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martes, 1 de enero de 2008

Lección LXXXIII: Sobre el premio Loewe

«¿Alguien sabría decirme qué es el puto premio Loewe?, ¿eh? ¿Lo sabe alguien? Bien, el jodido premio Loewe, mis queridos y traviesos pupilos, es una acción de marketing a caballo entre una producción cultural más o menos inteligente (por lo que sé, por lo que he leído en suplementos y demás fuentes secundarias, y teniendo en cuenta que apenas he leído a más de tres poetas galardonados, calificar como malos los poemarios que han recibido el premio sería infame)… Errrr… ¿por dónde iba?... Bien, decía que el premio es una mezcla entre una producción cultural que tira a lo inteligente, y el esnobismo que pueda caracterizar a un consumidor de la marca en cuestión. Quiero decir, damas y caballeros —y presten atención a lo que sigue—, que puede llegar a ser un pelín patético cuando ciertos grupúsculos poéticos del underground saltan a la palestra para lamentarse porque, ay, la fundación Loewe no varía en las corrientes estéticas a las que premia; la fundación Loewe no premia el realismo sucio; la fundación Loewe no ayuda a abrir el horizonte de expectativas del lector de poesía, etcétera, etcétera, etcétera. Y ustedes me preguntarán: ¿y por qué puede llegar a ser patético, profesor Berlín? Pues por lo siguiente, joder; por lo siguiente: desde mis rudimentarios conocimientos en materia de publicidad, puedo advertir, grosso modo, que este jodido premio está pensado para que el oficinista de Castellana, con un interés por la cultura medio-alto —recordemos en este punto que su cometido es comprar y vender futuros y derivados; no gestionar fundaciones culturales—, llegue una noche a la consuetudinaria cita quincenal con su amante —una estudiante rubita de vuestra edad y pechos puntiagudos y operados—, y mientras se preparara para meterle la clavija bien hondo, y luego de haberla embadurnado el cuello y los sobacos con uno de los perfumes de Loewe (pongámosle, por ejemplo, sesenta pavazos); le recita de rodillas junto a la cama cualquiera de los poemas premiados, ¿me siguen? Ésta es, sin duda alguna, literatura pensada para clases altas, más pudientes que todos ustedes, y que ven un lefazo en un lienzo y corren a extender cheques por valor de decenas de miles de euros. Esta gente se comporta así. Aún creen en la interpretación romántica de la creación artística. Llevan doscientos años de desfase en materia de arte. Para eso, y no para otra cosa, está pensado el jodido premio. Y ahora, quienes lo deseen, y si aún les quedan ganas, márchense a lamentar al muro. La clase de hoy ha terminado.»

*Ibrahím B.: Poeta y catedrático de literatura en la Universidad Pontificia de La Rue del Percebe.