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viernes, 2 de noviembre de 2007

Fragmentos de 'Déjalo todo por amor'

Bien es cierto —y de esto, amigos, nunca hay que olvidarse— que cuando todo tu orgullo queda reducido a partículas de polvo, la Gran Vía mira para otra parte. Mientras haya algo que consumir, un escaparate que nos diga guarradas al oído, un pantalón que entre toda una multitud se fije en nosotros para coquetear, un cartel anunciando hamburguesas orientales frente a un restaurante americano de comida rápida, una película que nos haga reír y llorar en menos de noventa minutos; todo lo que no sea entusiasta, todo lo que no sea participativo, sencillamente es que no existe. Es en esos momentos de infinita tristeza en la gran ciudad, cuando esperas que un ejército de Godzillas resquebraje los adoquines sobre el metro de Callao y asomen sus cabezas escamadas y devoren el cartel de Schweppes con malos modales, asusten a los consumidores y, por fin, éstos, de una vez por todas, se caguen de miedo. Que sepan que también ellos son vulnerables, tanto o más como tú. Regresar al Jurásico. Que los bichos verdes aplasten taxis y buses, las bolsas de papel y los pubs en Madrid Centro, la corriente de seres humanos que fluye como el agua podrida por las cañerías de los barrios.

A veces, digo, todos querríamos ser astrónomos para observar desde fuera aquel punto azul en el espacio. Ese maldito píxel.

*

Imaginemos por un momento que ahora soy yo quien accede a las súplicas de Miranda. Sin comerlo ni beberlo, me despego sudoroso las sabanas una mañana en la decimotercera planta de un hotel del Distrito Federal. ¿Qué hago yo aquí?, me pregunto. Intento hacerme el extraño, el exiliado, aunque la verdad es que sé perfectamente cuál es mi cometido aquí. De lo único que se trata esta historia es de un enamorado valentísimo, un enamorado que, no sé muy bien por qué, se me antoja un tanto hortera. Recuerdo entonces el vuelo, la mano de Miranda que me agarra al despegar, el negrísimo cielo, apenas infernal o incluso mortuorio, del Atlántico a medianoche; las lucecitas del avión, la copa de Champán, el brindis por Hispanoamérica y la nueva vida que se presume repleta de sorpresas, los besos a dos mil pies de altura y, para concluir, la impresión durante el trayecto de no sentirme incomodado por formar parte del espectro social que compone tanto yuppie. A un lado de la cama duerme ahora la mejicana encogida de hombros. Me levanto desnudo e incluso antes de mirar la campana de polución de la ciudad, aquello en lo que me detengo es —cielos, cuánto deseaba decirlo— en mi verga. En mi verga agotada, la pobre. En fin, nada de esto está tan mal ni resulta tan traumático como pudiera parecer a priori. Lo que son las cosas, ¿no? Y eso que de más joven fui bastante reacio a viajar. Enciendo el televisor y decido ver, in media res, una telenovela de inspiración cristiana. No, en efecto, nada de esto está tan mal. Bye, bye, Madrid.