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martes, 25 de noviembre de 2008

Breve Historia Contemporánea del Sexo Masculino y su Imparable Debacle

(Ice HavenSuperegoEl animal moribundo)

Al igual que sucediera con las narraciones citadas en la triada Burroughs-Sedaris-Quenau, Charles, personaje de Ice Haven (novela gráfica de Daniel Clowes), merece ser considerado como uno de esos «bebés que piensan como genios en un mundo de adultos que actúan como críos» (Fdez. Porta en Homo Sampler). El monólogo que Charles cuenta a su amiguito George en las páginas 38-39 no deja de ser otro conato más por escapar a la debacle del sexo (débil) masculino, en continua tensión. Heredero de Schopenhauer y profundamente desencantado con el orden natural, el personaje de Daniel Clowes inicia una busca y captura de argumentos para escapar del yugo que constituye el mercado sexual.


Así, mientras Charles, con toda la lógica a su alcance, afirma:

«No permitiré que me ocurra, George… No hay que dejar que el deseo sexual te controle la vida. El deseo es la forma que tiene la naturaleza de propagar la especie a costa del individuo. ¿Y de qué sirve una especie de individuos frustrados?»

el pensador alemán, en El mundo como voluntad y representación, dice:

«…las partes genitales son el punto de incandescencia de la voluntad, es decir la otra faz del mundo, el mundo como representación. En las primeras radica el principio que conserva la vida asegurándole una existencia infinita en el tiempo […] el apetito sexual tiene un carácter tan diferente de todos los demás, pues no sólo es el más fuerte sino que su fuerza es de naturaleza específicamente más enérgica; está siempre supuesto como necesario e inevitable y no es como otros deseos, cuestión de gusto o de capricho; es la esencia misma del hombre».

Y mientras Charles sostiene que:

«Cuando crezca no tendré que casarme. Habrá gafas de realidad virtual que satisfarán mis necesidades sexuales y quién sabe qué más. Cuando nuestro ADN se dé cuenta de que no puede fiarse de las necesidades programadas para perpetuar la especie, se rendirá derrotado, y el deseo sexual irá desapareciendo como la polio o la viruela. […] ¡Hay que rechazar el instinto y el deseo! ¡Abrazar la tecnología y la belleza de la conciencia humana individual!»

…y Amélie Nothomb configura en Diario de golondrina la fantasía última del personaje de Ice Haven…:

«Hacía meses que nada, ni siquiera a solas. Por más que me devanara los sesos, por más que imaginara lo inimaginable, nada, de verdad, ninguna posibilidad me atraía. Las literaturas más estrafalarias dedicadas a lo que ocurre de cintura para abajo me dejaban frío como el mármol. Con las películas pornográficas me daba la risa.»

…Terry Eagleton, en El sentido de la vida, le recordaría a Charles la trampa en la que acaba de caer:

«Supongamos que lo conectaran a usted a una máquina (parecida al superordenador de la película Matrix) que le permitiera experimentar virtualmente una felicidad completa e ininterrumpida. ¿No rechazarían la mayoría de personas esa tentadora dicha por su irrealidad?)»

Así que finalmente, claro, cuando Charles sale al mundo y se encuentra vis a vis con su encantadora hermanastra, de nuevo sufre un acceso de anhelo e histrionismo. Ya saben, otra vez Gorz y la imposibilidad para «explicar filosóficamente por qué se ama»: O por qué las pulsiones freudianas, aun a pesar de haberse desmoronado como vitales, siguen siendo de gran importancia para el capitalismo que nos espera y sus engendros mutantes:

«Todas estas funciones inútiles —el sexo, el pensamiento, la muerte— serán rediseñadas, rediseñadas como actividades recreativas. Y los seres humanos, en adelante inútiles, podrán ser preservados como una especie de “atracción” ontológica. Esto podría ser otro aspecto de lo que Hegel ha llamado “la vida en movimiento de lo que está muerto”. La muerte, que una vez fue una función vital, se podría convertir en un lujo, una diversión.»


