Páginas

jueves, 22 de noviembre de 2007

Desafío para los pangeicos

Afirma Vicente Luís Mora en La luz nueva que: «vivimos una época en la cual el ocio se ha identificado con la evasión. El trabajo aliena y el ocio desconecta con la realidad. Todo cuanto nos rodea (videojuegos, tv, Internet, cine, drogas, alcohol) está hecho para que escapemos de la realidad o la veamos menos.» En este sentido, considero que aquellos autores denominados por el crítico como pangeicos —a saber, la más inmediata de las vanguardias literarias en nuestro país—, a pesar de haber asumido sin prejuicios la aserción de Mora, no ha conseguido del todo —o mejor dicho, creo que no se lo ha planteado aún— pergeñar una auténtica escritura del ocio. Quiero decir que en la literatura de dichos escritores (y pienso en poetas como Javier Moreno y Mercedes Cebrián, así como en el propio Mora) aún hay un importante espacio para la reflexión, ya sea ésta denotada o connotada; un espacio que sigue anclado en la realidad alienante: la de las jornadas caracterizadas por el tedio de los transportes públicos, los empleos basura, los bajos salarios o las grandes ciudades abrumadoras.

Así pues, se trata éste de un punto que hace entroncar la poética de los autores citados con el consuetudinario carácter sesudo de la literatura. Igualmente, sirve este rasgo para plantear nuevos retos en el terreno de la escritura una vez que, por fin, haya sido procesado el relevo generacional de la crítica, así como los lectores hayan asumido los cambios propuestos por los pangeicos.

A mi juicio, la deriva tomada por los actuales vanguardistas se verá continuada, por llamarlo de algún modo, y siguiendo con la célebre distinción de Porta entre alta cultura pop y baja cultura pop, por una alta cultura hollywoodiense (quizá un término poco acertado, sí, pero que de alguna forma confío en que sirva para seguir acabando con prejuicios del tipo: producto comercial = producto perecedero). A lo que me estoy refiriendo, damas y caballeros, es a una literatura que consiga, al igual que los videojuegos, la televisión, Internet, el cine o las drogas; una evasión real de la realidad. Una literatura amoral e integrada en aquello que Debord critica fervientemente en La sociedad del espectáculo: « El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes.» Y también: «La sociedad que reposa sobre la industria moderna no es fortuita o superficialmente espectacular, sino fundamentalmente espectaculista. En el espectáculo, imagen de la economía reinante, el fin no existe, el desarrollo lo es todo. El espectáculo no quiere llegar a nada más que a sí mismo.»

Digo yo que si todos nosotros, autores incluidos, consumimos productos evasivos, ¿por qué no íbamos a trasladar su efecto a la literatura? ¿Por qué no perseguir con un poema trasladar al lector el mismo efecto que una raya de cocaína?, ¿eh? ¿Por qué no?

2 comentarios:

J.S. de Montfort dijo...

Porque para eso ya tienes la cocaína, porque si tienes una rubia estupenda en la cama la vas a dejar ahí, sola y triste y decepcionada mientras te masturbas delante de ella (¿?).
Porque si la literatura es lo mismo que el ocio, para qué coño entonces queremos la literatura; si la literatura y la droga están al mismo nivel, para qué demonios voy a perder tiempo leyendo si puedo echarme cuatro rayas, un buen whisky, poner un estimulante cd de jazz o rock a toda pastilla y si además puedo compartir un orgasmo precioso con mi rubia? La literatura es lo que viene después del orgasmo, no el mismo orgasmo. Aunque sí, tienes razón en algo: en la presencia, la disfrutabilidad efímera, el sentir que algo se escapa, la literatura como un fogonazo poético. Eso sí.
Por ahí sí que creo que hay un camino...

Ibrahím Berlín dijo...

Amigo Monfort: la idea que subyace en mi texto, por supuesto, no es la de proponer una suerte de alquimia para convertir la tinta en cocaína, no. No hay que decodificar todo lo que se lee de manera literal: recuerda que uno tiene a su disposición recursos como la metáfora o la ironía o la exageración. Quizá debí haber incidido en las limitaciones físicas de la literatura en comparación con otros canales de comunicación y, ya de paso, con los propios estupefacientes. O sea que sí. En efecto, resulta imposible que a uno le sangre la nariz y le trastabille la mandíbula por leer un poema. Sea como fuere, a lo que yo me refiero —repito— es a esto:

“Una literatura ->AMORAL<- [VER: http://ibrahim-berlin.blogspot.com/2007/11/lecturas-moralistas.html] e integrada en aquello que Debord critica fervientemente en La sociedad del espectáculo: «El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes.» Y también: «La sociedad que reposa sobre la industria moderna no es fortuita o superficialmente espectacular, sino fundamentalmente espectaculista. En el espectáculo, imagen de la economía reinante, el fin no existe, el desarrollo lo es todo. El espectáculo no quiere llegar a nada más que a sí mismo.”

Así que ante la pregunta de para qué necesitamos una corriente literaria que adapte su registro a esa sociedad del espectáculo, es precisamente porque existe un vacío monumental; un vacío que supone no responder ante las necesidades de un periodo histórico y que además disuade a la propia sociedad del ejercicio de la literatura. A mí, por ejemplo, me pasa cuando estoy leyendo una revista de diseño gráfico o un libro de campañas publicitarias, que digo: «¿por qué no puedo encontrar esta misma actitud entusiasta, ególatra, desmesurada, acrítica, radiante… en la literatura?, ¿por qué siempre me topo con la racionalidad?»

A veces pasa que hay que ser humildes y bajar a pie de calle a la literatura de su pedestal: creo que prácticamente todas las manifestaciones creativas han sabido adaptar su registro a la sociedad del espectáculo con una visión no crítica; y no siempre lo han hecho a base de producir bodrios.