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domingo, 24 de enero de 2010

Un Caribe Castrado (publicado en Quimera, 308-309, julio-agosto 2009)

El estante vacío (Literatura y política en Cuba)

Rafael Rojas.

Anagrama. Barcelona, 2009. 231 págs.

Significar Cuba provoca ciclotimia: He aquí la suerte de coda que encajaría en el análisis con que Rafael Rojas nos introduce en un contexto cultural que, con más o menos evidentes síntomas de agotamiento, sigue combatiendo en el 50 aniversario de la Revolución por perpetuar su autarquía. Un aislamiento que para la izquierda poscomunista occidental ocupa cierto espacio de refugio respecto a la hegemonía del libre mercado, así como «una posibilidad alternativa que debe ser conservada viva ante el fracaso del viejo sueño de una América Latina unificada» —tal como Fredric Jameson anunciaba optimista en su prólogo a Todo Calibán (Fernández Retamar)—; mucho más que un fin político en sí mismo. Así, Rojas enumera una fricción de fuerzas apenas condenadas a anularse, como es el hecho, primero, de que la «ilustración socialista» pretendida por el país haya conseguido erigir a su pueblo como uno de los más importantes lectores en toda Latinoamérica a lo largo del último medio siglo, si bien sucede que el único editor de Cuba es, cómo no, el Estado —retrotrayéndonos así a un rancio sistema de censura previa, completamente contrario a los principios de la Ilustración—, impelido por el fin exclusivo de perpetuar el poder. Ergo, observamos con pasmo cómo una pléyade de intelectuales capitales, en absoluto pasivos con la deriva de Occidente, y como bien apunta Rojas: «sin los cuales es difícil imaginar las democratizaciones en América Latina y Europa del Este», han sido excluidos de la isla por esgrimir unos postulados que renuncian a la adhesión doctrinal del régimen castrista. Es este es el caso de Popper, Bourdieu, Bobbio, Satori, Lyotard, Luhmann, Ricoeur, Berlin, Castoriadis o Habermas, entre otros.

Prosigue la dicotomía caribeña con las mutaciones que el régimen de la isla ha ido constatando a fin de garantizar su supervivencia —en efecto, siguiendo la estela del propio capitalismo industrial desde sus orígenes decimonónicos—, de modo que si en la primera década de la Revolución fueron bien recibidas las vanguardias de la izquierda occidental (piénsese en la triada Proust-Kafka-Joyce), entre 1971 y 1992 acaece la simbiosis entre el Estado cubano y la Unión Soviética, instante letal en el que la política cultural de la isla aparece envuelta por las directrices impuestas desde marxismo-leninismo moscovita. Será entonces, con la desintegración total de la URSS, cuando Castro decida acometer el último quiebro, acentuando otra vez el ideario de José Martí, cuyas «taras burguesas» fueron duramente criticadas durante la etapa de aproximación soviética; cediendo terreno ante las expresiones de una literatura hasta entonces periférica (negra, gay y de género), en oposición a la falocracia blanca que siempre ha definido el Régimen; e incluso alimentando el mito ausente con aquello de rescatar casos de opositora vehemencia como es el paradigmático Cabrera Infante, una vez desaparecido éste, y cuya obra empieza ahora a ser evaluada por las publicaciones oficiales.

Sea como fuere, la censura previa sigue vigente, y el argumento esgrimido por el Ministerio de Cultura y el Instituto Cubano del Libro (nacido en 1967 con la resuelta intención de intervenir en la producción ideológica de la isla) resultará especialmente familiar entre los críticos acérrimos a la supuestamente pérfida industria del libro en los estados socialdemócratas, ya que —agrega Rojas— los integrantes de la vanguardia cubana «defienden la idea de que el mercado editorial es incapaz de reflejar las jerarquías del valor literario. En el mercado, piensan esos políticos, todo vale», de modo que el Estado Socialista manufactura su propio canon con redentora voluntad e idiosincrásico concepto del buen gusto, siguiendo cierto rito pedagógico que tan familiar resulta en otras latitudes menos tropicales.

Con una bibliografía intachable, el ensayista accede a repasar la deriva de las publicaciones periódicas —oficiales y «complementarias»—, el vacío conceptual en torno a la idea de «socialismo» que presenta la Constitución cubana, el éxodo solo parcial que simboliza la diáspora cubana en México o Puerto Rico, o la falsa nostalgia posmoderna que salpica a la ciudad de La Habana, anhelante de su pasado colonial, republicano y revolucionario; todo ello sin menoscabar la obra de escritores defenestrados bajo el apelativo de «anticubanos»: casos que comprenden de Raúl Rivero a Zoé Valdés, de Antonio José Ponte a Reinaldo García Ramos, de Iván de la Nuez a Pedro Juan Gutiérrez… y que impelen al intelectual (crítico o no para con la suerte del capitalismo) a preguntarse si Cuba, recordando el imperativo jamesoniano al principio referido, necesita seguir representando aquello «que debe ser conservado».