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viernes, 13 de febrero de 2009

En torno a la seducción II: «No me llores» (Petrarca, Poema CCLXXIX en la II parte del ‘Cancionero’)

Quienes alternan la comunicación massmediática con el ejercicio de la literatura conocen bien la distinción del pacto (mejor, trato) narrativo atribuido a cada opción, pues mientras el primero exige la corrección y el entusiasmo de quien con las manos a modo de bocina arenga a la polis hedonista-postindustrial, serotonine-junkie como es y adicta a reproducir a través de distintos canales el efecto de la cocaína o el puenting (adrenalínicos), lo más parecido a un pregón de feria en una suerte de versión in («Ser “in” significaba adelantarse a la muchedumbre en modas o, perversamente, gustar de lo que gustaba a las masas vulgares y no lo que gustaba a las pretenciosas clases medias.», que diría el pícaro de Daniel Bell en Las contradicciones culturales del capitalismo, 1976); el vis-à-vis que tiene lugar en la literatura dilata hiperbólicamente el abanico de registros en esta intervención, insistimos, netamente dialógica. O sea que el escritor de ficción no tiene por qué ser un pavo real en todo su esplendor (piénsese en el gigante Manuel Vilas, o en el siempre jocoso David Sedaris), sino que puede aprovechar la relación entre iguales para ensayar distintos registros emocionales, incluso penetrando de lleno en la jungla de lo políticamente incorrecto, lo que es igual, aquello que ningún vocinglero se atrevería a manifestar con una pléyade de oyentes acomodados en el patio de butacas. De modo que es aquí, damas y caballeros, donde radica buena parte de la crisis en la narrativa española contemporánea; en el hecho de que, haciendo caso omiso a la importancia de la seducción, aún coleen sueltos por el campo narradores mustios y quebradizos, espiritualmente compuestos de blandiblu. Narradores que en lugar de besuquear el cuello al lector o acariciarle el pabellón auditivo con un milímetro de vértice lingual, optan por desempeñar el mismo trato con que dirigirse a una novia de seis años (El amor dura tres años, Frédéric Beigbeder), es decir, mohínos y anulados. Atontados. Narradores crustáceos aferrados en pose plañidera al hombro del lector, ese educadísimo sujeto que en su interior urde la fuga a disciplinas creativas más amables. Petrarca: enséñale algo a estos muchachos.