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sábado, 7 de febrero de 2009

Molar es el nombre del hueso que más me gusta (fragmentos)

[...] Enamorado de Alice, escribió textos de escritores que escribían textos de éxito después de prometer a sus musas exóticos viajes a lo largo del mundo, y más adelante cumplían sus promesas en épicos finales de fanfarrias sopladas por inmaculados arcángeles y lluvias de arroz a las puertas de una catedral barroca, tal vez porque no parece complicado intuir que un topoi narrativo de éxito es verbalizar esos sueños de intimidad cuasi pornográfica que dictamina el superego o herencia cultural —véase nota a pie de página número 14 en “Lo llamaré piedra angular”, declaraciones de Günter Grass en el número 6 de la revista Minerva (Círculo de Bellas Artes): «A los trece o catorce años yo albergaba grandes sueños: estaba seguro de que llegaría a ser un artista rico y famoso y conversábamos sobre lo que haríamos entonces: planes maravillosos, viajes…», o incluso The Beatles elevando al rango de capital en el quehacer amoroso el acto de consumo: «You know I work all day to get you money to buy you things» (A hard’s day night)—; textos que fueron rotundo fiasco, no tanto porque el amor que procesara a los libros o la escritura fuesen más pobres de lo deparado por el futuro, ni porque sus lecturas no alcanzasen la suficiencia como para asumir la tentativa de una primera novela escrita (¿cuál es el número exacto de novelas que hacen falta leer para poder redactar una?, se preguntará una y otra vez, hasta quedar atrapado por la trampa que el lenguaje puede llegar a ser y claudicar), sino por ser un astro de dimensiones ridículas que no da vueltas alrededor de ninguna estrella de peso, de tal modo que sigue un movimiento imposible de prever, como flotar en un limbo o disponer un signo de interrogación en vez de una aureola, es decir, bisoñas metáforas aparte, que su pecado no era otro que el vandalismo interaccional (Harold Garfinkel) profesado a los profetas de la Literatura [...]

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[...] El informe soslayaba la crítica al medio editorial (si se quiere, pensar en la complicada situación financiera que atravesaban las mismas) como negligente por no asumir riesgo en la difusión de mancebos. Al contrario, su acusación recayó directamente sobre la coyuntura social de las promociones nacidas a partir de la segunda mitad de los años ochenta en tanto que la convergencia de ciertos factores los convierte en inmunes —los anula— frente la ansiedad por el reconocimiento, a saber, la dilatada formación académico-intelectual, que penetra de largo hasta bien pasada la veintena; la ilusión de inmortalidad ante una acaso desmesurada esperanza de vida, que viola durante el lapso de tiempo en la cual la juventud se perpetúa cierta afirmación de Comte-Sponville: «para el pensamiento, la muerte es algo necesario es imposible» (Invitación a la filosofía); y el aburguesamiento, o los orígenes sociales radicados en la anodina nueva clase media low cost, que desfasa la intuición de Gimferrer por la cual mientras en tiempos remotos era la escritura un distintivo de aristocracia, el siglo xx está infestado de talentosos proletarios que en la literatura hallan su catapulta para huir de auschwitzianas cacerolas de hojalata y sopa Campbell [...]

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[...] Porque los clásicos encuentran su eje de acción interaccional mayoritariamente en lo doloroso (motín por la supervivencia – proceso de escritura como si del matrimonio entre la vocación y el filón financiero se tratara —‘El jugador’, Dostoievski; Faulkner y la adquisición del caballo, incluso—, lamento por la pérdida del objeto amado, exclusión social; o todo lo anterior devenido cierta fragilidad biográfico-emocional...), o, si quieren, ese otro verso de Nabokov según el cual «el poeta [, que] vive de la tristeza» – ergo, tamaños tótemes del canon rotundamente carecen de voluntad dialógica para con esos diez minutos de reposición fisiológica tras del amor: toda una imperdonable falta de respeto, afrenta soez y tosca, hacia el contingente de autocomplacencia que cualquier etapa histórica dispone —imperdonable, repito—; por eso, decimos, es por lo que, en ésas, a Pleonasmo Chief no puede ocurrírsele más que reprochar la imposibilidad de lectura a los dedos de sus pies, convulsiones respiratorias mediante, y risas sin venir a cuento, como epilepsia, como si aquellos fueran reproducciones a pequeña escala de Emerson, Milton, Donne, Dante, Shakespeare, Eliot, Lope, Homero, Petrarca o Lucilio, por ejemplo, y acuñar un novedoso y revolucionario epíteto desde un espíritu que goza el vaivén de la hamaca soplada por un Eolo Mulato y guasón; un epíteto con el cual cariñosamente apelar a sus flat partners, los slips aún enredados en los tobillos, esto es, nada más y nada menos que «comemuelles», comemuelles, sí, comunica al lado derecho de la almohada, sacudiendo la ceniza contra el vaso de vidrio sobre el abdomen de ella, en tanto que «Molar es el nombre del hueso que más me gusta», dice. De modo que, siguiendo a Joaquín Font en la Clínica de Salud Mental El Reposo, si hay una literatura para cuando estás aburrido, otra para cuando estás calmado, o para cuando estás triste, o alegre, o ávido de conocimiento, o desesperado; lo que a Pleo le resulta pertinente es hallar esa literatura para cuando cuatro brazos de Vishnú son pocos para sostenerse el ego [...]

3 comentarios:

luna dijo...

Sostenerse el ego con los huesos. Sostenerse los huesos con el ego.







Lo que preo sabe hacer muy bien es describir ese callejero.




Un abrazo desde la siesta.

luna dijo...

Preo? Pleo! Peo!

luna dijo...
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