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domingo, 16 de noviembre de 2008

A propósito de[1] la voluntad con que hombres y mujeres asumen el ritual de la fiesta

Hombres: Permaneces acodado en la barra de una discoteca con un compañero de trabajo, hablando sobre Lo Divino y Lo Humano; bebéis ron y vodka (homage a Pat Bateman), hasta que un desconocido intenta abrirse paso hacia la camarera introduciendo el codo entre ambos dos:

—Con ese mueve que tenéis —ironiza— no vais a f***** en todo la noche.

Asentís su apreciación sin mostrar el más mínimo gesto de hostilidad. Y luego, la lucidez:

—Bueno, en verdad como yo —y se encoge de hombros, feliz[2].



[1] (los —disímiles— vectores de)

[2] (ebrio.) 

2 comentarios:

luna dijo...

Puaj.
Malditos Humanos poco divinos.
Malditos Divinos poco humanos.

Ibrahím Berlín dijo...

(Nuevas aportaciones al asunto)

Espute, espute con tranquilidad sobre David Kepesch, vicioso narrador de 'El animal moribundo' (Philip Roth, ay, ese Gran Narcisista Norteamericano):

«No confundamos el velo que cubre nuestra relación con el asunto a resolver […] Quiero follarme a esta chica, es cierto, tendré que aguantar cierta clase de velo, pero es un medio, no un fin.»

«Las décadas transcurridas desde los años sesenta han llevado a cabo una notable tarea en el acabado de la revolución sexual. Ésta es una generación de asombrosas expertas en felaciones.»

Y así, ad infinitum.


Próximamente: PT. II: MUJERES.