina, ése que va de guay, acapare las conversaciones con sus comentarios modernillos? Con esta guía, podrás hablar de cualquier tema y pasar por un experto.
Mola el arranque, ¿eh? Os dejo entonces con el epígrafe dedicado a literatura. Bon profit.

Si no lo has hecho ya, cómprate La carretera, de Cormac McCarthy, uno de los mejores libros del año pasado. El escritor tiene 74 años, pero sigue siendo uno de los nombres clave de la literatura actual y merece la pena. En el caso de que te cueste llegar al final de algo que no sea un best-seller de intrigas ambientado en el Pentágono, defiende los cuentos como género… y como recurso de fácil lectura para una vida tan estresante como la tuya. Llamadas telefónicas, de Roberto Bolaño; cualquiera de Raymond Carver; Crónicas de motel de Sam Shepard; o El porqué de las cosas, de Quim Monzó (por aquello de la cuota patria) podrían ser un buen comienzo en el mundo del relato corto. Si quieres ir de generacional, tres obras muy dignas te convertirán en un personaje literario tan molón como los de Nick Hornby (otro esencial, por cierto): jPOD, de Douglas Coupland; Cosas que hacen bum, de Kilo Amat, y Nocilla Experience, de Agustín Fernández Mallo, te reconciliarán con el lado salvaje de la vida, ése que dejaste cuando te anudaste la corbata.

P.D. No hagas una defensa demasiado exagerada de Charles Bukowski. En el fondo era un yonqui guarro y no sería de recibo que ella encontrara excesivos paralelismos entre su tremebunda vida y la tuya.

P.D. 2 Arturo Pérez Reverte no mola nada. Mejor montarse una loa al Capitán Trueno que al Capitán Alatriste. Al menos verás al niño que llevas dentro.