Jean Baudrillard, La ilusión vital


*

Particularmente interesante me parece la primera mitad de Superego (obra teatral de Miguel Espigado), en la que el protagonista es abandonado por una novia a la que imaginamos con un polifacético atractivo. Será este acontecimiento —la devolución de Superego al mercado sexual—, el que desencadene una road movie psicológica en donde el agónico protagonista tiene que lidiar con personajes moralmente inferiores a la casta de su ex novia. Así las cosas, Superego sostiene en un patético esplendor: «Voy a llegar a Madrid y me voy a liar con la tía más imbécil que se me cruce por delante», a lo que sigue la tentación de su vieja amiga Ana, descrita por Superego como «Una tía excepcional… menudo coco que tenía. No sé, supongo que no era lo suficientemente sexy, y parecía tan vulnerable…»; y un COOL GAY, que le conduce a la duda de su condición sexual («¿Y si probara con un hombre?»), entroncando con lo que Freud llamó invertidos ocasionales: «o sea, que bajo determinadas condiciones exteriores—de las cuales ocupan el primer lugar la carencia de objeto sexual normal y la imitación—pueden adoptar como objeto sexual una persona de su mismo sexo y hallar satisfacción en el acto sexual con ella realizado.» La baja estofa de VIEJA AMIGA y COOL GAY en relación a ELLA es representada por Espigado mediante una serie de ardides para conquistar al protagonista. Seguirá entonces la reclusión interior de Superego y la especulación de un mundo feliz —de nuevo, Eagleton desmantelaría la ficción al recordar la condición social del animal humano— y la caída definitiva en su trato con MENDIGO, en quien Superego puede entrever su propio futuro: «MENDIGO: Ah… a mí me pasó lo mismo. Eso te cambia la vida.»

*

El personaje de Espigado ilustra el gran trauma de la masculinidad contemporánea como devolución al mercado sexual y lo que ello significa: vigilancia continua en forma de coacción social tácita (el Gran Hermano —el Superego— vigila) y, cómo no, miedo al fracaso. Philip Roth, en El animal Moribundo, explica los celos del siguiente modo.

«Pero los celos, claro, son la trampilla que da acceso al contrato. Los hombres responden a los celos diciendo: «Nadie más la tendrá. La tendré yo… me casaré con ella. La cautivaré de ese modo. Mediante la convención». El matrimonio cura los celos. Por eso lo eligen tantos hombres. Porque no están seguros de esa otra persona, le hacen firmar el contrato: No haré, etcétera

En Roth asistimos a la conducta de doble rasero en el sexo masculino, que para no enfrentarse a esa vigilancia constante recurre a la monogamia como medio de escape, planteándola como si de un ejercicio burocrático se tratara:

«¿Por qué tienen que dormir en la misma cama una noche tras otra? ¿Por qué tienen que hablarse por teléfono cinco veces al día? ¿Por qué han de estar siempre juntos? La deferencia forzada es ciertamente infantil. Una deferencia contra natura.»

Frente a la liberación sexual, pues, puro bolchevismo emocional.

*

A estas alturas del texto (o del blog) ustedes estarán poniendo en tela de juicio mi tendencia a relacionarlo todo con el sexo y el capitalismo. Con el capitalismo y el sexo. Pero recuerden: a la primera parte de la célebre pregunta sartreana —qué, por qué y para quién escribir—, hoy, hay una respuesta más que contundente.

Así que compren y follen.

Follen y compren.

Es lo único que les queda.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Un link que puede venir a cuento o ser un contrapunto:

http://www.asexuality.org/home/

Verdú, en Tú y yo objetos de lujo, los trae a colación.

(Oche)

Ibrahím B. dijo...

¡Esa web es la revolusiónnnnnnn!

Alvy Singer dijo...

Ibrahim!!!!!!

Joder, me ha hecho releer Ice Haven, con el rollo. Bien. No estoy exactamente en desacuerdo con lo que dice usted de Charles y Schopenhauer, son observaciones así como de estudio danés sobre Woody Allen, pero si que discrepo enormemente en su discurso porque obvia el final de la historia. ¡joder, que todo el discurso de Charles queda enterrado con el gag final!

Y no entiendo, lo siento, la conexión con Baudrillard. No creo que tenga mucho que ver con el gag final. O igual soy yo, pero creo que lo que le frustra al niño son sus propios principios que funcionan.

carlos maiques dijo...

