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miércoles, 22 de octubre de 2008

Queneau-Burroughs-Sedaris. O esos pequeños hijosdeputa.

Antes de que Juan&½ y los creativos publicitarios se afanasen en explotar la madurez inadvertida de los menores de edad, la narrativa ya dio —y sigue haciéndolo, y muy bien— auténticas joyas de humor negro. Regresamos una vez más sobre cierto sampler de Burroughs, más otro del Raymond Queneau más punk, entroncando así con el relato ‘Deja que nieve’, del siempre descacharrante David Sedaris, en el cual unos hermanos son expulsados de casa por su propia madre («Nuestra presencia había interrumpido la vida secreta que llevaba mientras estábamos en el colegio, y cuando ya no pudo soportarlo más nos echó a la calle»), razón por la cual terminarán optando por que uno de ellos sea atropellado en la calle:
A.J. pasea por el mercado con capa negra y un buitre trepado en un hombro. Se detiene junto a la mesa de unos agentes.

—Les contaré algo bueno. Chico de quince años, en Los Ángeles. El padre dice que ya es hora de que eche su primer polvo. el chico tumbado en el césped leyendo tebeos. Sale el padre y dice: «Hijo, aquí tienes veinte dólares; quiero que te busques una buena puta y le pegues un buen palo.»

»De manera que coge el coche y se lo lleva a una casa de putas finas y le dice: “Bueno, hijo. Arréglatelas tú solo. Llama al timbre y cuando te abran le das los veinte dólares a la mujer y le dices que quieres pegarle un palo.”

»—Vale, papi.

»Como al cuarto de hora, sale otra vez el chico.

»—Qué, hijo, ¿ya has echado el palo?

»—Da buten. La fulana me abrió la puerta y le dije que quería pegar un palo y le solté los veinte machacantes. Subimos a su cuarto y se puso en pelotas y yo saqué mi cadena y le solté un palo del copón y la tía empezó armar semejante cristo que tuve que coger un zapato y machacarle la sesera. Después me la follé para quedarme contento.

William Burroughs, El almuerzo desnudo
*
—¿Se acuerda de la modista de Saint-Montron que se cargó a su marido de un hachazo en la cabeza? Pues era mamá. Y el marido, naturalmente, era papá. […] Menos mal que Georges nos echó una mano.

—¿Quién era ese Georges?

—Un salchichero. Sonrosado como un cerdito. El maromo de mamá. Y el que le dio el hacha (pausa) para cortar la leña (risita).



—[…] Y en eso vuelvo yo del fútbol, ah, se me olvidaba decir que estaba como una cuba, papá, claro… resumiendo, empieza a besarme, y hasta ahí todo normal, porque al fin y al cabo era mi papá, pero de repente va el tío y se pone a sobarme, y yo digo ni hablar del peluquín, eso sí que no, porque le veía venir al muy guarro de él, y al decirle que no, que eso jamás, pues se va el tío hacia la puerta, y la cierra con llave, y se guarda la llave en el bolsillo, y pone los ojos en blanco gritando igualito que en el cine, era fantástico, un vacile de primer orden. Te voy a pasar por la piedra, gritaba, te voy a pasar por la piedra, y hasta se le caía un poco de baba al decirme esas guarrerías, hasta que por fin se me echó encima. Lo evito por un pelo y, como estaba mamado, hale, de narices contra el suelo. Se levanta y otra vez a perseguirme, como en una del oeste. Por fin me atrapa y hale, a achucharme como antes. Pero en ese momento se abre la puerta sin hacer ruido, ah, porque se me olvidaba explicarle que mamá le había dicho que se iba a comprar fideos y chuletas de cerdo, pero no era verdad, lo decía para engañarle, porque estaba escondida en el lavadero, en el mismo sitio donde había dejado el hacha, y naturalmente se había llevado las llaves. Vaya una lagarta, ¿eh? […] Total, que abrió la puerta poco a poco y entró tranquilamente en la habitación, mientras el infeliz de papuchi pensaba en otra cosa, sólo tenía ojos para mí, y zas, hachazo que te crió en la mismísima chola.

(Extractos de Zazie en el metro, de Raymond Queneau)