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sábado, 16 de enero de 2010

La (¿crasa?) educación sentimental (publicado en Quimera 306, mayo de 2009)

Cécile

Benjamin Constant

Trad. de Wenceslao-Carlos Lozano. Periférica. Cáceres, 2009. 140 págs.

Nótese que uno de los pilares más esotéricos dentro del Ars Amandi de Ovidio es la rotundidad con que el poeta se inclina del lado de las apariencias. Sin concesión a la conducta improvisada, Ovidio consigue anticiparse —aunque siempre desde la aproximación a la esfera privada— nada menos que quince siglos a los postulados más esenciales de Maquiavelo («porque hay tanta diferencia entre como se vive y como se debería vivir», que clama El Príncipe), de tal modo que ambos autores resultan hoy desconcertantemente cercanos. Con la publicación de la novela autobiográfica Cécile, de Benjamin Constant (Lausana, 1767), Periférica nos brinda otro testimonio de primer orden, impagable, sobre educación sentimental y teoría de la imagen personal. Peculiarmente seductor resulta este texto en la medida que su redacción data de 1811, y la trama narrada entre 1793 y 1808, esto es, recién finalizada la Revolución Francesa, asumido el liberalismo como nonato mesiánico, y en pleno desarrollo de esa misma sociedad burguesa que descansa sobre el uso y abuso del cosmético con que disimular taras y contribuir a la «institucionalización de la envida» (Daniel Bell, Las contradicciones del capitalismo).

Como punto de partida tomará Constant un matrimonio estertóreo («vivía con una mujer con quien me había casado por debilidad, a la que había amado más por una bondad que por una atracción desde que me casé, y cuya mentalidad y carácter no eran muy de mi agrado»), sus respectivos amantes, y la tensión con que los cuatro habitan un espacio psicológico típicamente hobbesiano, ready for war, en donde la desconfianza recíproca es sello corporativo; para luego sumergirse en una suerte de excelente ensayística camuflada que entiende las relaciones humanas como imparable flujo de egos, aflicciones y energías entre los amantes —por ende, una suerte de imperfecta, desproporcionada, asimétrica instantánea—. Sirva de ilustración a esta hipótesis la negociación siempre errada entre Cécile y el narrador protagonista, que lleva a este último a oponer primero toda clase de inconvenientes a las tentativas de citas de aquella, si bien después exhibirá su yo más frágil, arrepentido por «haber rechazado su afecto». Doblegados los personajes de esta novela siempre por la circunstancia impredecible (su voluntad es deleznable, nada que ver con el estoicismo moral que impregna el Romeo y Julieta shakesperiano), el mismo azar que terminará reuniendo en distintos episodios al narrador con Cécile, recibimos la obra como lectura encubierta del libertinaje burgués dieciochesco bajo preceptivas netamente economicistas, puro capitalismo de los sentimientos y germen de la poliandria y poliginia que más tarde se erigirá como modelo edificante.

Fundamentada en una sencillez estilística que prescinde de barnices logorreicos —know how que solo los clásicos saben conducir a buen puerto—, esto es, atestada de epigramas y aforismos sobre la seducción, la novela de Benjamin Constant procede a engrosar la nómina de textos cuya —llamémoslo así— pornografía confesional dispone no más que problemas en el contexto existencial del autor; de hecho, nada menos que 140 años es el lapso de tiempo que separa la producción de la novela de su primera publicación póstuma en Gallimard. Matiza a este respecto en el postfacio a Cécile Wenceslao-Carlos Lozano, traductor de la obra, que fue, en efecto, Madame de Stäel el gran amor de Constant —aparte de la más conocida de sus amantes—, aunque la actitud de Stäel hacia el reputado político que fue nuestro autor, seguidor del modelo liberal inglés y defensor de los derechos civiles, no trasgredió la clandestinidad. «Exigió de él obediencia y presencia física durante años porque sabía apreciar como nadie su valía intelectual y su capacidad de sacrificio, pero no sentía atracción física, ni se le habría ocurrido casarse», explica Lozano. Provocador, dandi, artero, apasionado, caprichoso, manipulador y manipulado, Constant ilustra no solo el testimonio de una época impetuosa —ese tránsito de la revolución al período napoleónico—, sino que aparece como primigenio visionario a la hecatombe emocional con que el liberalismo apremia a sus ciudadanos.