"pero creo que lo que le frustra al niño son sus propios principios que funcionan." Eso está muy bien visto, caramba. Persiguiendo a Mel Bochner "las leyes de perspectiva definen un mundo que se ajusta a sus propias reglas de representación conceptual de la realidad" Una de las razones de la búsqueda de mayores puntos de fuga, curvaturas y otras distorsiones anamórficas a partir del barroco, una vez (supuestamente) superadas la perspectiva simbólica y la renacentista. Fuera bromas, lo de Baudrillard podría pasarse de frenada, pero la velocidad berlinesa estas dos últimas semanas no dicen nada al respecto de las condiciones de su tacómetro... Un saludo a todos, espero que incluso sin cafés descansen un poco.

Recuerdo que en una entrevista a Atom Egoyan decía haber leído una novela de Bernhard y haberse quedado con la magnífica sensación de no imaginar ninguna clase de adaptación a otro medio(¿Hormigón? ahora no estoy seguro de cuál).

Hasta otra.

Ibrahím B. dijo...

El vengativo superego, el transparente de Charles y el primogénito anulado de Kepesh («Pero cuando le pregunto: “¿Por qué no te marchas entonces?”, replica que su marcha destruiría a la familia. Ninguno sobreviviría, todos se vendrían abajo, el sufrimiento sería demasiado grande. Lo que debían hacer era reforzar la unión entre todos.») constituyen un tríptico con distintas facetas o lugares comunes de la masculinidad, todas ellas abocadas al más rotundo de los fracasos —a fin de cuentas, el objeto del post, ¿no?—. El desenlace no creo que arroje demasiada luz al asunto: ¿de qué se trata, si no una victoria pírrica? Más aún, en la novela gráfica de la que les vengo hablando, ‘Incógnito’, esta debacle queda ilustrada a partir de la dicotomía entre el protagonista transparente (cuya caída tiene que ver con la asunción de su sexo como débil) y el hermano inválido de la fisioterapeuta, exponente máximo de la crispación como consecuencia de ese bolchevismo emocional. En cuanto a Baudrillard, opino que se trata de un argumento con la misma función que el de Eagleton: la especulación positivista que Charles perora queda, pues, anulada por un principio inamovible: no hay modo de escapar del sexo. No lo hay.

Lo he decidido, a partir de ahora me voy a dedicar a los estudios postfeministas. Caray.

Abrazos,

luna dijo...

Yo solo compro libros y luego me masturbo!


Menuda fracasada!!!!!!!

Ibrahím B. dijo...

Aquí no se dicen tacos.

Alvy Singer dijo...

Si, Pero Ibrahim, Ice Haven termina con Charles descubriendo que su hermana SÍ hubiera estado por él en otro momento.

Y resulta un detalle conmovedor que el voyeur no sea el padrastro, sino él. Por lo tanto queda abierta una puerta al sueño de Charles en el terapueta. No sé en que parte de aquí encajaría demasiado Baudrillard y el dilema sexual. Y lo digo porque hay otros cuentos de Clowes donde igual algo de eso hay.

Que igual soy yo, INSISTO.

Dicho sea desde el amor.

Un abrazote.

luna dijo...

Copon es una palabrota?

Anónimo dijo...

Hola, Ibrahím: Estaba dándole vueltas al personaje de Clowes y buscando en el google las imágenes de unas viñetas que quería guardar de Ice Heaven y me he caído por este agujero que me ha traído hasta tu Noviembre del 2008.
Me interesa sobre todo la sexta viñeta, en la Charles se despide de su coleguilla, y su relación con lo que Wilhelm Reich nos dice en La revolución sexual, dice Reich:
"La economía sexual, por otra parte, enseña que los impulsos antisociales inconscientes del individuo actual, en tanto que son antisociales de hecho y no sólamente considerados como tales por los moralistas, son una consecuencia del legalismo moral y únicamente con éste pueden desaparecer. Sólo la regulación por la economía sexual puede eliminar el antagonismo entre naturaleza y cultura; cuando elimine la represión sexual, habrá eliminado también los impulsos perversos y antisociales."
Con Charles, y en menos de diez viñetas, tenemos (además de un schopenhaueriano convencido) al Houellebecq de las partículas y de la Posibilidad, a cierto Sloterdijk, a un budista encargado de divulgar las cuatro verdades y a un psicoanalista que intenta curarse a sí mismo. Vaya tela.

Un saludo.

Oche